La noche final, novela por entregas/5

Día a día, Infobae Cultura reproducirá esta ficción inédita que se desarrolla en el marco de una misteriosa disminución de oxígeno que avanza desde la Patagonia. La obra, que transcurre dentro de un hospital, es una reflexión sobre los conflictos humanos y cómo las personas enfrentan las grandes tragedias

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—Hola Lucre, escuchame una cosa.

—¿Dónde estás?

—En el hospital.

—¡Vení, por favor!, que los chicos están descompuestos —grita ella.

—No puedo.

—¡Cómo que no podés!, vení urgente, no te digo que los chicos están mal.

—Es que está complicado acá.

—Igual, buscá algo y vení de alguna manera.

—Es que no se puede, las calles están taponadas y no se puede andar sin oxígeno. Hagamos una cosa, tengo un plan.

—Justo cuando más te necesito no podes venir, ¿te das cuenta lo que digo siempre? No sabés lo que muestran en la tele.

—¿No dijeron de qué es?

—Todavía no saben, pero se está alterando la atmósfera muy rápido.

—Escuchame una cosa, ¿no sentís que falta el aire?

—Calor siento, no se puede ni respirar acá del calor que hace.

—Debe ser por la altura que todavía aguantan, pero podría llegar arriba también, se deberían preparar.

—¿Preparar para qué?

—Está bajando el nivel de oxígeno.

—¿Y qué querés que prepare?

—Tenés que buscar un lugar bien alto del edificio y encerrarte ahí con los chicos, si es lo que pienso, va a durar poco.

—¡Pero escuchame! —grita Lucrecia.

—Vas a tener que hacer lo que te digo si quieren salvarse.

—No me digas eso, capaz que acá no llega, recién hable con la vecina y ella tampoco...

—¿Qué querés Lu, que te mienta? Vos prepará un bidón grande con agua, algo de comida y llevás a los chicos al quincho del edificio. Los dejás ahí y me llamás que después tenés que bajar a buscar un tubo de oxígeno a donde te voy a decir.

—Pero arriba va a ser peor.

—¿Cómo peor?

—¡Y claro, tarado!, si falta el oxígeno acá, arriba va a faltar más.

—¿Estás segura vos?

—Y sí, igual que en las montañas, si no sabés vos…

—Entonces es algo que hace descender el nivel acá abajo, pero igual hay que aislarse de alguna manera.

—¡¿Te pensabas que los iba a dejar solos allá arriba, estás loco vos?!

—Bueno quédense ahí, pero hacé una cosa, sellá bien las ventanas de un sector con cinta de embalar, a todas las hendijas ponele cinta, puertas y ventanas, y cuando termines llamame que tenés que ir a otro piso a buscar un tubo. Y apurate a sellar todo que no hay mucho tiempo. Yo mientras pienso.

—Bueno, ahora veo cómo hago.

Gonza no alcanza a decirle lo último que se le acaba de ocurrir. Debería haberle dicho que no deje el celular en ningún lado y busque un sector chico, como la cocina y el lavadero, que no se demore sellando todo el departamento. Entonces llama de nuevo, lo dice y corta.

Gonza se detiene para descansar contra la pared. Aprovecha la pausa para enchufar el medidor de gases y comprobar que bajó otras dos décimas. Unos segundos más recostado y vuelve a tirar con fuerza para seguir.

Sala de enfermeras, consultorios externos, oftalmología. Se acuerda de la notebook del oculista, entra al consultorio para buscarla. El médico en el piso. Vuelve al pasillo con la computadora y continúa caminando hasta que necesita descansar otra vez.

Se apoya en la pared y se pregunta si valdrá la pena. No se contesta. Porque apenas termina de preguntarse recuerda a sus hijos. El corazón se le acelera al pensar en ellos. Entonces trata de continuar con lo que se le ocurrió desde un principio, la primera intención. Vuelve a caminar, pero no logra evitarlo, a cada paso se le presentan. Joaquín primero, Sofía después. Está pensando en Sofía cuando vibra el celular.

—Ya está —dice Lucrecia.

—¿Qué aislaste?

—La que va al comedor y a los dormitorios y la ventana de la cocina, lo más fácil.

—Igual es mucho, pero después vemos, ahora vas a tener que bajar hasta el décimo.

—¡¿Al décimo?!

—Sí, tenés que ir a buscar un tubo de oxígeno, yo estoy usando uno y ando lo más bien, es la única que nos queda, Lucre, ¿te acordás del viejo que yo le hacía kinesio, no vivía en el décimo?

—No, no me acuerdo.

— El que rompía las pelotas hasta los domingos, que tenía enfisema…

—Sí, sí, el décimo A era.

—Vas a tener que bajar Lucre, ir hasta el depto de él, siempre tenían dos tanques grandes.

—Pero…

—Escuchame, andá mientras hablamos que el nivel sigue bajando. Capaz que está con una enfermera o con alguien que lo cuida y te puede ayudar.

—Bueno, esperá que les digo a los chicos.

Gonza escucha. Ella explica que vuelve en un ratito, que se queden ahí y no salgan, le pide a la nena que cuide a su hermano y cierra la puerta.

—Ya estoy esperando el ascensor.

—Ah, pará, llevá herramientas por si no te abren, tenes que entrar de alguna manera.

—¡Pero vos estás loco!

—Haceme caso Lucre, tenés que confiar en mí alguna vez.

—Sí, claro, ¡cómo si no hubiera confiado!

—Mejor volvé y buscá la caja de herramientas que está en el lavadero, abajo del termotanque.

—¿La roja?

—Sí, la única que tengo. Abrila y sacá la maza, es un martillo grande.

—Acá está, ¿uno de mango verde?

—Sí, ahora buscá un destornillador, el más grande que haya y te vas al décimo. Vas a tener que hacer todo rápido, pero sin correr, y si te falta mucho el aire, subí de nuevo que te podes descompensar.

—A ver si me pasa algo y los chicos solos.

—Dale, Lucre. Y no cortemos, sigamos hablando, si no me entendés bien es porque tengo la mascarilla puesta.

Gonza espera con el teléfono en la oreja. Se apoya contra la pared y respira hondo.

—¿Llegaste?

—No, estoy en el ascensor. Ahí está, ya salgo.

—Bueno, tocá timbre.

—Estoy tocando.

—¿Y?

—No atiende nadie.

—Tocale de nuevo.

—Esperá un poco, recién toqué.

—O golpeales fuerte y explicales que hay un problema.

—Me parece que no hay nadie.

—Si no te abren es porque no están.

—Capaz que estaban acostados, esperemos.

—¿Te falta el aire ahí a vos?

—Un poco.

Gonza escucha los golpes de la puerta a la vez que sigue tironeando la camilla.

—¿Y?

—No sale nadie.

—Golpeales más fuerte —Gonza escucha los golpes en la puerta. También los gritos de Lucre: “Abran por favor, soy del edificio, hay una emergencia”.

—No, no hay nadie.

—No pierdas tiempo, dale con la maza al lado de la cerradura.

—¿Y si hay alguien?

—Si hay alguien va a tener que abrir.

—Bueno, pero vos te hacés cargo, ¡eh! Dejo el teléfono porque no puedo.

—Bueno, pero no cortes, guardalo prendido.

Tres, cuatro golpes. Ruidos. Lucrecia vuelve a hablarle.

—Ni se mueve. Le di con todo y ni se mueve.

—¿Le pegaste fuerte?

—Lo más que puedo, pero ni se mosquea la puerta.

—Capaz que la hizo blindar después que entraron los chorros al cuarto.

—No puedo más, no me dan los brazos, y estoy re agitada.

—Hacé una cosa, tocá en la del vecino.

—Ya hubieran salido, no debe haber nadie tampoco.

—Probá, si no te abren, dale con la maza en la cerradura.

—¿A la del vecino?

—Sí, vas a tener que pasar de un balcón al otro y entrar por el comedor.

—¡Pero vos estás loco!

—Dale que vas a poder, primero hay que entrar al departamento, después nos fijamos si se puede.

Gonza oye otra vez golpes. “Abran que soy del edificio, hay una emergencia”, grita Lucrecia y golpea varias veces. Golpes secos, fuertes. Tres, cuatro, cinco. “Sííí, se abrió”, dice Lucrecia.

—Parece que no hay nadie, está todo oscuro.

—Navidad Lu, se van todos al carajo, fijate si podés salir al balcón.

—Esperá que abro, me tiembla todo, mirá si llega alguien.

—No va a ir nadie, quedate tranquila.

Gonza se detiene otra vez para apoyarse en la pared.

—Ahí está, ya salí.

—No mires para abajo.

—Tarde, como siempre.

—¿Te animás a pasar al otro?

—No sé, tendría que probar poniendo una silla.

—Bueno, fijate cómo podés hacer.

—¿Y si tienen trabada la ventana?

—No creo, pero si la tienen trabada rompés el vidrio y listo.

—Bueno, esperá —dice ella.

Gonza avanza unos metros más. Se detiene para subir a un banco del pasillo y mirar hacia la vereda de enfrente. Dos personas caminan abrazadas. Un poco más adelante, un hombre a punto de caerse. Gonza se pregunta por qué estarán salvándose su esposa y esas personas. Estarían mejor preparados o serán más sanos, los primeros en morir habrán sido los que tienen problemas respiratorios. Pero se da cuenta de que también a las enfermeras y al personal del hospital les afectó. Y mientras piensa en eso se le ocurre que debería llamar a las personas de la calle. Entonces abre una ventana, se quita la mascarilla y les grita. Ambos se pierden atrás de un camión. Les vuelve a gritar, les pide que miren hacia la ventana, que entren por el estacionamiento. Las personas no salen de atrás del camión. Gonza espera, pero no las ve aparecer. Otra vez oye la voz de Lucrecia y se acomoda la mascarilla para hablar mientras baja del banco.

—Voy a poner la tabla de planchar.

—¿No será muy débil?

—Es eso o la mesa ratona, pero es muy pesada.

—Probala antes de subir.

—Ya la probé entre dos sillas y aguantó bien.

—Bueno, pero cuidado ¡eh! Me da miedo que te pase algo.

—¿Y quién me hizo venir?, hubieras pensado en otra cosa. Además estoy mareada, me parece que me está bajando la presión.

—Bueno, fijate, si no podés…

—Sí, sí, voy a poder, no están tan lejos los balcones.

—Bueno dale, apurate que adentro seguro están los tubos de oxígeno.

—Ahí voy, te dejo porque tengo que usar las dos manos.

—Cuidado ¡eh! Y no cortes.

Gonza sigue caminando con el teléfono en la oreja e imagina a Lucrecia acomodando la tabla de planchar entre las barandas de los balcones, subiendo a la silla, afirmando un pie en la tabla y sosteniéndose del marco de la ventana o apoyándose en la pared.

Gonza se detiene al oír un ruido brusco, metálico.

—¡Lucre, Lucre! —grita.

Nada, apenas escucha un leve zumbido y, unos segundos después, un ruido seco corta la comunicación.

—¡Lucre, Lucre! —vuelve a gritar.

Llama otra vez. La voz de una mujer le anuncia lo que no quiere escuchar. Corta y marca nuevamente. Lo mismo.

Se le cayó el teléfono, lo puso en el bolsillo de atrás del pantalón y se le fue saliendo, seguro, se dice Gonza.

Tercer intento, otra vez la grabación. Apoya la espalda en la pared, se marea, le gira todo.

“La puta madre. ¿Para qué mierda le dije?”, pregunta en voz alta.

¿Y si voy? Tengo que ir, eso debería hacer.

En bicicleta aunque sea. Llevo un tubo portátil, manejo con una mano. No, un tubo chico es poco, pero uno grande es muy pesado para ir en bici. Pero de alguna manera tengo que llevarles oxígeno.

Mejor una moto. Con una moto podría más fácil. Pero los tubos…

A no ser una motito chica, le ato dos tubos y los llevo a la rastra, si voy por el asfalto…

Una vibración en la mano le hace detener los pensamientos. Mira la pantalla. Número desconocido.


—Hola.

—Soy yo, del teléfono de acá.

—¡Ay menos mal!, pensé que…

—¿Qué, que me había hecho pelota?

—No, que se te cayó el teléfono pensé.

—Sí, se me cayó y casi me caigo yo también, pero acá entré. El viejo está en la cama, me parece que se murió.

—¿Y la mujer?

—No sé, no hay nadie más.

—¿Estás segura de que está muerto?

—Me parece que sí, lo estoy mirando y ni se mueve.

—¿Y el tubo?

—Acá está, tiene la mesa de luz llena de remedios y el nebulizador al lado.

—¿Qué dice el tubo?

—Air Liquide, es un tubo blanco.

—Buenísimo, por las dudas comprobá que el hombre esté muerto.

—¿Y cómo hago?

—Tocalo.

—No está tan frío.

—Tomale el pulso o ponele algo de vidrio cerca de la boca a ver si respira.

—Bueno, esperá que encuentre algo.

Gonza transita de nuevo tirando de la camilla con una mano y sosteniendo el teléfono con la otra.

—Me parece que sí.

—¿Qué sí qué?

—Que se murió, pelotudo.

—Entonces no perdamos tiempo, fijate en el lavadero a ver si hay otro tubo.

—Sí, ya lo ví.

—Sacalo.

—¿Y cómo lo saco?, debe ser pesadísimo.

—Mejor si es pesado, quiere decir que está lleno. Hacé una cosa, acostalo despacio en el piso y arrastralo por los cerámicos que va a ir fácil.

—¿Y después?

—Y bueno, abrí la puerta y lo llevás arrastrando hasta el ascensor. Vas a tener que encontrar la llave primero.

—Siempre tan inteligente vos.

—O atalos con algo y los llevás de tiro.

—Bueno, te corto así puedo usar las dos manos.

—Escuchame, pará, pará un poquito. Antes de salir buscá la mascarita del viejo y las mangueras del nebulizador.

—¿Se la saco?

—¿No me dijiste que está muerto?

—Por eso, pero la máscara está en el nebulizador, la estaría usando.

—Igual, después la lavás arriba.

—Pero los tubos tienen máscara y manguera en una bolsita. Ya tengo dos ahí.

—¿Y para vos?

—Ah, tenés razón.

—Otra cosa, no me cortes.

—Es que me está faltando el aire y estoy mareada.

—Bueno, revisá si hay broncodilatadores entre los remedios.

—¡Qué sé yo de remedios!

—Bueno, poné todo en una bolsa y después vemos. Y fijate qué otra cosa podés necesitar.

—Bueno, te corto y te llamo de arriba.

—¿Encontraste la llave?

—Ahora busco, lo único que falta, que me quede encerrada con el viejo este.



Gonza se detiene unos metros más adelante. Debería ir a buscarlos. No le queda alternativa, tiene razón Lucrecia. Lo piensa unos segundos y le parece lo más conveniente. Entonces levanta el tubo de la camilla, retrocede por donde había venido y sale a la vereda por la primera puerta que encuentra abierta. Ve a la gente en el piso mientras camina, pero no les presta atención, va concentrado en sus pasos, pensando que debería agarrar la diagonal y cruzar el centro lo más rápido posible. Apura los pasos, pero se agita y siente un mareo. Disminuye la velocidad mientras va mirando los autos atascados. Si pudiera conducir alguno quizá llegaría en pocos minutos. Debería buscar uno que esté orientado hacia allá, aunque le parece que hay demasiado amontonamiento como para circular. Sigue caminando hasta la esquina y lo comprueba: no hay lugar para desplazarse, demasiados vehículos en la calle. Podría arriesgarse en una moto. Le parece lo más conveniente. En una moto llegaría en cinco minutos, entonces podría traerlos, se dice y se detiene por el mareo y la agitación. Mientras se repone se pregunta cómo traerlos. Tal vez no haga falta, podría quedarse con ellos, ayudarle a Lucrecia, de esa manera…, está pensando y se da cuenta de que sería un error, se les acabaría más rápido el oxígeno si son cuatro para respirar. Quizá ni alcance a llegar con el tubo que lleva, por ir hasta allá…, dice y vuelve a mirar la calle, las personas dentro de los autos, las cabezas inmóviles. Un vacío inmediato se le forma en el pecho. Levanta el tubo para ver el manómetro y comprueba que no le queda para mucho tiempo. Mejor volver, ella se va a arreglar bien, afirma y gira para regresar al hospital, al patio, a la camilla que debe llevar a la sala.



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Novela por entregas: Todos los capítulos de “Lo que resta de la vida”, de Federico Jeanmaire

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