Bernardo Beccar Varela (Fotos: Lihue Althabe)
Bernardo Beccar Varela (Fotos: Lihue Althabe)

Hace tiempo que Bernardo Beccar Varela se mece entre el derecho y la literatura. Tiene 43 años, es abogado desde hace 21 y hace unos 15 que empezó a escribir. Primero fueron anotaciones sueltas. "Hay cuadernos que no quisiera que salieran a la luz", dice. Esos manuscritos luego tomarían forma y nacería Retiro-Tigre, el tren de la conjura (Ediciones Lumière, 2010)Casi de inmediato brotarían otros personajes: Rosa, una empleada doméstica paraguaya cuyos hijos viven en Asunción, y Rodolfo, un remisero que cuando no trabaja discute con su ex mujer, mira televisión y fuma marihuana. El desempleo fuerza una relación entre ambos. Eso es El ahogado, la novela que recibió una mención de honor en el Premio Clarín y que Planeta publicó este mes.

Beccar Varela es un equilibrista en más de un sentido. En su cartera de clientes a los que asesora en temas de familia hay varios que son conocidos por todos. Jorge Rial, Nazarena Vélez y Fabián Doman son algunos de ellos. A diferencia de otros colegas, el abogado elige no exponerse. Tarea difícil: cuando un caso impacta en los medios, es inevitable que su nombre aparezca. Y eso le conviene. Pero no desfila por programas de televisión. No habla en nombre de quienes representa. Dice que es una cuestión de respeto.

El letrado recibe a Infobae Cultura en una de las cuatro salas de reuniones que tiene el Estudio Moltedo, del que es socio desde hace 20 años. Atrás lo escoltan cientos de tomos de La Ley. La entrevista será para él una pausa en medio un día larguísimo: Beccar Varela se despierta a las cuatro y media de la mañana para escribir. "Son dos horas donde no atendés el teléfono, donde no tenés familia, trabajo ni Twitter", explica. El resto de la jornada se extingue entre reuniones, audiencias y presentaciones.

—En El ahogado hay muchos conflictos familiares. Es inevitable la pregunta: ¿cómo influyó su trabajo en la escritura?

—Yo creo que tiene que haber influido bastante. Las relaciones de conflicto entre el personaje y su mujer claramente son situaciones que acostumbro ver. Después la situación de él con su familia también, porque también hago derecho sucesorio. Hay cosas que uno va tomando. Inclusive el lugar en el que los dos se encuentran, que es una casa que está puesta, eso también es parte de la experiencia. A mí me ha tocado entrar a una casa por una cuestión de trabajo, por el fallecimiento de una persona. Y esa sensación siempre me pareció muy extraña, tener que hacer un inventario de un departamento puesto y entero donde está hasta la ropa. Esas son experiencias, y siempre tuve ganas de escribir sobre eso. Es una novela en otro registro, es cero legal, no hay abogados, pero siempre hay cosas que uno va tomando.

—¿Pensó en escribir algo más vinculado a lo judicial?

—No es lo que me gusta, justamente por ahí esto es un escape a todas estas cosas. Sí mucho estoy trabajando en unos cuentos que tienen una problemática de crisis de relación de pareja, y eso claramente está relacionado con el trabajo. Y una última novela que estoy empezando a trabajar está relacionada también con una crisis de pareja. Eso, claramente al margen de mis experiencias personales, está nutrido de experiencias de trabajo.

—Una característica que tiene la novela es que esquiva todo juicio sobre los hechos: las situaciones delictivas se cuentan con naturalidad.

—El tema de no juzgar y que no haya juicios morales es una decisión de un estilo, de un registro. La novela se desarrolla con diálogos, hechos e imágenes. No hay una tercera persona que se mete en la cabeza de los personajes. Y después, es literatura. A mí me generaron más problemas las actitudes de algunos personajes, actitudes relacionadas con una situación de poder misógino. Eso me hizo más ruido interno que que se roben algo o fumen algo. Pero también son decisiones, es literatura. La idea no es que los personajes queden bien o agraden. Creo que la marginalidad y las miserias las tienen todos, no tengo una cuestión ética por eso.

—Pero se suelen hacer juicios.

—A mí me gusta cuando no hay. Por ahí un poco el registro de esta novela donde no hay ni un juicio ni absolutamente nada está relacionado a que cuando empecé a escribirla venía leyendo muchas cosas de autoficción, cosas lindas que han salido. En la autoficción hay mucha reflexión y mucho juicio, y me cansó. Me gusta mucho y me encantaría hacer eso, pero me cansó. Fue una decisión que no hubiera juicios morales.

—Uno conoce el pasado del personaje principal a través de los recuerdos que lo atormentan, ¿cómo manejó este recurso?

—Me gustan las subtramas. Ahí creo que hay otra historia que inclusive era mucho más larga. Rosa también tenía una subtrama sobre otros momentos de su vida, pero después la corrección te va llevando a caminos donde sean algunas cosas las importantes. El objetivo de eso es que haya distintas capas. En esas distintas capas pensás si justificás o no la actitud del personaje. Me gusta cuando me hacen ese tipo de ejercicios.

—Hablemos un poco de su trabajo como abogado. Representa a figuras cuyos asuntos suelen aparecer en los medios. ¿Cómo maneja el tema de la exposición? 

—Yo represento a personas que tienen un reconocimiento, pero yo no tengo esa exposición. Sí me ha tocado tener algún tipo de exposición, pero justamente el servicio que yo les brindo es mantener esa confidencialidad y ese perfil bajo en sus temas personales. Después si ellos lo quieren hacer visibles está bien, pero yo no soy vocero. Les hago un trabajo profesional y el servicio que yo les ofrezco es eso con la confidencialidad que merece. Me dedico a derecho de familia y derecho sucesorio, temas que merecen algún tipo de discreción, son cosas de la intimidad. Me ha tocado en divorcios que bajaba del estudio y había dos o tres noteros. Si bien existe una exposición, no es tanto la mía. Después el trabajo se expone porque por ahí la persona pública se expone. Trato de que mi servicio sea que no vas a tener eso. Soy respetuoso con la gente que me llama para alguna nota o si quieren que vaya a la televisión, pero por lo general no me ves en un panel de la tele.

—Sin embargo, hay colegas que sí ofician de voceros, y no rompen ningún pacto.

—Me imagino que no. Pero cada uno hace consciente o inconscientemente su marketing personal. El mio es justamente el del perfil bajo. Hay otros que por ahí tienen un perfil más alto. El mío es bajo con un equilibrio, porque es bueno que te conozcan. A mí me interesa que algunas cosas salgan, porque hay gente que no tiene relaciones con abogados y ya que tu nombre les suene es bueno para tu trabajo.

—¿No está la tentación de capitalizar eso?

—Para mí la tentación es encontrar ese equilibrio en que se te conozca y que no aparezca mucho tu cara, porque perder la intimidad y el anonimato no está tan bueno. No me tienta estar todo el tiempo. Debe haber una cuota de ego que te puede gustar un ratito. Distinto por ahí es que me hacés una nota y me interesa, porque son cosas mías. Si hago un trabajo para otros, tengo ese pacto de que existe esa confidencialidad y no la voy a dar a conocer. Trato de ser respetuoso de eso.

—Supongo que tiene otra presión trabajar en un caso cuyo desarrollo está en la mira de los medios. 

—Son presiones que se viven con naturalidad. En definitiva uno puede ser mejor o peor, pero uno estudia y los casos se definen por lo que es el caso en sí. Uno le tiene que poner estudio y conocimiento. Y sí, tenés una presión mayor porque si perdés un caso y sale en todos lados quizás no está tan bueno. Pero me parece que el asesoramiento en los temas que yo me ocupo están también relacionados al margen de un éxito o un no éxito en la forma en que se atraviesa cierto conflicto. Cuando uno atraviesa una situación de divorcio, por ejemplo, pierden todos. Entonces le doy más importancia al acompañamiento y el acompañamiento a una persona pública o una no pública es exactamente el mismo. Todas las personas somos iguales.

—¿Cómo conviven estos dos mundos, la abogacía y la literatura?

—Me genera a veces la imposibilidad de establecer un equilibrio. Me gustaría trabajar un poco menos para dedicarme más a la literatura.

—¿Hay prejuicios de un lado o del otro?

Para mí tener una carrera un poco más profusa como escritor viniendo de otro lado debe tener una dificultad. Soy prejuicioso y me gusta serlo. Pero también debe haber prejuicios. Ves una novela de Beccar Varela y… tiene otra carga. Debe haber un prejuicio que me puede no ayudar. No lo tengo tan definido. Si tenés una carrera literaria desde siempre debe ser más fácil.

—¿La literatura es más prejuiciosa?

—Debe serlo. Los abogados somos muchos más. Gente que escribe bien debe ser menos. Me suena que es un círculo un poco más cerrado, pero tengo muchos amigos y gente que ha sido muy generosa conmigo.

—¿Le complica ser un Beccar Varela?

—A mí no me complicó, pero ya veré. Esto es muy dinámico. Tengo amigos que son escritores y han sido muy generosos conmigo. Pero sí, algún prejuicio debe haber. Todo nombre y todo apellido tiene su carga.

—¿Le molesta que lo llamen abogado mediático?

—No lo soy, pero me da lo mismo. No me molesta. Si me decís "Bernardo Beccar Varela, abogado y escritor", casi que me incomoda más eso.

—Como observador y escritor, ¿le llama la atención el mundo del espectáculo?

—No, lo que más tomo de mi actividad son las relaciones interpersonales, del espectáculo no. Por ahí en unos años me nace. A mí me gusta la literatura basada en la experiencia. Por ahí en cinco años hay un tema que me atrae y está relacionado con el espectáculo. Hoy en día estoy más metido en cuestiones de las relaciones humanas y lo loco que son las relaciones humanas. Eso es lo que me está atrayendo ahora.

—¿Por ejemplo?

—La pareja y los hijos. Esas cosas preestablecidas de que los hijos vienen a ser una cosa que supuestamente redimen.

—¿Lo ve mucho?

—Sí, hay mucho. Y yo creo que es todo lo contrario. Creo que hay que trabajar muchísimo para que los hijos no resientan la pareja y que sumen. Pasa un poco por ahí, por romper estereotipos. Es una inconsciencia absoluta los hijos.

—¿Qué es lo más difícil de trabajar en temas de familia?

—Te voy a decir lo que más me cansa, que no necesariamente es lo más difícil. A veces se está frente a un problema y uno más o menos la película la conoce. Entonce cuando el final de la película no es buena para la persona que te viene a hacer esa consulta, vos trabajás en pos de que el camino sea uno porque tu experiencia te lleva a ese lugar. Y a veces la persona que asesorás quiere otras cosas, y no ve y no entiende con la misma claridad que uno porque está metido dentro del conflicto. A mí me cansa el desgaste que se genera cuando tu propio cliente no comparte con vos que los caminos son determinados y quieren ir por otro lado.

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