Adelanto de “Relato de un salto en alto”, el libro que aborda la historia de la banda cordobesa Proceso a Ricutti

El trabajo del periodista Dirty Ortiz pone en valor desde una óptica rockera la transición democrática en La Docta. Acaba de ser publicado por Vademécum y Rayosan Libros

La portada de "Relato de un salto en alto"
La portada de "Relato de un salto en alto"

Hacia mediados de la década del ’80, mientras Buenos Aires asistía al boom del rock nacional después de la guerra de Malvinas, en Córdoba se gestaba una incipiente escena rockera con bandas que tocaban temas propios en pubs y bares de la ciudad.

Pocos años después, esa movida ya se había consolidado y empezaba a ser registrada por las radios, los diarios y los canales de TV locales, donde se legitimaba la cruzada artística surgida al amparo de la recuperación de la democracia.

En ese entonces, sin Internet ni redes sociales, para grabar un disco y obtener reconocimiento nacional había que conquistar el mercado porteño, algo que a esa altura ya habían conseguido desde el interior los integrantes de la Trova Rosarina y Los Enanitos Verdes, de Mendoza.

Córdoba contaba desde comienzos de esa década con la vidriera de los festivales musicales que en principio se realizaban en las sierras pero que a partir de 1985 también montaron su escenario en la capital provincial.

Proceso a Ricutti, con su pop rock desfachatado y sus letras absurdas, fue una banda cordobesa nacida en 1987 como emergente de esa camada ochentosa. Tras actuar en 1988 en el Chateau Rock y lograr que la multitud corease su hit “Yo fui relator de salto en alto”, el grupo despertó la atención del sello BMG, que le propuso grabar su primer disco, Danza Mogo.

Ese álbum quedaría como único testimonio del tiempo y un lugar que generaron grandes expectativas, prolijamente derrumbadas por un contexto de hiperinflación y levantamientos militares.

Lo que sigue es un adelanto de “Relato de un salto en alto (Proceso a Ricutti y el rock de Córdoba en los ’80)", el trabajo del periodista Dirty Ortiz que pone en valor desde una óptica rockera la transición democrática en La Docta. El libro acaba de ser publicado por Vademécum y Rayosan Libros.

Proceso a Ricutti
Proceso a Ricutti

Adelanto de “Relato de un salto en alto”

En su última edición del año, la columna de los jueves en La Voz del Interior hizo un balance muy favorable de 1987 al destacar que “la ola rockera humedeció los entusiasmos cordobeses” y señalar que también allí había “cuatro grandes, como ocurrió en los años del cuarteto”. En ese cuadro de honor ubicaba a Jettatore, Astroboy, El Sueño Americano y Proceso a Ricutti. “La próxima edición del Chateau Rock, en caso de cambiar la modalidad de su programación, significaría una inmejorable ocasión para pasar en limpio todo lo acontecido en este año”, vaticinaba La Voz en ese artículo sin firma.

Sin embargo, mientras en Córdoba reinaba un entusiasmo palpable, en Buenos Aires la noticia de la muerte de Luca Prodan (el 22 de diciembre de 1987) causaba estupor en el ambiente y sellaba el cierre de una etapa brillante del rock argentino. En el transcurso del siguiente año, el fallecimiento de Miguel Abuelo y el de Federico Moura acentuarían esa sensación de vivir el epílogo de un ciclo, tal como lo describe Pablo Perantuono en el prólogo de 1988, el fin de la ilusión, de Martín Zariello, cuando habla de “las primeras víctimas notables de la resaca de los ochenta, el oscuro estertor de una bacanal con risas de mandíbulas tensionadas”.

Proceso a Ricutti aportaría el 17 de diciembre su propia anécdota a ese descontrol ochentoso con un episodio que no pasó a mayores, pero que terminó con su baterista, Pilón Damicelli, nuevamente tras las rejas. “Había ido a un recital de Fito Páez en Atenas y había comprado una bocha de faso. La dejé encanutada en el jardín de una casa a la vuelta del estadio, antes de entrar al recital. Me debe haber visto el dueño desde adentro porque cuando la fui a buscar a la salida, en la oscuridad me espiaban tres canas, que esperaron a que yo la recoja para detenerme”, se esfuerza en recordar el batero. Y remata con gracia: “Seis días después, estaba en libertad de nuevo y fumando otra vez”.

Recién en febrero se sacudió la modorra de los rockeros de La Docta, con la confirmación de que el Chateau Rock ’88 se iba a desarrollar el viernes 4 y el sábado 5 de marzo. Por primera vez, se iba a realizar una preselección de artistas noveles en las sedes de Buenos Aires, Rosario, Santa Fe y Paraná, que aportarían un representante cada una, más Córdoba, que dispondría de tres plazas. “Los interesados en ganar su lugar deben presentar un demo con tres canciones, acompañado de antecedentes, fotografía y letras”, detallaba una convocatoria a la que Proceso a Ricutti, como tantos otros, respondió inmediatamente.

Al llegar al día de la definición, ya se sabía que Los Chanchos representarían a Buenos Aires y que Punto G, de Cañada de Gómez, había salido victorioso en Rosario, en tanto que se había desistido de realizar la preselección en Santa Fe y Paraná. Después de una maratónica jornada en los estudios de Audiovisión, el jurado determinó que Proceso a Ricutti, El Sueño Americano y Jettatore serían las jóvenes formaciones cordobesas que actuarían en el estadio mundialista. Según lo dispuesto por el director artístico del evento, Mario Luna, las dos primeras integrarían la programación del viernes, al igual que Los Chanchos, en tanto que la tercera sería incluida en la grilla del sábado, el mismo día que Punto G.

"Yo fui relator de salto en alto", el hit de Proceso a Ricutti


G.I.T., Los Fabulosos Cadillacs, Luis Alberto Spinetta, Don Cornelio y La Zona, Los Violadores y Raivan Pérez tendrían a su cargo el espectáculo en la noche de apertura. Para el día siguiente, se anunciaba a Raúl Porchetto, David Lebón, Los Enanitos Verdes, Los Pericos, Duna, Los Músicos del Centro y Manuel Wirtz. Ya no había margen para atraer números del exterior como en las ediciones previas, porque la economía del país entraba en un cono de sombras del que tardaría al menos tres años en emerger. La asistencia de público, que iba a redondear unas diez mil personas entre los dos días, también reflejaba esa flaqueza de bolsillos. Joaquín Sabina, que arribó como invitado VIP porque andaba por la Argentina en gira de prensa, fue el único artista extranjero en el estadio, pero no subiría a cantar.

“Sabemos que el festival es una ocasión, quizá la única, para que nos escuche gente de Buenos Aires y de otros lugares del país”, reconocía a La Voz del Interior Santiago Viale, guitarrista de El Sueño Americano, en la víspera del debut de su grupo en el festival. En el mismo artículo, se citaba una declaración de Tincho Siboldi que refrendaba esas expectativas de su colega, porque subrayaba “el anhelo de contar con un buen sonido, a veces algo tan difícil para los grupos del interior”. La Movida del ’87 tenía al fin la chance de proyectarse más allá de esa avenida de circunvalación cordobesa cuyo anillo iba a cerrarse recién 30 años después.

Proceso a Ricutti estaba en condiciones óptimas para aprovechar esa oportunidad que se le presentaba a menos de un año de haberse constituido como agrupación. Después del arranque con los mendocinos de Raivan Pérez, los créditos locales salieron a matar, mediante una ráfaga de canciones que ya habían probado su eficacia: ‘Cecilia no’, ‘Soy sudaca’, ‘Desnudo en Siberia’, ‘Un rap para Bobby Sands’ y ‘Yo fui relator de salto en alto’, en ese orden. Paco describía así ese pequeño gran paso: “Teníamos que tocar cuatro o cinco temas cuando caía el sol. Mario Luna no nos había presentado. El último tema era ‘El relator’ y cuando lo estábamos tocando, me di cuenta de que la gente en la tribuna lo estaba coreando. Entonces yo me callé… y fue emocionante escuchar a todos cantándolo, era la primera vez que vivía algo así”.

“Bajamos del escenario y teníamos que pasar delante de la techada para ir a los camarines. Y cuando íbamos caminando, la gente estaba de pie gritando ‘¡¡Ricutti!! ¡¡Ricutti!!’. Y todos aplaudían mientras nosotros bailábamos ahí en el césped del Chateau. Mario Luna, que estaba presentando al grupo siguiente, Los Chanchos, tuvo que parar y decir algo sobre nosotros para prenderse en la historia”, me supo decir Paco.

La versión de Tincho es muy parecida: “Íbamos caminando abajo del escenario con los instrumentos colgados rumbo a los vestuarios y en ese trayecto vi que desde la tribuna empezaban a batir palmas. Miré hacia el escenario para ver quién subía y… no, era para nosotros. Sabíamos que habíamos sonado bien, pero esto para nosotros fue toda una revelación”.

Dirty Ortiz, autor de "Relato de un salto en alto"
Dirty Ortiz, autor de "Relato de un salto en alto"

Hueso Horsmann tuvo su propia perspectiva, porque arribó por su cuenta y se fue en colectivo junto a Chelo Seguí, que actuó como saxofonista invitado. “Llegamos en taxi y al entrar ya la gente nos pedía autógrafos, lo que nos vino bárbaro porque las chicas que iban con nosotros se emocionaron. Terminamos de tocar, salimos para ir a los camarines y la gente se paró a aplaudir. Entramos a buscar por todos lados quién era el famoso… y parece que éramos nosotros. Me sentí raro y como soy medio fóbico me metí corriendo a los camarines”, se sincera el tecladista.

A pesar de que fueron una de las revelaciones del festival, Hueso y Chelo se volvieron al centro en el colectivo 31, mientras el resto del grupo se apretujaba en la combi de Chacho Quiroga, un iluminador que habían conocido cuando actuaron en noviembre de 1987 en el Aula Magna de Arquitectura y que a partir de ahí les hizo luces y ofició como una especie de mánager. “En el ómnibus que tomamos para volver, la cosa se puso muy divertida para nosotros porque en un momento toda la gente empezó a cantar ‘El relator’ y con el Chelo nos miramos y nos dijimos: ‘¡Qué loco esto!’”, acota Hueso.

Más o menos a la misma hora en que los recién ingresados en el planeta de la fama celebraban esa victoria en el Chateau Rock, en Mar del Plata Alberto Olmedo se levantaba de la mesa del restorán Hamburgo para ir a encontrarse con su pareja, Nancy Herrera, de la que se había distanciado. Estuvieron juntos en el departamento donde él paraba durante la temporada, hasta que Olmedo cayó desde el balcón del piso 11 y se estrelló contra el piso. Proceso a Ricutti, con la comicidad de su pop-rock, todavía saboreaba las mieles del triunfo, cuando las radios anunciaban que había muerto uno de los humoristas que los había inspirado en su mordaz estilo.

Como una triste coincidencia, en la programación del segundo día, que transcurrió entre la llovizna y la lluvia, el pasaje más emotivo le correspondió a Sumo, cuyos miembros le rindieron homenaje al cantante Luca Prodan, fallecido unos meses antes. “Sumo nació en las sierras de Córdoba y en esta provincia se despide”, fueron las palabras de Roberto Pettinato al finalizar ese show, como primicia de la separación de esa legendaria banda, de la que luego salieron disparados Diego Arnedo y Ricardo Mollo hacia Divididos, Germán Daffunchio y Superman Troglio hacia Las Pelotas y Pettinato hacia Pachuco Cádaver.

Los Enanitos Verdes clausuraron la edición 1988 del Chateau Rock poco antes de que Los Enviados del Señor arrancaran una madrugada de “rock, pintura en vivo, diapositivas y sorpresas” en un local de Duarte Quirós al 500. El pop contagioso de la banda de Marciano Cantero contrastaba con esa locura muy poco ordinaria del trío cordobés, que había optado por un horario tardío, para permitir que la gente que había ido al festival pudiera estar presente. En esos años, cabía pensar que, en algún punto, dos propuestas tan disímiles como esas llegaran a intersecarse.

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