En la ciudad de Miami, el taller de Pablo Pérez Companc guarda algunas joyas automotrices. Reservado para ocupar un espacio dominante en el salón, el Pagani Huayra BC es uno de los deportivos más exclusivos del mercado mundial: solo se fabricaron veinte unidades, cuyo valor por unidad asciende a 2,5 millones de dólares. El modelo es una versión extrema de su ya exótico Huayra convencional que permite también un homenaje a su tierra: la bandera argentina atraviesa toda la carrocería. Su nombre responde a las siglas Benny Caiola, un empresario inmobiliario y famoso coleccionista italiano que murió en 2010. El autor le rinde tributo con esta máquina al primer cliente de Pagani Automobili, aquel que interviniera activamente en los comienzos financieros de la compañía con la adquisición de costosas y valiosas piezas.

Hay otro Pagani en la flota de autos de Pablo Pérez Companc. Es el Black Minion -un Pagani Zonda Revolution que tiene tatuado en su brazo izquierdo-, la vedette del Salón Internacional del Automóvil de Buenos Aires que giró por primera vez en el país en el Autódromo Oscar y Juan Gálvez el viernes 7 de julio provocando el delirio de los fanáticos del motor. Este Huayra BC recibe el apodo de Wild Minion, tiene la placa que lo define como el séptimo ejemplar de los veinte fabricados y fue el primero de su tipo en arribar a suelo estadounidense.

El superdeportivo monta un motor AMG V12 biturbo de 6.0 litros, desarrolla 789 caballos, declara 811 Nm de par de torque y en la balanza denuncia apenas 1.218 kilogramos, 132 menos que la versión original de serie. Por eso, el auto no tiene radio. La explicación: suma peso, aunque mínimo, a un deportivo homologado para circular en calle pero con espíritu de competición. Para un rendimiento más eficiente es necesario que el automóvil no soporte kilos de más.

Posee cuatro modos de funcionamiento: Rain, Confort, Sport y Race, una versión específica para el BC. Lo utilicé en versión "lluvia", el estilo de conducción más preventiva, con una potencia moderada. Mi primera sensación fue de miedo. Tenía dos razones: el temor a la potencia que transmite el auto y el compromiso de devolverlo en las mismas condiciones en las que me fue entregado. Una vez dentro del habitáculo me sorprendió el sonido: similar al armonioso despegue de un avión. Su despliegue es un cuento aparte.

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