<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?><rss xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom" xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/" xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns:sy="http://purl.org/rss/1.0/modules/syndication/" version="2.0" xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/"><channel><title><![CDATA[Infobae.com]]></title><link>https://www.infobae.com</link><atom:link href="https://www.infobae.com/arc/outboundfeeds/rss/tags_slug/younger/" rel="self" type="application/rss+xml"/><description><![CDATA[Infobae.com News Feed]]></description><lastBuildDate>Fri, 08 May 2026 17:03:49 +0000</lastBuildDate><language>es</language><ttl>1</ttl><sy:updatePeriod>hourly</sy:updatePeriod><sy:updateFrequency>1</sy:updateFrequency><item><title><![CDATA[Hasta sus padres eran más jóvenes que yo]]></title><link>https://www.infobae.com/america/the-new-york-times/2024/11/22/hasta-sus-padres-eran-mas-jovenes-que-yo/</link><guid isPermaLink="true">https://www.infobae.com/america/the-new-york-times/2024/11/22/hasta-sus-padres-eran-mas-jovenes-que-yo/</guid><dc:creator><![CDATA[Sharon Dunn]]></dc:creator><description><![CDATA[Reportajes Especiales - Lifestyle]]></description><pubDate>Fri, 22 Nov 2024 19:45:20 +0000</pubDate><content:encoded><![CDATA[<img src="https://www.infobae.com/resizer/v2/KYRFHHP2V5BTDC2FHJUPJIVANA.jpg?auth=b55bc3be4d750cbfc7040ec2f9434d6b89fd5069b7647f92b3a8afe8d1f4d5b6&smart=true&width=2400&height=3006" alt="" height="3006" width="2400"/><p>PERO NO IMPORTABA. ESTÁBAMOS LOCOS EL UNO POR EL OTRO.</p><p>Salió del ascensor y entró en mi vida. Sus piernas parecían no tener fin en aquellos pantalones de mezclilla de diseñador. La sonrisa, el pelo, el cuerpo... suspiro, el cuerpo.</p><p>Yo había respondido su anuncio para alquilar su almacén. Nuestro encuentro debería haber durado cinco minutos. Pero pasamos juntos las siguientes ocho horas. En realidad, pasamos juntos los siguientes ocho meses.</p><p>Fue en Toronto, donde soy escritora y periodista. Él era estudiante de medicina y venía de Irán. Era musulmán y mucho más joven que yo, escandalosamente, casi la diferencia de edad entre Hugh Hefner y sus novias, como si yo fuera Hugh. Yo vivía los últimos años de mis 50 y él los primeros de sus 20. Mi marido había muerto mucho antes; mis dos hijos ya eran mayores.</p><p>No podía creer que estuviera interesado en mí. Quizá no lo estaba. Quizá me veía como una amiga, un apoyo. Quizá quería dinero.</p><p>De cualquier manera, él me interesaba a mí. Me preguntaba: ¿Cómo puedo convertir esto en algo romántico? Normalmente se me daban bien esas cosas. Pero me dijo que me respetaba de verdad: un mal comienzo, no por donde yo quería que fuera.</p><p>Me preguntó si quería hacer ejercicio con él, y le dije que sí, sin mencionar que la última y única vez que había hecho ejercicio había sido en 1992. Fuimos al gimnasio, donde él levantaba pesas y yo estaba tumbada en un banco mirándolo mientras él ejercitaba sus músculos.</p><p>"Sharon Dunn", dijo. "Creí que querías hacer ejercicio".</p><p>"No", le dije. "Solo quiero estar contigo".</p><p>Su rostro se relajó.</p><p>Nos volvimos más cercanos. Rebuscó en mi alacena, sacó mis cajas de cereales azucarados y me dijo: "Sharon Dunn, ya no puedes comer esta basura: es mala para ti. Voy a tirarlo todo".</p><p>"¡No, mi cereal con azúcar no!"</p><p>"Solo una cucharadita de azúcar al día, si es necesario", dijo. "Te estás haciendo vieja, como mis padres".</p><p>Cierto. Pero que conste que hasta sus padres eran más jóvenes que yo.</p><p>Él seguía cuidando de mí con dulzura, pero ¿dónde estaban las insinuaciones románticas? Yo gritaba por dentro, deseándolo, haciendo todo lo que podía para conseguir lo que quería, sin que nada funcionara.</p><p>Hasta que un día me dijo: "¿Quieres que vayamos juntos a comprar ropa interior?".</p><p>Bingo.</p><p>Nos dirigimos a Calvin Klein, pero de camino pasamos por La Senza, una cadena canadiense que vende lencería.</p><p>"Entremos aquí", le dije. Nos pusimos delante de un mostrador mientras él empezaba a rebuscar entre las bragas de mujer. Me gustaba tanto que empecé a ruborizarme, tartamudear y reírme como una colegiala. Y no podía parar.</p><p>"Shh", dijo. "Tienes que parar".</p><p>Pero ya era demasiado tarde. Avergonzada, pero incapaz de controlarme, seguí haciéndolo.</p><p>"Te espero afuera", dijo.</p><p>Cuando salí y lo encontré, me dijo: "Estuvo horrible. Eres una mujer mayor. Pensé que ibas a modelar la ropa interior para mí y todo eso". Luego añadió: "De todas formas, me pareciste linda".</p><p>Uf, no lo había estropeado todo... todavía. Nos dirigimos a Calvin Klein, donde cada uno tenía su propio vendedor, y nos probamos las prendas en vestidores separados. Yo llené una bolsa con las cosas que iba a comprar, me quedaran bien o no. En el mostrador, cuando la mujer nos entregó nuestras bolsas y dijo: "Que lo disfruten", los dos nos echamos a reír.</p><p>Con las nuevas compras, sabía que una relación física era inminente. "Pero antes", me dijo, "¿te importa que celebremos un matrimonio no oficial?".</p><p>"¿Eh?".</p><p>"No sería legal. Es solo un acuerdo temporal que permite la intimidad física. Hace que el sexo sea aceptable, y me haría sentir mejor". No había oído hablar de eso antes: es un tipo de matrimonio musulmán que une a una pareja durante un periodo de tiempo determinado.</p><p>"No tengo ningún problema", dije.</p><p>Fijamos el día de nuestra boda. Por primera vez, me puse un vestido blanco largo. Él llevaba pantalones de mezclilla. Solo éramos nosotros dos, así que sugerí que pronunciáramos nuestros votos frente al espejo para duplicar la asistencia a cuatro.</p><p>"Cinco: Dios también asiste", dijo.</p><p>"Eso lo respeto", le dije.</p><p>Dijimos nuestros votos. La ceremonia fue sincera y hermosa.</p><p>Después le dije: "Leí que puedes casarte cuatro veces, pero tienes que tratar a todas tus esposas por igual. Yo soy la primera esposa. Así que menos mal que vas a estudiar medicina, porque podrás cuidarnos a todas".</p><p>"No quiero más esposas", dijo riendo, y luego añadió: "Y no te preocupes, pagaré los gastos de tu residencia de ancianos cuando llegue el momento". Me dijo que yo era la mujer de la que su madre le había hablado entusiasmada. Le aseguré que, desde luego, yo no era quien ella tenía en mente. No era musulmana y ni siquiera me acercaba a su edad. Pero la emoción, la magia que compartimos, fue quizá lo que le hizo pensar en las palabras de su madre.</p><p>Era ferozmente protector conmigo. Una vez, mientras se probaba una chaqueta en una tienda para hombres, el vendedor se refirió a mí como su madre. Furioso, tiró la chaqueta al suelo y se marchó. Corrí tras él. "¿Qué haces?", le pregunté.</p><p>"Te insultó llamándote mi madre".</p><p>"¿No sabes que eso es un cumplido para mí?", le dije. "Realmente podría ser tu abuela".</p><p>"Así que estoy con una abuela sensual, no con una madre sensual", dijo riendo.</p><p>Ahora ya estábamos en buen camino.</p><p>"Este es el mejor momento de nuestras vidas", dijo.</p><p>No podría haber estado más de acuerdo. Le cocinaba toda su comida sana (comía cada cuatro horas). Estábamos mucho tiempo en la cama. Trabajaba en la computadora y me daba juegos para entretenerme y que él pudiera trabajar en paz.</p><p>Yo jugaba durante horas Crazy Birds, y cuando me quedaba atascada en un nivel, él me ayudaba a avanzar. Pero hacia la 1 de la madrugada salíamos al balcón, respirábamos el aire nocturno y luego bajábamos corriendo varios tramos de escaleras, riéndonos, y nos íbamos en su auto deportivo. Acabábamos en el embarcadero de algún lago hablando y dormitando hasta las 5 de la mañana, cuando el mundo nos despertaba con su suave aliento y sus gorjeos.</p><p>Íbamos a desayunar a Fran's Restaurant, y a eso de las 8 de la mañana nos íbamos a casa a dormir. Mi casa estaba en venta y oíamos a los agentes inmobiliarios aporrear la puerta intentando entrar con sus clientes, pero yo tenía cadenas y cerraduras puestas, así que nos reíamos desde el dormitorio y los ignorábamos. Fueron días muy lujuriosos.</p><p>Mencionó llevarme a Irán a conocer a sus padres. ¿A Irán? ¿Con sus padres?</p><p>"En mi fe, la edad es irrelevante", dijo. "Una mujer puede ser mucho mayor que un hombre. Y puedo casarme con cristianas y judías, un matrimonio de verdad".</p><p>"No puedo ir a Irán", le dije. "Te estaría besando públicamente y acabaría en la cárcel. Además, soy periodista. No tengo pelos en la lengua".</p><p>"Mi país es hermoso", dijo. "Te llevaré a las montañas". Pero dijo que le preocupaba la situación política extrema del país.</p><p>Con la invitación a conocer a sus padres, la realidad por fin se asentó. Nuestra diferencia de edad era demasiado extrema. ¿En qué estaba pensando? Este joven quería llevarme a casa de sus padres.</p><p>"Mis padres te amarán", dijo.</p><p>"No, no lo harán", respondí. "Se horrorizarán, y no los culpo".</p><p>Después, tras terminar su segundo año de medicina, vino a visitarme a las Bahamas, donde yo vendía inmuebles. Pero al cabo de un mes, le dije que tenía que marcharse, encontrar a una mujer más joven y seguir con su vida, antes de que yo se lo arruinara todo. Yo tenía que ser la madura de la situación, y odiaba sentirme así.</p><p>Cuando terminamos y ya vivíamos en diferentes partes del mundo, le envié un correo electrónico y le pregunté: "Al final, ¿qué signifiqué yo para ti?".</p><p>Me contestó con una palabra: "Nada".</p><p>Se me encogió el corazón. ¿Nada? Yo había sentido muchas cosas por él. Estaba dolida, destrozada. A lo largo de las semanas, seguí mirando aquel correo electrónico. Entonces, un día me di cuenta de que después de "Nada", había añadido puntos que bajaban por la página. Me desplacé hasta que por fin vi otra palabra: "¡Todo!".</p><p>Y me acordé. Habíamos visto juntos "El reino de los cielos", de Ridley Scott. Al final, cuando el personaje de Orlando Bloom pregunta a Saladino, un personaje basado en el antiguo sultán de Egipto: "¿Cuánto vale Jerusalén?". Saladino responde: "Nada", y se aleja. Pero luego se detiene, mira hacia atrás y dice: "Todo".</p><p>Había significado todo para aquel joven brillante de otro mundo que había sacudido el mío. Y, durante un tiempo, él lo había sido todo para mí.</p><p>Hasta sus padres eran más jóvenes que yo (Brian Rea/The New York Times)</p>]]></content:encoded><media:content url="https://www.infobae.com/resizer/v2/KYRFHHP2V5BTDC2FHJUPJIVANA.jpg?auth=b55bc3be4d750cbfc7040ec2f9434d6b89fd5069b7647f92b3a8afe8d1f4d5b6&amp;smart=true&amp;width=2400&amp;height=3006" type="image/jpeg" height="3006" width="2400"><media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Brian Rea</media:credit></media:content></item><item><title><![CDATA[Él quería salir con mujeres más jóvenes]]></title><link>https://www.infobae.com/america/the-new-york-times/2024/06/07/el-queria-salir-con-mujeres-mas-jovenes/</link><guid isPermaLink="true">https://www.infobae.com/america/the-new-york-times/2024/06/07/el-queria-salir-con-mujeres-mas-jovenes/</guid><dc:creator><![CDATA[Ann Garvin]]></dc:creator><description><![CDATA[The New York Times: Edición Español]]></description><pubDate>Fri, 07 Jun 2024 20:45:22 +0000</pubDate><content:encoded><![CDATA[<img src="https://www.infobae.com/resizer/v2/CQRMD3YO7BDOXGAAEOMTU4W2V4.jpg?auth=a2c621fe4ed1e40b69efe77feb9f3a0474a7cbfbde22cc62b83258d8493f9a45&smart=true&width=3500&height=2226" alt="" height="2226" width="3500"/><p>ESO ME HIZO QUE ME ENOJARA CON ÉL, Y LUEGO CONMIGO MISMA.</p><p>En abril, publiqué un ensayo en Madison Magazine sobre un encuentro en el que le pregunté a mi cita, que tenía mi edad, 62 años, cómo le iban las citas por internet. Me dijo a la cara, con una sonrisa abierta, que para alguien con tanto éxito y tan en forma (como al parecer se veía a sí mismo), le sorprendía no estar saliendo con mujeres más jóvenes.</p><p>Sin decir una palabra, me levanté, le sonreí y me fui. Más tarde, por supuesto, me di cuenta de que había muchas cosas que me hubiera gustado decir. Lo que más me apetecía era señalarlo con el dedo y tacharlo de prejuicioso. Y al final lo hice escribiendo ese ensayo.</p><p>Después de publicarlo, me enteré de que la gente en las redes sociales tenía sentimientos encontrados sobre el amor y las citas a partir de cierta edad. Fue emocionante sentir que había descubierto algo, un momento de la cultura, pero también fue decepcionante ver cuántas de las reacciones eran de gente preocupada porque no había encontrado a mi persona. Había un tono de ojos tristes y cabeza inclinada hacia un lado: "¡No pierdas la esperanza!", como si estuviera luchando contra una enfermedad llamada soltería en lugar de contra un desdén cultural por las mujeres de más de 40 años.</p><p>Un lector sugirió que mi "selector" estaba estropeado y me recordó que no puedo tenerlo todo en una sola persona. Otro me dijo que encontraría a mi pareja en cuanto dejara de buscar.</p><p>"Tu alma gemela está ahí fuera", escribió una mujer. "Simplemente lo sé".</p><p>¿No se daban cuenta de que me quejaba de la discriminación sexista por motivos de edad, no porque no tuviera pareja?</p><p>Mientras mi teléfono sonaba fuerte y a menudo con mensajes de amigos y desconocidos mientras yo intentaba seguir el ritmo de los comentarios y las interacciones, mi viejo amigo Jim, carpintero, estaba en mi casa construyendo un armario destinado a una generación de personas que solo tenían dos camisas. De vez en cuando, me llamaba y yo subía corriendo para ayudarlo a equilibrar una estantería mientras él la aseguraba en su sitio.</p><p>"Caray, estás ocupada", me decía. "Nunca he visto a nadie que trabaje tanto como tú".</p><p>Me burlé y le dije: "Debes decirlo de broma. ¿Te conoces? Eres una máquina".</p><p>Luego volvía al zumbido de mi teléfono.</p><p>Conocía a Jim, seis años mayor que yo, desde hacía quince años. Nuestros hijos iban juntos al colegio. Compartíamos el auto para ir a eventos deportivos y nos quejábamos de los entrenadores. Cuando mi sótano se inundaba o mis viejas ventanas se atascaban, él venía con un cubo o un martillo. Por mi parte, intentaba ayudar haciendo bromas y manteniendo los dedos alejados de las cosas que pellizcaban. De vez en cuando, íbamos a comer.</p><p>Durante la primera remodelación del armario que Jim me hizo el otoño pasado, cuando estaba escribiendo el ensayo, lo vi transportar hábilmente todo tipo de materiales de construcción dentro y fuera de mi dormitorio. Cuando me lo indicaba, yo sujetaba una tabla en su sitio mientras él, con la precisión de un hombre que ha construido demasiadas casas para contarlas, pateaba la tabla hasta colocarla perfectamente en su sitio. Me burlé de su herramienta de carpintería poco ortodoxa, la puntera de su bota, y volví a escribir.</p><p>Cuando mi armario estuvo terminado, lo poblé de perchas, cestas y demasiadas camisetas de manga larga para una sola mujer friolera. Conté mis zapatos, me deshice de dos pares, miré a Jim y me di cuenta de que no quería que se fuera.</p><p>Esto me llevó a un nuevo proyecto, la renovación de un espacio bajo el alero. Jim y yo trabajamos juntos para medir y pintar. Me enseñó a utilizar una sierra de mesa.</p><p>Me di cuenta de que le dolía una pierna y le pregunté si se había lastimado.</p><p>"Espolones óseos", me dijo.</p><p>Le di el número de mi amigo, un cirujano ortopédico.</p><p>Presumí de mis nuevos armarios ante mis amigos y, cuando me preguntaron si se podía contratar a Jim, les conté lo que él me había dicho: está jubilado y solo trabaja cuando quiere, y la mayoría de las veces no quiere.</p><p>Cuando Jim me preguntó si había visto las luces de Navidad de los jardines comunitarios cercanos a su casa, le dije que no, pero que sonaban bien. Durante el segundo armario, después de un viernes en el que Jim trabajó duro y yo apenas trabajé (eso es un jimismo), paseamos por los jardines admirando el brillante espectáculo contra el cielo nocturno, preguntándonos quién había subido las escaleras y enrollado las cuerdas de luces en las ramas y quién las había quitado.</p><p>La siguiente vez que nos reunimos, fuimos a patinar sobre hielo. Hacía más de una década que no patinaba y estaba segura de que acabaría con los dos. Jim, padre de un antiguo jugador de hockey de la preparatoria, apretó las tuercas de mi patín. Después de nuestra primera vuelta temblorosa, me dijo: "Mírate. Tienes talento natural".</p><p>Yo sabía lo que parecía: una mujer con un gorro rojo a cuadros de Elmer Fudd que no tenía nada que hacer cerca del hielo sin un casco protector. Sonriendo, Jim se adelantó, ejecutó un giro cerrado y dijo: "Te tomaré una foto. Patina hacia mí".</p><p>No estaba coqueteando ni había segundas intenciones en su aliento. Éramos dos personas que nos conocíamos bien, disfrutando, y me sentí como siempre me siento cerca de Jim: cuidada.</p><p>"Mira qué sonrisa", me dijo mientras levantaba su teléfono.</p><p>Cuando me ayudó a quitarme los patines al final de la noche, me fijé en su espesa melena y en que, cuando se reía, parecía un elfo irlandés, pero más guapo que la mayoría de los elfos.</p><p>No te engañes. Sentí lo que estaba pasando. Le estaba echando el ojo a Jim, y no de la forma en que lo hace una mujer cuando quiere armarios nuevos. No, para nada.</p><p>Me dije a mí misma que me moviera despacio, para estar segura. No quería arruinar nuestra larga amistad convirtiéndola en algo que no era. Eso era cierto, pero había algo más cierto.</p><p>A pesar de mi profunda comprensión del sinsentido de la discriminación sexista por razón de edad (y de lo que, seis meses después, se convertiría en mi protesta viral contra ella), dudé. ¿Y si arruinaba la amistad, si hacía que todo fuera incómodo entre nosotros porque Jim pensaba en mí como lo había hecho mi cita? Una mujer de cierta edad, la misma edad que al mundo no le interesa, ni sexualmente ni de ninguna otra forma.</p><p>Permítanme ser clara: cuando se trataba de discriminación por edad, Jim no era el problema. Yo lo era.</p><p>He mirado las líneas de mi sonrisa y he pensado, ¿sonrío menos? Me preguntaba si debería considerar hacerme un lifting de cuello. Y, lo que es peor, creía que el romance tenía que empezar con el romance, y que una relación romántica tenía que empezar con un encuentro, una chispa rápida.</p><p>Hacía mucho tiempo que no me sentía así por alguien, a pesar de haber salido bastante en los años transcurridos desde que mi matrimonio terminó en 2010. ¿Era posible que tuviera tantas ideas preconcebidas sobre la edad, el romance y el sexo que estuviera ciega ante lo que estaba ocurriendo en mi propia historia?</p><p>¿Podría ser que hubiera interiorizado toda esa discriminación por edad contra la que me había posicionado tan públicamente? Podía señalar con el dedo a mi cita, pero ¿y a mí misma? Jim había estado a mi lado durante quince años. Solo ahora consideraba que podría encontrarme interesante y atractiva, con patas de gallo y todo.</p><p>Un gélido día de enero, él y yo condujimos dos horas y media hasta Chicago para ver "Hamilton". En el auto, Jim me dijo que le encantaba el blues y lo importante que era la música para él.</p><p>"¿Qué tipo de música te gusta?", me preguntó y esperó a que se lo dijera. Escuchó atentamente y sugirió que fuéramos juntos a un concierto.</p><p>"Deberíamos", le dije.</p><p>En el teatro, acomodados en nuestros asientos, nos tomé una selfi y me tomé un momento para inspeccionarla. Allí estaba él con sus ojos amables. Nuestras sienes se tocaban y sonreíamos de oreja a oreja.</p><p>Vi algo más, algo fascinante. Había captado la alegría, un momento brillante que no tenía nada que ver con la edad de ninguno de los dos.</p><p>A veces, un ensayo para miles de desconocidos tiene un mensaje para su autor. Aquella noche, acallé la charla y me acerqué a Jim. Y mientras las luces se atenuaban y comenzaba la orquesta, sonreímos en la oscuridad y esperamos a que empezara el verdadero espectáculo.</p>]]></content:encoded><media:content url="https://www.infobae.com/resizer/v2/CQRMD3YO7BDOXGAAEOMTU4W2V4.jpg?auth=a2c621fe4ed1e40b69efe77feb9f3a0474a7cbfbde22cc62b83258d8493f9a45&amp;smart=true&amp;width=3500&amp;height=2226" type="image/jpeg" height="2226" width="3500"><media:credit role="author" scheme="urn:ebu">BRIAN REA</media:credit></media:content></item></channel></rss>