¿Un matrimonio poco conveniente?

La historia del fútbol olímpico -y el presente- dejan dudas sobre el auténtico interés de la FIFA dentro del universo del COI

El Presidente de la FIFA,  Infantino llega para prestar juramento tras su elección como miembro del COI durante la Sesión 135 en Lausana, Suiza, 10 de enero, 2020.

REUTERS/Denis Balibouse/File Photo
El Presidente de la FIFA, Infantino llega para prestar juramento tras su elección como miembro del COI durante la Sesión 135 en Lausana, Suiza, 10 de enero, 2020. REUTERS/Denis Balibouse/File Photo

Que el fútbol es el deporte más popular del planeta no hay ninguna duda. Que la relación entre el fútbol y el olimpismo se asemeja a esos matrimonios en crisis en los que el silencio parece ser el único camino para la convivencia, tampoco.

La sola referencia de que fue en París 1900 –segundos juegos de la Era Moderna- que el fútbol desembarco en el universo de los anillos debería relativizar la idea de un vínculo conflictivo. Sin embargo, ya en aquel entonces, a tres décadas del primer campeonato mundial de la FIFA, sucedieron cosas extrañas al respecto: solo tres equipos inscriptos, todos representando a clubes de Gran Bretaña (Upton Town ganó la medalla dorada), Francia y Bélgica, y un certamen reducido a solo dos encuentros.

Paradójicamente, no fue sino apenas un par de décadas más tarde que el fútbol atravesó algo así como su época dorada dentro del olimpismo. Tanto en París (1924) como en Amsterdam (1928), este deporte brilló como pocas veces dentro de estas competencias. No fue sino gracias a las extraordinarias actuaciones del seleccionado uruguayo, vencedor de Suiza en la final francesa y de la Argentina en un doble encuentro decisivo en suelo holandés. Aquel fue un equipo que, aun viniendo de tierras muy lejanas, generó un fanatismo capaz de llenar las tribunas en cada una de sus apariciones decisivas. No casualmente Uruguay discute hasta hace poco su derecho a bordar en su camiseta las dos estrellas olímpicas sumándolas a las dos “permitidas” por sus títulos mundiales logrados en 1930 y 1950. Es que sus dos medallas doradas bien podrían considerarse aún más meritorias que las mundiales, a poco que uno compare el nivel competitivo de los participantes de uno y otro torneos.

Sin embargo, aquello fue poco más que una curiosidad en una línea de tiempo plagada de infortunios.

El fútbol olímpico posterior a la segunda guerra mundial terminó de desvirtuar cualquier lógica competitiva a partir de una lectura miope del nuevo orden geopolítico en un mundo, quizás como nunca, dividido en dos bloques.

FOTO DE ARCHIVO: Claudinho celebra después de que Brasil ganara la medalla de oro en la final de los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 ante España. Yokohama, Japón. 7 agosto 2021. REUTERS/Amr Abdallah Dalsh
FOTO DE ARCHIVO: Claudinho celebra después de que Brasil ganara la medalla de oro en la final de los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 ante España. Yokohama, Japón. 7 agosto 2021. REUTERS/Amr Abdallah Dalsh

Durante más de medio siglo, el olimpismo sostuvo con cierta precisión su concepto de amateurismo. De tal manera, entre Helsinki 1952 hasta Seúl 1988, los torneos olímpicos de fútbol mantuvieron una lógica absurda gracias a la cual estrellas consagradas a nivel mundial, representantes de naciones de la órbita soviética en la que se pregonaba una especie de prohibición del profesionalismo, enfrentaban a jugadores universitarios o juveniles que ni siquiera había debutado en una primera división.

Los resultados fueron elocuentes: en ese periodo, 9 de los 10 títulos olímpicos en fútbol los conquistaron Hungría, en cuatro ocasiones, Unión Soviética, en dos, Yugoslavia, Polonia y Alemania Democrática, una cada uno. Más aún. En ese mismo periodo, de 36 años, de las 30 medallas puestas en juego, 22 corresponden a países comúnmente llamados de los de detrás de la Cortina de Hierro.

Por cierto, cualquier fanatico conocedor de la historia reciente de este deporte, se preguntará cómo se permitió que chicos casi adolescentes jugasen oficialmente ante cracks de la talla de Ferenc Puskas (Hungría), Lev Yashin (URSS) o Kasmiersz Deyna (Polonia).

Reformulado el mapa europeo a partir de la caída del Muro de Berlín, lo que no se modificó fue esta tendencia de la FIFA de vincularse de modo tóxico con el IOC. Al menos en lo que a formatos de competencia. Y su compromiso al respecto.

Lionel Messi junto a Sergio Agüero en los Juegos Olímpicos de Beijing 2008
Lionel Messi junto a Sergio Agüero en los Juegos Olímpicos de Beijing 2008

Es cierto que el Siglo XXI consagró con medallas doradas nada menos que a Lionel Messi y a Neymar, entre muchos de los mejores jugadores de las dos últimas décadas. Sin embargo, los dos fenómenos siguen siendo cuestionados en su propia tierra por una opinión pública que considera que, si no ganaron un Mundial, entonces no han ganado nada. Es curioso: mientras muchos medios periodísticos amplían su legión de enviados a los juegos en tanto los seleccionados de sus países se clasifican para el certamen, desde las mismas páginas o micrófonos parece considerarse menos valiosa una medalla en fútbol que en judo, natación o surf.

Mientras tanto, los procesos clasificatorios a los juegos suelen ser diversos según el criterio de la UEFA (Europa), la Conmebol (América del Sur) o cualquiera de las demás federaciones regionales que ni siquiera coinciden en darle uniformidad generacional a las competencias clasificatorias. Entonces, tenemos eliminatorias Sub 20, Sub 21 y hasta Sub23.

Un cúmulo de incongruencias organizativas y conceptuales que permiten preguntarse si, realmente, la FIFA quiere que su deporte siga siendo parte del programa olímpico.