Sebastián Villar Rojas, director de “Gioconda: viaje al interior de una mirada”. Fotos: Gustavo Gorrini (TNC)
Sebastián Villar Rojas, director de “Gioconda: viaje al interior de una mirada”. Fotos: Gustavo Gorrini (TNC)

El pasado martes, antes de que cayera el sol, pudimos ver cómo un solo piso del Museo de Arte Contemporáneo de Rosario (MACRo) alojaba durante casi una hora el botín de riquezas del Museo del Louvre, uno de los más grandes del planeta. El encargado de poetizar la mudanza y de transfigurar el robo fue el dramaturgo y director Sebastián Villar Rojas, secundado por la poeta Rocío Muñoz Vergara. Bastaron seis proyectores, la cámara impasible de Cindi Beltramone y el diseño sonoro de Axel Wainschtein (quien tampoco dudó en robar algunos fragmentos de música compuesta por Erik Satie). Gioconda: viaje al interior de una mirada es el fruto de siete días de filmaciones furtivas en el Louvre, donde director y camarógrafa lograron capturar el célebre museo en trescientos gigas de imagen y sonido, que esta semana transportaron desde las riberas del Sena hasta las orillas del Paraná.

El público asistente al Louvre es tan importante como las obras, en esta propuesta del MACRo
El público asistente al Louvre es tan importante como las obras, en esta propuesta del MACRo

Este viaje a la vez performático y digital por el Louvre traspasa las fronteras ya a esta altura porosas entre el teatro, el arte contemporáneo y el cine. Pero también incluye un guiño conceptual. No hace tanto, el artista Jorge Macchi y el arquitecto Nicolás Fernández Sanz lograron transportar una galería de la calle Florida al interior de su sucesora en Villa Crespo (Díptico, en Ruth Benzacar, 2017). Dado ese precedente, ¿por qué no podríamos mudar un museo adentro de otro?

Más que en la etapa de las muestras itinerantes, vivimos en la era de los museos portátiles, el tráfico de imágenes y los archivos gigantescos que caben en un soporte minúsculo. (Tal vez esa mutación fue anunciada por Marcel Duchamp con su museíto transportable –que bautizó Caja en una maleta– y por André Malraux con su "museo imaginario", algo vintage, compuesto de fotos en blanco y negro.)

La escritora y performer Rocío Muñoz Vergara
La escritora y performer Rocío Muñoz Vergara

Día tras día en el Louvre, Cindi Beltramone aprendió a estabilizar la cámara, convirtiéndose en un trípode humano; el director la acompañaba, haciendo las veces de un vallado. Aunque la filmación comenzó en secreto, más tarde fue aprobada por las autoridades del museo: así adquirió pátina de legalidad lo que poco antes era una empresa clandestina. El propósito de la misión era llegar a La Gioconda, pero lo impedían los espectadores, ansiosos por aproximarse al cuadro de Da Vinci como los fans de un ídolo rockero en el clímax de un recital. No revelaré si lograron capturar la imagen que perseguían. Sí diré que, al margen de ese botín capital, lograron traerse casi todas las demás obras del museo, además de los turistas que pululan en sus galerías palaciegas.

El proyectado "robo" de Villar Rojas se inscribe en una larga historia. La Gioconda desapareció misteriosamente un día de agosto de 1911, para reaparecer recién dos años más tarde. ¿Quiénes habían sido los culpables del delito? Guillaume Apollinaire fue acusado y encarcelado; a su vez, el poeta incriminó a Pablo Picasso. Pero pronto fueron absueltos, porque detrás de esta historia se agazapaba, cuándo no, un argentino. Tal como reveló él mismo antes de morir, Eduardo de Valfierno –falso duque nacido en Buenos Aires– fue el autor intelectual del robo, que encontró su brazo ejecutor en el italiano Vincenzo Peruggia. (A Valfierno le interesaba menos poseer la obra original que tenerla a mano para poder copiarla y vender las réplicas. Su socio, el marsellés Yves Chaudron, llegó a falsificarla seis veces.)

El director de “Gioconda: viaje al interior de una mirada”; en el fondo, “La Libertad guiando al pueblo”, de Eugène Delacroix
El director de “Gioconda: viaje al interior de una mirada”; en el fondo, “La Libertad guiando al pueblo”, de Eugène Delacroix

La obra del MACRo, sin embargo, no se agota en la persecución del cuadro de Da Vinci. Villar Rojas y Beltramone teletransportaron casi todas las obras emblemáticas del Louvre, un museo que reúne cientos de años de historia del arte, desde el Preimpresionismo hacia atrás, muy atrás, hasta casi perderse en los preludios de los imperios egipcio y asirio. No faltan los maestros del Renacimiento, el Manierismo y el Barroco, ni los líderes de las escuelas neoclásica (Jacques-Louis David) y romántica (Eugène Delacroix).

La cámara se detiene en cuadros magnéticos de Dominique Ingres o Théodore Géricault, o se deja fascinar por los desnudos griegos y romanos, no menos que por  la decapitada Victoria de Samotracia. Pero también explora algunas obras más recónditas, como el bello "Joven junto al mar" de Hippolyte Flandrin, un discípulo de Ingres. O la "Vista imaginaria de la Gran Galería del Louvre en ruinas", cuadro de Hubert Robert cuyo sentido se ahonda en la semana en que vimos arder la Catedral de Notre Dame.

Hubert Robert, “Vista imaginaria de la Gran Galería del Louvre en ruinas” (1796)
Hubert Robert, “Vista imaginaria de la Gran Galería del Louvre en ruinas” (1796)

Tras la experiencia de Gioconda: viaje al interior de una mirada, vienen a la memoria muchas películas. ¿Cómo olvidar a Nicolas Philibert, que exploró el museo parisino como si se tratara de una ciudad dentro de otra en La Ville Louvre (1990)? Más tarde, en Francofonía (2015), Alexander Sokúrov se instaló en el museo para contar una historia del siglo XX; antes había explorado el Boijmans de Rotterdam en Elegía de un viaje (2001) y el Hermitage de San Petersburgo en El arca rusa (2002). Jean-Marie Straub y Danièle Huillet, por su parte, aportaron Una visita al Louvre (2004): se limitaron a filmar 14 cuadros y una escultura a través de planos fijos y frontales, mientras una voz en off reproducía un texto que recogía las opiniones del pintor Paul Cézanne. Pero ninguna de estas referencias tendría sentido sin la ocurrencia genial de Jean-Luc Godard en Banda aparte (1964): en la escena más célebre de esta película, los tres protagonistas realizan su célebre "visita" al Louvre a galope tendido, burlando a los guardias, que se limitan a observarlos estupefactos.

Jean-Luc Godard, “Banda aparte” (1964)
Jean-Luc Godard, “Banda aparte” (1964)

Más parsimoniosa que el trío de locos del film de Godard, Rocío Muñoz Vergara es una maestra de ceremonias ideal; sin ella, la obra de Villar Rojas perdería su encanto. Escritora sevillana radicada en Rosario, Muñoz Vergara es también una estudiosa apasionada de la obra de Horacio Quiroga. No estoy seguro de que al llamarla performer hagamos honor a la magia que transmite su rara visita guiada. En la obra, la escuchamos tararear y cantar, la vemos reírse; en ocasiones, se pone lírica, pero también bromea sobre la crítica de arte y su retahíla de lugares comunes; ella se desplaza por la sala, aparece y desaparece, a veces es sólo una incorpórea voz en off. Entretanto, aventura definiciones –la Revolución consiste en meter los pies en la fuente y sonreírle al guardia, lo mismo que La Gioconda– y no se priva de ironizar sobre su propia condición ("Acá, lo que garpa es la ceguera").

Humoradas aparte, conmueve y perturba que esta obra cuyo tema es, a fin de cuentas, la codicia óptica esté a cargo de una poeta no vidente. No hay que olvidar que esta Gioconda propone un viaje al interior de una mirada, y que ese interior es invisible: algo que los espectadores –a veces tan frívolos y distraídos como turistas en vacaciones– quizá debamos entender, por una vez, en sentido literal.

 

Gioconda: viaje al interior de una mirada, escrita y dirigida por Sebastián Villar Rojas, con la participación de Rocío Muñoz Vergara, se presenta en el Museo de Arte Contemporáneo de Rosario (MACRo, Av. Brigadier Estanislao López 2250). Las funciones se realizan los martes, miércoles, viernes, sábados y domingos a las 17:30, hasta el 15 de junio. La entrada es gratuita, previa inscripción a través de Eventbrite. El video es de Cindi Beltramone, el sonido de Axel Wainschtein y el vestuario de Lorena Fenoglio. La obra forma parte del programa Teatro Nacional Argentino – Teatro Cervantes Produce en el país.

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