Horacio Quiroga

Por Eloísa Oliva

Horacio Quiroga
Horacio Quiroga

Las siguientes podrían ser las palabras de Horacio Quiroga, escritas en el Hospital de Clínicas, en Buenos Aires, durante su última estancia y después de haber sido diagnosticado de cáncer (algunas fuentes dicen de próstata, otras gastrointestinal). Quiroga compartía habitación con Vicente Batistessa, enfermo de neurofibromatosis, que había sido recluído en el sótano del hospital, por su aspecto juzgado como monstruoso. El escritor había solicitado la liberación de Batistessa de ese confinamiento.

Para el hombre elefante que me vio morir, mi último amigo, querido Batistessa:

Verá que la dedicatoria de esta carta está colocada en tiempo pasado, pero lo cierto es que ahora es, mientras escribo, futuro, y, por tanto puedo equivocarme. Al medio quedará, si el curso de las cosas me hace caso, la bisagra que me separará de usted, y del tiempo y la experiencia, de una manera irreversible.

Sabrá usted, le he contado, yo he sido un hombre mordido por la naturaleza: por la vehemencia de la selva, la fuerza del río, el tinte extraño de la tierra. Su veneno se me instaló temprano en el alma, y al tiempo que me esclavizó, ver crecer plantas y árboles, distinguir los peligros en el monte lleno de orejas, leer los signos de un orden que me excede, me ha enseñado en estas décadas bastante sobre la fragilidad del hombre, que no puede nunca doblegar la portentosa furia natural. Quizás hoy esos entendimientos son útiles para entregarme con mayor docilidad al abrazo constrictor del último vaso. No sé si así seré devuelto finalmente a un orden primordial, tampoco me interesa.

Me quedan, como regalo, las imágenes de mi trabajo: la belleza en éxtasis de las floraciones, la paciencia de las plantas, su inteligencia radical, la aparición cada vez celebrada de los frutos. Un hombre no es como una planta, y compararlos siempre puede resultar peligroso. Pero hay que decir que el tiempo obra en nosotros con mayor crueldad, y que nuestro organismo tiende más naturalmente a la putrefacción. La mayor obra de un hombre, además, siempre estará colocada fuera de sí, irremediablemente.  

Pero un hombre tampoco es un monstruo, amigo, o depende de qué hombre sea y de qué sea un monstruo. Hay sí una planta que lleva ese nombre: la monstera. El monstruo vegetal, la hija dilecta de la selva, trepa y busca la luz apoyándose en otros árboles. Batistessa, me gustaría regalarle una temporada en las monsteras, su verdor y su alivio en el rocío. No tengo eso para darle, solo puedo compartir esta visión compensatoria.

¿He sido yo un monstruo? A veces, seguramente. Y hay muchos que estarían dispuestos a afirmarlo sin demasiada premeditación. Pero déjeme definirle qué creo yo que es un monstruo. De seguro, no un hombre enfermo. Sí el que sabe cómo ser feliz y no se anima, o el que cuando ya no puede acceder más a esa felicidad, no se apaga. Verá entonces, Batistessa, que ni usted ni yo somos monstruos. Usted es un hombre, aunque le hayan negado esa condición por un lapso cuya extensión desconozco.

En tanto tal, me disculpo por adelantado por exponerlo a esta otra visión: la de la acción del cianuro en mi cuerpo, o lo que queda. No conozco más que por aproximación racional los efectos de esa sustancia: sé que habrá convulsiones, que el oxígeno dejará de entrar a mis células, y así corazón y cerebro, órganos preciados y aún sanos, morirán primero, si es que es posible pensar que uno es así de diseccionable.

Posiblemente también en esto me equivoque. Lo que es seguro es que no seré yo quien vea o cuente el relato de mi contorsión final, sino que estoy entregándole todo ese peso a usted. Un último acto de egoísmo del que no hay conversación ni ficción que puedan redimirme.  

Por eso le pido: olvídeme usted rápido, Batistessa, que ese ya no seré yo.  

 

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Leopoldo Lugones

Por Mariano Quirós

Leopoldo Lugones
Leopoldo Lugones

A quien corresponda,

Allá en el pueblo había un hombre que estaba loco. Entre otros disparates, quería convencer a todos de que llevaba muchos años muerto. Se paseaba, a los tumbos y como un pordiosero, por las calles y por entre el rancherío. Recuerdo su barba sucia de tierra, sus pantalones con manchas de orines, el previsible aliento rancio. Con mis hermanos y algunos amigos nos reíamos de él. Cada tanto le tirábamos monedas, a veces la ropa que ya no usábamos, acaso una frazada. No recuerdo su nombre pero tampoco creo que sea importante el nombre de un loco. Los locos, se sabe, se mueven y viven como uno solo. Una sola gran locura que los gobierna y que amenaza siempre con expandirse.

El asunto, lo que después supimos aunque nunca quisimos pronunciar, es que aquel hombre de verdad estaba muerto. Una mañana encontraron su frazada en un galpón, tendida sobre un montoncito de paja. Ya el olor se sintió sospechoso. No un olor necesariamente desagradable, explicaron, sino más bien un agobio del ambiente. Alguien se animó y movió esa frazada mugrosa. Lo que había debajo no era más que un manojo de huesos corroídos por el tiempo, huesos amarillos a los cuales se adhería un pellejo reseco. Como era de esperarse, la historia circuló con fervor por toda la región. Antes, al evocarla, sentía el escalofrío original, la piel erizada de los supersticiosos.

Pero hace tiempo que ya no. Porque igual que el hombre aquel, llevo muchos años de muerto. Debo sonar igual de ridículo al decirlo, pero qué puede importarme eso ahora. No necesito nada, ni monedas ni ropa. Frazada ya tengo.

También tengo un hijo. Le dicen Polo y, aunque él no pueda verlo, lleva muerto muchos más años que yo. Pienso en Polo y lo veo como en verdad lo vi siempre: como a un muerto. O por lo menos la idea que siempre tuve de los muertos. No sabría, por supuesto, ahondar en esa idea. No es algo que me interese, mucho menos ahora, que yo mismo soy parte de esa idea.

Ahí está Polo, veo cómo sodomiza una gallina y veo sus ojos, los de Polo, vacíos de placer, vacíos de sentimiento, vacíos como los ojos de un muerto. Lo veo también electrocutar a un muerto de hambre, aunque Polo está mucho más muerto. Aun así, el hombre muerto que siempre ha sido mi hijo, supo tener una hija. Pirí, le dicen a ella, y Pirí es mi nieta. Como Polo y como yo, Pirí está bien muerta. Ahora pienso en Pirí y, como a Polo, puedo verla, puedo ver cómo la electrocutan. Pero Pirí no es como Polo. Soy Pirí, se presenta mi nieta: nieta del poeta, hija del torturador. Apenas me consuela que me toque lo primero.

El tiempo, desde la muerte, se vive de otra manera.

Ya no puedo escribir.

Quítenme de encima esta frazada y liberen al fin estos huesos.

 

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Jorge Barón Biza

Por Silvio Mattoni

Jorge Barón Biza (archivo Marcela Marbián)
Jorge Barón Biza (archivo Marcela Marbián)

Querido amigo,

No sé si corresponde este encabezado, ya que apenas nos habremos visto media docena de veces, pero te leí y conversamos de literatura y viste un capítulo de mi novela que después suprimí. Y entonces no sabía que sería la única novela de mi vida. Una vez que nos encontramos en la calle, en la peatonal, y te di unos discos de música renacentista, cantos y coros que yo nunca más quería escuchar; te dije que esa clase de música, que siempre me había gustado, ahora me deprimía. Quizás recordaste la anécdota cuando decidí ponerle fin al sufrimiento. Sin dudas que no estamos en el tipo de lugar en el mundo donde haber escrito un libro te garantiza algo. Mi nombre está más asociado a los actos crueles de un padre extravagante que a las frases que juegan con esos mismos actos para tratar de superarlos. El abismo de su leyenda fue para mí un pozo de palabras que había que extraer, una boca de la verdad en la que metí una y otra vez la mano para mancharla de tinta. Pero cuando terminé el libro me di cuenta de que las leyes del silencio no me condenaban a quedar preso del dolor infligido por ese sujeto irreal que me había engendrado, sino que más bien dictaban un castigo inscripto en mi propia voluntad. Me decían: "serás la semilla en el desierto, pero sin fe". O sea: como una semilla que se negaría a germinar, que esperaría secarse y que el desierto permaneciese inalterado. Al final, ¿qué otra cosa queda? Ya soy sólo un texto, y es el futuro que compartimos.

Hace poco leí a un poeta norteamericano que escribía un homenaje a otro, más célebre, tal vez ya fallecido, en forma de carta. Y en el poema epistolar le decía al amigo muerto que había sido un gran poeta, comparable a los más antiguos y a los más memorables. Sabés que la lírica siempre fue mi debilidad, aunque nunca la practiqué. Metí los versos ajenos que más me gustaban en los epígrafes y en los intersticios emotivos de mi novela. El yanqui entonces le comenta en verso a su amigo que el presente literario está lleno de charlatanes, y es lo que ha pasado siempre con el presente, con la valoración y el prestigio. Acordate de Horacio, al que tanto mencionás en tus versos aunque tan alusivamente que pronto van a estar muertos los pocos que todavía memorizan en latín y se dan cuenta. Él también se quejaba de los malos poetas, como esos norteamericanos llenos de vida y árboles y objetos fabricados y poemas donde caben las ciudades más intensas y más ricas, adonde nunca iremos. Así que le dice a su amigo, "querido amigo", le dice, y le cuenta que se sorprendió porque en un poema escribió: "yo que estoy por morir". Y entonces se anticipó a la emoción póstuma. Ya que tenés un tono parecido, una forma de hacer parlamentos para que hablen voces en lo que escribís, pienso que esta carta y mi acto final te darán un pequeño tema, otro pretexto para que suene otra cuerda sentimental. "Prestá atención", escribe el yanqui; y le cuenta al amigo que después de su muerte una mujer joven caminará junto a un río que tendrá su nombre, su apellido, mejor dicho. Acá no hay ríos con nombres de poetas, sólo calles perdidas en barrios perdidos. Pero bueno, el yanqui sabe lo que hace, porque el poema se pone intenso. Todo el final es lo que esta chica que camina junto al río les dice a sus hijos sobre quién era el que llevaba ese nombre antes que el río. Te lo copio:

"Y el hermoso río que él vio
todavía fluye en sus venas, como
lo hace en las nuestras, y fluye en nuestros ojos,
y fluye en el tiempo, y nos hace
parte de sí mismo y de él.
Esta, niños, es lo que se llama
una relación sacramental.
Y esto es lo que es
un poeta, niños, uno que crea
relaciones sacramentales."

Cuando leas esta carta ya estaré muerto, sos mucho más joven que yo, tenés hijos y un gusto por vivir que te durará varias décadas. Mi recuerdo será para vos entonces una relación sacramental, como dicen estos fervientes yanquis. Espero que a la distancia, al tiempo, puedas encontrar cada tanto algunas imágenes de lo que fui, cosas que presenciaste, mi existencia contingente, que necesita de todos los testigos posibles para no desaparecer. Esta carta termina con los últimos dos versos del yanqui, pero ahora van de un semicordobés a otro,
"con afecto y admiración
que duran para siempre"

Jorge Baron

 
 

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