La muestra “Julio Verne, los límites de la imaginación” invita a pensar más allá de la contemporaneidad en la que vivía el escritor
La muestra “Julio Verne, los límites de la imaginación” invita a pensar más allá de la contemporaneidad en la que vivía el escritor

Hay una foto de Julio Verne, la más conocida, la que aparece no sólo en sus libros, también en Wikipedia, que funciona con más fuerza que un retrato; como si ahí estuviera, además de sus rasgos, una porción de su intelecto e inventiva. Su cabeza levemente inclinada hacia un costado, los ojos algo achinados, risueños, y una sonrisa pícara que parece asomarse detrás de esa gran barba blanca. Desde el otro lado del tiempo, mientras posaba frente a la cámara de Félix Nadar, en 1878, a sus 50 años, está queriendo decir algo más. Es el gesto de un escritor que sabía que estaba descubriendo el mundo, llenándolo de sentido, dotándolo de interrogantes frescos y deliciosos, divulgando el conocimiento de una humanidad que no se conformaba con el telégrafo, el tren y, más tarde, la electricidad. Un mundo incógnito e infinito que necesitaba narradores que supieran abordarlo. Verne lo sabía.

Julio Verne, los límites de la imaginación es el nombre que lleva la exposición que se mete en la cabeza de este escritor francés, autor de Viaje al centro de la Tierra, Veinte mil leguas de viaje submarino y La vuelta al mundo en ochenta días, por citar sólo las obras más conocidas. Está abierta al público en el Espacio Fundación Telefónica con curaduría de los españoles María Santoyo y Miguel Ángel Delgado. ¿Qué decir de Verne que no se haya dicho antes? En principio, aún hay muchas líneas que necesitan trazarse desde aquel lejano y grisáceo siglo XIX hasta nuestros días. La muestra tiene un recorrido en bloque que transita temas y abordajes: es realmente un viaje al centro de la mente de Verne. Los personajes de sus obras y cuánta realidad hay en ellos, por un lado; por otro, lo exótico de los animales que Verne describía: ¿por dónde navegaría la mente de un lector de Verne que lee una descripción minuciosa de algo de lo que jamás en su vida escuchó hablar ni vio ni verá, como pueden ser las jirafas?

Una pantalla gigante muestra los recorridos de sus personajes en el planisferio: los continentes y países se dibujan de a poco, cuando las líneas los surcan, entonces aparecen como hombres invisibles cubiertos de harina. También están las fotos de esos viajes, fotos de los personajes secundarios que habitan sus novelas, como atracciones de la India o tribus de África, pero también personalidades que tuvieron que ver con sus travesías imaginarias, como Nellie Bly, la periodista que recorrió el mundo en menos de 80 días, en 72 exactamente. Hay objetos de colección, como una maqueta del faro de la Isla de los Estados, algunas proyecciones que grafican el valor expedicionario, la búsqueda emocionante por lo desconocido y una serie de fotos inéditas que se encontraron de la primera expedición transantártica de Ernest Shackleton. Subir al primer piso del Espacio Fundación Telefónica es como trepar a la mente de la escritor visionario. Ver sus influencias, su metalenguaje, lo que le quitaba el sueño mientras construía día a día su monumental obra. Miguel Ángel Delgado, el curador, estaba también ahí y habló con Infobae.

-¿Por qué es importante traer a la actualidad a Julio Verne? ¿Qué tiene para decir esta muestra al público del siglo XXI?

-Sufrimos de algo que es la nostalgia del futuro, que es algo que funciona con Verne. Es la nostalgia de una época en la que todo parecía posible. En el siglo XIX, que todos sabemos cómo terminó, había un espíritu de progreso, de que el hombre podía ser capaz de concebir lo que quisiera, tanto la exploración como el conocimiento científico, de llegar a todas las tierras incógnitas en todo sentido, desde las literales hasta las del conocimiento. Evidentemente eso es desde un punto de vista occidental porque es también la época del imperialismo, que tiene una serie de consecuencias que no son tan buenas. Pero es cierto que estaba esa idea de la fe en el progreso, que termina desembocando en algo tan simbólico como el Titanic, y también en la Primera Guerra Mundial. Yo creo que en cierta forma tenemos un poco de nostalgia de esa época en la que se creía que los avances tecnológicos traerían un mundo mejor, un mundo nuevo, algo de lo que no tenemos la seguridad hoy en día. De hecho siempre estamos temiendo las amenazas de internet, por ejemplo. Nos fascina esa época porque estaba en nuestras manos hacer un mundo mejor. Entonces no nos vendría mal tener más fe que la que tenemos para poder enfrentar los retos que enfrenta nuestro planeta en la actualidad. Por eso es importante traer a Verne al presente.

-Es destacable la influencia de la ciencia en Verne, pero también su mirada optimista. Hoy en día se ven a las nuevas tecnologías desde una visión más apocalíptica…

-Verne estuvo inactivo muchos años y también es curioso que ese optimismo, en sus últimas obras, va decayendo un poco. No llega a ser tan terrible como H. G. Wells, por ejemplo, que aborda la destrucción de la Tierra por los marcianos y en La máquina del tiempo presenta el futuro del mundo dividido en una clase explotadora y otra explotada. Wells, que es posterior, tiene una imagen netamente negativa. Verne no llega a ese extremo pero es verdad que en la segunda mitad de su obra empiezan a aparecer personajes negativos en los que la tecnología no tiene buenos fines, como Robur el conquistador que es el clásico científico loco de libro que quiere conquistar el mundo, pero es cierto que a pesar de eso no llega al extremo y, si hay un científico loco, siempre hay una oposición de alguien que quiere utilizar esa misma tecnología para el bien. Así que en ese sentido mucha gente lo podría tildar de ingenuo desde el punto de vista de nuestros días, pero no estoy seguro de que el pensamiento absolutamente negativo lleve a ningún sitio bueno.

Miguel Ángel Delgado, curador de la muestra “Julio Verne, los límites de la imaginación”
Miguel Ángel Delgado, curador de la muestra “Julio Verne, los límites de la imaginación”

¿Qué escribiría Julio Verne si su genio habitara en el siglo XXI, donde las máquinas, tímidamente, ya empiezan a dejar atrás los procesos analógicos y cadenas de montaje para dar lugar a la unión de millones de algoritmos, lo que hoy tracciona la técnica? ¿Hablaría de internet, de neurociencias, de impresoras 3D, de semillas transgénicas, de minas a cielo abierto, de intersexualidad, de regeneración genética, de androides, de viajes hacia el otro lado de un agujero negro? A diferencia de lo que uno supondría, y pese a haber escrito más de 50 novelas y 20 cuentos, Verne nunca tuvo un buen pasar económico, tal es así que trabajar durante muchas horas para poder mantenerse le trajo trastornos nerviosos que lo llevaron, años después, a una parálisis facial. Sin embargo, esa pulsión, esas ideas que se acomodaban en su mente como un tetris ruso para escribir textos de semejante calibre, iba más allá de todo. Como si existiera una responsabilidad con la humanidad, con el futuro, además de eso que decía Philip K. Dick cuando hablaba de la ciencia ficción: "el placer de descubrir la novedad".

Porque si algo tiene la fuerza inventiva de Verne que lo destaca por encima del resto es el poder de predicción. No se trata sólo de un juego narrativo -que también debe destacarse-, hay además algo en su rigurosidad científica que hace posible que vea más allá del límite que lo ata a su contemporaneidad y hable, por ejemplo, de máquinas voladoras cuando el cielo era patrimonio de las aves y los globos aerostáticos. Sin embargo, su figura está más presente en los lectores curiosos, en los fanáticos de la ciencia ficción y en los que gustan de esas descripciones estilo Charles Darwin, que en los teóricos de la literatura universitaria. ¿Por qué? Cuestión de prioridades, quizás. Lo cierto es que aún no se lo ha desmenuzado lo suficiente a Verne. Aún tiene mucho para dar.

Los viajes, el sentido expedicionario, la pasión por la exploración, todo está retratado con un gran anclaje en la realidad
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Mediante fotografías, proyecciones y objetos de colección, la muestra busca las influencias del autor francés pintando un universo atrapante
Mediante fotografías, proyecciones y objetos de colección, la muestra busca las influencias del autor francés pintando un universo atrapante

-La figura de Verne parece sostenerse más por la cultura popular que por la academia, ¿por qué se da esto?

-Lo que voy a decir puede sonar populista pero creo que en estas cosas el pueblo no se equivoca. Lo popular, sobre todo cuando persiste, durante tanto tiempo. Había autores que triunfaban en esa época tanto o más que Verne de los que nadie recuerda ni siquiera su nombre, pero creo que es porque hay contadas ocasiones en que se toca una fibra muy sensible. De hecho Verne empieza a triunfar relativamente tarde. Él llevaba intentando ser un escritor de éxito mucho tiempo. Escribía operetas, escribía unos dramas románticos bastante lamentables, hasta que descubre el género de los viajes extraordinarios  que nadie lo había hecho. También hay que decir que es una idea de su editor Pierre-Jules Hetzel, y se convierte en el primero y el único en hacer eso. Son esas cosas que en el fondo son imposibles de prever. Toca una fibra tan sensible que hace que siga alimentando la imaginación de muchos que vinieron después, incluso astronautas que confesaron que leyeron la obra de Verne, o Tintín con el viaje a la luna (Objetivo: la Luna). Lo va recorriendo todo. Es que toca esa fibra sensible que lo académico, muchas veces, se queda en el frío mármol directamente.

-Por último, ¿qué escribiría Julio Verne si estuviera en esta época? ¿Por dónde pasarían sus inventivas?

-Buscaría las fronteras de los territorios desconocidos. Escribiría quizás novelas en las que se habría colonizado el sistema solar o se habría viajado a alguna estrella; sacaría mucho partido a internet y a todas las tecnologías de la comunicación, que seguramente le fascinarían, porque a él, por ejemplo, le fascinaba el telégrafo. Pero, de hecho, si me preguntas qué escritor contemporáneo se parece más a Verne, te diría Michael Crichton, aunque haya muerto hace algunos años. Porque me parece que lo que hace, salvando las distancias, se parece mucho a lo que hacía Verne. Crichton tomaba un tema científico de moda o de vanguardia y te construía una aventura de fondo para explicártelo. Escribe Parque Jurásico para hablarte de la genética, escribe Westworld para hablarte de la inteligencia artificial. Es decir, todo lo hace a partir de una aventura que construye, y eso es lo que hacía Verne. Así que quizás Verne haría thrillers tecnológicos, se me ocurre.

Julio Verne, fotografiado por Félix Nadar en 1878
Julio Verne, fotografiado por Félix Nadar en 1878
 

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Julio Verne, los límites de la imaginación
Hasta el 26 de agosto en el Espacio Fundación Telefónica
Arenales 1540 – Ciudad Autónoma de Buenos Aires. La exhibición puede visitarse de lunes a sábado de 14 a 20.30 y se completa con visitas guiadas, talleres gratuitos con inscripción previa. Más información en www.fundaciontelefonica.com.ar.

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