(Foto: Fernando Calzada)
(Foto: Fernando Calzada)

Sergio Ramírez es una figura multifacética. Comenzó su carrera política como dirigente estudiantil en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN), en los durísimos años de la dictadura de los Somoza. En 1960 fue unos de los fundadores de la revista de arte y letras "Ventana" y posteriormente participó, desde su exilio en Costa Rica, en la constitución de la Editorial Universitaria Centroamericana (Educa). En 1977 encabezó el Grupo de los Doce, un conjunto de intelectuales que brindó un fuerte respaldo al Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) en su lucha contra el régimen y, tras la revolución, se integró primero a la Junta de Gobierno y fue luego vicepresidente entre 1985 y 1990. En los 90 rompió con Daniel Ortega y la vieja guardia del sandinismo y, tras un fallido intento por liderar un proceso de renovación de ese movimiento político, prefirió abandonar la vida política en 1996 para dedicarse de lleno a su gran pasión, la literatura, que le ha granjeado numerosos reconocimientos y galardones, hasta convertirse en el primer controamericano en conseguir el Premio Cervantes.

Viejos ideales

-Doctor Ramírez, ¿conserva aún los ideales que lo impulsaron en la década del 60 a ingresar en la actividad política?

-Yo fijé mis ideales en la adolescencia. Quería que Nicaragua fuera un país democrático, sin dictadura, sin represión ni brutalidad. Venía de la experiencia personal de la masacre del 23 de julio de 1959 [represión del régimen en León contra los estudiantes universitarios], de la cual fui sobreviviente. Tenía la aspiración de libertad y de un país con justicia. No hay que olvidar que en ese tiempo la idea de justicia realizada estaba representada por la Revolución Cubana, que había triunfado el 1º de enero de 1959. En ese momento, Nicaragua hervía con el anhelo de que, así como había sido posible derrocar a Fulgencio Batista en Cuba, el país podía derrotar a la dictadura de los Somoza, ya que eran "gemelas". Eso creó una efervescencia muy grande, un movimiento estudiantil exacerbado, guerrillas de izquierda, de derecha y de cualquier signo. La idea compartida era que se podía salir de la dictadura mediante una rebelión, lo que tardaría todavía otros veinte años en ocurrir.

-¿Qué valoración hace de la década del 60?

-En retrospectiva, yo la veo hoy como una década extraordinaria, una época de formación personal en muchos sentidos. Es la década en que comienzan a caer los viejos gobiernos coloniales impuestos por Europa en África y en Asia, y cuando se inicia la guerra de liberación de Argelia que fue muy inspiradora. Luego también nos vimos influenciados por el movimiento de los derechos civiles en EE. UU. y la emergencia de figuras como Martin Luther King y Malcolm X; el acicate de la guerra de Vietnam, el Mayo Francés y el '68 en México [la masacre de Tlatelolco]. Al mismo tiempo, se desarrollaba el movimiento de la beat generation en EE. UU., con Lawrence Ferlinghetti, Jack Kerouac y Allen Ginsberg; luego llegaron los Beatles y tuvo lugar el Festival de Woodstock. La revolución sandinista que se produjo en Nicaragua en los años 70 nació, en realidad, en los '60 con la figura inspiradora del Che Guevara, quien murió en 1967. Todo esto es una especie de diorama que alumbra esta época.

Yo fijé mis ideales en la adolescencia. Quería que Nicaragua fuera un país democrático, sin dictadura, sin represión ni brutalidad

-¿Usted diría que su formación ideológica es marxista?

-Debo confesar que yo no me formé como marxista. Si algo fui, en todo caso me reconozco como un gramsciano: leí con mucha atención e interés a Antonio Gramsci y, en base a esas lecturas, fui posteriormente a buscar a Juan Carlos Mariátegui [intelectual y líder comunista peruano]. Me interesaba mucho fijar el fenómeno de la cultura a través de la interpretación marxista. Sin embargo, jamás se me ocurrió siquiera abrir "El Capital", de Carlos Marx, ya que me parecía engorroso. Quizás otro de sus textos, "El 18 Brumario", me haya atraído por las referencias históricas que tenía. Tampoco fui un lector de Lenin. De manera que yo era un revolucionario, pero no un teórico.

-En su juventud usted defendía la figura del "escritor comprometido". ¿Ha cambiado su opinión respecto de la relación entre literatura y política?

-Nosotros vivíamos una época sartreana, donde Jean-Paul Sartre nos hablaba de un escritor comprometido con los cambios políticos de su época. La evolución de las ideas implica ir asumiendo las realidades. Cuando yo era adolescente, pretendíamos que no podía existir una literatura inocente, ya que la literatura tenía que tener una utilidad para la lucha popular. Esta es una idea juvenil, muy justa para alguien que no puede empezar la vida como un conservador. Sin embargo, a lo largo de mi experiencia literaria, he descubierto que el compromiso ideológico resulta absurdo. La literatura debe ser un espejo que refleje todas las imágenes, pero como escritor tú no puedes comprometerte con ninguna de ellas. El ser humano es, por excelencia, complejo. Hoy recordamos a Lope de Vega o a Quevedo por la calidad de su obra literaria y no por sus ideas políticas. Si se recordaran las ideas políticas de un escritor por encima de su obra, todos nos preguntaríamos quién es ese autor.

Ramírez señala a la literatura como un espejo que refleje todas las vertientes ideológicas (Foto: Fernando Calzada)
Ramírez señala a la literatura como un espejo que refleje todas las vertientes ideológicas (Foto: Fernando Calzada)

De Hugo Chávez a Mauricio Macri

-¿Cree que existe algún punto de contacto entre los procesos revolucionarios de los años 60 y 70 y la autodenonimada "revolución bolivariana" en Venezuela?

-Desde mi punto de vista, Hugo Chávez representa una ideología muy mal digerida. No voy a negar sus buenas intenciones para transformar un país que estaba en plena decadencia política. El hundimiento de los partidos históricos era innegable y el agotamiento del proceso político había llevado a una gran corrupción, por encima de cualquier proyecto. Chávez tuvo el poder en sus manos para intentar algo nuevo y yo considero que lo hizo de manera fallida, repitiendo lecciones que ya estaban aprendidas y digeridas, como el acaparamiento por parte del Estado de los medios de producción para redistribuir la riqueza. Ese experimento burocrático había fallado en Cuba, en Nicaragua y en la propia Unión Soviética. El control social, a través de los comités de barrio y de los comités ciudadanos, así como las misiones bolivarianas, tampoco fueron por buen camino. Debo decir que Chávez no me era antipático en sus inicios, pero comencé a verlo con preocupación.

-¿Valora positivamente alguno de los procesos políticos que se dieron en la región en esta última década?

-En líneas generales, creo que la salida que propuso la izquierda no funcionó, pero no se puede hablar en términos absolutos. Quizás el experimento mejor logrado haya sido el de Evo Morales en Bolivia, que se encontró con una injusticia muy antigua: la injusta explotación de los recursos naturales del país, que permitía a las empresas –incluso una entidad estatal, como la brasileña Petrobras– recibir prácticamente regalados los hidrocarburos producidos en ese país. Evo aumentó los ingresos nacionales y los multiplicó por mil, simplemente reformando la ley que regulaba su explotación. Hubo otros elementos de ese proceso político que me parecieron un tanto excéntricos, como la interpretación de Bolivia como entidad cultural [el Estado plurinacional]. Hoy también vemos los deseos de Evo Morales permanecer en el poder, que no dependen exclusivamente de su ideología sino de las viejas tradiciones y prácticas políticas latinoamericanas, donde los proyectos se vuelven personalistas y no se preparan relevos en el poder. Sin embargo, esas son debilidades personales y no están vinculadas con sus propuestas políticas.

Chávez tuvo el poder en sus manos para intentar algo nuevo y yo considero que lo hizo de manera fallida

-En los últimos tiempos, a partir del caso Odebrecht, ha salido a la luz el fenómeno de la financiación ilegal de la política en América Latina. ¿Cómo observa ese proceso?

-En América Latina deberían existir leyes electorales más justas, que garanticen la igualdad de oportunidades a la hora de participar en las campañas electorales. En caso contrario, la campaña se vuelve un mercado abierto, un negocio de apuestas en el que el candidato que cuenta con más posibilidades es aquel al que más dinero aportan las empresas y los gobiernos extranjeros. La consecuencia de este proceso es que propuestas que pueden ser honestas se quedan atrás por carecer de financiamiento. Las leyes electorales deberían, en primer lugar, prohibir todo tipo de financiamiento, bajo la pena de exclusión del proceso electoral; y garantizar el mismo techo de financiamiento y las mismas oportunidades de difusión en televisión y radio a todos los partidos. Los países no se dan cuenta cuándo su sistema político cae para renovarlo. En Brasil la oscura red de corrupción que se generó constituye un desafío a la posibilidad democrática que tiene el país como gran economía, la décima del mundo, que necesita un sistema político equivalente.

-Hay quienes consideran que la llegada de Mauricio Macri a la Presidencia de la Argentina abre las puertas al regreso de la derecha al poder en la región. ¿Estamos ante una nueva ola ideológica?

-En América Latina aún no nos hemos acostumbrado a la alternancia ideológica en el poder. Si hemos aceptado un sistema de representación democrática es porque de por medio está la alternancia. Al mismo tiempo, deben existir unas bases institucionales y programáticas que no cambien nunca, más allá de quien esté en el gobierno. No hemos podido lograrlo hasta ahora debido a nuestros antagonismos ideológicos, pues quien llega al poder trae consigo un hacha en la mano y niega todo lo hecho por el gobierno precedente. Hay un viejo adagio que dice que la izquierda gasta lo que la derecha acumula. Ese es un esquema bastante burdo. El equilibrio está en producir riqueza y saber distribuirla con justicia. Lamentablemente, todo lo que América Latina creció en los últimos veinte años no ha sido distribuido en forma justa, y hoy seguimos padeciendo estructuras económicas y sociales sumamente obsoletas.