Mundiales: Yo me acuerdo

Como un ejercicio de estilo, a la manera de Joe Brainard, Georges Perec, Margo Glantz, o Martin Kohan, un rescate de un proyecto más amplio los recuerdos de los mundiales de la infancia

(Maximiliano Luna)
(Maximiliano Luna)

Me acuerdo de mi madre bailando la zamba.

Me acuerdo del cielo grande de ese pueblo en el que nací. Era azul, pero también podía ser marrón. O gris.

Me acuerdo de la mesa tendida, el domingo a las doce, con veinte, treinta parientes gritando, riendo, peleando.

Me acuerdo de las carneadas en el campo. Me acuerdo del invierno.

Me acuerdo del frío de las mañanas, la gramilla congelada, los pulóveres de lana gruesa color gris. Como a veces podía ser el cielo.

Me acuerdo del camino de tierra y de los perros.

Me acuerdo de los hermanos de mi nonna, que al primero le pusieron Primo, al quinto, Quinto, y al que nació en domingo, Domenico.

Me acuerdo de la sangre que chorreaba de los cogotes de los cerdos, el olor a sal y a humedad del sótano, repleto de los jamones del año anterior.

Me acuerdo de las señoras haciendo chorizos y morcillas en un tablón grande debajo de un árbol cubiertas por el humo del asado.

Me acuerdo de las vueltas en el caballo, el caballo mío, el camino cerca de las vacas, esquivando la bosta. La vuelta a los bebederos, y el galope hasta la tranca más lejana.

Me acuerdo de los molinos de agua, me acuerdo de la alegría de mis primos.

Me acuerdo de la abuela leyéndome a De Amicis en italiano a la luz tibia del sol de noche antes de dormir.

Me acuerdo de Tom Sawyer, a quien yo me lo imaginaba vestido de gaucho.

Me acuerdo ahora de la frase de Bob Dylan: Nací muy lejos de donde se supone debo estar, por eso voy camino a casa.

Me acuerdo del Mundial de 1978 en Argentina. Argentina campeón. Tenía 4 años.

Me acuerdo de mi tío y mi autito rojo. Me acuerdo cuando me compró un acordeón de juguete. Me acuerdo que cantábamos Palomita blanca que pasas volando rumbo a la casita donde está mi amor.

Me acuerdo de mi tío entonando a Gardel, mientras se acordaba de cuando había sido cantor de tango. De los buenos. De los de verdad.

Me acuerdo lo bonito que cantaba.

Me acuerdo que empezó el Mundial. Me acuerdo de Gauchito, de las palomas de la inauguración, de las bandas militares. Lo vimos todos alrededor de un televisor nuevo que habían traído a la casa.

Me acuerdo de la revista Anteojitos y de los diarios que llegan a la casa y que leía en la falda de mi abuela mientras tomábamos la leche: Argentina gana, Argentina recibe al mundo, Argentina: Derecho y Humano.

Me acuerdo que por cada foto de Kempes, había cinco o veinte de Videla.

Me acuerdo del viaje a Buenos Aires para despedir a los abuelos que se iban a Italia en barco y me acuerdo que de los edificios tiraban papelitos hasta dejar todo el suelo blanco.

Me acuerdo que decían que era una fiesta, pero yo no me daba cuenta que se sonreía poco.

Me acuerdo que yo tenía un perro que se llamaba Tom, una camiseta de Argentina, otra de Boca Juniors, una más de Talleres de Córdoba. Y una pelota de Boca, también me acuerdo. Mi primo Miguel tenía una moto Honda.

Me acuerdo de algún gesto de mi tía Titina.

Me acuerdo de aquello de que El que no salta es holandés.

Me acuerdo de la foto esa, la del hombre sin brazos.

Me acuerdo de mi padre puteando cuando Videla salía en la tele. Me acuerdo que mi padre lloraba mucho. A veces de alegría, a veces de emoción, a veces de bronca.

Me acuerdo del Mundial España 1982. Italia Campeón. Tenía 8 años.

Me acuerdo de Lilita que me daba clases de italiano. Me acuerdo que a mí me gustaba su hija. Me acuerdo que iba a esas clases para verla.

Me acuerdo del nonno cantando el himno argentino con las mitad de las palabras sin poder pronunciarlas. Las palabras son mas tercas que la memoria. Olvidan, trasiegan, se meten en el idioma nuevo como polizones de la nostalgia.

Me acuerdo que el nonno cantaba esa parte del himno “Oh curemos con gloria morir”. No le salía decir juremos.

Me acuerdo que yo podía decir de memoria toda la formación: el Pato Fillol, Pato, como también le decían a mi papá, Tarantini, Ardiles, Maradona, Kempes. Y a los demás.

Me acuerdo que el día que jugó Argentina contra Italia no fui a la escuela. Me acuerdo de los nervios del abuelo. Ahora a mí me pasa lo mismo. Me acuerdo que mi mamá dijo que no podía ver ese partido.

Me acuerdo cuando entendí eso: cuántos países pueden habitar nuestros propios mundiales y todos estos mapas que somos.

Ahora me pasa lo mismo con mis hijos.

Me acuerdo del gol de Passarella a Dino Zoff sobre el final. Me acuerdo de las dos banderas extendidas sobre la mesa, como manteles.

Me acuerdo de Perec, que se acuerda de Yuri Gagarin.

Me acuerdo de Maradona, tan joven y ya tan viejo, tan milagroso, tan promesa. Me acuerdo que lo echaron en el partido contra Brasil.

Me acuerdo del gol de Rossi, y nosotros cantando y bailando alrededor de la mesa grande Bella ciao… oh bella ciao, bella ciao, bella ciao ciao ciao.

Me acuerdo de Clemente en la tele y el hincha de Camerún, burumbumbum burumbumbum yo soy el hincha de Camerún, eso debe estar en Youtube.

Me acuerdo que mi abuelo Manuel se había ganado un auto en una rifa.

Me acuerdo de las llamadas de un amigo de mi papá desde México. Cuando cortaba, mi mamá le preguntaba que qué le había dicho, y mi papá respondía, siempre, cada vez: Dice que es un país muy bonito.

Me acuerdo del Mundial México 1986: Argentina Campeón. Tenía 12 años.

Me acuerdo que ya le había dado un beso a la hija de la profesora.

Me acuerdo del año anterior, que hubo un terremoto. Me acuerdo que decían que se había muerto Don Ramón.

Me acuerdo que ya era amigo de Federico. Y que todavía lo somos. Me acuerdo que la familia a veces se tambaleaba, se extendía, se achicaba.

Me acuerdo que ahí siempre estaba mi tía.

Me acuerdo de mis primos que venían a ver los partidos a la casa, me acuerdo de las celebraciones en la plaza frente a la escuela, con las banderas y el frío, gritando y saltando alrededor de una escultura de San Martín a caballo.

Me acuerdo que en Argentina los mundiales siempre son en pleno invierno.

Me acuerdo de todos cantando, saltando, El que no salta es un inglés.

Me acuerdo de El Gol, claro que me acuerdo de ese gol, pero el gol de Maradona no vale en el recuento porque no es recuerdo, es constante, es de siempre, estuvo entonces, estuvo ayer y hoy, esta mañana, cuando volvimos a verlo en casa.

Me acuerdo de la final, del golpe del alemán al Tata Brown que lo dejó herido de un hombro. Me acuerdo de cómo se rompió la chomba para colgarse el dedo y seguir jugando. Eso sí que era ser héroe.

Me acuerdo que camiseta se decía chomba.

Me acuerdo de Brainard que se acuerda de la primera vez que le mandaron una carta.

Me acuerdo de los puntitos desenfocados del cartel del estadio. Me acuerdo del gol de Burruchaga. Me acuerdo que todos éramos felices en ese rato. Me acuerdo que la idea de la felicidad era algo claro, palpable. Era eso.

Me acuerdo de Argentina Campeón. Argentina Campeón. Argentina Campeón. No sé cuántas veces puedo decirlo como si fuera el único mantra de la felicidad al que puede aferrarse un niño de 12 años.

Me acuerdo de Alfonsín en el balcón. Maradona en el balcón. La copa. Qué linda es la copa. Me acuerdo de Valdano. Me acuerdo de la canción de Valeria Lynch. De mi padre llorando.

Me acuerdo que le escribí a João Havelange. Sí, al presidente de la FIFA. No recuerdo qué le decía en la carta, pero recuerdo que al poco tiempo llegó el libro de México 86. Maradona, la copa, el Azteca, la gente, eso que todos vimos.

Me acuerdo que Federico y yo queríamos ser periodistas. De cierta manera, ya lo éramos: desde los 10 años hacíamos una revista de deportes fotocopiada que vendíamos en la escuela.

Me acuerdo que le escribíamos cartas a gente así. Me acuerdo que poníamos simplemente en el sobre: João Havelange, FIFA, Zürich, Suiza, y llegaban. O Papa Juan Pablo II, Vaticano. O Presidente Alfonsín, Casa Rosada, Buenos Aires. O al Rey de España, o a la NASA, o a Gabriela Sabatini.

Me acuerdo que el que no respondió fue el Papa.

Me acuerdo que en la única oficina de correo de ese pueblo de cinco mil habitantes se les hizo normal traerme paquetes con un remitente desde el Palacio de la Zarzuela o desde Cabo Cañaveral.

Me acuerdo de Jacques Tati en Jour de fête.

Me acuerdo que no era una extravagancia que desde Italia mandaran por correo algo de las cenizas de algún pariente muerto. Me acuerdo de uno que las echó a la sopa.

Me acuerdo que la Nasa me mandó decenas de fotos del espacio, con la que tapicé toda mi habitación. Luego les pedí una gorra y me mandaron la lista de precios: cinco dólares.

Me acuerdo que se murió Borges.

Me acuerdo que Alfonsín me mandó una Constitución autografiada.

Me acuerdo que de la Federación Francesa de Futbol me mandaron unas calcomanías y de la de Bélgica, una camiseta que nunca llegó. Sospecho que se la robó el cartero.

Me acuerdo que Havelange me mandabas tarjetas de navidad en francés. Una vez le respondí que era injusto cómo trataban a Maradona. No me escribió más.

Me acuerdo que el cartero iba en moto. Una Puma.

Me acuerdo del Mundial Italia 1990: Campeón Alemania. Tenía 16 años.

Me acuerdo que para entonces ya odiaba a Italia, por freudianas cuestiones. Me acuerdo que odiaba el nacionalismo argentino, ¿por lacanianas razones?

Me acuerdo que empezaba la época del furor neoliberal-peronista de un presidente innombrable porque era yeta, mala suerte.

Me acuerdo del otro día que le quise contar un gol de Messi a Margo y me dijo que andaba monotemático.

Me acuerdo de Margo que se acuerda que gracias a Julio Verne y a su padre se volvió viajera.

Me acuerdo que odiaba al profesor de gimnasia.

Me acuerdo del desastre familiar y las esquirlas volando por todas partes.

Me acuerdo de mis amigos del secundario preocupados por hacer aviones, pero aviones de verdad. Me acuerdo que el director piloteaba uno que habían fabricado en el taller.

Me acuerdo que nos importaba poco el fútbol. Hasta que la selección se volvía imparable.

Me acuerdo de Amarcord: Voglio una donna.

Me acuerdo de la épica contra los infaustos que querían parar a Maradona a patadones. Me acuerdo del Gol de Caniggia a Brasil. Me acuerdo de los penales que paró Goycoechea. La semifinal. Y la final.

Me acuerdo, con precisión, de Maradona en el instante exacto en el que todo el San Paolo, lleno de ellos silbaron el himno argentino.

Me acuerdo de ese dominio de la cámara digno de Mastroianni, diciéndoles hi-jos-de-pu-ta, al compás del traveling de la transmisión, en directo para todo el mundo. A ellos, los suyos, que lo habían convertido en el Rey de Nápoles. Hi-jos-de-pu-ta y un tobillo enorme, inhumano, y cientos de golpes y la venganza en los penales.

Me acuerdo de Soriano. De Galeano.

Me acuerdo que el padre de Osvaldo Soriano también tenía una moto. Como el cartero de mi pueblo.

Me acuerdo de la azzurra, que como todos nosotros, vio Nápoles y ya podía morir

Me acuerdo que en La Habana no se juega al fútbol.

Me acuerdo que yo era un niño feliz.


*Gastón García Marinozzi (Córdoba, Argentina, 1974). Escritor y periodista. Autor de Viaje al fin de la memoria (Tusquets) y El libro de las mentiras (Alfaguara).

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