Por Silvia López

“Playa de barro” (Alfaguara), de Silvia López
“Playa de barro” (Alfaguara), de Silvia López

Martes, dos de la tarde, llueve. Dan ganas de escribir cuando no para de llover. Tengo una hora libre entre paciente y paciente. Debería comer algo. Abro la heladera del consultorio. Suele haber una fruta, jamón y queso para preparar un sándwich, pero hoy no hay nada, está pelada esa heladera, es puro vacío hermético y fresco. Tendré que ir al restaurante de la esquina.¿Con esta lluvia? Me preparo para salir, me pongo el impermeable. Junto los papeles, estoy corrigiendo una novela terminada: Diván Francés. Me asomo al balcón y miro el cielo, está completamente negro y no traje el paraguas, hasta hace un rato había uno en el paragüero, pero alguien se lo llevó.

Cuando el tiempo está horrible nadie olvida su paraguas en el palier, ni siquiera la vecina de enfrente. Me gustaría escribir algo sobre los paraguas,decir que son de nadie y que no tienen domicilio, circulan en los percheros, descansan en el suelo, cuelgan de una silla y cuando sopla fuerte el viento pueden darse vuelta y desprenderse de la mano para salir a volar. Siempre hay algún paraguas herido y abandonado en la vereda. Subo al ascensor, estoy en el piso 17. No pasa nunca el tiempo en el ascensor, es demasiado lento,me entretengo pensando en el destino de los paraguas. Llego a la planta baja, salgo a la calle. La lluvia cae desde hace varios días, el aire y el cielo son grises relumbrantes y recortan los árboles y sus copas que a veces cumplen la función de refugiarte de la lluvia mejor que un paraguas, sin moverse nunca de su lugar. Camino rápido, una hora es poco tiempo para comer, corregir galeras y escribir un par de renglones sobre la vida breve de los paraguas.

Silvia López (Alejandra López)
Silvia López (Alejandra López)

Llego al restaurante de la esquina. La mesa donde suelo sentarme está ocupada por una mujer que mira fijo hacia la calle con ojos que parecen dos heridas a medio cicatrizar, habla por teléfono y prueba de mala gana un helado de chocolate. La observo. Tiene aproximadamente cuarenta años, el pelo revuelto, cara de no haber dormido. Todavía ignoro que se va a llamar Luciana y será la protagonista de Playa de barro. Y si todavía lo ignoro es porque tengo que corregir galeras. Me cansan las galeras, quieren decir que la novela está terminada y me toca superar el vacío hasta que aparezca una idea que me permita pasar a otra novela. A otra cosa, mariposa. ¿De qué se va a tratar? No planifico. No armo esquemas, escribo algo durante la noche y cuando lo leo a la mañana me sorprendo: ¿qué le pasó a la protagonista?, ¿cómo fue a parar al Delta del Paraná si vivía en Vicente López? Todavía no descubrí que la mujer que está sentada frente a mí revolviendo un helado derretido, es Luciana. No lo sé hasta que la escucho gritar en el teléfono: "Cuidado con lo que vas a decir…yo no soy tu minita de veinticinco". Escribo la frase, me apodero indebidamente de la angustia de su voz. Corroboro que los paraguas son objetos olvidables que enseguida dejan de interesarme. Tengo resuelto el tema de la próxima novela.

Se acerca el mozo con el menú del día. Hay un plato principal y un postre: helado de chocolate. Mientras almuerzo, sigo pensando en la mujer de la mesa de enfrente y en la chica de veinticinco, su rival. En ese instante decido que la novela va a tener dos voces. Pasa la hora y de repente se hace de noche en pleno día. Todos los que estamos en el restaurante miramos hacia la ventana, hacemos comentarios sobre el tiempo y nos sentimos atrapados. Nadie se anima a salir a la calle con semejante tormenta. Luciana suelta la cucharita del helado que ahora es una pasta barrosa y pasará a integrar el título de la novela. Pide la cuenta. Un auto se acerca al cordón, muerde un charco, salpica la vereda y ella retrocede como si estuviera escapando. Guarda el teléfono en el bolsillo y se va. No usa paraguas. Camina mirando el cielo. No le importa la lluvia, no sé si querría que el espectáculo de la tormenta se destruyera de un plumazo con un rayito de sol.

Pasan los días, sigue lloviendo y a la trama de la novela se agregan elementos nuevos: mamá cumple noventa años. Llama para decirme que no le molestaría morir si pudiera conversar conmigo desde otro lugar. Le digo que sería bueno contar con ella en mis momentos de desorientación literaria. Claro que sí, contesta. Fue lo último que hablé con mamá, antes de comenzar un duelo dulcificado por su longevidad insobornable. Continúa el mal tiempo, pero me parece que el mundo está bien así, mojado, con el cielo negro de lluvia apretado contra los vidrios. Terminé de corregir las galeras de Diván Francés y me dedico a Playa de barro. La novela comienza a crecer con un paseo por el río, una turbulenta masa de agua en movimiento, una película rígida de camalotes sobre la superficie de un canal donde todo es inmóvil, como si coagulara.

Me concentro en la trama, creo que podría tener tres voces en vez de dos; no sería mala idea que la madre de Luciana pudiera hablar desde algún lugar, por ejemplo, desde el más allá. Para conseguir un clima misterioso va a ser mejor que Luciana alquile una casa en el delta. La estoy imaginando. Se asoma a la ventana del dormitorio, siente un temor reverencial por los espíritus, piensa que su madre andará por ahí, su retorno podría ser tangible. Mientras tanto, la joven que sale con su ex marido la está buscando, quiere saber cómo se hace para sostener durante veinte años el deseo de un hombre. Así las cosas. Así surge Playa de barro,con una suma de circunstancias: un matrimonio roto, un niño perdido, dos mujeres y un espíritu, una lancha celeste, una pasión amorosa, un helado de chocolate, un toque de niebla y pequeñas porciones de vida real.

*Silvia López es escritora y psicoanalista

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