Luis Cappozzo en una de las salas del Museo de Ciencias Naturales (Nicolás Stulberg)
Luis Cappozzo en una de las salas del Museo de Ciencias Naturales (Nicolás Stulberg)

Las piezas de dinosaurios y ballenas atraen la visita permanente de estudiantes, padres e hijos y demás curiosos que se acercan al Museo de Ciencias Naturales para observar a esos y otros ejemplares únicos de nuestro suelo que allí se conservan. Pero el edificio sobre Parque Centenario, construido a la medida de los colosos de tierra y mar, también tiene sus áreas de investigación en alas laterales. En una de las oficinas del tercer piso que da a un pasillo largo atestado de muebles viejos, trabaja Luis Cappozzo, biólogo investigador del Conicet y jefe del laboratorio de Ecología, Comportamiento y Mamíferos Marinos. Ya hace años que no realiza prácticas en el mar, pero la energía con que transmite su labor pareciera ser suficiente como para estar listo ante un nuevo llamado de la selva submarina.

Alto, recio y vestido de negro con campera de cuero, no pasa desapercibido entre el personal del museo. Y es que da un perfil al menos atípico dentro de esta institución: en 2013, por ejemplo, se probó el traje de galán de ficción al lado de Carolina Peleritti, en la serie Área 23 –también colaboró en el guión- que se emitió por La TV Pública y el canal de Tecnópolis. Mientras posa para las fotos que ilustran esta nota, algunos de los empleados ríen; otros no, pero comparten la incredulidad. La figura del científico de guardapolvo blanco recluido en su laboratorio todavía funciona como mito en el imaginario social y dentro de la comunidad científica, aunque en los últimos años divulgadores como Adrián Paenza o Diego Golombek –entre las caras visibles- hayan tomado la iniciativa de popularizar la profesión.

"No somos una elite que está más allá del bien y del mal. El científico debe incorporarse a la sociedad", dice Cappozzo. Como otros de sus colegas, está convencido de que la ciencia puede y debe contarse de un modo más fácil, con un lenguaje más sencillo que despierte la curiosidad del resto de los mortales. Últimamente le ha ido dedicando más tiempo a esa tarea y ya ha publicado los libros Agua salada y sangre caliente. Historias de mamíferos marinos (para la colección "Ciencia que ladra"), La sal de la vida. Secretos del mar y sus habitantes y Darwin 2.0, entre otros. "La divulgación científica en mi caso surge de esa combinación que estuvo presente a lo largo de toda mi vida, de estar siempre con un pie en el arte, en la actuación, en la escritura, en el canto, en el dibujo", afirma.

El científico debe incorporarse a la sociedad

Justamente, se animó a escribir su primer libro de divulgación a partir de un inusual pedido de Paola Kaufmann, bióloga y escritora fallecida joven, quien ganó en 2005 el premio Planeta con su novela El lago. Una decena de esas páginas provienen, puestas sin modificaciones en boca de un personaje, de un texto que Cappozzo escribió para hacer verosímil en el relato la existencia de Nahuelito, el monstruo del Nahuel Huapi. "Usé teorías de la física, de la geología, de la biología, de la paleontología, inconexas entre sí pero que en una ficción se pueden conectar para hacer que un grupo de plesiosaurios todavía viva en determinados lugares del planeta como puede ser el Nahuel Huapi, cuya profundidad se desconoce", explica.

Luego fue recibiendo más consultas desde la literatura. Su aporte se traduce en las obras de diversas formas, pero siempre se trata de proveer material científico que haga creíble la ficción o sea funcional a ella. En Distancia de rescate, de Samanta Schweblin, no hay una sola explicación científica de los efectos del glifosato rociado en áreas urbanas sobre sus habitantes. Sin embargo, esa fue una de la serie de opciones que Cappozzo le dio a Schweblin como posible causa del padecimiento de la protagonista y su hijo. "Está presente en todas las herramientas terroríficas que maneja con su doble comando de voces narrativas, resulta escalofriante y atrapante y uno no puede soltar la novela hasta que termina", destaca con entusiasmo sobre esta nouvelle, que ya ha sido traducida a varios idiomas.

Cappozzo confiesa su preferencia por aquellas novelas donde la ciencia no deja más que huellas. Como sea, los óceanos también cubren innumerables páginas literarias. Además de los clásicos como Moby Dick o El viejo y el mar, este biólogo marino rescata las aventuras de Salgari y al Capitán Haddock, el bilioso amigo de Tintín. Pero quizás quien más lo interpela sea Neruda, que en una oda a ese otro cielo líquido escribió: cuánto mar se sale de sí mismo a cada rato. Lector inquieto, prueba también el salto a la escritura de ficción guiado por su amigo Guillermo Martínez, quien pasó de las matemáticas a la novela. Sus cuentos –asegura- no tienen nada que ver con su mundo científico: "tienen más componente fantástico, vinculado al terror, al miedo a lo cotidiano, todo aquello que nos hace endebles y finitos".