La belleza del día: “La vida”, de Martin Wong

En tiempos de incertidumbre y angustia, nada mejor que poder disfrutar de imágenes hermosas

“La vida” (1988) de Martin Wong
“La vida” (1988) de Martin Wong

I

En la Galería de Arte de la Universidad de Yale pero también en la Galería Martin Wong (PPOW), hay una obra que tiene un efecto magnético: cualquier espectador frena el paso, inclina su cuerpo levemente hacia la pintura, frunce el ceño, hace foco y comienza a pasear su mirada por cada recoveco de la postal callejera representada, cada una de las escenas que la componen, cada personaje, cada rostro, cada color. Es La vida, de Martin Wong, pintada en 1988.

El escenario es el barrio pobre Lower East Side —donde viven mayoritariamente afroamericanos y puertorriqueños—, ubicado en el sureste de Manhattan, Nueva York, Estados Unidos. Se lo conoce también por su pronunciación latina: Loisaida. En el cuadro las figuras no guardan una escala: hay cabezas gigantes que se asoman por la ventana resaltando el hacinamiento. Aunque está lleno de sonrisas, músicos tocando en la calle, un disfrute generalizado pese a las condiciones de vida.

Hay policías, bomberos, boxeadores, músicos, skaters, perros. También hay retratos, como el de Miguel Piñero, un poeta, actor, dramaturgo y fundador del Nuyorican Poets Café, que fue pareja de Wong. También está el graffitero Aaron Goodstone, más conocido como Sharp; la madre de Sharp y dos de sus novias. También su amigo y colega Chris Ellis, conocido como DAZE, el Sr. T (Lawrence Tureaud, de The A-Team) y el propio Wong.

II

Hijo único de padres chinos, Martin Wong, nació en Portland, Oregon, el 11 de julio de 1946, y creció en Chinatown, San Francisco. Ya de niño se interesó por el arte, y a los 13 experimentaba seriamente con el pincel. Su madre apoyó esa motivación y conservó sus primeras obras. Se recibió en 1964 en la George Washington High School y continuó su educación en la Universidad Estatal de Humboldt, donde se graduó con una licenciatura en Cerámica en 1968.

Por entonces, además de pintar, trabajaba como escenógrafo para el grupo de artes escénicas The Angels of Light, una rama de The Cockettes. Durante las décadas del sesenta y setenta participó en el movimiento hippie y se involucró en el clima de libertad sexual y experimentación con drogas psicodélicas de la época. Antes de que comience la década del ochenta decidió mudarse a Nueva York para perseguir ese sueño originario: ser un gran artista.

Era un artista destacado en su ambiente: pintaba retratos en ferias y recibía halagos, pero necesitaba dar el siguiente paso. Así lo contó en una entrevista: “Hice cerámica y dibujé en ferias de arte. Me conocían como el ‘Instamatic human’. Cobraba 7,50 dólares por un retrato. Mi récord fue hacer 27 ferias en un solo día. En algún momento mis amigos me dijeron: ‘Si eres tan bueno, ¿por qué no vas a Nueva York?’”.

III

Corría el año 1978 cuando se instaló en el Loisaida. Bastaba con caminar el barrio o asomarse por la ventana para encontrar inspiración. “Todo lo que pinto está a cuatro cuadras de donde vivo, y la gente es la gente que conozco y veo todo el tiempo”, decía. En 1982 conoció a Piñero en la noche de apertura de la exposición colectiva Crime Show, y al poco tiempo se mudaron juntos. Fue su gran amor. Esa época fue, quizá, la de mayor producción de Wong.

El romance artístico duró hasta la muerte de Piñero, el 16 de junio de 1988, por cirrosis. Wong estaba trabajando sobre La vida desde hacía ya un tiempo. Lo terminó ese mismo año, tres meses después de la muerte de su pareja. “Así que la pintura, llena de vida como está, es también una especie de despedida”, escribió el crítico de arte Sebastián Smee en un articulo del Washington Post. ¿Habrá decidido el título tras la muerte de su pareja como un recuerdo feliz?

Cuando le diagnosticaron sida en 1994 su salud ya venía en declive. Se mudó a San Francisco a pasar los últimos años de vida en la casa de sus padres. Fueron años tristes pero llenos de amor, que se extendieron durante media década. Martin Wong murió a los 53 años el 12 de agosto de 1999. Dejó una obra única, fruto de su singular estilo suburbano, que creció entre las grietas de la marginalidad estadounidense hasta enceguecer con su brillo a todo el mundo.


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