Por Marcela Chaoul 

“El asco de las pulseras” (Hojas del sur) de Marcela Chaoul
“El asco de las pulseras” (Hojas del sur) de Marcela Chaoul

En agosto del año pasado me encontré con Verónica –ex compañera de responsabilidad social empresaria– de casualidad en el bar donde suelo ir a escribir y quiso que le cuente cómo fue que empecé. Le conté que escribo desde chica, que tengo más de diez cuadernos llenos de textos sin terminar y que desde hace quince años salto de taller en taller porque cada vez que me proponían corregir para publicar, huía y empezaba uno nuevo sin mostrarle los textos anteriores. Se entusiasmó con mi historia y quiso saber más.

Entonces le conté que hace cuatro años nos juntábamos con un grupo de empresarios para hablar de nuestras dificultades en el trabajo, en la familia y en la salud y que junto a ellos descubrí que no estaba contenta con lo que hacía. Sumado que al tiempo tuve una inflamación sacro ilíaca y por nueve meses no fui a la empresa.

Uno de los tantos médicos que vi para que me ayudara con el dolor me dijo que debía bajar mi ritmo de vida y hacer las cosas que me gustaran porque estaba a dos años de cumplir cincuenta y que me salvé de que fuera nada más que un dolor y no una enfermedad.

Esa noche no pude dormir y pedí por las redes un profesor de taller. Me dieron varios y a la semana empecé taller individual con Luis Mey en un café cerca de su casa. Lo primero que me dijo fue que escribiera lo que quisiera pero en presente, como si estuviera pasando ahora. Salió a fumar y cuando volvió había escrito dos páginas. Vi sorpresa en sus ojos y leyó en voz alta lo que había escrito. Aprobó moviendo la cabeza de arriba hacia abajo. Me dijo que siguiera dos páginas más. Como tardó en volver, escribí tres. Le dije que yo de literatura no sabía nada y si estaba bien que usara frases cortas.

Me dio a leer Claus y Lucas de Agota Kristof y otros autores. Me dijo que no me preocupara por las frases. Que yo siguiera escribiendo como me saliera. Conseguí los libros y los devoré de uno en uno. Escribí todos los días y esperaba con desesperación y ansiedad las clases. Al mes le pedí tomar dos clases por semana.

Repartía mi tiempo entre el taller, sesiones de kinesiología, escritura, lectura y mis hijas adolescentes. Con la excusa del dolor de espalda me aparté de la vida social y disfruté las horas leyendo. Por primera vez en mi vida me permití leer sin sentir que perdía el tiempo. Los dolores fueron amainando.

Marcela Chaoul
Marcela Chaoul

Al año dejé la empresa para dedicarme a escribir. En cinco meses terminé la primera novela que trataba de la bala de aire comprimido que me sacó el ojo izquierdo y cómo crecí conviviendo con un ojo de vidrio y la bala alojada en mi cabeza. Mientras la corregíamos, Luis me obligó a empezar otra.

Así nació El asco de las pulseras. Mi idea era narrar cómo hubiera sido mi adolescencia sin la tragedia vivida pero Renata, la protagonista, se apoderó de su personaje y llevó la historia para donde ella quiso: hija única, vive con sus padres en Belgrano y empieza el secundario. Roba chocolates en el supermercado y come a escondidas de la madre que la insulta, cada vez que puede, de gorda chancha.

En el colegio, a través de los relatos de sus amigas, va descubriendo el maltrato de su madre que ella vivía como una relación normal. Las peripecias emotivas de Renata –como cuando descubre que sus axilas huelen a chivo o cuando le viene la menstruación por primera vez– por momentos se vuelven desopilantes.

Verónica quiso que le mandara la novela esa misma noche. Al llegar a casa, antes de la cena, se la mandé. Cerca de las once de la noche vi su mail que decía que no podía dejar de leerla y que el personaje de Renata enfrentando sus miedos y la búsqueda de su femineidad le recordaba su adolescencia. Me confesó que se identificó con la compañera de banco de Renata y que por momentos le gritaba que dejara de cepillarse el pelo.

Luis me recomendó que leyera el libro Mientras escribo de Stephen King antes de terminar la corrección. Por dos semanas casi no escribí, me dediqué a leer el libro. Lo subrayé e hice anotaciones por todos lados. Cuando lo terminé sentí un profundo agradecimiento hacia King por su generosidad: tanto de lo que comparte de su vida como de los consejos para ser un buen escritor.

Toda la información que había absorbido del taller de pronto se alineó y entendí con claridad que la novela estaba desnuda de descripciones, sujeto ambiente y que los personajes no tenían vida. En cada capítulo hice las preguntas necesarias: ¿quién? ¿cómo? ¿cuándo? ¿dónde? ¿por qué? Las siguientes tres semanas dediqué todas las horas a corregir la novela.

Para calmar los celos de mis hijas, durante la cena, les leía algún capítulo. Se rieron con las peripecias de Renata depilándose, cuando comía papas fritas a escondidas y lloraron con algunas peleas de Renata con su madre, sobre todo cuando le clavaba las uñas. Insistían en saber si yo era Renata. Les dije que la ficción superó la realidad y que había aprendido la diferencia entre narrar y escribir situaciones diarias y que por primera vez me animaría a publicar.

El sábado veintiocho de octubre, me acuerdo porque era un mes antes de mi cumpleaños, terminé de corregir la novela, la imprimí, la anillé y se la entregué a Luis. Juntos habíamos decidido presentar El asco de las pulseras y no la otra novela, para salir al mundo literario con un libro que no estuviera basada en mi historia real.

A la semana, Luis me llamó casi a las doce de la noche y me dijo que había conseguido editor para mi novela. Al principio no le creí. Después, lloré emocionada. Agarré la computadora y empecé a escribir una nueva novela. En diciembre firmé el contrato con Hojas del sur. Enero pasó lento, caluroso y sentí la necesidad de seguir instruyéndome. Empecé taller grupal con Gabriela Cabezón Cámara. Hace una semana fui con mi hija mayor a buscar mi novela editada. Subí mi sonrisa con la tapa del libro a las redes y por unos días perdí el rumbo. Volví al libro de King y encontré lo que buscaba, en la página ciento trece. "Se empieza así: poniendo el escritorio en una esquina y, a la hora de sentarse a escribir, recordando el motivo de que no esté en medio de la habitación. La vida no está al servicio del arte, sino al revés."

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