En el cementerio de Darwin. Foto: Gentileza Gladys Cisneros.
En el cementerio de Darwin. Foto: Gentileza Gladys Cisneros.

El día 13 de marzo, un contingente de familiares de caídos en Malvinas durante la Guerra del Atlántico sur viajó al cementerio de Darwin a rendir homenaje a sus seres queridos, veintidós de los cuales fueron identificados este último año. Treinta y siete años después de finalizada la guerra, llegaba así para ellos el esperado momento de rezar sobre una tumba con nombre.

Entre los 65 familiares, integrantes de 22 familias provenientes de todas partes del país, viajaron Gladys Cisneros y Esteban Correa, hermana y sobrino del Mario, el "Perro" Cisnero. "Fue un viaje sanador, hermoso, que me permitió cerrar mi historia. Hasta entonces no me había dado cuenta de cuánto necesitaba despedirme", cuenta Gladys.

Para la gran mayoría, esta fue la primera vez que pisaba las islas; para Gladys no. En 1991, viajó con su hermano Héctor y regresó por segunda vez en 2001. Sin embargo, esta fue la primera vez en que tuvo la certeza de estar en la tumba de Mario y eso cambió todo.

Orlando Sireno Díaz, Mario Cisnero y Jorge Negretti en la Halconera, el gimnasio donde se acantonaron los comandos en Puerto Argentino. Foto: Archivo DEF.
Orlando Sireno Díaz, Mario Cisnero y Jorge Negretti en la Halconera, el gimnasio donde se acantonaron los comandos en Puerto Argentino. Foto: Archivo DEF.

"Mi recuerdo del primer viaje es muy triste. No fue solo que no había una placa identificatoria con el nombre de mi hermano ni por la angustia de estar en el lugar donde tantas personas habían muerto en defensa del país. Hubo otros hechos dolorosos como, por ejemplo, que le taparan al avión el logo de Aerolíneas Argentinas; que nos quitaran las cámaras fotográficas o que no me permitieran llevar una estatuilla de la Virgen del Valle porque tenía al pie el escudo nacional y el manto era celeste y blanco, por nombrar algunas de las cosas que hicieron que sintiera una desolación absoluta", relata Gladys.

En esa primera oportunidad y como no sabían dónde estaba enterrado el "Perro", eligieron una tumba cualquiera donde rezar: "En ese momento, sentí que todos habían muerto por la misma causa y la misma idea, por lo cual todos eran mis hermanos". En 2001, Gladys volvió junto a su hermana menor, ocasión en la que debieron permanecer una semana, ya que los únicos vuelos permitidos eran los de la aerolínea Lan Chile, que volaban solo los viernes. Fue una larga estadía durante la cual tenían permitido visitar día por medio el cementerio –donde permanecían desde la mañana hasta la tarde– y los otros, pudieron recorrer lugares emblemáticos, como Pradera del Ganso, Monte London, las pingüineras o Puerto Argentino. "La gente fue siempre muy respetuosa, porque saben que somos familiares y entienden nuestro dolor. Sin embargo, ellos no olvidan la guerra que vivieron".

Cerrar un ciclo
Marzo 2019. Después de reunirse con el resto de la comitiva en Buenos Aires, de ser recibidos en la Casa Rosada por el presidente de la Nación Mauricio Macri, fueron al hotel donde descansaron unas horas. Allí recibieron una charla informativa en la cual les explicaron ciertas reglas como, por ejemplo, que no podían salir de las inmediaciones del cementerio, que solo se desplegaría la bandera en la cruz mayor porque cualquier otra podía tomarse como un gesto de provocación. Finalmente, después de casi tres horas de un vuelo que despegó a las cuatro de la mañana de Ezeiza, aterrizaron en el aeropuerto de Mount Pleasant, donde los esperaban los micros para trasladarlos hasta el cementerio.

Gladys cuenta que, en el camino, había decidido visitar primero la tumba que había elegido para rezar en sus viajes anteriores, sin embargo, al llegar la superó la ansiedad de estar cerca de Mario. "Sentí una especie de desesperación. Poco después fui a despedirme de Honorio Ortega, conscripto de Río Gallegos, en cuya cruz sin nombre entonces había rezado en mis viajes anteriores y volví a quedarme con mi hermano".

Un portarretratos de acrílico con una foto, nueve flores de plástico –único material que puede resistir la fuerza del viento‒ que representaban a los nueve hermanos, un rosario comprado por una sobrina en la gruta de la Virgen del Valle y una bufanda de vicuña de su marido "para abrigar a Mario con las fibras y el tejido de las manos de Catamarca, quería llevarle el sol de su provincia, cobijarlo", fueron las pocas cosas que llevó consigo.

Gladys con su sobrino, Esteban Correa, en la tumba de Mario, en el Cementerio de Darwin. Foto: Gentileza Gladys Cisneros.
Gladys con su sobrino, Esteban Correa, en la tumba de Mario, en el Cementerio de Darwin. Foto: Gentileza Gladys Cisneros.

Gladys explica que fue un viaje extremadamente conmovedor para todos. Y cuenta que su sobrino médico le confesó que nunca pensó que sentiría semejante emoción, "la angustia y el dolor se percibía en el aire", le dijo Esteban Correa.

Después del responso oficiado por el padre Ponciano Acosta, de que la Guardia Escocesa rindiera honores a los caídos argentinos, que los homenajearan las gaitas y que el músico Alejandro Lerner cantara a capela una canción, se dirigieron al aeropuerto que los traería de regreso al continente.

¿Quién fue el "Perro"?
Mario Cisnero –denominado el "Perro", apodo que define su perseverancia y lealtad de principios‒ fue paracaidista, comando, buzo y experto en explosivos. Por su desempeño en la guerra de 1982 donde descolló por la valentía, generosidad y heroísmo se transformó, para todos los que lo conocieron, en el sargento Cabral de nuestro tiempo.

El momento de la verdad. El Batallón 602 parte hacia la guerra. Al centro de la imagen, el “Perro”. Foto: Archivo DEF.
El momento de la verdad. El Batallón 602 parte hacia la guerra. Al centro de la imagen, el “Perro”. Foto: Archivo DEF.

Oriundo de la provincia de Catamarca, octavo de diez hermanos, fue desde pequeño extrovertido, solidario y de una firmeza tal de carácter que a los 15 años tomó a decisión irrevocable de dejar el secundario para seguir sus estudios en la Escuela de Suboficiales Sargento Cabral.

A partir de entonces y aunque le gustaba definirse como un "soldado", desarrolló una carrera brillante y de constante perfeccionamiento, hasta que logró después de reiterados pedidos como voluntario, que lo convocaran para viajar a las islas. "Si algo no sale como esperamos, yo no vuelvo", le dijo a su hermano Héctor, único integrante de la familia que sabía de su viaje. Y así fue. Murió el 10 de junio de 1982, Día de la Recuperación de los Derechos Soberanos de Malvinas, Georgias y Sandwich del Sur, en la Batalla del Monte Dos Hermanas.

Despedida y paz
Las anécdotas son muchas. Apenas un viaje de horas que condensó la espera de casi cuatro décadas y permitió cerrar varios interrogantes. A la hora de elegir uno de ellos, Gladys no duda. Durante muchísimos años, no había podido sacarse de la cabeza el convencimiento de que Mario había quedado abandonado en el terreno.

En Darwin, estuvo con Geoffrey Cardozo, exmilitar británico que viajó a Malvinas una vez finalizado el conflicto y tuvo a su cargo la búsqueda de los cuerpos y la creación del cementerio de Darwin, y pudo preguntarle cuándo y cómo había encontrado los restos de Mario. "Cardozo me dijo que tenía anotaciones e intentaría responderme. Al día siguiente en Ezeiza, me mostró su libreta donde figuraba que el 17 de enero de 1983 había encontrado once cuerpos –en el Monte dos Hermanas y en Monte Harriet que fueron sepultados al día siguiente". Sobre el estado de los restos de Mario, el oficial le relató que estaba prolija y humanitariamente tapado con turba. "No puedo tener más paz que esa. Fuimos enemigos en la guerra, pero a los caídos los trataron como seres humanos".

El Perro junto al sargento primero Luna, quien sobrevivió a la guerra. Foto: Archivo DEF.
El Perro junto al sargento primero Luna, quien sobrevivió a la guerra. Foto: Archivo DEF.

Por último, Gladys confiesa que está muy atenta siempre a los símbolos y que en este viaje una vez más confirmó su convencimiento de que hay algo superior que guía los acontecimientos.

Al dirigirse hacia el aeropuerto, les avisaron que no podían llevarse nada de la isla. Ella, como todos, había recogido unas piedritas del cementerio que decidió con inmensa pena dejar en el micro. Era lo único que su hermano Héctor –quien había sido tutor de Mario en Buenos Aires‒ le había pedido. Le revisaron todo y pasó sin problemas por el escáner. Al llegar al hotel y dejar el bolso sobre la cama, se cayeron tres piedras que habían quedado escondidas sin siquiera saberlo ella. "Estas cosas me pasan siempre y estoy convencida de que por algo ocurren. Creo que mi hermano, "Marito" como le decíamos en la familia, estuvo presente en ese momento para que pudiéramos traer ese mínimo recuerdo".