¿El fin o el inicio del Trumpismo?: del neo western a lo Kardashian a la mirada de Philip Roth

La presidencia del magnate republicano estadounidense llegó a su fin, sin embargo una parte de sus seguidores tomó el Capitolio por unas horas. Un repaso por los años de su mandato y cómo resintieron el sistema democrático

Seguidores del presidente Donald Trump protestan frente al Capitolio en Washington, EEUU. 6 enero 2021 (REUTERS/Stephanie Keith)
Seguidores del presidente Donald Trump protestan frente al Capitolio en Washington, EEUU. 6 enero 2021 (REUTERS/Stephanie Keith)

Si nos decían que avanzado del Siglo XXI, después de haber visto personajes inauditos gobernar países condenándolos a lo oprobioso de la Historia, alguien como Donald Trump llegaría a liderar el país con más poder de la Tierra, no lo hubiéramos creído.

Hace poco más de cuatro años, analistas, internacionalistas, periodistas (y todos los istas que quieran) pontificaban en prime time y llenaban páginas explicando a sus audiencias que era imposible que alguien así ganara las elecciones presidenciales de los Estados Unidos. Mientras, fuera de foco, se iba conformando un enorme electorado seguro de sí mismo que nadie quería ver.

La noche del martes 8 de noviembre de 2016, cuando la pantalla de CNN anunció con letras gigantes “IT´S TRUMP”, al menos la mitad del mundo se llenó de estupor. Las buenas intenciones habían quedado en eso: en puras buenas intenciones. Mientras la intelligentsia se abocaba a una ingenuidad insólita, el tornado Trump empezaba a arrasar con todo.

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Unos pocos meses antes del triunfo de Trump, México había sido protagonista y testigo de una extravagante jugada diplomática. En plena campaña electoral, cuando el discurso insuflado a más no poder contra los migrantes, prácticamente resumido en lo anti-mexicano (“bad hombres”), el Trump aún candidato se presentó ante el presidente de México para decirle en la cara y al frente de todos, que el muro no sólo se iba a construir, si no que lo iban a pagar los mexicanos.

Vale no olvidar esas imágenes. El hombre dominó la escena desde su prominencia física, ocupando todo el espacio por lo alto y por lo ancho, reduciendo a su interlocutor, más diminuto que nunca, a mera comparsa de su discurso viperino. El hombre grandote no tenía a nadie, en ese instante, capaz de rebatir su arenga, de confrontar su visión del mundo. Y eso no fue lo peor: en lo que estuvieron de acuerdo ante los micrófonos, fue en señalar que los migrantes de la frontera sur, los centroamericanos que pretenden cruzar México para llegar a los Estados Unidos, merecían el mismo trato que los que se atrevieran a cruzar la frontera del norte.

Los ex presidentes: Enrique Peña Nieto (México) y Donald Trump (EE.UU.)  (AFP)
Los ex presidentes: Enrique Peña Nieto (México) y Donald Trump (EE.UU.) (AFP)

El gesto matón de Trump no cesó con el atemorizado presidente mexicano. Todo lo contrario: creció durante su mandato en dar apretones de manos eternos a otros jefes de estado como Macron o Shinzō Abe, a ridiculizar a cualquiera que se atreviera enfrentarlo. La sonrisa fue un pose mezquina, reservada a Kim Jong un, Bolsonaro o, cómo no, Vladimir Putin.

Es fácil conjugar la política norteamericana con ciertos géneros del cine, del paranoico aterrado por la invasión de los marcianos (o del comunismo: la paranoia como monotema), al más obvio del western.

Cada gesto de Trump parecía salido de una mala película del Oeste: la del matón que llega prepotente a impartir su propia voluntad. A jugar su juego. En el western clásico podíamos observar con claridad la tipificación del héroe y el villano, la lucha del bien y del mal, pero aquí, sobre todo en tiempos pandémicos, para algunos todavía es confuso. Estamos, más bien, en la puesta en escena de la redefinición del western.

Trump con un sombrero de cowboy Stetson en 2017 (AP)
Trump con un sombrero de cowboy Stetson en 2017 (AP)

Estas escenas, políticas y diplomáticas, erráticas o efectivas según el polo desde el que se observe, tienen más que ver con lo que se llama el post western, donde los protagonistas siguen siendo unos inadaptados, pero con una característica novedosa. Si el primer western tuvo la épica del hombre del siglo XIX, el neo western norteamericano está repleto de personajes malos pero idiotas, ignorantes con vocación, dañinos porque sí. Sin épica alguna. Y es que, como dijo Borges, quien admiraba este género por la virtud del coraje, “la épica es un apetito elemental del hombre”.

Cuando vemos a un personaje como Trump desenfundando su lengua en sus duelos contra todos, podemos poner luz sobre ese héroe antipático que domina la historia, el villano tonto, accidental, ridículo en su maldad, pero peligroso hasta lo impensable. Generador de un dolor que de tan humano es el de siempre, pero ahora validado por las risas y el aplauso de la platea.

Una platea encantada de sí misma, de hacer trizas cualquier crítica, de recibir pasiva los memes del día y la noticias que llegan de todo el mundo donde siempre pululan políticos y tiranos abocados al odio y a la discriminación.

Donald Trump compartió en su cuenta de Twitter esta foto con Kim Kardashian en el Salón Oval
Donald Trump compartió en su cuenta de Twitter esta foto con Kim Kardashian en el Salón Oval

El engaño, sin embargo, es observar a Trump como el personaje de un infinito reality show. Si bien el fenómeno Kardashian es ideal para entender por qué millones de personas en su país lo votaron dos veces, y en el resto del mundo lo aplauden, ahora hay que verlo como el diseñador de una narración totalizadora del mundo, como un líder político pero también moral -porque todo líder político es también un líder moral-, capaz de tomar decisiones, que afectan a millones de personas en todo el mundo. ¿Qué pasará con Trump en los próximos años?

A estas alturas, sea como sea, el problema Trump ni siquiera es él. Es lo que la propia democracia puede resentirse cuando la mayoría de los votantes de un país elige, una y otra vez, a aquellos que levantan las banderas del odio, el discurso discriminatorio contra el otro, y lo legitima con la toma del poder.

Si la generación de los abuelos estuvo marcada por las Guerras Mundiales, la de los padres por las dictaduras y las revoluciones, la nuestra, los nacidos en los 70′s, por la caída de las Torres Gemelas; la generación de los niños y los jóvenes de hoy, tendrán en el futuro a Trump como el hombre clave de su época. Será difícil volver de todo eso.

Escena de "Ha vuelto", de Timur Vermes

En 2012 el escritor y periodista Timur Vermes publicó el libro Er ist wieder da, traducido al español como Ha vuelto, que inmediatamente se convirtió en best seller. En este libro, que también es un falso documental, el autor se atreve a imaginar cómo sería el regreso de Hitler a la Alemania contemporánea. Y sorprende ver que algunos se escandalizan, otros vuelven a dejarse seducir, pero nada pasa, nada tan grave pasa, hasta que este Hitler acomete el peor de los pecados: maltrata a un animal. Sin dudas si Trump hiciera sufrir a perritos enjaulándolos habría mas indignación entre la gente que la que hay por lo que les están haciendo a los hijos de migrantes.

¿Cómo es que se toleró que se separen a niños de sus familias, se los enjaulen como animales peligrosos, se los obligue a declarar en juicios contra sus padres? ¿Cómo fue que, avanzado el Siglo XXI, soportemos este regresión de los derechos humanos?

La clave, en una dialéctica tan cínicamente utilizada, es que el migrante, ese Otro que viene a ocupar un lugar nuestro, no suyo, es nadie. Es nada. Ese es el verdadero triunfo de Trump.

Heinrich Himmler decía que los nazis no mataban hombres, mataban judíos. Los militares argentinos de la última dictadura decían algo similar: que no mataban personas, que mataban subversivos. El nuevo régimen de odio mundial que lidera Trump, ya lo ha dicho sin decir, no es contra ningún ser humano, sino contra los otros.

Una explosión causada por una munición de la policía cuando partidarios del presidente de  Estados Unidos, Donald Trump, se reúnen frente al edificio del Capitolio de Estados Unidos en Washington (REUTERS/Leah Millis)
Una explosión causada por una munición de la policía cuando partidarios del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, se reúnen frente al edificio del Capitolio de Estados Unidos en Washington (REUTERS/Leah Millis)

El final de Trump es el inicio del trumpismo, que incita a sus hordas a tomar el Capitolio. ¿Cuándo iniciará la Marcha sobre Washington? Hace 100 años, a Mussolini no le llevó mucho tiempo que sus camisas negras tomaran Roma.

Si la llegada de Trump a la presidencia puede leerse en clave Kardashian y su gobierno a la manera del neo western, el momento actual debe analizarse leyendo a Philip Roth.

En su novela La conjura contra América, Roth se atrevió a imaginar un país gobernado por un presidente antisemita. Lo que hasta hace poco se leía como distopía, hoy conmueve en la posibilidad de que cualquier cosa puede ocurrir. En esta obra magistral (adaptada a serie por David Simon para HBO), el escritor cuenta cómo Roosevelt pierde las elecciones de 1940 en manos de Charles Lindbergh, un amigo de los nazis que gobierna los Estados Unidos a base de miedo y amenazas a judíos, italianos, inmigrantes. La xenofobia omnipresente, da paso seguro a muertes de odio y levantamientos sociales.

El punto de vista del protagonista, el niño Philip, observa Newark y el mundo con “un temor perpetuo”. Como el de miles que hoy observamos, pandémicos y confinados, el triunfo del trumpismo más allá de la democracia. El tonto de los westerns llegó para quedarse.


*Gastón García Marinozzi (Córdoba, Argentina, 1974). Escritor autor de las novelas Viaje al fin de la memoria (Tusquets) y El libro de las mentiras (Alfaguara).

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