"Niña con gato", de Pierre Auguste Renoir

Esa tarde me quedé sentada en el balcón. No muy lejos, se escuchaba el piano de mi vecina. Las notas eran irregulares. Una vez yo había visto el piano, mi vecina lo había heredado y lo tenía en una habitación de departamento minúscula. La señora vivía sola. Lo tocaba los sábados a la tarde y los domingos. Nunca aprendía ninguna canción entera.

Aquella tarde no limpié la casa, aunque estaba sucia. En cambio, me tomé una pastilla que me había dado el médico y me quedé ahí afuera, bien tapada con una frazada. El sol estaba amarillo y daba en la pared blanca, en las plantas y en los mosaicos antiguos. Atravesaba todas estas cosas con un rayo de claridad que formaba un triángulo como la hoja de un cuchillo.

La chiquita que vive en el departamento de al lado llora. Llora todo el tiempo. Deben tener etapas de llanto los chicos. No lo sé. Su llanto no es rebelde, ni histérico, ni demandante. Es el lamento continuo de un millar de ranas en la noche.

A mis veintes, yo estaba haciéndome mi casa en el campo. Trabajaba en un restaurant en la ciudad, terminaba de madrugada y me tomaba un colectivo interurbano, destartalado, frente al correo. O si no, si me cansaba de esperar ahí, caminaba un poco más y lo esperaba en la plaza de las palomas. Cada noche subíamos los mismos pasajeros. El colectivo sólo llegaba hasta el pueblo. Pero yo quería dormir en mi casa, que apenas tenía puesto el techo y le faltaban las puertas y las ventanas. En donde estaban los huecos, en lugar de aberturas, tenía unas tablas. Pero yo ansiaba descansar en mi casa. Entonces dejaba una bicicleta en la casa de mis padres y entraba a buscarla a la madrugada.

La noche era el universo de los bichos, del rocío de los árboles y de la oscuridad del camino. Yo salía a la ruta y pedaleaba seis kilómetros bajo la luna. Cuando escuchaba que venía un camión brasilero, de los que ahorran peajes yendo por esa ruta, yo me tiraba a la banquina de tierra y dejaba de pedalear porque no había luces y no podía esquivar los pozos. Después volvía al asfalto, donde cada tanto se veía una víbora aplastada, o un perro, o una rana. La ruta estaba construida sobre un terraplén, de manera que a los dos lados se formaban lagunas, todo a lo largo del terraplén. Durante los seis kilómetros, el sonido de las ranas me acompañaba. Era la voz de un montón de pequeñas ranas que se apropiaba de los sueños de todos, amplificada y aunada en una sola vibración que llamaba a no sé qué necesidad biológica o mística de la noche. Yo seguía pedaleando y me parecía que la fuerza que mis piernas ejercían sobre el asfalto hacía rodar al mundo.

Cuando llegaba al terreno, saludaba a los perros del barrio que a veces dormían en la montaña de arena, El Salpicado y Wilson, y corría una tabla polvorienta para entrar a la casa; después, enchufaba una zapatilla que prendía la estufa eléctrica.

A la mañana, todo estaba mojado por el rocío y yo era muy feliz. El Salpicado y Wilson movían sus colas mientras se estiraban y venían para que los acariciara y El Salpicado hacía un gesto con la boca que parecía una sonrisa. Después, yo desayunaba té con pan para sacarme el frío, me ponía la ropa de trabajo y me gastaba los doce pesos que había ganado la noche anterior en comida y algo de materiales. Me acuerdo perfecto, no sé por qué, de que ganaba doce pesos por día.

Hacía ya unos meses, capaz medio año, la obra había quedado estancada. Cuando me quedé sin plata. Antes de eso, ya se habían ido todos a España. Entre los que se habían ido a España estaban muchos de nuestros seres queridos. Incluso estaba la persona con la que yo había proyectado la casa. Nunca los volvimos a ver. En un momento me había querido ir yo también. Pero no me fui.


La última vez que dormimos juntos pasó algo sorprendente. Yo nunca podía quedarme dormida abrazada a nadie. Él lo sabía y yo lo sabía. Tenía que separarme para relajarme. Esa noche, unas horas antes del vuelo a Madrid, nos quedamos dormidos abrazados.

Ahí estaba yo, con nuestra casa. Una casa proyectada para otra cosa, y sin terminar. Tenía todo el capital que tiene una chica joven, su cuerpo y su mente, y cada mañana que acomodaba los alambres tirados que había por el patio intentaba que se pareciera a un jardín.Regaba el limonero, pintaba los perfiles oxidados y las cosas que faltaban se volvían cada vez más y no por eso dejaba de construir, porque yo tenía que terminar esa casa, porque dónde iba a vivir si no. Pensaba que se podía hacer una casa como se podía volver a encontrar a alguien para enamorarse. Nada más que esta vez yo iba a ser más cuidadosa, porque ya tenía experiencia y ya sabía más sobre la gente.

Una mirada animal me interpeló. Cerré los párpados y, cuando los abrí, el balcón volvió a mí.

La gata de la vecina estaba hecha una bolita sobre sus cuatro patas y me miraba desde la medianera. Era suave y negra con un poco de blanco. Cuando vio que yo la miré, maulló una vez.

—Olivia. ¿Qué querés?

La gata maulló de nuevo. La llamé con los tres dedos de mi mano derecha puestos como si tuviera comida para darle y haciendo chistar la lengua. La gata saltó al piso del balcón. Entonces maulló dos o tres veces. Acaricié su lomo, que ella arqueó mientras daba vueltas con energía, entonces supe que tenía mucho hambre. Hice memoria y pensé en las cosas que había en la heladera. No había nada que en otro momento le hubiera querido dar. Sin embargo, decidí agarrar el bife que pensaba comer a la noche.

Mis movimientos eran pesados. Cuando me paré de la silla quise tirar las mantas en la banqueta pero Olivia estaba tan inquieta y se puso a maullar con una ansiedad tan extraña para mí que el ritmo de mi corazón se aceleró y las mantas se me cayeron al piso.

—Vamos, vamos.

Después, al estar de pie, miré el departamento y le dije a Olivia que sólo por ella entraba a ese lugar mugriento. Vi las dos bicicletas juntas. A una, la roja, la iban a venir a buscar en la semana. Olivia maullaba y daba vueltas entre mis piernas. Fui hasta la heladera y puse el bife en un plato. Caminé al balcón de vuelta, dejando todo tal cual estaba; Olivia iba en puntas de pie abajo del plato. Dejé el recipiente en el piso, ella se puso a cortar la carne con los dientes usando su cabeza de costado. Ronroneaba.

Volví a la silla y me tapé enseguida, hacía frío. La gata comía. Entrar al departamento me había hecho pensar en lo dicho horas atrás: que yo iba a separar las cosas. Sólo ahora me daba cuenta de lo difícil que iba a ser. Había tomado el compromiso solamente porque no quería que nos matáramos y era mejor así que seguir peleando y creía que eso era una muestra de amor. Ahora me daba cuenta de la falta de sentido de ese pensamiento.

Pero enseguida pensé en la gente vieja. Tu dueña, Olivia, tu dueña sabe que muchas cosas no son posibles y no cambian. Así actúan los viejos y los gatos también y también todos los animales. Andar de un lado para el otro, de balcón en balcón, comiendo acá y allá. Un gato no cambia su forma de ser a lo largo de su vida, ni espera que cambie. Tampoco un perro cambia, ni un hámster, ni nadie.

La gata terminó de comer y se me acercó. Le chisté para que se subiera. Saltó encima mío, le acaricié la cabeza y cerró los ojos. Se hizo un bollo en las mantas y se puso a ronronear fuerte y a darme calor. Eso era muy agradable porque el sol ya había bajado. Era el horario de regar las plantas. Igual, me quedé ahí, con la gata de mi vecina. Entre las mantas.

"En la ciudad", en "Ojo animal" (Blatt & Ríos), de Luciana Pallero

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