Por Esteban Castromán / Iñaki Echeverría

SONICO
SONICO // La otra vanguardia del tango

Como probable plano secuencia para resumir el origen del grupo suena hermoso: tarde de lluvia, Brussels Tango Festival, abril de 2015, el bajista argentino Ariel Eberstein y el violinista estadounidense Stephen Meyer conversan animadamente. Ya habían trabajado juntos en varias producciones para el Teatro Real de la Moneda, una de las casas de ópera más grandes de Europa. Durante la charla descubren que aún sincronizan en una misma obsesión: Eduardo Rovira.

Pero a diferencia de la primera vez que se cruzaron, ahora deciden hacer algo al respecto. Planean crear un grupo centrado en la obra de aquel compositor y músico argentino de vanguardia, contemporáneo y admirado por Astor Piazzolla, y precursor en el uso de la distorsión eléctrica en el bandoneón.

Entonces activan una convocatoria espontánea, ahí mismo, abril de 2015 en el Brussels Tango Festival, para imantar a otros talentos que estén gravitando alrededor. Primero se suman a la aventura el francés Lysandre Donoso y la neerlandesa Anke Steenbeke. Luego, Camilo Córdoba: un guitarrista nacido y criado en la República de Villa Crespo, Sudamérica.

Hoy forman un quinteto cuya música recorre los pasillos menos obvios del género y reivindica el legado de Eduardo Rovira, uno de los impulsores más originales en renovar el tango como cultura y sonido.

El 12 de agosto, Sonico cierran el ciclo de conciertos en la Argentina para presentar su primer CD "La otra vanguardia", en el Festival de Tango BA (Usina del Arte).

UN FAULDUO // Historieta, lenguaje disruptivo y deseo anárquico

La realidad argentina se transforma cada vez más en una serie inverosímil, gore y absurda. Pero lejos de ser un espectáculo sucediendo en pantalla, la dimensión política actual derrama sus efectos contaminantes sobre la experiencia cotidiana de millones. En este contexto, si el realismo es el mal, se vuelve urgente bucear en ciertas dimensiones alternativas, encontrar amparo en lo desconocido, animarse al laboratorio sensible.

El arte siempre funciona como portal hacia una probable zona donde amortiguar el sufrimiento, de modos más o menos lúdicos.

Descubrir el mundo de Un Faulduo puede ser un buen antídoto. Se trata de un colectivo de investigación y experimentación en torno al campo de la historieta que desde 2005 viene realizando exhibiciones, perfomances, sesiones musicales, videos y una revista con el mismo nombre del grupo que lleva publicadas 11 ediciones en papel; cada edición está dirigida por un miembro distinto, lo cual permite diversidad de formatos, enfoques y técnicas.

Un Faulduo está formado por Nicolás Daniluk, Ezequiel García, Nicolás Moguilevsky y Nicolás Zukerfeld. Sus intervenciones combinan las experiencias de colectivos artísticos de la segunda mitad del siglo veinte como el Situacionismo, Fluxus, CoBrA y el Pop Art, entre otros.

En mayo de este año llevaron a cabo una acción titulada "Al final, la historieta" en el MACBA (Museu d'Art Contemporani de Barcelona), en el marco de Revuelta en el cómic, ciclo que formó parte de La Noche de los Museos.

Ellos la explican de esta manera:
Al principio, un grupo de personas intenta construir su hogar, habitar un espacio, dibujar su viñeta en el mundo.
En el teatro un habitante ensaya sus líneas. Vocifera textos vampiros mientras el piano marca su inexorable tempo. Una nota blanca le indica salir. Es la hora del relato. O de su memoria.
Así, el habitante del teatro recoge al segundo, que aguarda contra la pared. "Aquí estaré" piensa pero también es un deseo. Su cuerpo rígido se libera: no está solo y estamos a tiempo. Como con un código secreto, ambos saben que el habitante de la tercera casa espera ansioso su llegada.
En su camino, rememoran a esos niños que intentaron recordar, aunque una paloma (o una bruja), les haya jugado una mala pasada. Sin embargo ellos confían que aunque el papel es efímero, en un bosque lleno de ellos, no hay problema.
El tercer habitante lee en silencio. Pero no será por mucho, los demás rápidamente lo visitan. Solo queda el cuarto, que desde el principio no hace otra cosa que dibujar.
Al llegar a la cuarta casa, en medio del bosque y después de haber acumulado un camino lleno de huellas deformadas en tamaño A4, los cuatro habitantes saben que una fogata los espera.
En la noche estrellada el universo los espía. Los cuatro habitantes dan vueltas en círculo y son devorados por el fuego. Una y dos vueltas. Se sientan y comienzan a contar historias: de perros que hablan y niños perdidos. De teoría aplicada en un suburbio americano. De exilio y grafismo. De guerra y popismo. Aunque los buscan, el miedo no existe porque el recuerdo resiste. La historieta ahora es un relato oral. Un mito que ya no se imprime sino que se oye.Y después el silencio. De a uno, de a poco. En silencio. Las cenizas y el detritus.
Y al final, ese grupo de personas ya sin casa, ya sin viñetas, recorre otro camino para construir así nuevas viñetas, nómades, imposibles, para armar una nueva memoria en la arquitectura de la Historia.
Y al final, ese grupo de personas se retira.
Y al final, la historieta.

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