<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?><rss xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom" xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/" xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns:sy="http://purl.org/rss/1.0/modules/syndication/" version="2.0" xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/"><channel><title><![CDATA[Infobae.com]]></title><link>https://www.infobae.com</link><atom:link href="https://www.infobae.com/arc/outboundfeeds/rss/tags_slug/mother/" rel="self" type="application/rss+xml"/><description><![CDATA[Infobae.com News Feed]]></description><lastBuildDate>Thu, 07 May 2026 12:58:20 +0000</lastBuildDate><language>es</language><ttl>1</ttl><sy:updatePeriod>hourly</sy:updatePeriod><sy:updateFrequency>1</sy:updateFrequency><item><title><![CDATA[Me declararon no apta para ser madre]]></title><link>https://www.infobae.com/america/the-new-york-times/2025/12/04/me-declararon-no-apta-para-ser-madre/</link><guid isPermaLink="true">https://www.infobae.com/america/the-new-york-times/2025/12/04/me-declararon-no-apta-para-ser-madre/</guid><dc:creator><![CDATA[Kate Gilgan]]></dc:creator><description><![CDATA[Reportajes Especiales - Lifestyle]]></description><pubDate>Thu, 04 Dec 2025 20:45:17 +0000</pubDate><content:encoded><![CDATA[<img src="https://www.infobae.com/resizer/v2/KF4Z5DZ45VFU7HEAHAQ7BYCD34.jpg?auth=4d1916d9fea85839a3a8d6e54309482df182f6ad4c5dac0aa323c74552b82fe6&smart=true&width=2400&height=2858" alt="" height="2858" width="2400"/><p>TRAS PERDER LA CUSTODIA DE MI HIJO, LUCHÉ POR DEMOSTRARLE MI AMOR. FUE UN ERROR.</p><p>No recuerdo la fecha del juicio. No recuerdo las notificaciones por correo, las llamadas telefónicas perdidas, los mensajes de los abogados ni gran cosa de la semana anterior. Lo que sí recuerdo es al alguacil de pie en el umbral de la puerta y a mi pobre hijo mirando desde el último peldaño de la escalera detrás de mí.</p><p>La verdadera herida no es lo que ocurrió aquel día. Es todo lo que no puedo recordar.</p><p>¿Quién olvida el día en que perdió la custodia de su hijo? ¿Qué clase de madre lo olvida? Una ebria.</p><p>Mi hijo tenía 6 años cuando no asistí a la audiencia que, en mi ausencia, acabó con el otorgamiento de la custodia a su padre. Aquella mañana ni siquiera sabía que tenía que estar en el juzgado. Ya para ese entonces, estaba demasiado sumergida en el alcohol --en negación, en crisis, tocando fondo-- como para darme cuenta de la importancia de lo que me había perdido.</p><p>Estábamos en nuestra casa de Kamloops, en Columbia Británica, cuando llegó el alguacil: yo, con resaca y confusa; mi hijo, todavía en pijama a las 2 de la tarde, viendo una película. El hombre estaba en la puerta con documentos oficiales que confirmaban lo que aún no había entendido: ya lo había perdido.</p><p>No discutí. ¿Qué podía decir?</p><p>El sheriff me entregó la orden. La ley ya no me permitía que me quedara con mi hijo. Y así, sin más, se iba. Sabía que no podía evitarlo. Ni lo intenté. Me quedé helada, demasiado tarde, demasiado avergonzada, demasiado deshecha, mientras mi hijo volteaba a verme confuso, asustado, en silencio.</p><p>Él no sabía lo que estaba pasando, pero sabía que algo se había roto. Y yo era la que había dejado que se rompiera.</p><p>La sentencia sobre la custodia me consideró incapaz. Pero esa mirada en la cara de mi hijo mostraba algo mucho peor: el momento en que un niño empieza a entender que su madre no lo protege. No lo protege del sistema ni de sí misma. Ese es el momento que desearía poder olvidar, pero que nunca olvidaré.</p><p>En ese entonces no luché por él. No podía. Ni siquiera pisaba tierra firme. Pero más tarde sí lo haría. Durante años.</p><p>El alcoholismo había estado en los antecedentes de ambos lados de mi familia, pero yo siempre había pensado que era inmune. Tenía estudios universitarios, era competente, ambiciosa. Yo era la madre que llevaba bocadillos a los partidos de fútbol. Hacía panqués caseros. Leía libros de "La tortuga Franklin" a la hora de dormir.</p><p>No sabía que tenía este trastorno resbaladizo e inmisericorde dentro de mí, y que la agitación emocional de la desaparición de mi matrimonio lo liberaría.</p><p>Al principio, era un vaso de vino a la hora de dormir. Luego dos. Luego tres. Luego botella tras botella. Pronto, lagunas mentales frecuentes por las que no sabía lo mucho que había fallado el día anterior.</p><p>Cuando mi hijo tenía 9 años, yo estaba sobria, a duras penas. Tenía unos meses de recuperación a mis espaldas y un destello de esperanza delante. Vivía en un cuarto alquilado en un sótano, sin dinero, y trataba de abrirme camino a través de un proceso legal que no entendía del todo.</p><p>Teníamos visitas supervisadas cada dos fines de semana en salas neutras con muebles desgastados, en parques con espacios verdes desolados que parecían imitar la vasta división que él y yo compartíamos, y en parques infantiles demasiado alegres para lo que estábamos viviendo. Él entraba como un extraño, educado, cauteloso, mientras buscaba pistas para saber en quién me había convertido. No recordaba a la madre que horneaba panquecitos o leía "La tortuga Franklin". Recordaba el caos, las cenas perdidas, las mañanas en las que yo no estaba ahí del todo.</p><p>Más tarde, cuando ya no necesitábamos la presencia de un supervisor, algo que alguna vez tomé como una victoria legal, las visitas seguían pareciendo rígidas, frágiles. Nuestra primera hora siempre fue cautelosa, la segunda más relajada. Pero a la tercera o cuarta hora, volvía la ansiedad, la inquietud de no bajar demasiado la guardia. No podíamos reírnos demasiado ni acercarnos demasiado. Pasamos tanto tiempo intentando recordar quiénes éramos el uno para el otro que apenas pudimos existir juntos.</p><p>Para entonces yo estaba completamente sobria, pero me esforzaba demasiado. Sonreía demasiado. Le daba demasiadas explicaciones. Lo miraba como si le rogara que viera cuánto lo amaba. Pero el amor que viene acompañado de una disculpa en cada mirada es algo muy pesado para un niño.</p><p>El verdadero colapso llegó en silencio, a cámara lenta.</p><p>Se volvía más distante. Su sonrisa se desvanecía con rapidez. Cada momento de afecto parecía costarle algo cuando nos separábamos. Y finalmente, el costo fue demasiado alto.</p><p>Dejó de responder mis llamadas. Dejó de sonreír. Dejó de mirar hacia atrás. No pude alejarlo de sus propios impulsos autoprotectores.</p><p>Había puesto todas mis esperanzas en los tribunales. Como muchos padres, creía que si decía la verdad y seguía las reglas, el sistema me ayudaría a solucionarlo.</p><p>Pero los tribunales de familia no están hechos para reparar. Nombra ganadores y perdedores y cuando uno de los padres gana, el niño siempre pierde algo.</p><p>Creía que la lucha era la forma de demostrarle que lo amaba. Pero luchar no lo trajo de vuelta. Solo lo alejó más.</p><p>Y entonces, un día, cuando tenía 12 años, me lo dijo: "No te quiero. No quiero volverte a ver".</p><p>No era odio. Ni rabia. Solo la firmeza de un corazón demasiado cansado para seguir intentándolo.</p><p>Fue entonces cuando dejé de luchar.</p><p>No me rendí. Cambié.</p><p>Dejé de pensar que el amor era algo que tenía que demostrar con documentos judiciales, visitas supervisadas y facturas legales. Dejé de buscar todas las formas posibles de hacerle ver que había cambiado. Empecé a concentrarme en cambiar de verdad.</p><p>Me mantuve sobria.</p><p>Me mantuve estable.</p><p>Me mantuve disponible.</p><p>Aprendí a no llenar el silencio con explicaciones o disculpas. Dejé de intentar arreglar las cosas y empecé a aparecer de forma silenciosa e invisible. Con el tiempo, la textura de nuestro contacto empezó a cambiar.</p><p>Seguíamos teniendo las visitas ocasionales, las llamadas de cumpleaños, las esperadas citas que siempre nos habían parecido un poco coreografiadas. Pero ahora empezaba a surgir algo más. Con sutileza. Poco a poco.</p><p>Después de graduarse de la preparatoria, se aventuró en el mundo por primera vez, y tal vez eso le permitió cambiar la forma en que me veía, y darse cuenta de que había tenido un anhelo. Un dolor silencioso que nunca había desaparecido.</p><p>De algún modo, empezó a reconocer lo que yo le había estado ofreciendo en ese cambio crucial: mi presencia poco exigente. Mi suave persistencia. Mi voluntad de esperar, sin presionar.</p><p>Entonces, un día, me llamó. No por vacaciones ni por obligación. Llamó solo para hablar.</p><p>Luego volvió a llamar para contarme algo insignificante de su día. Algo que nadie le había pedido que contara. Pero lo ofreció libremente.</p><p>Y supe, en ese momento, que me había convertido en alguien en quien podía confiar de nuevo.</p><p>No porque hubiera luchado más. Sino porque había dejado de luchar.</p><p>Para entonces, nuestras vidas habían cambiado. Me había vuelto a casar. Tenía dos hijos pequeños, sus hermanastros, que conocían su nombre desde que tenían edad para hablar, preguntaban a menudo por él y lo veían quizá una vez al año, mientras crecían separados. Cuando preguntaban por él, yo respondía con amabilidad, sin ninguna agenda.</p><p>Cuando por fin regresó, no fue para recuperar algo perdido o fingir que nada se había roto. No volvió a una casa o a un horario o a una versión de mí conservada en la memoria. Volvió a la madre en la que me había convertido, una que había guardado la verdad de nuestra historia y no había intentado reescribirla. Volvió no para empezar de nuevo, sino para empezar desde cero, como dos personas moldeadas por la distancia, el dolor y el amor que había perdurado por debajo de todo. No recomenzamos. Iniciamos con lo que quedaba y con lo que estábamos dispuestos a construir.</p><p>Eso fue hace cuatro años.</p><p>El amor, especialmente el amor maternal, rara vez se encuentra en los documentos judiciales o en los horarios de visita de los fines de semana. Se encuentra en la elección silenciosa de mantenerse firme, de curar sin necesidad de ser visto, de amar sin exigir amor a cambio.</p><p>El sistema legal puede poner límites, pero no puede reconstruir la confianza. No puede ser padre. No puede deshacer el distanciamiento. No puede acompañar la angustia de un niño del mismo modo que una madre debe aprender a hacerlo: con paciencia, en silencio, con el tiempo.</p><p>Ese trabajo es nuestro.</p><p>Y lo que he aprendido es esto: No recuperas a un hijo si demuestras que tienes razón. Te ganas el boleto de regreso si te conviertes en alguien seguro y estable a quien puedan volver cuando el ruido por fin se calme.</p><p>No volvió porque yo gané. Volvió porque le hice un espacio, y lo mantuve caliente, hasta que él estuvo listo.</p>]]></content:encoded><media:content url="https://www.infobae.com/resizer/v2/KF4Z5DZ45VFU7HEAHAQ7BYCD34.jpg?auth=4d1916d9fea85839a3a8d6e54309482df182f6ad4c5dac0aa323c74552b82fe6&amp;smart=true&amp;width=2400&amp;height=2858" type="image/jpeg" height="2858" width="2400"><media:credit role="author" scheme="urn:ebu">BRIAN REA</media:credit></media:content></item><item><title><![CDATA[La madre de Pete Hegseth lo acusó de maltratar a mujeres durante años]]></title><link>https://www.infobae.com/america/the-new-york-times/2024/12/01/la-madre-de-pete-hegseth-lo-acuso-de-maltratar-a-mujeres-durante-anos/</link><guid isPermaLink="true">https://www.infobae.com/america/the-new-york-times/2024/12/01/la-madre-de-pete-hegseth-lo-acuso-de-maltratar-a-mujeres-durante-anos/</guid><dc:creator><![CDATA[Sharon LaFraniere and Julie Tate]]></dc:creator><description><![CDATA[Reportajes Especiales - News]]></description><pubDate>Sun, 01 Dec 2024 23:15:18 +0000</pubDate><content:encoded><![CDATA[<img src="https://www.infobae.com/resizer/v2/XHYK3KZ6FNEP5BE6KARWJJE44M.jpg?auth=62edd975f34aea2d4aa01fc319ea436deea94407c06ca90865dbf046b3b0abbb&smart=true&width=2048&height=1365" alt="" height="1365" width="2048"/><p>Hegseth, PetePresidential Transition (US)Defense DepartmentUnited States Defense and Military ForcesAppointments and Executive ChangesAdulterySex CrimesDivorce, Separations and AnnulmentsUnited States Politics and GovernmentTrump, Donald J</p><p>Penelope Hegseth hizo la acusación en un correo electrónico enviado a su hijo en 2018. El viernes afirmó que se arrepentía del mensaje y que había pedido disculpas a su hijo, el ahora elegido de Trump para secretario de Defensa.</p><p>La madre de Pete Hegseth, elegido por el presidente electo Donald Trump para ocupar el cargo de secretario de Defensa, le escribió un correo electrónico en 2018 en el que le decía que llevaba años maltratando a las mujeres y demostrando falta de carácter.</p><p>"En nombre de todas las mujeres (y sé que son muchas) a las que has maltratado de alguna manera, te digo busca ayuda y mírate con honestidad", escribió Penelope Hegseth, afirmando que seguía queriéndolo.</p><p>También escribió: "No respeto a ningún hombre que menosprecie, mienta, engañe, se acueste con cualquiera y utilice a las mujeres para su propio poder y ego. Tú eres ese hombre (y lo has sido durante años) y, como tu madre, me duele y me avergüenza decirlo, pero es la triste, triste verdad".</p><p>Penelope Hegseth, en una entrevista telefónica con The New York Times el viernes, dijo que había enviado a su hijo un correo electrónico de seguimiento inmediato disculpándose por lo que había escrito. Dijo que había enviado el correo electrónico original "con rabia, con emoción" en un momento en que él y su esposa estaban atravesando un divorcio muy difícil.</p><p>En la entrevista, defendió a su hijo y negó los sentimientos que había expresado en el correo electrónico inicial sobre su carácter y el trato que daba a las mujeres. "No es cierto. Nunca ha sido cierto", dijo. Y añadió: "Conozco a mi hijo. Es un buen padre, un buen marido". Dijo que publicar el contenido del primer correo electrónico era "repugnante".</p><p>Los cuestionamientos sobre el trato de Peter Hegseth, veterano de las guerras de Irak y Afganistán, hacia las mujeres han surgido en las semanas transcurridas desde que Trump lo eligió para dirigir el Pentágono. Se espera que la cuestión sea objeto de escrutinio durante las audiencias de confirmación en el Senado.</p><p>Los informes sobre su infidelidad han enfocado la atención en su carácter y liderazgo, especialmente para un civil que supervisaría el ejército, donde los miembros en servicio activo pueden ser procesados por adulterio según el Código Uniforme de Justicia Militar.</p><p>Otra cuestión es cómo verán los senadores la denuncia de violación contra Hegseth presentada a la policía en octubre de 2017 tras un incidente en una conferencia política en Monterey, California. Nunca se presentaron cargos y la denunciante no se ha manifestado públicamente.</p><p>Hegseth ha dicho que fue acusado falsamente por una mujer con la que tuvo un encuentro sexual consentido. Le pagó en secreto un acuerdo un par de años después, solo porque, según su abogado, quería proteger su puesto de presentador de fin de semana en Fox &amp; Friends.</p><p>Penelope Hegseth envió un correo electrónico a su hijo el 30 de abril de 2018, durante un periodo turbulento de la vida de este. Se encontraba en medio de un contencioso divorcio de su segunda esposa, Samantha, madre de tres de sus hijos. Samantha Hegseth solicitó el divorcio después de que su marido dejara embarazada a una compañera de trabajo, como parte de un patrón de adulterio que se remontaba a su primer matrimonio.</p><p>La madre de Hegseth escribió en el correo electrónico que estaba disgustada por el trato que él daba a Samantha: "Que intentes etiquetarla de 'inestable' en tu propio beneficio es despreciable y abusivo. ¿Queda algo de decencia en ti?".</p><p>"Ella no pidió ni merecía nada de lo que le ha llegado por tu mano", dijo. "Tampoco Meredith", añadió Penelope Hegseth, refiriéndose a su primera esposa.</p><p>Penelope Hegseth reenvió una copia de su correo electrónico a Samantha la misma noche en que se lo envió a su hijo, según documentos revisados por el Times. El Times obtuvo una copia del correo electrónico de otra persona vinculada a la familia Hegseth. El correo electrónico no describe en detalle las circunstancias que llevaron a Penelope Hegseth a escribirlo.</p><p>Penelope Hegseth dijo el viernes que estudiaría la posibilidad de facilitar al Times el mensaje de disculpa que envió a su hijo, pero no lo hizo inmediatamente. Steven Cheung, portavoz de Trump, dijo en un correo electrónico que el Times era "despreciable" por publicar "un fragmento fuera de contexto" del intercambio de Penelope Hegseth con su hijo, y añadió que Penelope Hegseth había "expresado su arrepentimiento por su emotivo mensaje y se había disculpado".</p><p>Trece meses después de que escribiera el correo electrónico acusador, Penelope Hegseth elogió a su hijo mayor en Fox News el Día de la Madre, diciendo que había destacado en el instituto y en la universidad. Sobre todo, dijo, había demostrado amor a la patria en su servicio militar. "Estoy agradecida por ello, Pete, y orgullosa cada día de ser tu madre", dijo, cogida de la mano con él en un sofá del plató.</p><p>La revelación del correo electrónico se produce cuando Peter Hegseth y sus aliados, incluido el vicepresidente electo JD Vance, están montando un esfuerzo concertado para ayudarle a conseguir la aprobación del Senado. Trump no podrá presentar formalmente su candidatura hasta después de su toma de posesión, el 20 de enero.</p><p>Varios senadores republicanos clave han dicho que la acusación de agresión sexual en Monterey no es un obstáculo para la nominación de Hegseth porque nunca se probó. Pero la senadora Joni Ernst, republicana de Iowa, quien ha dicho que sufrió acoso sexual cuando estaba en el ejército, dijo a Politico: "Siempre que hay acusaciones, quieres asegurarte de que se investigan adecuadamente, así que tendremos esa discusión".</p><p>Peter Hegseth se casó con Meredith Schwarz, su novia del instituto, en 2004, un año después de que ambos se graduaran en la universidad. Schwarz solicitó el divorcio menos de cinco años después de su boda. La sentencia judicial de 2009 citó la infidelidad de Hegseth como motivo de la ruptura del matrimonio.</p><p>Al año siguiente, Hegseth se casó con Samantha. En cinco años tuvieron tres hijos.</p><p>Hegseth ha dicho en repetidas ocasiones que es un cristiano que se adhiere a los valores familiares conservadores. En una efímera candidatura republicana al Senado por Minnesota en 2012, dio crédito a sus padres por inculcarle esos valores, diciendo: "No aprendí el conservadurismo de un libro".</p><p>En un ensayo de ese mismo año, reconoció que se había equivocado al engendrar un hijo "fuera del matrimonio" con Samantha, quien había sido su compañera de trabajo en un grupo sin ánimo de lucro llamado Veteranos por la Libertad, tras el fin de su primer matrimonio.</p><p>"Si me hubiera criado en una familia donde no se valoraban la fe, la fidelidad y la paternidad, mis elecciones podrían haber conducido a la ruptura familiar", escribió en una publicación sobre familias fragmentadas para el Centro del Experimento Americano, un grupo sin ánimo de lucro.</p><p>A finales de 2016, Hegseth, colaborador de Fox News y aspirante a presentador, mantenía una relación con Jennifer Rauchet, productora ejecutiva de Fox News. A principios de 2017 fue nombrado presentador de fin de semana de Fox &amp; Friends, puesto que ocupó hasta principios de este mes, cuando Trump anunció que quería que dirigiera el Departamento de Defensa.</p><p>Rauchet, quien tiene otros tres hijos, dio a luz a una niña en agosto de 2017, un mes antes de que Samantha Hegseth solicitara el divorcio. Peter Hegseth se casó con Rauchet en 2019 en una ceremonia celebrada en el Trump National Golf Club Colts Neck de Nueva Jersey.</p><p>El agrio divorcio de Samantha tardó 10 meses en finalizar y llevó al nombramiento de un consultor de paternidad para ayudar a negociar las disputas sobre el reparto del tiempo con los niños.</p><p>La madre de Hegseth, quien lleva mucho tiempo ejerciendo de asesora empresarial ejecutiva, le escribió un correo electrónico tres meses antes de la sentencia definitiva de divorcio. Empezaba así: "Hijo, he intentado guardar silencio sobre tu carácter y tu comportamiento, pero después de escuchar cómo has hecho sentir hoy a Samantha, no puedo guardar silencio".</p><p>Decía que "Sam es una buena madre y una buena persona", y añadía que sabía que su hijo pensaba que "nosotros" nos habíamos puesto del lado de ella. Eso era "mentira", escribió. "Estamos del lado del bien y ese no eres tú". El correo electrónico no decía a quién se refería el "nosotros", más allá de ella misma.</p><p>"Es hora de que alguien (ojalá fuera un hombre fuerte) se enfrente a tu comportamiento abusivo y lo denuncie, especialmente contra las mujeres", escribió. "Te seguimos queriendo, pero estamos destrozados por tu comportamiento y tu falta de carácter". Si el correo electrónico "daña aún más nuestra relación", añadió, "que así sea".</p><p>Describió su comportamiento abusivo a lo largo de los años como "deshonestidad, acostarse con cualquiera, traición, degradación y menosprecio" de las mujeres.</p><p>Le dijo que no se molestara en contestar, porque "de todas formas tergiversas y abusas de todo lo que digo".</p><p>En los años siguientes, Pete y Samantha Hegseth siguieron peleándose por el cuidado de los niños, según documentos de su expediente de divorcio. En 2020, después de que Hegseth enviara un mensaje de texto a su exesposa llamándola "patética y egoísta", la asesora designada por el tribunal dijo que quería ver "un plan de acción de Pete sobre el cese de la comunicación hostil y degradante hacia y sobre Sam".</p><p>En una declaración jurada presentada ante el tribunal, Hegseth dijo que había cometido un desliz, que se arrepentía del mensaje y que no siempre había sido todo lo respetuoso que podría haber sido. Dijo: "Me comprometo a aprender de mis errores y a comunicarme con Sam de forma positiva".</p><p>Ernesto Londoño colaboró con la reportería desde Mineápolis, y John Ismay desde Washington.</p><p>Sharon LaFraniere es una periodista de investigación que actualmente se enfoca en los candidatos republicanos a las elecciones presidenciales de 2024. Más de Sharon LaFraniere</p><p>Ernesto Londoño colaboró con la reportería desde Mineápolis, y John Ismay desde Washington.</p>]]></content:encoded><media:content url="https://www.infobae.com/resizer/v2/XHYK3KZ6FNEP5BE6KARWJJE44M.jpg?auth=62edd975f34aea2d4aa01fc319ea436deea94407c06ca90865dbf046b3b0abbb&amp;smart=true&amp;width=2048&amp;height=1365" type="image/jpeg" height="1365" width="2048"/></item><item><title><![CDATA[Buscando a mi madre en todas las personas equivocadas]]></title><link>https://www.infobae.com/america/the-new-york-times/2024/08/23/buscando-a-mi-madre-en-todas-las-personas-equivocadas/</link><guid isPermaLink="true">https://www.infobae.com/america/the-new-york-times/2024/08/23/buscando-a-mi-madre-en-todas-las-personas-equivocadas/</guid><dc:creator><![CDATA[Sarah Malik Sayed]]></dc:creator><description><![CDATA[The New York Times: Edición Español]]></description><pubDate>Fri, 23 Aug 2024 21:00:19 +0000</pubDate><content:encoded><![CDATA[<img src="https://www.infobae.com/resizer/v2/X47D3XMIBFFM5JVPCLV5XHBFWA.jpg?auth=56416eecacd22d3af65ee2f05aa2209ef0926534eef6161f31f9b5713ee90169&smart=true&width=3000&height=1906" alt="" height="1906" width="3000"/><p>HASTA QUE CARGUÉ A MI HIJO POR PRIMERA VEZ.</p><p>Mi prima y yo estábamos en el balcón de su casa de Lahore, fumando cigarrillos una noche sin brisa. Era mi segundo viaje a Pakistán aquel año. La primera vez, hacía cuatro años que no iba a casa y necesitaba comprar un atuendo de boda. La segunda vez, tan solo dos meses después, compré el boleto por impulso. Mis parientes me regañaron, escandalizados por el gasto que suponía volar dos veces desde Toronto.</p><p>El calor en Lahore era húmedo y sofocante. Pasé horas en una habitación sin aire de la casa de mi padre, con el sudor que me recorría la espalda.</p><p>Mi prima y yo hablábamos de nuestros primeros matrimonios, el de ella terminó cuando su marido la abandonó; el mío, ocho años después de casarme a los 20 años. Tras contarle que había seguido adelante con el matrimonio a pesar de que no parecía ser lo mejor, me dijo: "Tu madre una vez te llamó estúpida".</p><p>No había pensado en mi madre, fallecida hacía 23 años. Yo tenía 7 años cuando murió, pero se había ido mucho antes, pues había pasado más tiempo en el hospital que con mi hermana y conmigo. En aquel momento, a punto de volver a casarme e incapaz de confiar en mí misma, las palabras de mi prima se abrieron paso a través de mis enmarañados pensamientos.</p><p>Era la víspera de la Guerra del Golfo, en 1990, y mi familia vivía en Arabia Saudita. En el maletero de nuestro auto guardábamos máscaras antigás y una bolsa de viaje con ropa para que mi hermana y yo pudiéramos ir de inmediato a casa de conocidos de la familia cada vez que mi madre tenía que ser hospitalizada.</p><p>Mis recuerdos de mi madre son incompletos y más inquietantes que reconfortantes. En la Fiesta del Fin del Ayuno, a mi hermana y a mí, que entonces teníamos 3 y 6 años, nos vistieron con lehengas de seda a juego y nos llevaron al hospital a ver a mi madre. No nos dejaron entrar en su habitación, así que nos sentamos en un banco de madera y ella se acercó a la ventana para saludarnos. Mi padre la señaló, pero yo solo veía el resplandor del sol en el cristal.</p><p>En mi recuerdo más nítido de Ammi, está de pie junto a la estufa mientras yo juego en el suelo. Tararea y la habitación se llena de una luz cálida, pero cuando levanto la vista, su cara está borrosa.</p><p>Yo era una niña insoportablemente tímida, tan ansiosa que solía enrollarme en el chal de mi madre en las reuniones sociales. Incluso antes de que enfermara, nunca supe lo que pensaba o sentía por mí. Las fotos daban pocas pistas. En una de ellas, estamos sentadas en un pequeño sillón, pero su cuerpo se aleja del mío, su boca es una fina línea.</p><p>Cuando la guerra del Golfo llegó a nuestra ciudad petrolera de Arabia Saudita, mi padre se llevó a mi madre a Londres para un trasplante de médula ósea y nos envió a mi hermana y a mí a vivir con nuestros abuelos en Pakistán. Nos llamaba una vez a la semana desde Londres y terminaba sus llamadas con un "las quiero" que parecía una súplica. Nunca hablé con mi madre.</p><p>Cuando murió, mi padre se llevó su cuerpo en avión a Pakistán. Mi hermana y yo fuimos con nuestra familia al pueblo donde la enterrarían, pero no asistimos al funeral ni supimos entonces que había muerto. Mientras la enterraban, nosotras corríamos por callejones de tierra a 400 metros de ahí.</p><p>Mi padre nos contaría su muerte más tarde, junto con otra noticia: para recuperarnos de manos de nuestros abuelos, que lo culpaban de la muerte de su hija, tuvo que casarse con una prima de mi madre. Su boda fue otro acontecimiento al que no asistimos.</p><p>Mi padre me dijo que mi madre se había ido mientras yo permanecía rígida contra la pared en casa de un pariente, negándome a sentarme en la cama con él. Me puso en la mano una tarjeta suya. Dentro, con letra clara, mi madre había escrito: "Te tendré conmigo muy pronto. Cuida de tu hermanita".</p><p>Esperaba que el trasplante de médula ósea tuviera éxito y que fuéramos a verla a Londres.</p><p>Después de su muerte, mis calificaciones empezaron a ser irregulares y me costaba encajar en la escuela. Mi padre pasaba un mes sí y uno no en una plataforma petrolera en alta mar, intentando pagar las deudas médicas. Cuando cumplí 11 años, encontré un libro sobre la pubertad en mi pupitre. Poco después me vino la regla y mi madrastra me puso unas compresas voluminosas. No estaba preparada para ayudarme cuando empecé a llorar.</p><p>Busqué a mi madre sin saber lo que buscaba, encontrándola en fragmentos. En nuestra bodega, encontré una caja blanca con su pelo oscuro dentro. Mi padre me dijo que la única vez que lloró durante su enfermedad fue cuando se le cayó el pelo. En un viaje a Pakistán, un primo puso una cinta de audio con su voz, sorprendentemente joven, riendo y hablando con mis primos.</p><p>"Tú también estabas allí", me dijo mi primo.</p><p>No le dije lo que pensaba: ¿Por qué no me habló?</p><p>Oscilaba entre odiarla por ser un enigma y añorarla. Cuando tenía 12 años, nos mudamos a Canadá, primero a Toronto y luego a Calgary, donde caminábamos por la nieve con botas abultadas y bolsas de compras porque no podíamos permitirnos un auto. En otro colegio nuevo, donde mi acento y mi ropa me diferenciaban, me refugiaba en los recuerdos de mi madre. Me preguntaba constantemente por qué no había escrito más.</p><p>"Era muy valiente", nos decía mi padre. "Se negaba a caer en la desesperanza".</p><p>A medida que crecía, la buscaba en los hombres, y mi intenso anhelo se convirtió en una receta para relaciones desastrosas. Cuando me violaron en la universidad a los 19 años, la experiencia me enseñó que los hombres podían hacerme daño pero también darme algo que necesitaba. Con ellos, podía sentirme deseada, al grado de hacerlos perder la razón y la moderación, lo contrario de la distancia de mi madre.</p><p>Ese mismo año, mi padre, mi madrastra y mi hermana volvieron al Medio Oriente y yo me quedé en Canadá para seguir asistiendo a la universidad. A los 20 años ya estaba casada. Sola en una habitación antes de la ceremonia, me aferré mí misma, pero seguí adelante.</p><p>Me divorcié a los 28, pero mi dolor me llevó a mantener relaciones con hombres que no quería, ni siquiera me gustaban. El nombre de mi madre se convirtió en una plegaria que retumbaba en mi cabeza cuando volví a sufrir una agresión sexual. Cuando estuve con un hombre que me golpeaba con regularidad, sobreviví volviendo a ese recuerdo de Ammi en la cocina de nuestra casa de Arabia Saudita. Seguía sin poder ver su rostro, pero la calidez de su cercanía me hacía sentir que podía superar mi situación. En las decenas de lugares en los que viví, llevé conmigo su tarjeta, abriéndola una y otra vez, tratando de encontrar orientación en sus palabras.</p><p>La tormenta que me envolvía terminó cuando cargué a mi hijo en brazos por primera vez. Había interiorizado la creencia de que la gente solo me abandonaría, que el amor no era algo que mereciera, que el afecto, para mí, siempre iba acompañado de indiferencia o violencia. A los 33 años, con mi bebé en brazos, recordé las palabras de mi prima de unos años antes.</p><p>"He sido tan estúpida", le susurré a mi hijo.</p><p>Nunca sabré lo que mi madre sentía realmente por mí. Ella era joven y vivaz. La única vida que le quedaba como esposa expatriada en una ciudad polvorienta de Arabia Saudita era la de madre, y eso también se lo arrebataron. Su comentario sobre mi estupidez podría haber surgido en un momento de ira, impulsada por el dolor.</p><p>He aprendido a perdonarla por no haberme dejado más. Yo también guardo multitud de silencios con mis hijos. Y quizá dejó tan poco porque sabía que yo me aferraba tanto y quería ayudarme a soltar.</p><p>Hace poco volví a Pakistán, esta vez después de ocho años. Lahore había cambiado. La bodega que una vez guardó tantas cosas de mi madre estaba ahora llena de maletas y mantas. La cinta con su voz se ha perdido, la caja con su pelo hace tiempo que desapareció. Los parientes se habían llevado los saris, la vajilla y los adornos que dejó.</p><p>En casa de mi tío, vi un conjunto de bordados hechos por mi madre colgados en la pared. Mis tíos se disculparon por habérselos llevado diciendo: "La tela está sucia".</p><p>Y lo está. En la tela color marfil, que tiene más de 40 años, puedo ver restos de suciedad de las manos de Ammi.</p><p>Me traje los bordados, envueltos en capas de plástico burbuja y tela, y ahora cuelgan de la pared de mi salón. Ahí está mi madre. Sus huellas dactilares estropean el bordado, por lo demás perfecto, una imperfección reconfortante.</p>]]></content:encoded><media:content url="https://www.infobae.com/resizer/v2/X47D3XMIBFFM5JVPCLV5XHBFWA.jpg?auth=56416eecacd22d3af65ee2f05aa2209ef0926534eef6161f31f9b5713ee90169&amp;smart=true&amp;width=3000&amp;height=1906" type="image/jpeg" height="1906" width="3000"><media:credit role="author" scheme="urn:ebu">BRIAN REA</media:credit></media:content></item></channel></rss>