La madre de Lucas (17) y Gilda (20) acaba de morir y corresponde a los adolescentes cumplir su última voluntad: arrojar sus restos (apenas una mano protésica) al mar. El trámite traslada a los hermanos a algún pueblo de la costa bonaerense, pero, concluida la tarea, un paro nacional de transporte frustra el regreso de los jóvenes. No más que eso se sabe transcurridos los primeros minutos  de Los miembros de la familia, una película en la que no todo se explica, ni mucho menos se muestra. En el segundo largometraje del director argentino Mateo Bendesky, como en la vida de sus protagonistas, prima el desconcierto: la información se entrega en cuotas de alusiones que se ofrecen de manera progresiva y que completan con paciencia un rompecabezas a lo largo de 85 minutos.

A Lucas lo obsesionan el valor nutricional de los alimentos, el ejercicio físico y el Jiu-jitsu brasileño. Gilda acaba de salir de un centro de rehabilitación y pasa sus días chateando con un novio que solo ella conoce. Ambos, se ve, estuvieron distanciados, y el duelo los obligó al reencuentro. En una ciudad fría y desierta y a la espera de que se desactive la huelga, los hermanos buscan definiciones sobre la vida. Aguardan el fin de la adolescencia mientras exploran su sexualidad, toman cocaína en fiestas, hablan de buenas y malas energías y se preguntan si el universo no será en realidad una simulación por computadora.

La película se estrenó en la Argentina el último jueves y se exhibió por primera vez en la Sección Panorama de la Berlinale, uno de los festivales más importantes del mundo. "Fue un espacio buenísimo para lanzarla. Estaba un poco nervioso por el tema del humor, que es bastante particular, y no sabía cómo iba a reaccionar una audiencia internacional. Pero por suerte la recibieron súper bien, fue maravilloso, la gente se reía. Fue una experiencia soñada".

-Uno de los rasgos más salientes de la película es la manera en que se va develando la información en pequeñas dosis; funciona en cierto modo como un rompecabezas. ¿Por qué resolvió encarar el relato bajo esta lógica?

-La idea de la dosificación de la información nació con el proyecto, porque una de las cosas que más me interesaba cuando empecé a desarrollar la película era cómo compartir con la audiencia una historia de dos personas que no tienen nada que contarse entre sí porque ya saben todo. Cuando empecé a trabajarla, estaba la idea de que había pasado algo, una serie de sucesos que pasaron y que los dos ya saben, entonces era cómo participar de la información a un espectador que está mirando la historia sin que los personajes tengan que decirla entre ellos era un ejercicio que me interesaba explorar, y un poco sobre esa base estructuré la película. A partir de ahí fui desarrollando un poco este rompecabezas, como decís, de cómo se podría ir revelando la información, qué pasó y cómo pasó.

-La película hace foco en una etapa de la vida que es la adolescencia, ¿cómo entiende este período? 

-Yo asocio la adolescencia a una etapa de mucha confusión, caos y movimiento. Es un momento de revolución interna, no solo emocional e intelectual, sino también corporal: uno cambia, el cuerpo crece de manera medio deforme, crece una parte y la otra no… En eso yo sentía que se parecía mucho al momento del duelo, y por eso me gustó la idea de hacer una película sobre las dos cosas al mismo tiempo. La adolescencia es un momento en el que uno está ingresando a un nuevo episodio que es la adultez, que pareciera ser algo más definitivo, un momento en que las cosas se empiezan a acomodar de otra manera. Y eso resulta por un lado muy confuso y por el otro muy misterioso. La analogía que uso es la de dos personas que avanzan en la niebla a paso firme sin tener idea de a dónde van. Para mí eso define el duelo y la adolescencia al mismo tiempo, siento que son procesos muy parecidos.

-Tiene 29 años, ¿qué diferencias percibe entre un adolescente de hoy, como los que protagonizan la película, y los que lo eran hace diez años?

-No sé si cambió tantísimo. Sí siento que hoy en día los chicos están hiperestimulados. Cuando yo era adolescente ya era enorme la estimulación, ahora es algo infinito. Y hay una concepción mucho más líquida de un montón de cosas, como si hubiera habido un quiebre de una estructura que yo asocio a la generación de mis padres, por ejemplo, sobre distintos aspectos de la vida: la familia, la sexualidad, el trabajo… Creo que mi generación fue la última que recibió un mensaje de que esas estructuras se sostenían de una manera. Hoy en día en los adolescentes, por cómo lo percibo, eso cambió un poco. Si bien todavía no es completa la liquidez, hubo una clara flexibilización.

-Entiendo que era inevitable darle una participación relevante a la tecnología en una película que se centra en la vida de dos adolescentes. ¿Hace alguna valoración del modo en que los personajes se vinculan, por ejemplo, con los teléfonos celulares?

-No sé si se presta tanto a una valoración, es algo que se convirtió en parte de nuestras vidas. La tecnología para mí es la gran prótesis de hoy en día: la vida está completamente atravesada por eso y me parecía que no podía faltar en la película. Todo lo que hacemos, desde relacionarnos con otras personas, aprender, investigar, enamorarse… Todo está muy mediado por la tecnología. Creo que sí tiene por momentos un carácter negativo cuando se vuelve muy adictivo, pero después también hay algo de eso que tiene que ver con cómo funciona el mundo hoy en día. Hacer una valoración negativa de la tecnología sería resistirse a algo que simplemente está cambiando.

-El film incluye algunos episodios oníricos relativos al duelo. ¿De qué manera concibió la diferencia entre lo real y lo que no lo es a la hora de retratar los sueños?

-Para mí era importante ese tema. Creo que la forma en que se procesa el duelo en general no es tan consciente, sino que es algo que se va macerando de a poco y parte de ese proceso se da mucho en el mundo de los sueños, como que hay algo que aparece ahí que todavía no se volvió consciente pero que está. Me interesaba explorar el mundo de los sueños no desde el lugar clásico, como un lugar raro o fantástico, porque en mi experiencia los sueños se parecen mucho a la realidad, solo que tienen algo corrido, y esa fue la forma que elegí para retratarlos en la película.

-La película le escapa a la solemnidad. Sin llegar al extremo de burlarse de la muerte y la situación que atraviesan, los personajes encuentran algunas salidas particulares ante el momento que viven. 

-La muerte para mí no es solemne, es bastante absurda en general. El ejemplo que me hace pensar siempre en esto es que a Roland Barthes lo pisó un camión de lavandería. Hay veces que uno, por el miedo que genera la muerte, tiende a pensar las reacciones como algo solemne, pero siento que los procesos asociados a la muerte, un duelo o reacciones a las noticias de una muerte, en general están más teñidas de confusión y de este absurdo de la vida que se filtra que de la solemnidad, que es algo más que pareciera pertenecer más al mundo de las películas. Hay situaciones que son muy sórdidas, oscuras y dolorosas donde igual este absurdo de la vida se filtra. Sentí que en la película el proceso de duelo tenía que estar mucho más atravesado por la confusión, el caos, la búsqueda, una exploración desesperada, o una búsqueda de sentido que por una solemnidad. No me imagino que dos chicos de 17 y 20 años vivan un duelo como algo serio y recogido,sino más como una tristeza que agrieta todo y que en esa grieta aparecen otras cosas, incluso la comedia.

-El relato transcurre en una ciudad que no existe, o que al menos no está identificado. ¿Por qué?

-Busqué que fuera un lugar irreconocible. Me gustaba la idea de la ciudad balnearia fuera de temporada como algo abstracto, una ciudad desierta que reflejara la situación de soledad y desolación interna de los personajes, pero no quería que fuera un lugar en particular. No quería filmar en San Clemente o en Mar del Plata. Por eso construimos un collage de locaciones de manera que ningún lugar estuviera conectado con otro. Yo tenía una idea específica de lo que quería de cada lugar: por eso la casa esté en Valeria del Mar, la escollera en Santa Clara, el muelle en Mar del Tuyú, la terminal en Pinamar y el área de fitness en Santa Teresita.

-¿Cómo dio con los protagonistas?

-A Tomás (Wicz) lo había visto en trabajos anteriores, en el corto Soy tan feliz que había hecho un amigo, Vladimir Durán, y me había llamado mucho la atención. A Laila (Maltz) la conocía, somos amigos de antes. Yo tenía la idea de trabajar con ambos, pero por cuestiones de producción decidimos hacer un casting para ver qué pasaba. Fue larguísimo y probamos a un montón de actores y actrices, no se por qué no los casteamos a ellos primero. En un momento decidimos probarlos y fue amor a primera vista: los vi a los dos juntos, funcionaron muy bien y decidí que tenían que ser ellos. Después hubo varios meses de ensayo, para construir la dinámica de la relación de los hermanos y para encontrar el tono de la película.

 

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