"Conversaciones en la calle de los pianistas" (Aguilar), de Sandra de la Fuente

Creo que fue a principios de 2003 cuando me llamaron de la redacción de Clarín para preguntarme si me interesaba entrevistar a Lyl Tiempo. También creo recordar que la persona con la que hablé se sorprendió no solo de que supiera quién era Lyl, sino, además, de mi particular entusiasmo por entrevistarla.

La verdad es que de Lyl sabía poco, pero sí había escuchado tocar a dos de sus alumnos más destacados, dos niños prodigio: nada menos que sus propios hijos, Karin y Sergio.

Hacía años que Lyl parecía haber encontrado la clave para formar pianistas. Vaya a saber de qué modo lograba que un niño de cuatro años ejecutara un preludio de Bach, un minué de Haydn o, incluso, que pudiera interpretar algún movimiento de un concierto de Mozart.

Me había enterado de sus virtudes como formadora de prodigios por los posters del Conservatorio Beethoven, donde aparecía la preciosa Karin —sonrisa radiante y pelo larguísimo, sentada junto al piano de cola— anunciando la audición de algún concierto de Mozart. Mientras mis compañeros de coro hablaban con desdén de las presiones que sufriría esa preadolescente de aspecto impecable, yo envidiaba su entera consagración a ese instrumento.

¿Cómo una chiquita de once años que apenas llegaba a la pedalera se presentaba en un escenario a dar un concierto?

Desconocía que Karin era parte de un linaje de músicos iniciado por su bisabuelo Domingo De Raco, quien tocaba el trombón. Ya el abuelo Antonio era pianista y dio su primer concierto público a los dieciséis años. Su abuela, Elizabeth Westerkamp, mujer de Antonio, era concertista y docente.

Lyl De Raco, su madre, se había casado con Jorge Lechner, pianista maestro interno del Teatro Colón, director de orquesta y también abogado. Del matrimonio De Raco-Lechner nació Karin.

En cuanto a Lyl, sabía que se había ido a vivir a Venezuela, que allí había dado clases a muchísimos niños y que gran parte de ellos ya eran pianistas de carrera.

¿Cómo llegó a Venezuela? Separada de Jorge Lechner, a los veinticuatro años se casó con Martín Tiempo, diplomático, hijo del poeta y periodista César Tiempo. Martín es, además, un buen pianista de jazz. De ese matrimonio nació Sergio Tiempo, quien debutó como solista a los catorce años en el Concertgebouw de Ámsterdam, y desde entonces mantiene una nutrida agenda internacional de conciertos.

Cargada de preguntas me acerqué al departamento de la calle Viamonte. La entrada señorial del edificio Tudor me intimidó un poco, pero apenas Lyl abrió la puerta me encontré con el afecto de su sonrisa. Me recibió como si me conociera. Seguro exageró cuando me dijo que sí, que efectivamente sabía quién era yo, que seguía mis críticas con interés. De cualquier modo, a mi vanidad no le molestó esa desmesura. Más tarde descubrí que este rasgo —que siempre me resulta excesivo— es un arma extraordinaria que Lyl utiliza en sus clases, una herramienta que le permite colocar a cada alumno en el lugar de personalidad única e irreemplazable, hacerle sentir que su compromiso con la música no es solo importante para él, sino que lo trasciende.

Me acomodé en el gran sillón de la sala, a un costado del piano de cola. En la mesa ratona había masitas y sándwiches de miga. El café llegó enseguida y la charla comenzó después del primer sorbo.

¿Cómo se consigue captar el interés de un niño ya no por la música sino por el piano, por la práctica cotidiana de un instrumento? ¿Cómo se crea el marco adecuado para enseñarles a los propios hijos, a chicos de dos o tres años para quienes, sobre todo, una es la madre?

Sandra de la Fuente
Sandra de la Fuente

“Yo no les enseñé nada, lo único que hice fue transmitirles mi propio amor por la música. Esos ratos de alegre juego nunca fueron tomados como una tarea: eran y son la felicidad; si no, no habrían producido estos efectos”. Esa fue su respuesta.

De la charla todavía recuerdo el énfasis con el que Lyl me cortó en seco cuando le hablé de las “carreras exitosas” de sus hijos: sus manos se movieron como si intentaran disipar la frivolidad que evocaba el adjetivo y una mueca en su boca me señaló el horror que le provocaban mis palabras. Se trata de “logros” nunca de “éxito”.

Quien me había propuesto la entrevista con Lyl, la editora Irene Amuchástegui, la verdadera responsable de este encuentro tan significativo para mí, entendió la tensión de ese momento y la llevó al título de la nota: “La palabra ‘éxito’ no entra en mi casa”.

Y digo “encuentro tan significativo” porque gracias a esa entrevista supe que los Tiempo eran vecinos de Martha Argerich y que en su calle, la rue Bosquet, había una concentración de talento musical difícil de igualar.

Apenas me enteré de la existencia de ese sitio, lo imaginé como un ecosistema de pianistas, el ámbito que me serviría para demarcar un universo que hasta el momento me resultaba vasto e inaprensible. Pianistas solistas, pianistas de cámara, pianistas que concursan, pianistas prodigio, pianistas lectores, pianistas que improvisan, pianistas que

siguen escuelas y técnicas, pianistas logrados y también malogrados. Tantas maneras de ser pianista, tantas ideas, tantas vidas alrededor del que por su historia, majestuosa presencia y repertorio considero el más aristocrático de los instrumentos. Está claro que cada artista crea su propio mundo y que es en ese mundo personal donde aparece toda su riqueza, pero también es verdad que hay ciertos patrones que vale la pena desentrañar.

Intuí que en ese pequeño universo de la rue Bosquet encontraría un grupo que, acotado por la geografía, me daría una muestra variada y al mismo tiempo bastante completa de las maneras en que la humanidad se expresa a través del piano. Desde el vamos sabía que había dos puntales fundamentales en ese ecosistema: Lyl Tiempo y su usina de prodigios, y Martha Argerich, una de las mejores intérpretes que tiene y tendrá el piano.

Pero la posibilidad de viajar a Bruselas, de tomar notas sobre la vida de cada uno de los pianistas que se acercaran a la rue Bosquet, se dilató junto con tantos otros asuntos en mi vida durante la primera década del nuevo siglo.

Hasta que en el otoño de 2013 compartí mi sueño con Mariano Nante, un joven y querido compañero, flamante cineasta. Y mientras pelaba papas para agasajar a amigos con un yarkoie —un guiso tradicional judío que me sale bastante bien y del que más tarde los Tiempo se volvieron fanáticos—, cociné con él la idea de una película documental que se llamó La calle de los pianistas y que, años después, cerraría el Bafici 2015 nada menos que en el Teatro Colón.

En noviembre de 2013 viajamos a Bruselas. Los Tiempo nos recibieron en su casa como a viejos amigos y se entregaron a la cámara sin inhibiciones ni condicionamientos.

La energía del lugar, la vida de la familia atraparon al documentalista. Mientras entrevistaba a cuanto pianista pasaba por Bosquet, vi mi idea original modificarse. Mariano filmaba y encontraba su propia historia en ese vínculo especial que hay entre abuela (Lyl Tiempo), madre (Karin) e hija (Natasha). Los diarios que Karin había escrito en su adolescencia terminaron por darle forma a la película.

Hoy, con todas las entrevistas realizadas en diferentes viajes, se me ocurre volver al punto de partida, intentar describir ese ecosistema musical, con su semillero, sus pianistas por arte u oficio, coronados todos por esa intérprete que dio el piano a mediados del siglo XX y que todavía sorprende ya bien entrado el XXI.

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