"Bolivar" (Debate), de Marie Arana

Capítulo 1: El camino hacia Bogotá

Nosotros, tan buenos como ustedes,

lo hacemos nuestro señor y amo.

Confiamos en usted para defender nuestros derechos

y libertades. Y si no: No.

—Ceremonia de coronación, España, c. 1550

Lo oyeron antes de verlo, el ruido de los cascos golpeando la tierra regular como el latir de un corazón, urgente como una revolución. Cuando surgió del bosque veteado por el sol, apenas pudieron distinguir la figura en el magnífico caballo. Era pequeño, delgado. Una capa negra ondeaba sobre sus hombros.

Los rebeldes lo observaron con desasosiego. Los cuatro habían estado cabalgando hacia el norte, esperando cruzarse con un realista que huía en la otra dirección, alejándose de la batalla de Boyacá. Tres días antes, los españoles habían sido sorprendidos por un ataque relámpago de los revolucionarios —descalzos, con ojos desorbitados— que bajaron de los Andes como un enjambre. Los españoles huían, dispersándose por el paisaje como un rebaño de ciervos asustados.

“Aquí viene uno de esos perdedores malnacidos”, dijo el general rebelde. Hermógenes Maza era un veterano de las guerras de independencia de la América española. Los realistas lo habían capturado y torturado y estaba sediento de venganza. Espoleó su caballo y siguió cabalgando. “¡Alto! —gritó—. ¿Quién anda allí?”.

El jinete siguió a pleno galope.

El general Maza alzó la lanza y bramó su advertencia una vez más. Pero el extraño simplemente avanzó, ignorándolo. Cuando se acercó lo suficiente para mostrar nítida e inequívocamente sus rasgos, se volvió fríamente y le lanzó una mirada al general rebelde. “¡Soy yo!—gritó el hombre—. No seas tan tonto, hijo de puta”.

El general quedó boquiabierto. Bajó su lanza y dejó pasar al jinete.

Y así fue como Simón Bolívar cabalgó hacia Santa Fe de Bogotá, capital del Nuevo Reino de Granada, en la sofocante tarde[8] del 10 de agosto de 1819. Había pasado treinta y seis días recorriendo las llanuras inundadas de Venezuela y seis días marchando sobre las vertiginosas nieves de los Andes. Para el momento en que alcanzó el gélido paso, a tres mil novecientos metros, llamado páramo de Pisba, sus hombres a duras penas estaban vivos, iban mal vestidos y se daban palmadas para recuperar su deficiente circulación. Había perdido a un tercio de ellos a causa de las heladas o el hambre, la mayor parte de sus armas debido al óxido y hasta el último caballo por la hipotermia. Aun así, a medida que él y sus desaliñadas tropas bajaban tambaleándose por los peñascos, deteniéndose en los pueblos del camino, había reunido suficientes nuevos reclutas y provisiones para obtener una victoria contundente que, con el tiempo, vincularía su nombre a los de Napoleón y Aníbal. A medida que las noticias de su triunfo se propagaban, las esperanzas de los rebeldes se aceleraron y los españoles sintieron una fría punzada de miedo.

La capital del virreinato fue la primera en reaccionar. Al enterarse del avance de Bolívar, los agentes de la Corona abandonaron sus casas, posesiones y negocios. Familias enteras huyeron con poco más que las ropas que llevaban puestas. Maza y sus compañeros escucharon las ensordecedoras detonaciones cuando los soldados españoles destruyeron sus arsenales y huyeron hacia los cerros. Incluso el cruel y malhumorado virrey, Juan José de Sámano, disfrazado de humilde indígena con una ruana y un sombrero sucio, abandonó la ciudad presa del pánico. Sabía que la venganza de Bolívar sería rápida y severa. “¡Guerra a muerte!”, había sido la consigna del Libertador; después de una batalla había exigido la ejecución a sangre fría de ochocientos españoles. Sámano entendió que él también había sido despiadado al ordenar la tortura y exterminio de miles de hombres a nombre del trono español. Desde luego, las represalias seguirían. Los partidarios del rey salieron de Santa Fe, como se llamaba Bogotá en ese entonces, inundando los caminos que conducían al sur, vaciando a Santa Fe hasta que sus calles quedaron en un espantoso silencio y los únicos residentes que quedaban estaban del lado de la independencia. Cuando Bolívar supo esto, saltó sobre su caballo, ordenó a sus edecanes que lo siguieran y avanzó prácticamente solo hacia el palacio virreinal.

Aunque Maza había combatido al lado del Libertador años atrás, ahora difícilmente reconocía al hombre que pasaba frente a él. Estaba demacrado, sin camisa, con el pecho desnudo bajo una harapienta chaqueta azul. Debajo de la gastada gorra de cuero, la cabellera era larga y gris. La piel estaba áspera por el viento y bronceada por el sol. Los pantalones, antes de un escarlata oscuro, se habían desteñido a rosa mate; la capa, que le servía de cama, estaba manchada por el tiempo y el barro.

Tenía treinta y seis años y, aunque la enfermedad que le quitaría la vida ya circulaba por sus venas, parecía animado y fuerte, lleno de una energía ilimitada. Mientras atravesaba Santa Fe y bajaba por la Calle Real, una anciana corrió hacia él. “¡Dios me lo bendiga, fantasma!”, dijo, percibiendo —a pesar del aspecto desaliñado del Libertador— su singular grandeza. Casa por casa otros se arriesgaron a salir, primero tímidamente y luego en una creciente masa humana que lo siguió hasta la plaza. Desmontó con un ágil movimiento y subió los escalones del palacio.

A pesar de su menguado físico —un metro con sesenta y siete y apenas 59 kilos—, el hombre poseía una innegable intensidad. Sus ojos eran de un negro penetrante y su mirada inquietaba. La frente era profundamente arrugada, los pómulos altos, los dientes uniformes y blancos; la sonrisa, sorprendente y radiante. Los retratos oficiales presentan a un hombre menos imponente: pecho magro, piernas increíblemente delgadas, manos tan pequeñas y hermosas como las de una mujer. Pero cuando Bolívar entraba a una habitación su poder era palpable. Cuando hablaba, su voz motivaba. Tenía un magnetismo que parecía empequeñecer a los hombres más recios.

Disfrutaba de la buena cocina, pero podía aguantar días, incluso semanas de hambre severa. Pasaba jornadas agotadoras a lomos de su caballo: su resistencia como jinete era legendaria. Incluso los llaneros, domadores de caballos de las recias llanuras venezolanas, lo llamaban con admiración “Culo de Hierro”. Como ellos, prefería pasar las noches en una hamaca o envuelto en su capa sobre el suelo desnudo. Pero se sentía igualmente cómodo en un salón de baile o en la ópera. Era un soberbio bailarín de conversación ingeniosa, un cultivado hombre de mundo que había leído mucho y podía citar a Rousseau en francés y a Julio César en latín. Viudo y con juramento de soltería, también era un mujeriego insaciable.

Cuando Bolívar subió las escaleras del palacio virreinal en el bochorno de aquel día de agosto, su nombre ya se conocía en todo el mundo. En Washington, John Quincy Adams y James Monroe no lograban decidir si su incipiente nación, fundada en los principios de autonomía y libertad, debía apoyar la lucha de Bolívar por la independencia. En Londres, curtidos veteranos de la guerra de Inglaterra contra Napoleón se enrolaron para luchar por la causa de Bolívar. En Italia el poeta lord Byron puso a su bote el nombre de Bolívar y soñaba emigrar a Venezuela con su hija. Pero faltaban cinco años más de carnicería para expulsar a España de las costas latinoamericanas. Al final de aquella guerra salvaje y humillante, un solo hombre recibiría el crédito por concebir, organizar y liderar solo la liberación de seis naciones: una población un cincuenta por ciento mayor que la de América del Norte, una masa del tamaño de la Europa moderna. Los obstáculos que superó —una formidable potencia mundial consolidada, vastas áreas de naturaleza inexplorada, las lealtades divididas de muchos pueblos— habrían desanimado a los generales más hábiles al mando de los ejércitos más poderosos. Pero Bolívar nunca había sido soldado. No había recibido entrenamiento militar formal. Sin embargo, con poco más que voluntad y genio de líder, liberó a gran parte de la América española y sembró el sueño de un continente unificado.

A pesar de todo esto era un hombre muy imperfecto. Podía ser impulsivo, testarudo, lleno de contradicciones. Hablaba con elocuencia sobre la justicia pero no siempre fue capaz de impartirla en el caos de la revolución. Su vida sentimental encontraba la manera de desbordarse al dominio público. Tenía problemas para aceptar las críticas y le faltaba paciencia en las discrepancias. Era particularmente incapaz de perder con elegancia en las cartas. No sorprende que a lo largo de los años los latinoamericanos hayan aprendido a aceptar las imperfecciones humanas de sus líderes. Bolívar se lo enseñó.

Al crecer la fama de Bolívar, se le conoció como el George Washington de América del Sur. Había buenas razones para ello: ambos provenían de familias adineradas e influyentes; ambos eran ardientes defensores de la libertad; ambos fueron héroes de guerra, pero aprensivos para dirigir la paz; ambos se negaron a convertirse en reyes; ambos afirmaron que querían regresar a la vida privada pero se les llamó a edificar gobiernos. A ambos se les acusó de ambición desmedida.

Allí terminan las semejanzas. La acción militar de Bolívar duró el doble de la de Washington. El territorio que cubrió era siete veces más grande y abarcaba una asombrosa diversidad geográfica: desde selvas infestadas de caimanes hasta los confines nevados de los Andes. Además, a diferencia de la guerra de Washington, Bolívar no habría podido ganar sin la ayuda de las tropas negras e indígenas. Su éxito para unir a todas las razas alrededor de la causa patriota fue el punto de inflexión en la guerra por la independencia. Es justo decir que dirigió tanto una revolución como una guerra civil.

Pero quizás lo que más distingue a estos hombres puede verse con mayor claridad en su obra escrita. Las palabras de Washington fueron medidas, eminentes, dignas, producto de una mente cautelosa y deliberada. Los discursos y la correspondencia de Bolívar, por el contrario, fueron ardientes y apasionados, y representan algunos de los mejores escritos de las letras latinoamericanas. Aunque casi siempre escribió con premura —en los campos de batalla y por los caminos—, su prosa es lírica y a la vez majestuosa, inteligente pero históricamente fundamentada, electrizante pero profundamente sabia. No es exagerado decir que la revolución de Bolívar cambió el idioma español, pues sus palabras marcaron el comienzo de una nueva era literaria. El viejo y polvoriento castellano de la época, con sus florituras y sus engorrosas locuciones, en su notable voz y pluma se convirtió íntegramente en otra lengua: imperiosa, vibrante y joven.

Hay otro contraste importante: a diferencia de la gloria de Washington, la de Bolívar no duró hasta la tumba. Con el tiempo, la política en los países que Bolívar creó se volvió cada vez más inmanejable, sus detractores cada vez más vehementes. Finalmente llegó a creer que los latinoamericanos no estaban preparados para un gobierno verdaderamente democrático: abyectos, ignorantes, recelosos, no comprendían cómo gobernarse a sí mismos, habiéndoles arrebatado sistemáticamente esa experiencia sus opresores españoles. Lo que necesitaban, según él, era la mano dura de un ejecutor estricto. Empezó a tomar decisiones unilaterales. Impuso un dictador en Venezuela y le anunció a Bolivia que tendría un presidente vitalicio.

Cuando tenía cuarenta y un años, los funcionarios de cada república que había liberado y fundado empezaron a dudar de su sabiduría. Sus asistentes —celosos y desconfiados de su extraordinario poder— declararon que ya no apoyaban su sueño de una América Latina unificada. Surgieron los regionalismos, siguieron las disputas fronterizas, las guerras civiles y, en los propios salones de Bolívar, las traiciones de capa y espada. Al final, vencido, no tuvo más remedio que renunciar al mando. Su cuadragésimo séptimo —y último— año terminó en la pobreza, la enfermedad y el exilio. Luego de entregar la totalidad de su fortuna personal a la revolución, murió pobre y devastado. Pocos héroes en la historia han recibido tanto honor, tanto poder y tanta ingratitud.

Pero en la tarde del 10 de agosto de 1819, mientras se hallaba junto al espléndido escritorio virreinal en el palacio de Santa Fe de Bogotá, las posibilidades de la América de Bolívar no tenían límites. El déspota español había salido tan de prisa de la habitación que había olvidado llevarse la bolsa de oro que estaba sobre la mesa. De hecho, cuando Bolívar reclamó la reserva en pesos que quedaba en la hacienda del virreinato, comprendió que la suerte estaba a su favor: su revolución estaba en pie para heredar todas las riquezas abandonadas de un imperio en decadencia. También heredaba un torbellino de caos político y social. En el término de unos pocos años, el yugo español de tres siglos impuesto sobre las Américas se había roto y comenzaba el viaje realmente difícil hacia la libertad.

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