La literatura boliviana muestra una enorme vitalidad y entregó, en los últimos años, autores con una voz singular como Edmundo Paz Soldán o Maximiliano Barrientos. Con otro registro, pero también con una modulación propia, Magela Baudoin hace su presentación en la Argentina con un volumen de cuentos que le permitió ganar el Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez en 2015. La composición de la sal es el nombre de la obra que Libros del Zorzal distribuye estos días en las librerías.

Baudoin viajó a Buenos Aires para presentar su libro y se hizo un tiempo en la agenda para visitar la redacción de Infobae. En esta entrevista habla sobre la actualidad de la literatura latinoamericana, las características propias de la de su país, la vitalidad del cuento y sobre cómo la influyó Jorge Luis Borges en su escritura.

La composición de la sal reúne catorce relatos que, como dice la autora, están unidos por la tensión entre la normalidad y lo que está a punto de romperse. Se trata de relatos construidos en diferentes geografías, con voces diversas y con decisiones formales que muestran la versatilidad de una autora para correr riesgos y siempre salir indemne. Cuentos que revelan los puntos más altos en el que le da título al libro ("Llorar era como sembrar algas en un mar de sal helado que terminaría ahogándolos, uno a uno, y él no podía permitirlo") y en los dos que lo anteceden: "Algo para cenar" y "La noche del estreno", una historia ambientada en el teatro Colón y sus alrededores que la escritora boliviana comenta en esta charla.

–¿Hace falta un mayor diálogo en la escritura latinoamericana? Los autores de cada país parecen islas, ¿está de acuerdo?
–Totalmente. Y en el caso de la literatura boliviana es más problemático aún. No es algo reciente, y tiene que ver con nuestra mediterraneidad, con nuestra insularidad, que es real y también subjetiva, creada. Se conoce muy poco de lo que se produce en Bolivia. Tenemos autores fundamentales, como Jaime Freire, que es uno de los padres del modernismo junto con Rubén Darío, y no se lo reconoce, no se lo lee y no se lo ubica en el mapa. Sin embargo, creo que esto está comenzando a quebrarse un poco, probablemente gracias a la globalización y a una ductilidad mayor, como puede ser el cuento, que puede ser bajado de Internet y hacer que nuestra literatura se visualice al menos por ahí.

–¿Siente que el Premio Hispanoamericano de Cuento que ganó es también un reconocimiento al momento de la literatura boliviana?
–Tiene que ver con la cosecha del trabajo de mucha gente que empieza a mirarse y también a la singularidad de la producción boliviana. Esta misma insularidad o sincronía nos vuelve una literatura un poco distinta, porque no está mirando lo mismo que se mira en otras partes. Es una voz muy singular, muy polifónica y muy potente.

–La palabra que usó, "polifónica", no es al azar, porque es una de las cualidades de sus cuentos, el hilo que une a todos los relatos. ¿El libro está unido por la diversidad polifónica?
–Sí y no, pienso que aparentemente hay situaciones y personajes disímiles, pero hay un vector conductor que es esta tensión entre lo que parece que funciona en la normalidad, en la aparente e inmaculada normalidad y lo que está a punto de caerse. Eso es común a todo el libro y esta situación de ambivalencia teje la fuerza de cada una de las historias.

–Para usar un lugar común: la tensa calma.
–Sin duda, o el vaivén que construye siempre desde la inseguridad, desde la duda razonable, como diría Hebe Uhart. Desde este lugar que no puede ser definido tan esquemáticamente y, por supuesto, anida el conflicto de eso que no puede definirse.

–El cuento parece estar atravesando un gran momento. ¿Cómo analiza la vitalidad del género?
–Es lindo lo que preguntás, porque si bien la industria editorial va hacia géneros más vendedores, como la novela, Latinoamérica tuvo históricamente en el cuento un género mayor y que, además, extrapoló la verdadera maestría. Creo que es uno de nuestros fuertes narrativos. Así como la tradición rusa tiene en el cuento un despliegue enorme, Latinoamérica lo tiene. Y este momento es una muestra de ese desarrollo. Además, el cuento es un género muy plástico, que conversa bien con la globalización, con la rapidez de Internet y con la rapidez de lectura de hoy. Eso hace que se potencie muchísimo y que se intercambie muchísimo lo que se está produciendo en un país y en otro, en este espacio de la virtualidad. Me parece que es el género más vivo y con más potencial, en ese sentido. El que mejor navega esta manera de leer y de consumir de hoy.

–¿Y qué le exige el cuento al escritor?
–Es de los más exigentes, más clásicos; le exige una concreción enorme, una planificación enorme de tendido de trampas finas muy sutiles. Es un género mucho más exigente que la novela, que te permite jugar con la intuición. El cuento, no. Para un lector que quiere rapidez y que está acostumbrado a leer cada vez más pronto, el escritor está muy exigido.

–¿Es una autora que prefiere el final de sus cuentos más en manos del lector que del escritor?
–Totalmente, tengo muchísima fe en el lector y quiero siempre incomodarlo y desarmar su sistema inmunológico y hacer que trabaje conmigo. Muy pocas veces trabajo un final cerrado.

–Hablamos del cuento y estamos viviendo el año en el que se conmemoran tres décadas de la muerte de Borges. ¿Cuánto la influyó?
–Muchísimo. Es así como tótem, una cima, una luz. Su poesía es algo desbordante a la cual recurro muchísimo, porque la poesía le da mucha profundidad a la narrativa, no solamente en el manejo del lenguaje, en el cual Borges es inigualable, sino en la felicidad de imágenes increíbles. Esta manera de mirar en sesgo, colateral, es algo que siempre es sorprendente y se puede aprender en Borges, fuera de todo lo que podemos mirar a nivel cuentístico, de sus reflexiones sobre el tiempo o esa capacidad enorme de preguntar y argumentar en el ensayo. Sobre todo, el Borges poeta es el que más tiene que ver con lo que hago.

–"La noche del estreno" es un cuento muy porteño. ¿Qué relación tiene con Buenos Aires?
–Es un cuento que nace de una imagen que me refirió un amigo alrededor de un teatro con un hombre que se ponía una gabardina larga y entraba a todas las funciones casi robando la entrada, como que iba tarde y se colaba. Luego, esa imagen se transformó en una estancia que tuve, creativa, literaria, y se transformó más cuando conocí a un iluminador de teatro, y me pareció muy poético y muy lindo su trabajo. Esas conexiones que hago son la forma cómo funciona la escritura, desde la contaminación creativa. Estas imágenes generaron esta historia que, efectivamente, es muy porteña, pero también es muy universal en el sentido del desencuentro, de eso que está a punto de consumarse y por una razón casi ridícula no se da.

–Otra característica de sus cuentos es la universalidad con un cierto color local que nunca es el mismo. Por otra parte, elige cerrar el libro con un relato diferente a todos desde lo formal, porque es un diálogo. ¿Por qué?
–Es un cuento lindísimo en relación con la imagen poética que encarna, que ocurre en la devastación material, en la orfandad total, y sin embargo se sostiene en el afecto más puro que puede existir entre un abuelo y un nieto, en un hilo de plata que lo sostiene al niño frente a la carencia de todo. Esta idea de la devastación conectada solamente a partir de ese efecto invencible, me parecía lindísima de tratar. Es un cuento que escribí para mi padre y mi hijo, que tienen una conexión invencible desde el día que se conocieron.

–Los lazos familiares es otro de los temas que cruzan los relatos. ¿Le interesa escribir desde ahí?
–Es verdad. A mí me gustan los espacios chicos para narrar, me parece que son terriblemente combustibles. El roce humano genera fricción y genera conflicto, y más si hay algo que se juega en el afecto y es algo que me gusta explorar desde allí. Desde un contacto inesperado puede surgir una gran conmoción y como eso se da en los lugares más inesperados, me parece un material narrativo de una riqueza extraordinaria.