Por Esteban Castromán/Iñaki Echeverría

Silvana Estrada // La fuerza ódica del sonido mexicano

Mi amor por la sensibilidad mexicana no es nueva. Más precisión: siempre me fascinó la música de sus cantantes femeninas.

Ejemplo DOS: cuando en 2011 con Editorial Clase Turista realizamos el proyecto Mental Movies México (que cruzaba los trabajos de escritores, artistas visuales y músicos bajo una misma consigna de "película imaginaria") y Natalia Lafourcade nos confirmó su participación, me puse a llorar de emoción desbordada. También recuerdo en esa época deambular por las calles con Iván Moiseeff y Lorena Iglesias (así funciona el método situacionista de articular nuestro plan de trabajo, en movimiento permanente), cantando sus canciones.

Ejemplo UNO: antes, mucho antes, la primera vez que ví el video de "Andar conmigo" de Julieta Venegas me dejó imantado para siempre: aquel dulce modo del decir, aquella melodía de ranchera pop, aquella estética en sepia de bar rutero sin época.

Pasaron los años y mi amor por la sensibilidad de las cantantes mexicanas se fue intensificando en una sucesión de discos y conciertos y canciones inolvidables. Por eso digo que no es algo nuevo. Aunque lo novedoso, por sorprendente, tal vez sea volver a experimentar aquel desborde imantado como si fuera una primera vez.

¿Por qué digo esto? Algo parecido al descubrir eléctrico de Venegas y Lafourcade me pasó cuando escuché las canciones de Silvana Estrada, una joven talentosa cantante mexicana que según se rumorea es la promesa del futuro musical mexicano.

Creo que México tiene algo especial, como una fuerza ódica capaz de establecer conexiones inesperadas y acomodar las piezas del mundo más allá de cualquier explicación lógico deductiva.

Créanme, es así. Aun desde la sospecha del snobishment racional su mística podría lucir romántica, pero nunca falaz del todo.

Ejemplo TRES: la semana pasada durante mi almuerzo en plena FIL Guadalajara, Iñaki me cuenta por teléfono que había conocido a Silvana Estrada: mexicana, cantante, talentosa, joven. Me dice que le fascinó su música y quedó imantado por su melodía, por su estética y por un montón de cosas difíciles de explicar. Palpité en Iñaki, más bien en su modo del decir, una emoción genuina. Y, como siempre, le hice caso.

Entonces último día de trabajo en la feria del libro más hardcore y expansiva de Latinoamérica y las canciones de Silvana Estrada funcionaron como banda de sonido exclusiva para todos aquellos íntimos rituales de despedida.

Durante el trayecto completo, conceptual y físico de regreso a Buenos Aires, me la pasé escuchando sus canciones. Podría decir que mi viaje fue algo así como volver flotando sobre las canciones de Silvana Estrada con el desborde imantado de quien redescubre el amor: como si fuera una novedad, por sorprendente, la primera vez de una droga no hostil que cala hondo en la experiencia perpetua.

Y que todo lo transforma.

"Si en México te zambulles sin culpa a su fluir aleatorio de coincidencias, pistas y misterios, verás que comenzarás a toparte con situaciones inusuales y sorpresivas revelaciones sin espejo retrovisor", me dice una señora llamada Itzia, en un punto x de la conversación mientras fumábamos un pucho afuera del aeropuerto de Guadalajara.

Le respondo con cierto humor inocente en la superficie, aunque denso en el fondo: "esa mística mexicana que usted menciona no pareciera ser recomendable para cabecitas paranoicas".

Itzia, con un sospechoso humor denso, me lanza este proyectil: "¿y qué tenemos que ver los paranoicos en todo esto?".

Silencio de fondo, atmósfera enrarecida e incómoda, repentina gramática desafiante donde ninguno de los dos abandonamos el cruce de miradas, por más de que nuestras colillas ya estén a la altura de los dedos mayor e índice, y empiecen a quemar fuerte si la decisión fuera no soltar el cigarrillo (más bien su remanente jibarizado post consumo), debido a tres razones posibles: a) conciencia ecológica, b) cuelgue en tiempo real, c) no sabe/no contesta.

Partículas de oxígeno rancio en el aire, durante la previa a viajar doce horas embutido en un pajarraco cilíndrico de metal.

Mientras mi neura porteña y culposa se enrolla en la búsqueda mecánica para regresar a la zona cordial previa a decir no sé qué cosa, porque descubro haber perdido el hilo original de la conversación, ella me dice: "¿en verdad creyó que estaba hablando en serio? Era un chascarrillo, señor… no debería tomarse las cosas tan en serio".

Festejé su humorada con una sonrisa baja frecuencia, como cuando alguien dice algo que te hiere y el origen de la herida es medio incierto y tampoco está clara la ubicación del tajo.

También especulé con una sesión espontánea de psicoanálisis lacaniana irrumpiendo frente a mí, como un impulso de amparo mágico para clausurar la cosa. Bueno, no mágico en términos de lo que vulgarmente pensaríamos como magia y todo eso. Me refiero a que la intervención de esta señora mientras fumábamos afuera del aeropuerto de Guadalajara, minutos antes de hacer el check in para volver a Buenos Aires, produjo en mí un efecto reflexivo, que me hizo pensar en muchas cosas del tipo "México es mágico", pero su último comentario, aquel modo seco de establecer un final, me remitió a las intervenciones del psicoanálisis lacaniano para sistematizar el momento donde ya no tiene sentido seguir avanzando, cuando el analista dice: CORTAMOS ACÁ.

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OneLove Gallery // Miyasaki en la terraza

Los manuales escolares del futuro seguro hablen de estas modalidades acentradas, freelanceras, inmersas en lógicas de red y remuneración por proyecto, propias de esta época contaminada por el management de autoayuda.

La mala noticia para quiénes optamos por dedicarnos a la dimensión blanda en el engranaje productivo es la permanente sensación de inestabilidad.

La buena: estar trabajando "en lo que nos gusta" y haber equilibrado aquellos deseos libertarios de bohemia y la satisfacción de necesidades aburguesadas, al menos como fantasía; pero acaso ¿qué es la vida sino una ilusión de amparo, confort y eternidad con restricciones de tiempo y espacio?

Hacer lo que uno ama podría ser el lema de un grupo de espíritus en sincro que formaron en 2007 la agencia de comunicación OneLove. Pero también, la frase podría ser una máxima conceptual válida tanto para organizar sus proyectos comerciales como para enmarcar el despliegue de sus puntos de fuga.

Puntos de fuga porque sus integrantes cada tanto se encargan de organizar movidas pop up de arte contemporáneo en una hermosa casona ubicada en el barrio porteño de Colegiales, donde hoy opera la agencia. Eventos que se encienden con la magia de aquellas aldeas fantasmagóricas en las pelis del director japones Hayao Miyazaki.

Quiénes optamos por dedicarnos a la dimensión blanda en el engranaje productivo, bien sabemos que este tipo de estrategias de superviviencia para propagar el germen creativo de las ideas resultan casi esenciales y que en el futuro los manuales escolares puedan dar cuenta de toda esta locura.

El sábado 15 de diciembre, se realizará la segunda edición de OneLove Gallery. Exponen José  Luis García Vieyra, Rita Olaechea, Chilimango, Gabriela Goldman, Marciano Fuentes, Jorge Grimblat y M/W Fotografía. También habrá música en vivo, proyeccciones en la terraza, barra de tragos y una tentadora propuesta gastronómica.

Sábado 15 de diciembre de 17 a 23h

Delgado 1032, Colegiales

 

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