(Ilustración: Mapi de Aubeyzon)
(Ilustración: Mapi de Aubeyzon)

–Ya había venido a este edificio –dijo Roca apenas Luisa le abrió la puerta– Vine una vez, hace tres años. A lo de Andrade, en el cuarto piso.

Después estiró una mano blanda, que Luisa estrechó. La cara de Roca se había teñido de bordó y sus ojos parecían perdidos detrás de la nuca de Luisa, hacia el ascensor. Ella siempre reparaba en el color muy rosado de la cara de Roca, un color de intemperie, como recién llegado del campo. Le parecía un estanciero de los de antes, de los que caminan por Buenos Aires con boina y alpargatas de carpincho, un poco desorientados, tal vez por la falta de cielo y el exceso de ruidos. Sabía que su campo quedaba en el norte del país, que lo había mal vendido por las deudas, contraídas a raíz de los impues-tos llamados de “anticipo de ganancias”, a pesar de que había tenido sólo pérdidas en los últimos diez años. Le había contado a Luisa, con profusión de detalles, que se había negado a las criminalidades que cometían todos sus vecinos, en rigor de verdad todos los que pretendían sobrevivir; llamaba criminalidades a la forestación, a matar la tierra con glisfosato y sembrar soja consecutivamente todos los años. Luisa sabía, también, que había llegado a Buenos Aires un año y medio atrás, que los hijos no sabían que él no tenía trabajo y que les había dicho que el motivo de la mudanza era que el mayor de ellos empezaba la universidad.

Ahora miraba a Luisa a los ojos y parpadeaba, como esperando algo de ella, pero no supo qué. Cerraba los puños y torcía el cuello y Luisa sólo atinó a decir “pasá, pasá”. Roca caminó hacia la ventana con las manos detrás de la espalda. El cielo oscurecía veloz y entraba una luz opaca y lúgubre. Luisa se apuró en pisar el botón que encendía la lámpara. Roca miraba hacia afuera en silencio y se frotaba las palmas de las manos.

Luisa dijo que iba a cebar mate, enseguidita volvía. A los pocos minutos, cuando regresó con el termo y el mate, Roca preguntó:

–¿Conocés a los Andrade?

Los del cuarto piso, los Andrade. Luisa recordaba al hombre, bajito y de cabeza hundida en los hombros. Tímido o golpeado por la vida. Hola y buen día como pidiendo disculpas cada vez que compartían el ascensor. Recordó una reunión de consorcio en la que se discutían expensas extraordinarias para rehacer la azotea, y que el señor Andrade parecía indiferente o tal vez aburrido o, si no, enojado por el énfasis del resto de los copropietarios para defender o atacar la urgencia del nuevo enlozado de la terraza. A Luisa le había llamado la atención no poder discernir su postura. A ella la atraía el modo impasible de algunas personas, como si la apatía hiciera patente la inutilidad de todo esfuerzo. Total, es tan poco lo que los humanos controlamos de nuestras vidas. Una paradoja que ella fuera docente, se decía muchas veces Luisa, la tarea que parecería exigir la mayor esperanza en el valor de todo esfuerzo.

–Yo estuve de novio con Carlotita –siguió Roca.

–¿Carlotita?

–La mujer de Andrade, que murió hace tres años. Esto había sucedido un año antes de que Luisa y su familia se mudaran al edificio. No se había dado cuenta de que el señor impasible no tenía esposa. Qué raro que a ella se le hubiera escapado ese dato, que el señor Andrade tuviera tan bien escondida su soledad. Acostumbraba armar historias a partir de cualquiera que se cruzara en su camino y después se las contaba a sus amigas, como si, oyéndose, la historias se impregnaran de sentido.

Roca estaba casado y tenía cinco o seis hijos. Una esposa de baja estatura y corazón gigante, flequillo, zapatos chatos, pantalón de corderoy y un infaltable Montgomery de paño azul. Roca era un hombre alto, de espalda ancha y contextura maciza. Su ojos, de color celeste común, eran notoriamente melancólicos, tal vez por las pestañas espesas; y si hundía la mirada en los ojos de su interlocutor, podía ser tan afilada y tenaz como una cuchilla. Gente de misa los domingos los Roca, de sonreír beatíficamente y aludir al privilegio de la compañía de Jesús en cada párrafo de su conversación.

Luisa había comprado facturas para la reunión. Roca venía a proponerle a ella y a sus jóvenes compañeros docentes, que llegarían de un momento a otro, que se unieran a un nuevo grupo para dar clases de apoyo en la escuela parroquial de una villa en Boulogne. Luisa y sus compañeros lo habían conocido el año anterior en la ONG para la que habían trabajado en la Villa 31. Era voluntario en la parte administrativa y había tratado de ordenar las finanzas de la ONG, que se mantenía con los impuestos de los que ciertas empresas se veían exentas, porque habían creado oportunamente las fundaciones que llevaban su nombre. Luego se enteraron de que ese dinero no iba a parar a donde debía. La ONG no tenía ninguna intención de que se percibiera lo completamente corrupta que era y con un pretexto y otro terminaron empujando a Roca fuera del control de las finanzas de la ONG y más tarde a Luisa y sus jóvenes compañeros.

Roca había comenzado su trabajo de voluntario para ocuparse de lunes a viernes ahora que estaba desempleado y, como le había dicho la mujer de Roca a Luisa, también para que los hijos no notaran el desempleo del padre. Poco tiempo después, consiguió voluntariarse en otro trabajo comunitario en otra villa, sin ONG sino con unos curitas tan esperanzados como él respecto de la caridad humana. Luisa sabía que ella y su grupo de docentes, en el fondo, no iban a aceptar el ofrecimiento de Roca y, por esa razón, probablemente, los demás se demoraban. Eran muy jóvenes para llevarse bien con Roca y quizás estuviesen demasiado desencantados para trabajar a las órdenes de un grupo de curas de fe y convicciones inquebrantables.

Roca había dejado de mirar por la ventana hacia el cielo encapotado y oscuro. Se dio vuelta y miró incisivamente a Luisa a los ojos, un largo rato.

–Pidió de verme antes de morir, sabés.

–¿Carlotita?

–Me llamaron al campo y me contaron que estaba enferma y que había pedido verme.

Se sentaron. Roca en el sofá, las manos sobre las rodillas, Luisa en el sillón. Empezó a cebar mate. Oscurecía y la luz de la lámpara de pie daba una sensación mustia, pero Luisa dudó en ponerse de pie para prender otra luz porque le pareció mal, le sobrevino una sensación de irrespetuosidad, como si estuviera por encender la radio en un velorio. Roca tomó una media-luna de la bandeja colocada en la mesita y Luisa, quieta en el sillón, le pasó el mate.

–La petisa me dijo andá, cómo no vas a ir. Esperamos el fin de semana y nos vinimos en el auto con los chicos. Son once horas de viaje, sabés. Pero lo combinamos con una visita a las abuelas y también aprovechamos para llevarlos al dentista. En Santiago del Estero no hay un dentista decente, ¿podés creer? La petisa me acompañó hasta aquí. Andrade me puso una cara de odio que no te cuento. Qué tipo más distinto a mí, me dije. Lo opuesto. Yo, un bohemio campechano. Él, un financista triunfante. Lo que pasa es que Carlotita quedó muy mal cuando cortamos, viste. Y yo dos años después me casé con la petisa y nunca más me acordé de ella. En aquella época yo le decía Carlota, pero cuando me llamaron al campo dijeron Carlotita y después me enteré de que así le decía todo el mundo. Entré yo solo al cuarto. Andrade, indignado, me dijo que así lo había pedido ella. ¿Te molesta?, le dije a la petisa. Ella me dijo no, para nada, amor, andá, yo te espero acá. Una mujer de oro, la petisa.

Sonó el timbre del portero eléctrico. Eran los jóvenes docentes. Dos chicos y una chica, recién recibidos. Luisa oyó sus risas en la vereda y le pidió al hombre de seguridad que les abriera. Demorarían unos minutos en subir. Corrió de vuelta al sillón. Roca sonrió y suspiró.

–Cáncer de útero. Qué increíble que hoy en día te puedas morir de eso. Que no lo descubran a tiempo y lo saquen. ¿Para qué quiere un útero una mujer que ya tiene hijos?

–¿Y qué te dijo?

Roca sonrió de un modo pícaro, Luisa jamás le había visto esa sonrisa. Levantó los hombros y resopló.

–¿No me vas a contar lo que te dijo Carlotita?

En ese instante se oyó ruido en el palier, los chicos ya estaban ahí. Traían la energía y el entusiasmo de los veintipico. Se sacaron los abrigos, comentaron qué ricas las facturas, uno de ellos quiso un té en vez de mate. Acomodarse les llevó un buen rato. A Roca no le gustó ese despliegue de abrigos, carpetas y comentarios banales, esa forma tan estridente que tenían los jóvenes de llamar la atención sobre ellos mismos. Después él habló de los curitas y de la huerta que estaban haciendo en la villa de Boulogne, que llamó “de emergencia”. Su trabajo y su emoción sonaron pulcros en comparación con la putrefacción de la ONG que acababa de abandonarlos.

Sin embargo, una parte de la cabeza de Luisa seguía ocupada en la imagen de Roca en el cuarto de la moribunda, la puerta cerrada. Trataba de imaginar el saludo, lo que se dijeron después. Luisa nunca había entendido el amor y esta historia, que le producía intriga –sobre todo el modo misterioso en el que Roca se la estaba contando esa tarde–, tal vez propusiera una clave, posi-blemente una evidencia. La luz de afuera se había extinguido cuando Roca dijo que debía irse, apurado, a las ocho de la noche. Iba a llevar a la petisa al cine. Ella había tomado el tren, debía esperarla a dos cuadras de Retiro.

Roca caminó hasta el ascensor y cuando se estaban despidiendo, se volvió como quien se olvida algo.

–Vos querés que te cuente qué me dijo Carlota.

–Me lo estabas por contar y justo te interrumpieron los chicos.

Se notaba que hablar de aquella mujer le sumaba a Roca algo que, de otro modo, le estaba faltando. Pero era evidente que no quería cerrar su relato sólo para satisfacer a Luisa. Quizá, pensó ella, si lo hacía perdería algo sustancial de su intimidad delante de una extraña, delante de una mujer que ignoraba todo de él y a la que conocía sólo por una actividad que ocupaba su ocio. A lo mejor, arriesgó Luisa, quería guardar el secreto por-que si ponía en palabras aquella rara visita envuelta por la muerte, se le haría claro un sentido que prefería que se le escurriese.

–Me dejás con la intriga –insistió Luisa.

Roca se desprendió del aire fúnebre que lo cubría y soltó una carcajada mecánica y mordaz.

–Sus palabras no te dirían nada a vos –dijo con los ojos entrecerrados y media sonrisa.

Después, sobrevino un silencio incómodo.

–Estos sí que viven la vida –dijo Roca cuando las carcajadas de los jóvenes se oyeron en el palier como si ese espacio vacío las multiplicara.

La luz roja indicaba que el ascensor había llegado.

Roca estiró una mano para abrir la puerta.

–¿Por qué lo decís? –preguntó Luisa, a modo de ruego de que no se fuera sin terminar su relato.

–Y, ahora es distinto que en la época de los milicos. Vos sos más joven que yo, pero antes no se podía hacer nada, todo estaba prohibido.

–¿Nada de qué?

–Nada de nada.

Roca la miró fijo y a Luisa le pareció que su boca hacía una mueca rara, como de satisfacción.

–A los doce días llamaron al campo –siguió–. Yo ya estaba en la cama con un libro y oí el teléfono. Después viene la petisa llorando y me dice se murió Carlotita. Yo no dije nada. Apoyé el libro en la mesa de luz y me fui a dormir. Dos o tres días más tarde le dije a la petisa ¿y vos por qué llorabas si no conocías a Carlota? Ella me dijo que de lástima, morirse tan joven, Carlota tenía hijos, como ella. Le dije que no lloraba de lástima, lloraba de miedo de que algo así le pudiera pasar a ella.

Roca sonrió de una manera que a Luisa le costó definir. Le vio los dientes de arriba solamente; de repente hizo un esfuerzo por ponerse serio, pero no lo consiguió. Permaneció así, mirándola fijo hasta que entró en el ascensor, apretó el botón para descender y cruzó las manos por delante, a la altura de su sexo, como quien se dispone a rezar y pedir perdón.


Ilustración: Mapi de Aubeyzon.


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