Anticipo exclusivo del libro “Bombonera (República del Latido)”: la vivencia de un escritor italiano y el arquero que se mareó por los gritos

Esta es la historia del estadio que se “siente en la planta de los pies”, de la pasión, de lo que viven los protagonistas y, como todo gran texto deportivo, un estudio de la relación paterno filial. Un capítulo del libro de Marina Zucchi (editorial Indielibros) que celebra el amor azul y oro

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La Bombonera late. El estadio de Boca cobra vida propia cada vez que se juega un partido. Este texto de Marina Zucchi es una historia de ese coloso pero, como los buenos libros, es mucho más que eso. Es también una historia de cómo los jugadores, los protagonistas, se han sentido en estos 80 años dentro de ella. Cómo la Bombonera “se siente en la planta de los pies" como dice uno de ellos. Y, como no podía ser de otra manera, es también una larga carta de amor. A un club, a unos colores, a un estadio mítico y al padre que le transmitió la pasión.

“La Bombonera es una expresión del arte confeccionado a partir de la falta de espacio. Es la reivindicación del ingenio ahí donde algunos sostenían que no podía construirse nada grande. Estadio no apto para cardíacos. Inadmisible para fóbicos al movimiento. Es la República del latido. El estadillo, la ebullición, átomos rabiosos, moléculas, iones. Siglo XX cambalache y el barco sueco incomprobable que amarra en la orilla y mueve los cimientos. La Bombonera es Roma emperador atajándole el penal a Delem aunque jamás lo hayas visto. La Bombonera es la muleta fantasma de Palermo. Es la nuca eterna de Guerra. Es Maradona bajo la lluvia apuñalando a Fillol y es también el fibronazo de 1984, mishiadura y marcador desteñido sobre la camiseta blanca de entrenamiento..."” dice la autora en estas páginas precisas pero al mismo tiempo repletas de pasión. Adelantamos de manera exclusiva uno de los capítulos del libro Bombonera (República del Latido) de la periodista Marina Zucchi editado por Indielibros. Sólo se consigue en formato digital en Bajalibros y se puede leer también en la plataforma Leamos.

Yo te sentí latir I

La mirada extranjera que posiblemente mejor analizó el carácter demencial de un partido en la Bombonera fue la de Alessandro Baricco. El escritor italiano de las novelas Seda y Océano mar, escribió uno de los mejores textos relacionados con lo xeneize. Viajó a Buenos Aires en mayo de 2015 para cubrir el Boca-River para el diario La Repubblica. En varias entregas, mientras se empapaba de la atmósfera de Riachuelo, mientras caminaba por los conventillos y comía en las cantinas, tomaba nota. Así fue como llegó a definir al estadio como “un músculo poético que absorbe y luego expulsa ríos de sangre humana, sangre amarilla y azul”.

Dice Baricco que se entiende la lógica “entrando a la Bombonera una hora y media antes del silbato de inicio y ya están allí, al menos, cuarenta mil cantando”. Introduce un concepto maravilloso: “la anemia de espacio”. Ahí donde parece que ya no entra una respiración más, siguen llegando y se amontonan. “Cualquier administración con un mínimo de sentido común ya habría trasladado el estadio a una hermosa área espaciosa, con estacionamientos, vías de acceso y centro comercial. En cambio, nada, el estadio todavía está acá, y para quedarse acá en el medio, se aprieta mucho, adquiere una forma poco clara y, sobre todo, sube verticalmente, desde el campo hasta la última fila, allá arriba: una enorme escalera. En la planta baja, el campo solo soporta el estadio que lo atraviesa”.

Baricco también habla del barrio como la sensación de “visitar un suburbio el día después de un disturbio: todo un poco roto”. Y bromea con la proximidad del espectador y el jugador. “Los fanáticos están tan cerca que, si se les pregunta, podrían hablar sobre el desodorante del arquero”.

Lo que no vio Baricco fue el espectáculo de la biblioteca que funcionó hasta 2016 en el primer piso de la Bombonera. Más de 13 mil libros que se movían en cada partido. La Bombonera latía y las solapas bailaban. Es María del Valle Calvimonte, la bibliotecaria que aún trabaja en el club, la que promete que se reflotará ese paraíso de letras dentro del templo.

La Bombonera es el latido, es el juego, pero también es todo lo extrafutbolístico que alberga: María se sienta a leer cuentos a los chicos de La Boca para devolver algo de lo que recibió: de chica no tenía libros para estudiar y los pedía prestados en su Bouquet natal, en Santa Fe. Recorría su pueblo en sulky y en bicicleta con el sueño de promocionar la lectura. Hasta que llegó a Buenos Aires becada para la carrera de Bibliotecología en La Plata y eligió Boca para sus prácticas estudiantiles. Así se quedó en el club de sus amores. Y tuvo recompensa: le permitieron dar varias vueltas con el equipo demoledor de Carlos Bianchi.

Sobre temblores también sabe Roberto Passucci, que visitó la Bombonera por primera vez en 1965, como hincha, durante un Boca-Chacarita con festejo de título incluido. “Ganamos 2 a 1, yo estaba en la tercera bandeja, fue como estar en un helicóptero”, cuenta. Como jugador (1981-1987), el registro del sismo se intensificó. “La planta del pie te late cuando salís a la cancha. Es así: a Boca lo sentís más que nada en la planta de tus pies. Como que ese golpe, esa cosquilla, te despierta”.

La Bombonera ahoga, marea, desmaya. Da fe Rubén “El Loco” Sánchez, arquero xeneize (el cuarto con más presencias en la historia boquense, detrás del “Loco” Hugo Gatti, de Carlos Fernando “Mono” Navarro Montoya y de Antonio Roma). “Lo comprobé en un Boca-River de 1968. Empatamos uno a uno, con gol de Pardo y de Matosas. Me mareé del griterío que había, quedé volteado por los gritos unos segundos, y eso que era sordo de un oído, de lo contrario no hubiera podido soportar tanto alarido”, se ríe. “Aprendí que eso que pasa en la Bombonera te va fortaleciendo. Y te termina haciendo fuerte para toda la vida”.

Cada vez que va a la Bombonera, a Alfredo “El Tanque” Rojas lo asalta la misma pregunta: “¿Ese tipo que juega con tremenda camiseta tendrá el temperamento suficiente para estar? ¿Será feliz ahí dentro, tanto como lo fui yo? Sus cuatro años como futbolista xeneize lo animan a confesar el gran secreto de la Bombonera: “No está techada y, sin embargo, no ves el cielo cuando estás jugando. La cancha te da vueltas, te envuelve. No cualquiera puede jugar ahí, encerrado”.

“El Tanque” fue arrestado unas horas “por querer demostrar que en el estadio dejaba la vida”: fue en 1968, en un partido ante el Santos de Pelé. “Era de noche en la Bombonera. El seis brasileño Oberman le pegó a Suñé, un chiquito que recién debutaba. Pensé que lo podía lastimar. Por eso le di en la pera a Oberman. Resulta que lo dormí. Se cayó. El jefe de la policía dio la orden y cuando terminó el partido me detuvieron. El edicto decía que quien se peleaba en la cancha marchaba preso. Me largaron como a las dos de la mañana”.

Rojas traza el gran paralelo entre defender la camiseta en la Bombonera ahora y haberla defendido en los sesenta: “Todo era sacrificio. Agradezco haber tenido veintitantos y no haber ganado millones. Los jugadores de Boca nos comprábamos el auto a crédito y años después de llegar a Primera. El encanto está en ir escalón por escalón. Y en pensar que no corriste por un sueldo que es una montaña de dólares. Defendiste esos colores, corrías en la Bombonera porque la amabas”.

Oscar Córdoba tiene una teoría menos apegada a la Bombonera. “El hincha de Boca tiene miedo de irse de la Bombonera, pero tiene que entender que él es Boca. A mí me hicieron sentir la Bombonera estando en casa o en el Azteca. El estadio es la gente y no la construcción. ¡En Japón éramos locales! En el Morumbí, igual. El mito, por sobre la cancha, es la hinchada”.


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