Lo que resta de la vida, novela por entregas/9

Día a día, Infobae Cultura reproduce esta ficción inédita del autor de “Más liviano que el aire”. Finalizada a comienzos de febrero, la obra del escritor argentino indaga sobre el lugar que ocupa la muerte en las ciudades y en cada uno de nosotros. Un libro que al escribir la muerte, no hace otra cosa que hablar de la vida

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José Vizca no está colgado en mi pared. Prefiero a Strauss, el pescador. Y a mis demás familiares. Jamás se me ocurriría mezclarlos con alguien que eligió exponerse sobre una columna, muy por encima del resto de la humanidad muerta.



A partir de la extraña soledad de José Vizca, ahí arriba, sobre su pedestal en el cementerio de mi pueblo, se me acaba de ocurrir algo imposible de corroborar. Se supone que, en más de un siglo, alguno de sus muchos descendientes tendría que haber heredado las ganas de posar para la eternidad. Lugar sobra para otra columna. La base tapizada con lajas de granito es lo suficientemente amplia. Sin embargo, ahí quedó mi tatarabuelo, completamente solo y mirando hacia el río.

¿Ningún Vizca tuvo en todos estos años deseos de acompañarlo?

¿Habrán sentido vergüenza sus descendientes?

Sospecho que sí, que por ejemplo Lidya, una de las tres hijas de José, tuvo mucho que ver con el hecho de que mi bisabuelo le comprara al señor Fraga la bóveda familiar apenas un par de años más tarde. Sospecho que lo convenció, que mi bisabuela no quería por nada del mundo que sus restos descansaran debajo de esa columna y tan cerca de ese busto.

Eso es lo que sospecho.

Aunque, claro, mi sospecha es perfectamente imposible de corroborar.



A la izquierda de Strauss, uno poco más abajo y dentro de un marco rectangular de color marrón claro con detalles dorados y algo roto en alguno de sus lados, tengo fotografiada a la familia Genoud. El motivo de que estén todos reunidos en la galería del patio interno de la casona familiar, en el campo, parece ser el casamiento de una de las hermanas menores de Luis, el padre de mi abuela Ángela.

Los novios están de pie.

En el centro de la escena.

Sentados, uno a cada costado de los novios, están los abuelos. También a los padres de granmamá, a aquellos que discutían tanto en alemán, seguramente por precaución los han sentado separados a cada uno de los lados. Mi abuela está de pie. Es la primera de la izquierda. Tiene un vestido blanco y lleva un moño gigante que le sostiene el pelo. Es una nena hermosa.



Mi madre vuelve a llamar por teléfono. Me pide disculpas por hacerlo, pero no recuerda cuándo es que le dije que iba a ir a visitarla. Y enseguida se las arregla para agregar que su memoria no anda nada bien, que los parches que le recetó el médico no la están ayudando, que no le gusta ese médico, que lo va a cambiar. Le respondo que voy a ir el martes, ya no dudo entre lunes o martes, le explico que necesito hacer algo mañana en Buenos Aires, que llegaré el martes a mediodía. También le cuento que le llevo un perfume que traje para ella de Alemania.

No le digo que lo que tengo que hacer mañana es volver al cementerio alemán de la Chacarita.

No se lo digo porque la palabra cementerio va a recordarle que encontró la bóveda familiar muy sucia, con telarañas y abandonada. No se lo digo porque parece haberse también olvidado de la angustia que eso le produjo, solo tiene palabras para contarme en detalle las andanzas de Diego.



Ninguno de los Genoud que aparecen en la foto con sus mejores ropas, vive. Están muertos. Todos. Solo conocí a algunos de ellos. A tres de las hermanas de mi abuela y a dos de sus hermanos. A quien recuerdo con más cariño es a Josefina. La llamaban Fina y volvió a vivir en el pueblo durante los últimos años de su vida. Tenía la voz ronca, le gustaba mucho el vino, fumaba un cigarrillo detrás del otro y se reía tanto como granmamá aunque más fuerte. Aparece junto a ella en la foto familiar. Y con un moño similar.



Me quedo pensando en cómo ha cambiado el mundo en poco más de un siglo. Y en lo fácil que resulta descubrir esos cambios a partir del cementerio de imágenes que instalé en mi pared. No me refiero solamente a la obvia referencia de que una fotografía era un evento trascendental en aquella época y hoy es un hecho cotidiano y hasta redundante. No. No me refiero a eso. Me he quedado un largo rato mirando la disposición de los Genoud en el patio de su casona.

Hay un diseño, en la foto.

Una idea de familia.

Los abuelos ocupan el lugar estelar junto a los novios. Luego, a cada uno de los lados, la importancia de sus integrantes va decreciendo para llegar, en el extremo inferior izquierdo, hasta los moños de Angelita y de Fina. No tengo ninguna duda de que hoy, el lugar estelar estaría ocupado por las niñas. Y los abuelos estarían de pie, casi escondidos detrás del resto de los participantes en el evento. Siempre ocuparían un lugar secundario. Las decenas de imágenes que tomarían los teléfonos de cada uno de los presentes, solo atenderían a los encantadores moños que lucían tanto mi abuela como su hermana.



Debajo de la familia Genoud conservo enmarcado un carnet de becaria de mi tía Lía. Era París y era el inicio de la década del sesenta del siglo pasado. Su foto está engrampada sobre una cartulina gris con las siglas de la Union Nazionale des Étudiants de France en negro.

Lía era hermana de mi padre.

Un año menor.

Y en la fotografía tiene el pelo bastante corto y peinado con cierto volumen, perfectamente a la moda de la época. Está muy seria. Sospecho que debido a la emoción que le causaba que la hubiesen becado para realizar un posgrado en Francia. Había nacido en el campo. Y aunque era todavía más bonita cuando se reía y me elegía pastos pampeanos para que masticara durante mi infancia, entiendo su seriedad: había llegado a París después de mucho esfuerzo y encima le pagaban para estudiar los libros que tanto le gustaban.

Murió muy rápido, mi tía.

A los cincuenta y nueve años. Cuando yo todavía la necesitaba.



Abajo del carnet de la ANEF, hay otra fotografía de Lía. Dentro de un marco oscuro y humilde, en esta tiene unos catorce o quince años de edad. El pelo muy largo y sujeto a los costados. Y ahora, mientras no puedo dejar de mirarla, se me ocurre que tendría que haber llenado la pared solo con fotos de ella.

Tan fundamental fue.

Y tanto que ver con todo lo que me gusta y he hecho de la vida.

Durante mi niñez, Lía ya no vivía en el campo. Ni siquiera en el pueblo. Ella siempre estaba volviendo a visitarnos después de algún viaje. Del París de los años sesenta me trajo unas diapositivas de los vitrales de Notre Dame. De Suiza, una caja con lápices de colores Carandache que eran la envidia de mis compañeros de escuela: si mojabas las puntas de las minas con la lengua, los colores resplandecían sobre el papel. De la Patagonia, ella daba clases de literatura allí, me trajo, en sucesivos viajes, restos de madera de un bosque petrificado, un disco de María Elena Walsh y el libro que más recuerdo de mi infancia, una adaptación para niños de Las mil y una noches.

Los viajes.

La literatura.

Eso fue Lía, el aviso de que el mundo era enorme. Y que, además de enorme, estaba repleto de libros y de cosas que tenía que salir a descubrir. Cosas y libros que nunca iba a encontrar en mi pueblo. Jamás.



¿Está muerta mi tía Lía? ¿Acaso mueren realmente las personas que han sido, y todavía son, tan importantes en nuestras vidas?

No lo creo.

En verdad, no lo creo.

Puede que sus restos físicos sean aquellos que descansan contra la pared izquierda del primero de los subsuelos en la bóveda familiar de mi pueblo. Puede ser, no lo niego. Pero hay más restos que esos restos. Restos de ella que van conmigo a todas partes. Restos que me ayudan, justo en este momento, por ejemplo, a elegir una palabra o a desechar otra. Restos que me avisan que ya está bien, que no siga, que se ha hecho hora de poner un punto y aparte.



Llamo por teléfono a Juan. La excusa es avisarle que he decidido viajar el martes a visitar a mi madre, que antes necesito ir otra vez al cementerio alemán, que nunca fuimos durante un día de semana, que si no trabaja por la mañana, voy temprano así me acompaña. Me contesta que sí, que puede, que pase a buscarlo a las diez.

El pretexto funciona.

Durante un rato, me duele bastante menos la muerte de mi tía Lía.



Acabo de releer las últimas líneas que escribí justo antes de llamar por teléfono a mi hijo. La palabra restos se repite. Una y otra vez. Y aunque parece siempre la misma palabra, no lo es. Por eso las he dejado exactamente ahí en donde las encontré.



En alguna de sus repeticiones, no sé en cuál ni cómo es que sucedió, la palabra restos me llevó de viaje. Hasta la catedral de Colonia, en Alemania. Un edificio gótico monumental reconstruido después de la Segunda Guerra Mundial que visité hace algunos años. A espaldas del altar mayor, y protegido dentro de una enorme caja de vidrio, se encuentra el gran atractivo de la iglesia, el sarcófago que, supuestamente, guarda los restos de los tres reyes magos, aquellos que guiados por una estrella, llegaron a Belén cargados de ofrendas para celebrar el nacimiento de Jesús.

La gente se agolpaba para tomarse fotos junto a las columnas que sostienen la caja de vidrio.

Yo también.

Aunque no creo que nos importara la veracidad o la falsedad del asunto. Las fotografías eran al sarcófago, no a los probables o improbables restos físicos guardados dentro de él. A un objeto de un dorado brillante trabajado hasta el detalle por algún maestro orfebre de la antigüedad. Sin embargo, algo de la palabra restos rondaba a la aglomeración de turistas que nos amontonábamos debajo de la caja de vidrio. Creo que había mucho del recuerdo en esas fotos. El recuerdo de la espera de su llegada, montados sobre sus camellos y cargados de regalos, cada seis de enero de nuestra infancia.

No dejaban de ser fotos a restos.

A nuestros propios e inolvidables restos infantiles.

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