La noche final, novela por entregas/6

Día a día, Infobae Cultura reproducirá esta ficción inédita que se desarrolla en el marco de una misteriosa disminución de oxígeno que avanza desde la Patagonia. La obra, que transcurre dentro de un hospital, es una reflexión sobre los conflictos humanos y cómo las personas enfrentan las grandes tragedias

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(Shutterstock.com)
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Continúa tirando de la camilla y avanza lentamente hasta Neonatología. Apenas entra, las mujeres lo miran.

—Menos mal que volviste, te llamaba y daba siempre ocupado —dice Victoria.

—¿Cómo están acá? —pregunta él.

—Mal, cada vez más calor, ¿y afuera?

—Sofocante también y sigue bajando el oxígeno.

—No entendí, ¿cómo que bajó el oxígeno?

—Sí, bajó el porcentaje en el aire.

—¿Mucho?

—Bastante, así que deberíamos sellar las ventanas.

—¿Y si dura mucho? —pregunta la mujer—. Gonza la mira molesto. Ella sigue—: No sé, digo, puede durar un montón esta porquería, va a ser cada vez peor si sigue así.

—Algo tenemos que hacer, no vamos a dejar que los bebés… —dice Gonza y se detiene. Los bebés y nosotros, estaba por decir, pero se frenó. Todavía no había pensado en eso. Y ahora que lo piensa, mientras pasan dos o tres segundos, se da cuenta de que la mujer tiene razón.

Y, mientras se va recostando contra una columna del panel, se vuelve a acordar de sus hijos. Y de sus padres. Y del Pelado. Supone que habrán encontrado la manera de resistir, que también en otros lados habrá gente aguantando, que no es tan difícil si uno se pone a pensar.

Entonces se deja deslizar hacia abajo hasta sentarse en el piso. Victoria se acerca y le pregunta qué le pasa. Un mareo, ya se le va a pasar, está mejor sentado, explica él. Respira profundo un par de veces y repite que no se preocupen, que ya se le va a pasar.

Insólito, pero sucede, su esposa se le presenta nítida hablando de algo primordial para una pareja: el futuro.

“El mañana Gonza, el mañana. El porvenir de los chicos, el de nosotros, así nunca vamos a llegar a ningún lado, y menos si seguís en el hospital, no hay futuro ahí, ¿cuándo vas a entender? Aunque te guste el hospital, hay que probar particular, afuera, abrir algo en el centro, donde se haga diferencia. ¿No querés ayudar a la gente, no te da pena el dolor ajeno y decís que tu vocación es ayudar?, y bueno querido, así también podrías aliviar a la gente y de paso colaborás con tu propia familia, que también necesita ayuda, por si no te diste cuenta. Si te importáramos no serías tan cabeza dura y escucharías lo que te digo. Hay pocos que se dedican a terapia respiratoria, en la zona cada vez hay más trasplantados y bebés prematuros que necesitan kinesio. Tenés que avivarte, hay que sacarle provecho a lo que uno sabe, ¿qué tiene de malo? Ganaríamos el triple. Pero no, el tipo quiere seguir estancado en el hospital, metido día y noche por cuarenta mil pesos roñosos, así nunca vamos a salir adelante Gonza, nunca”.

“Además yo quiero lo mejor para mis hijos, entendés, lo mejor quiero, como cualquier madre. No soy ambiciosa, uso el sentido común, miro más allá, pienso en el mundo que se viene, que es muy distinto”.

Gonza se agita al recordar. Sin embargo, como en tantos momentos inesperados, le ocurre lo que nadie entiende: sonríe. Y Victoria, que se acercó con un vaso de agua, le pregunta de qué se ríe. Entonces él, ya sin tanto vértigo, sintiéndose un poco mejor, explica que ríe porque no había pensado en el futuro.

—¿De qué hablás, Gonza? —pregunta Victoria.

Él explica que hace un rato, cuando se le ocurrió salir, tenía esperanzas porque no había pensado en el futuro. En el futuro lejano, aclara. Siempre le pasa lo mismo, en cualquier circunstancia, él se concentra en el presente, o en un futuro bien próximo, las horas que están por llegar, por ejemplo, por eso fue a buscar tubos y por eso en general anda contento; pero recién se puso a pensar y le salió la sonrisa porque se dio cuenta de que para él, el futuro es cortito, está ahí nomás, nada que ver con el de otros que siempre miran más lejos. Y sonríe porque no se da cuenta, siempre fue de reírse en los momentos más inesperados o por motivos que a nadie le dan risa, le aclara.

Victoria le pregunta si se siente bien. Él contesta que sí, que en el piso está más fresco, y explica que la camilla venía muy cargada, por eso se agitó tanto, pero ya se va recuperando. Ella quiere saber si necesita algo. Descansar, descansará un minuto y sale de nuevo. Aunque cada vez sea peor, tiene que salir a buscar tubos, aclara.

Porque también le pasa algo extraño, aunque algo vaya de mal en peor, él siempre tiene la esperanza de que se va a revertir, toda la vida le pasó. Tal vez por eso le ocurra lo de la sonrisa.

Y después de unos segundos en silencio vuelve a hablar:

—No queda otra, Vicky, hay que ocuparse de los chicos y la sala, eso es lo importante.

Victoria quiere saber cómo está la gente afuera. Entonces Gonza demora unos segundos en explicar que quienes encontraron un lugar con aire y oxígeno, aguantan, pero hay algunos que no, y hace un gesto con la mano abierta, un movimiento horizontal y breve, con los dedos juntos, como cortando el aire, del cual inmediatamente se arrepiente.

Victoria cambia la expresión, un destello de fatalidad comienza a evidenciarse en su mirada, un cambio que Gonza presiente cómo terminará. Creyó que la respuesta breve y el acompañamiento gestual sería mejor que detallar, pero al advertir la reacción de Victoria, duda.

Ella se levanta y camina hacia el mostrador del office. La mujer se acerca a Victoria. Gonza se arrepiente, debería haberle mentido.

La mujer se acerca a Gonza y le habla como enojada:

—¿Cuál es el problema?

—El aire —dice Gonza.

—¿El aire, qué mierda pasa con el aire? —pregunta de manera prepotente.

—Escasea, por eso la gente se descompone.

—Así que eso están haciendo estos hijos de puta, ¡mirá vos si serán…! O sea que lo están acaparando en algún lado para que se mueran todos, después lo sueltan de nuevo y listo; sin contaminar nada nos matan igual y dejan el mundo disponible para ellos —agrega girando hacia Victoria, que parece no escuchar ni prestar atención.



Victoria camina despacio cubriéndose la boca con una mano, con la otra sostiene el celular. Mira el piso. Va y viene por la sala, hasta que vuelve del fondo decidida, como si hubiera descubierto algo. Directamente enfila rápido hacia la incubadora de Lautaro. Se acerca al panel, observa los instrumentos, verifica el nivel de saturación en sangre, abre un cuarto de vuelta las válvulas del poliducto y sigue con Romina. Recorre sin pausa las demás. En casi todas hace ajustes, controla que los sensores estén bien colocados, chequea hasta que llega a la de Marcos.

En la misma posición, pálido, inmóvil. Lo observa unos segundos. De inmediato cierra la válvula de aire comprimido, después la de oxígeno y apaga los instrumentos. Un instante más en el lugar, sin quitar la vista, despidiéndose en silencio o tomando coraje para el siguiente paso.

Gonza la mira sabiendo lo que sucede. Victoria no puede permanecer quieta, necesita hacer algo de manera constante, aunque la nota más activa que de costumbre. Igualmente siempre fue muy dinámica y de no perder tiempo. Tampoco de meterse en quilombos. Gonza sabe que anda mal, que los últimos tiempos fueron complicados con su ex. Un tipo de esos que parecen buenos, que todo el mundo nota amables, pero que en el fondo son todo lo contrario. Un hijo de puta que sabe cómo conseguir lo que quiere, resume Gonza cada vez que hablan de eso.

Quizá por eso ella nunca quiso tener un hijo. O tal vez por su propio drama. El dolor y la angustia de saber que la abandonaron en la guardia de un hospital al poco tiempo de nacer. Un dolor que cada tanto aflora, como un animal eterno que habita en la profundidad del lago y de vez en cuando asoma su cabeza para tomar aire y confirmar que existe, que nunca dejará de rondar bajo la superficie. Porque eso es lo que Victoria siente, algo que no se ve fácilmente, , pero que está, molesta, muerde.

¿Cómo podía ser que sus padres no se encariñaran con ella a pesar de haberla tenido un tiempo?, le comentó Victoria más de una vez.

Por eso comenzó a buscarlos. Para entender.

Lo primero que hizo fue visitar el hospital de Cipolletti, la sala donde la encontraron, uno de los pocos lugares en los que estuvo con su madre. O con su padre. O con ambos, no sabe. Ahí, entre esas paredes donde alguien tomó la decisión de abandonarla, sintió que debía buscar la verdad costara lo que costara.

Hay muchas maneras de dejar un cabo suelto, un detalle que se le haya escapado a su madre. Eso es lo que buscaba, el cabo suelto, el hilo, la pista.

Dejarla en esa sala, sola, corriendo el riesgo de que no la encontraran y muriera, daba también la sensación de que el acto no había sido pensado. Quizá fuera un arrebato, un momento de desesperación, un trance de impotencia, como averiguó Victoria que les sucede a quienes regalan o dan en adopción a sus hijos. Quizá ella era una más de un montón de hijos que su madre tenía y dejarla no había sido más que un acto repetido.

Mirando las paredes de esa sala pensó en aquel momento. Se le ocurrió que probablemente hubo una despedida, un instante en el que su madre dudó entre dejarla o no. Un minuto en el que le habló al oído y le dijo que la perdonara, que no tenía otra salida, que algún día… Se le escaparon lágrimas al vislumbrar eso. Como probablemente sucedió cuando la encontraron. Tal vez alguien la oyó llorar, una persona del hospital que vio a sus padres alejarse de la sala, una enfermera de las que todavía puede estar trabajando ahí, se le ocurrió en aquella primera visita.

La mujer vuelve a especular en voz alta:

—Deben tener depósitos inmensos estos desgraciados, claro, comprimen el aire y lo van guardando, imaginate, ¿quién los va a descubrir?, después lo sueltan de nuevo y listo, nos matan a todos sin mover un dedo.

Victoria regresa al mostrador sin prestarle atención, como si ya hubiera entendido que la mujer necesita soltar esas cosas. Levanta el teléfono, marca y espera.

—Vamos, alguien atienda. Vaamoos —vuelve a decir sin mirar a la mujer, que ahora no habla y se mantiene pendiente del vamos. También se lleva una mano a la boca cuando Victoria empieza a llorar. Y, a la vez que hace el movimiento de taparse la boca, pregunta qué pasó. Victoria no responde, se cubre la cara con las manos, se derrama sobre sus dedos. La mujer se acerca, le pide que le explique qué pasó, qué le dijeron. La mujer le apoya la mano en la espalda y también llora mirando a Gonza como pidiendo ayuda. Él está a punto de recriminarle para qué habla estupideces y hace esos comentarios si después no se aguanta lo que provoca. Pero no, opta por levantarse y caminar hacia Victoria, que se va enderezando, se seca los ojos con una toalla y dice que ya está, basta, a ocuparse del trabajo, no ganan nada con llorar.

Gonza recoge una caja de pañuelos descartables del mostrador, se la entrega a Victoria y repite lo que decía siempre para dejar de discutir con Lucrecia:

—Mejor ocupémonos de los chicos—. Y también hace algo que acostumbra cuando una situación se complica o alguien sufre, cambia de tema o suelta la primicia que había olvidado contar.

—En los tanques grandes hay oxígeno para varias semanas, si lo cuidamos y no hay pérdidas en las cañerías —aclara.

Las mujeres se miran y, a pesar de que no sonríen, tampoco manifiestan gestos mordaces, ni sueltan maldiciones ante la noticia. Ninguna expresa que igual, tarde o temprano se va a acabar de todas maneras. No, ellas hacen algo estupendo, maravilloso para Gonza, se mantienen calladas. Entonces Gonza, mirando a Victoria, vuelve a hablar.

—Lo que sí, habría que apagar los respiradores y cerrar las válvulas en las habitaciones, debe haber un montón abiertas de gusto en todo el hospital.

—¿Y los pacientes? —pregunta Victoria.

—Habrá que ir viendo —dice Gonza a la vez que se sorprende por la soltura de su respuesta. O por lo que piensa. Aunque no completó la frase, sabe lo que pasó por su cabeza, se vio acercándose a un enfermo, calculando si aguantará, dándole un vistazo a la historia clínica y decidiendo en un par de segundos si el paciente tiene alguna posibilidad. Pero también, al rescate surge otro pensamiento que le parece más razonable, aunque dificultoso para llevar a cabo; de todas maneras cree conveniente comentarlo. Y lo hace.

—El que está bien y con posibilidades, lo traemos o le dejamos abierto, y el que no, le vamos cerrando—. Otra vez se impresiona al escucharse hablar con tanta naturalidad de algo que no sabe si será capaz de ejecutar. Pero no tiene ganas de seguir explicando. Y tampoco le gusta hablar de lo que no le gusta hablar.

Y después del momento de silencio, Victoria le habla:

—¿Te parece, Gonza, por qué no esperamos acá?, a ver si salís y te pasa algo.

Pero él no quiere conversar más. Ni pensar en los inconvenientes ni analizar las probables dificultades. Las pocas que se le presentan son descartadas inmediatamente. Otra característica personal. Siempre la luz, caminos viables, posibles. Y aunque parezca absurdo o fuera de lugar, le ocurre algo fantástico, inesperado, insólito, que lo distrae: le gustó que Victoria le pidiera que se quedara, sintió un placer espontáneo al escucharlo. La notó preocupada, como si estuviera verdaderamente interesada en él. De todas maneras, prefiere no demorarse y camina directamente hacia la entrada, donde dejó el tubo portátil.

—Voy a buscar unas cosas más y también a ver si hay gente que pueda venir. Si encuentro otro tubo portátil, porque a éste le queda como para salir una vez más, si no tardo mucho.

—Fijate en el segundo, ahí deberías revisar —dice Victoria. Él piensa que ella se refiere a que en el segundo puede haber tubos portátiles, y le está por preguntar en qué parte, cuando ella completa la sugerencia—: Muchos pacientes del segundo tienen aire y oxígeno.

—Sí, ya sé. ¿Y qué más necesitamos? —pregunta mientras recorre la sala con la vista tratando de descubrir lo que les falta.

—No sé, Gonza, si esto dura mucho, vamos a necesitar de todo.

—Yo me quedaría acá, no me arriesgaría de gusto —acota la mujer.

—Si es lo que pienso, no va a durar mucho, tengo un presentimiento, pero después les cuento, primero voy a confirmarlo, ahora voy al baño y salgo —dice Gonza y deja el tubo en el piso. Desde el baño escucha que la mujer le dice a Victoria que este chico no le gusta nada, lo ve demasiado infantil y le parece que no deberían permitirle que tome las decisiones; vaya a saber cómo terminarán si le hacen caso. Victoria dice que Gonza sabe lo que hace, que tiene mucha experiencia. Gonza sale decidido a hablar con Victoria sobre lo que acaba de escuchar, pero se detiene a mitad del recorrido, el celular le vibra en el bolsillo.


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