"Prohibirse las sombras proyectadas; no permitir que el vaho de un aliento se esparza sobre el azogue del espejo; tomar únicamente lo que hay de más duradero, de más esencial en nosotros…". En este fragmento, Marguerite Yourcenar sienta las bases de su protocolo de escritura en su vasta obra. Aquí explica cómo escribió Memorias de Adriano, la novela histórica que la elevó al Olimpo de las Letras, donde afirma que a mayor borramiento de quien escribe, mejores los resultados de lo escrito. Tal vez, sin saberlo inyectaba, a priori, el veneno de la disputa que enfrenta a escritores de diversas layas en el territorio de la literatura del yo.

El siglo XXI empieza a demostrar que su sociedad prefiere el narcisismo como modo de vida. Twitter, Facebook e Instagram son algunos de los testimonios que exponen las veleidades del cuidado de sí por antonomasia. La ética de la estética en alguna red social y el griterío desde el banquito en otra, dando rienda suelta al ansia de algún tipo de reconocimiento, marcan el ritmo de estos tiempos. Y pareciera que algunos escritores también se han decidido por privilegiar su voz en las páginas de sus libros. Algunos con megáfono –y a mucha honra -, otros agazapados.

Hace unas semanas, Karl Ove Knausgard presentó su último libro, Tiene que llover, la quinta parte de la saga Mi lucha en Barcelona, donde cuenta su vida en primera persona. Cuando salió el primer volumen, La muerte del padre, el mercado editorial y la prensa especializada anunciaron el nacimiento del Proust nórdico del siglo XXI. A la velocidad del rayo, el noruego se convertía en best-seller mundial y cada paso que daba era registrado hasta por la prensa del corazón. Sus libros superan las 500 páginas y puede narrar el paseo de él junto a una de sus hijas en cochecito en un párrafo infinito. Sin embargo eso no amedrenta a las hordas de lectores. El entusiasmo por conocer todo –y nada – de Karl Ove, el narrador en primera persona y su autor, no merma jamás.
Sin embargo, no parece ocurrir lo mismo con su familia. "Los que peor reaccionaron fueron los miembros de la familia de mi padre. Decían que yo mentía, que había contado todo eso sólo para tener éxito, que mi padre y mi abuela no eran alcohólicos y que la casa no era como yo la describo. Llegué a dudar de mí mismo… Igual había exagerado… pero un día vino por casa una persona que había asistido a mi padre en la ambulancia en varias ocasiones y me dijo: 'Karl, no fue así, fue peor'. Por lo tanto esta es mi historia, no tengo dudas. Además, ¿a quién pertenece esta historia?" explicó Knausgard. Pareciera que su relato cambió de dueño y tras lucirse en las librerías, es de todos. Quienes quieran leerlo, claro. Porque también tiene sus detractores.

Karl Ove Knausgard (Getty)
Karl Ove Knausgard (Getty)

Francia tiene sus exponentes y ocupan los altos estrados de la perfección del género. Emmanuel Carrère muestra sin pudores su predilección por la literatura del yo y se narra sin ambages como un front man obsesivo y recurrente. En todos sus textos –salvo en la nouvelle Una semana en la nieve –él es el personaje principal del relato.

Para contar la vida de Limónov –una suerte de artista que llega a convertirse en un opositor de Putin – y la historia de los últimos 50 años de Rusia, Carrère cuenta la peripecia propia a la hora de hacerse con el material. Lo mismo sucede en De vidas ajenas, Una novela rusa y en El reino, que con la excusa de escribir acerca de la enfermedad de un hombre de la Justicia en uno, una filmación de un documental en las estepas y una investigación acerca del nacimiento del Cristianismo en los otros, aprovecha para exponer sus vivencias, pensamientos, dudas y miradas ante la vida. Incluso en El Reino cruza de vereda y se diferencia de Marguerite Yourcenar, que prefiere esconderse detrás de la palabra escrita. "En lo que no coincido con Yourcenar es en lo de la sombra proyectada, en el aliento sobre el azogue del espejo. Yo creo que eso es algo inevitable. Creo que siempre se verá la sombra proyectada, que se verán siempre las argucias con las que se intenta borrarlas y que más vale, por tanto, aceptarla y exponerla", se define. El yo en primer plano y a mucha honra.

Quien no la pasó demasiado bien con el exabrupto público fue Delphine de Vigan. O así lo dejó asentado en su última novela, Basada en hechos reales. Cuando publicó Nada se opone a la noche, la historia que relata la relación con su madre, De Vigan se transformó en un batacazo pero también sufrió el vapuleo de un sector de la familia. Así comienza su siguiente novela, luego de varios años. Tras la imposibilidad de escribir por falta de tema, dedica más de 300 páginas al asunto del doble en tono de thriller, donde ella, nuevamente, tiene el rol preponderante. De más está decir que ambos autores realizan su tarea de modo exhaustivo y al lector se le hace imposible abandonarlos.

Delphine de Vigan
Delphine de Vigan

El mercado local también tiene lo suyo: están los defensores a ultranza y aquellos que prefieren desconfiar del género. Carlos Busqued –autor de Bajo este sol tremendo, llevada al cine por Adrián Caetano –señalaba, sin vueltas, su relación con el mismo: "La gente que hace literatura del yo y toda esta cosa autorreferencial está en un circuito que se garchan entre ellos, se juntan a comer, la pasan bien. No está mal, ya quisiera yo hacer eso porque la relación costo-beneficio es infinitamente mejor".

Entre los que hacen oídos sordos al vapuleo de la otra orilla, está Mercedes Güiraldes, una de las mejores editoras del país y autora de Nada es como era, su primer libro, en el que narra su experiencia con el cáncer. Precavida, anuncia antes de empezar, que no es un intento tardío de literatura del yo. "Cuando empecé a escribir no me propuse hacer literatura sino, simplemente, contar la historia de mi(s) cáncer(es) lo más pegado a la experiencia posible. Lo que yo quería era transmitir lo que había sentido física y anímicamente frente a ese diagnóstico tan duro, que nadie quiere enfrentar".

Mercedes Güiraldes
Mercedes Güiraldes

Mientras el resto de los escritores gustan de esconderse detrás de sus narraciones, los productores de literatura del yo hacen lo contrario. "La exposición de lo que me pasó fue, por supuesto, buscada. Sabía que me estaba exponiendo al escribir. De todas maneras, en la actualidad todo el mundo muestra todo (o casi todo) en las redes sociales, en películas, en libros. Así que no creo haber sido muy original. Tuve más cuidado a la hora de exponer a otros. Igual, ni mis hijas ni mi marido quisieron leer el libro, y a mis padres y a mis hermanos les costó bastante. Comprensiblemente, no tienen ganas de revivir lo que vieron en platea preferencial. La exposición mediática derivada de la publicación del libro me cuesta un poco, aunque menos de lo que me imaginaba", agrega Güiraldes.

Luciano Olivera es productor, guionista y director de televisión pero acaba de publicar Aspirinas y caramelos, su primer libro. Y fiel a la tendencia seleccionó anécdotas de su vida para llenar sus páginas. "Escribir el libro fue un camino; primero fue un texto y luego quise publicarlo por catarsis. Necesitaba que quedara constancia, por lo menos para mí mismo, que un momento que yo había vivido y quedado muy marcado en mi vida que era la profecía sobre la muerte de mi padre, había visto que se moría y a los dos años se murió. Yo no tenía muchas razones para suponer eso, fue muy extraño, y me quedó siempre esa sensación de que yo predije la muerte de mi padre. Creo que el duelo a través de la escritura me funcionó; creo que escribir es un ejercicio sanador y en cierto punto, pone los fantasmas en lugares más reales", afirma Olivera.

A la hora de la entrega de la intimidad con personas devenidas en personajes pero reales al fin, todos oscilan entre el acto y su represión. Sin embargo la vacilación dura poco. "Al principio me dio un poco de cosa la exposición. De todos modos, yo me siento depositario de una vida muy común a mucha otra gente y mi viejo también, que fue un tipo muy parecido a muchos otros de su época; aunque yo me estuviese exponiendo, en cierto punto sentí que estaba haciendo un ejercicio un poco más colectivo; eran más de una época, de un estilo. Hice un pacto con mis hermanas y las enfermeras de mi madre, que tiene una artrosis deformante, para que no le lean las partes que la exponen. Hay partes que son más crudas, más duras, de hecho esa parte se llama "Desnudo total" y es más fuerte", concluyó.

Luciano Olivera
Luciano Olivera

En la línea del ganador del premio Goncourt, Laurent Binet con su HHhH, en la que narra un episodio de la Segunda Guerra Mundial y los problemas que debe enfrentar en pos de la investigación, y de Javier Cercas con El impostor, Ana Wajszczuk se ampara en la relación con su padre para contar el Levantamiento de Varsovia en Chicos de Varsovia. "Este libro se me impuso porque era una historia que yo había conocido grande, como a los 20 años. Lo primero que se me ocurrió fue escribir unos poemas, pensé que lo había cerrado. Pero en 2014, aquello que se había cerrado se volvió a abrir y me di cuenta de que tenía que escribir un libro. Tenía que volver a Polonia, tenía que volver con mi papá. Que luego fuera a título personal fue decantando solo, no lo pensé en un primer momento. Después me di cuenta de que no podía contar esa historia sin implicarme yo porque el universal partía de ahí. Si no lo hacía en primera persona se me hacía muy difícil de transmitir. Me parece que las historias en primera persona tienen una pregnancia particular. Hay cierta fascinación con lo que le pasa a uno y en ésta, la historia de la guerra es muy convocante, ahí se ve todo, lo mejor y lo peor del ser humano, y donde lo que uno es, queda suspendido, queda puesto en duda".

Ana Wajszczuk
Ana Wajszczuk

La literatura del yo convoca cada vez más a autores con ganas de contar su experiencia. Pareciera que la curiosidad ante la intimidad del otro gana la apuesta en los lectores. ¿Habrá que tener algo digno de narrar? ¿Y quién podría ser el jurado apropiado para evaluar semejante apuesta literaria? Por lo pronto, el mercado editorial elige y publica.

 

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