"Josefina me ha confesado (aunque 'confesar' es un verbo que uso en verdad sin motivo, porque ella habló sin ningún pudor y casi como al pasar) que ayer circuncidó a Roger Federer. Tremoluctancia arditis". Así empieza "Piquito a secas" (Alfaguara), la nueva novela de Gustavo Ferreyra, que vuelve a tener como protagonista a aquel militante del Partido Obrero, Leonardo, popularizado con el nombre que le da título al libro en el que el autor de La familia lo presentó en sociedad para el disfrute de sus lectores: Piquito de oro, que Ferreyra dio a conocer en 2009.

Siete años después, Piquito, ese peculiar personaje que lleva consigo a Maloy y Cachimbo, que no puede despegarse de sus padres y que mantiene casi una dependencia enfermiza con su pareja Josefina, vuelve a aparecer con la fuerza de su voz única y potente para hacerse lugar en la galería de los grandes personajes de la literatura argentina. En este segundo libro que lo tiene como protagonista, atraviesa el proceso judicial por el asesinato de Cianquaglini.

Si en 2004 Gustavo Ferreyra conmovió a los lectores y a la crítica con La familia, una novela que Martín Kohan definió ante la consulta de Infobae como "una de las mejores de toda la literatura argentina", el trabajo que hace en esta nueva aparición de Piquito, en primera persona, no hará otra cosa que ratificarlo como una de las grandes plumas que dieron nuestras letras.

Como en todos sus libros, Ferreyra le suma al desarrollo de la voz en primera persona un encadenamiento de frases que marca su estilo a lo largo de las 333 páginas de la novela: "La memoria se derrumba tan fácil que apenas si puede decirse que es algo. No sé si cuenta con un material más sólido que la fantasía y ambas son hijas de la voluntad". "Sólo que el individuo está hecho para la vergüenza aun cuando sea parte de un cardumen desvergonzado". "Todo mesías debe generar la necesidad de sí, debe retirarse en algún momento para ser ausencia". "La vida me ha amado. Y si ella me olvida y se aleja y mira para otro lado, el juez va a precipitarse sobre la lapicera para firmar lo que debería haber firmado y firmó porque la vida, mi viejo amor, miraba".

Afable, sencillo, humilde y siempre con una sonrisa en la cara, Gustavo Ferreyra estuvo en el estudio de Infobae. Adelantó que ya tiene escritas dos novelas más de Piquito, dijo que la voz de su personaje lo supera como autor, porque saca lo mejor de él y contó por qué aquí rompe con la racionalidad para ir hacia lo onírico y mesiánico.

—Hace poco más de un año hablamos aquí de La Familia y usted me dijo que no tenía claro si esa era su gran novela o si cerraba una etapa o abría otra. ¿Qué piensa ahora?
—Ahora te diría que tal vez es iniciática de un nuevo ciclo, quizás como el pináculo de algo y de un tiempo de prosa que está más suelta, más ágil a partir de La familia.

—Porque uno tenía la sensación de que esa era su gran novela y ahora leemos Piquito a secas y parece que su trabajo con el lenguaje sigue evolucionando, sobre todo en la fortaleza de la primera persona del personaje.
—Creo que la voz de Piquito es como algo muy potente y que me supera a mí como autor, porque en tercera persona no puedo lograr esa forma y ese acabado que tiene en su habla. En esa voz literaria alcanzó una forma estética muy peculiar, pero que sólo puedo hacerlo en la ropa de Piquito.

—Piquito nunca podría ser en tercera…
—Hay algunas partes en la novela en las que se lo nombra, pero es verdad: Piquito es una voz literaria fundamentalmente, una voz estética, ética, moral también.

—¿Es también su propia consolidación como escritor?
—Siento, como escritor, que Piquito saca lo mejor de mí. Le debo a esa voz una estética, una forma, incluso, si fuera posible, una suerte de belleza literaria que emerge de esa voz.

—Creo que Piquito ya está en la galería de los personajes clásicos de la literatura argentina.
—(Se ríe) No sé qué decirte. Eso se verá, hay material, porque todavía tengo dos novelas más de Piquito.

—¿Esto significa que aún se irá desarrollando esa voz?
—Sí, de todas formas creo que aquí alcanza una estética y una forma que después permanece en esas otras dos novelas que ya tengo escritas.

—En esta segunda novela, hay un salto de aquel militante trosko del Partido Obrero hacia un cierto mesianismo onírico.
—Nunca fue un verdadero trosko, si por 'trosko' entendemos algo más estereotipado. Siempre fue muy nietzscheano, muy burlón y autoirónico. Él, como militante del Partido Obrero, es el primero que se ridiculiza, pero es verdad que aquí rompe con la racionalidad. Creo que el marxismo sería el pináculo de la racionalidad occidental, por decirlo de algún modo, y entre Piquito de oro y Piquito a secas se rompe la racionalidad; eso le da a la novela cierto tono onírico. El realismo todavía vacilante que había en Piquito de oro aquí se fragmenta y se disipa mucho más. Es una novela más onírica en la que él va cayendo en la locura y el mesianismo. Exactamente: él va claramente hacia lo mesiánico, cosa que después se consolida en las que siguen.

—Por otra parte, siempre llega tarde adonde nunca pasa nada.
—Es como anacrónico en alguna medida y eso tiene que ver con la temporalidad histórica. Justamente, llegar tarde en esa cuestión muy onírica, de llegar tarde a la Sierra Maestra, cuando todo terminó. Es su fin como militante, cierra una etapa de su vida.

—Su literatura, además de desarrollar esa voz, tiene una característica que es el encadenamiento de frases. Anoté una: "El derecho es siempre un simulacro de religión". La destaco porque creo que está presente a lo largo de la novela, que es también la experiencia de su juzgamiento por un crimen.
—En parte, empieza a sentirse como el perseguido: el profeta en problemas con su época y con la mezquindad de la historia en la que está inmerso. Empieza a introducirse mucho más en el milenarismo más mesiánico. Por supuesto que el derecho sería lo actual, lo histórico concreto hoy. En el trasfondo siempre está la religión, que él empieza a apreciar como estas fuerzas atávicas del hombre que trascienden todo en última instancia, las fuerzas últimas que nos mueven más allá de las mezquindades históricas del momento, que pueden adquirir una u otra forma.
Él empieza a percibirse como el profeta y toma distancia de ese mundo a través del uso de los diminutivos. El diminutivo es una forma de ubicar ciertas cosas que quizás parecerían tan trascendentes o que nos involucran tanto en una situación de menor importancia; como que todo lo que nos involucraría son cosas menores y él lo expresa con esos diminutivos.

—Él habla mucho de los calmucos. ¿Cómo llegó a ellos?
—Es un pueblo, una etnia, un pueblo mongol de Asia Central, por el mar de Aral. Él habla del sapiens y su evolución en los humanos, los étnicos que somos nosotros y que permaneció este grupo al cual él sitúa un poco míticamente como el único continuador del sapiens africano, no étnico y no religioso. Los calmucos serían, en esta postulación de él, que es una hipótesis un poco alocada, el pueblo en el que estaría la continuidad del sapiens, del hombre no étnico. Había un biólogo francés que decía que los calmucos eran los más feos de la Tierra. Piquito se toma de eso por aquella cuestión nietzscheana de que el más feo de los hombres mata a Dios, entonces el más feo de los pueblos sería el sapiens. Él empieza a ser un profeta del sapiens, sería como retornar a aquel que fue previo a las etnias.

—¿Piquito cree que hay un posible retorno a aquello previo a la cultura?
—(Se ríe) Cree que hay un posible retorno a ese sapiens, por eso él toma la batalla de Stalingrado en los talleres que da, porque sería el pináculo del combate de la etnia. Donde mueren más de quinientos mil en una batalla, que es la más grande de la historia. Sería el pináculo de los humanos, de los étnicos y, por otra parte, los calmucos que están ahí serían la continuidad del sapiens.

—Así volvemos al comienzo de esta charla: desapareció la racionalidad…
—Claro, hay que creerle porque hay que creerle. ¿Qué prueba puede tener él de racionalidad acerca de que los calmucos son la continuidad del sapiens? Más allá de que son no religiosos y simulan el budismo, porque este pueblo supuestamente es budista; él dice que lo simulan y que no son para nada religiosos.

—¿Piquito es un profeta sin Dios?
—Sí, en parte se divinidiza él. Es un profeta ateo (se vuelve a reír).

—¿Qué debemos esperar?
—El devenir de este profeta por otras instituciones del Estado histórico.

—Aquí la reflexión está puesta en la Justicia. ¿Qué viene?
—Exacto, después, la cárcel y después, el psiquiátrico.