<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?><rss xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom" xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/" xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns:sy="http://purl.org/rss/1.0/modules/syndication/" version="2.0" xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/"><channel><title><![CDATA[Infobae.com]]></title><link>https://www.infobae.com</link><atom:link href="https://www.infobae.com/arc/outboundfeeds/rss/tags_slug/cost/" rel="self" type="application/rss+xml"/><description><![CDATA[Infobae.com News Feed]]></description><lastBuildDate>Tue, 05 May 2026 10:40:54 +0000</lastBuildDate><language>es</language><ttl>1</ttl><sy:updatePeriod>hourly</sy:updatePeriod><sy:updateFrequency>1</sy:updateFrequency><item><title><![CDATA[Cuando el costo de no casarse es demasiado alto]]></title><link>https://www.infobae.com/america/the-new-york-times/2024/11/29/cuando-el-costo-de-no-casarse-es-demasiado-alto/</link><guid isPermaLink="true">https://www.infobae.com/america/the-new-york-times/2024/11/29/cuando-el-costo-de-no-casarse-es-demasiado-alto/</guid><dc:creator><![CDATA[Karissa Chen]]></dc:creator><description><![CDATA[Reportajes Especiales - Lifestyle]]></description><pubDate>Fri, 29 Nov 2024 19:00:42 +0000</pubDate><content:encoded><![CDATA[<img src="https://www.infobae.com/resizer/v2/NSFBG4O7WNASNLNARO7ZACUZHU.jpg?auth=d75cf7e33e430bcfdb19a79533aeb781fa886f8c406079fa7013c21a806e48bf&smart=true&width=2400&height=2858" alt="" height="2858" width="2400"/><p>EN UN MUNDO INCIERTO, UNA ESCÉPTICA DEL MATRIMONIO CAMBIA DE OPINIÓN.</p><p>En febrero de 2022, pocos días después de que Rusia invadiera Ucrania, le envié a mi pareja un mensaje de pánico: "Tal vez deberíamos casarnos".</p><p>Pensó que estaba bromeando. Durante años le había dicho que no estaba segura de querer casarme nunca, a pesar de que él había dejado claro que quería casarse conmigo. Soy hija de padres divorciados; estaba escéptica sobre la utilidad del matrimonio. En el mejor de los casos, el matrimonio era una expresión (a menudo cara) de amor, un amor que podía expresarse de otras formas que no implicaran un cambio de estatus legal. En el peor de los casos, temía que el matrimonio fuera una prisión social y legal.</p><p>Pero eso fue antes de la invasión rusa, antes de que los expertos y los artículos de opinión de los medios de comunicación occidentales empezaran a preguntarse: ¿Esto envalentona a China para invadir a Taiwán? Un día después del ataque, empecé a recibir mensajes de amigos y familiares preguntándome si era seguro permanecer en Taiwán. ¿Quizás era hora de volver?</p><p>Llevaba más de seis años viviendo al menos a medio tiempo en Taipéi. Me había trasladado aquí con una beca Fulbright, con la firme intención de regresar a Nueva Jersey una vez finalizado el periodo de 10 meses de la beca. Pero al final de la beca, no estaba preparada para irme.</p><p>Ya tenía una vida aquí: un camino por el que trotaba, orquídeas que regaba, amigos con los que salía. Y lo más importante, tenía un compañero al que quería, un hombre bueno que me recordaba que trajera un paraguas si parecía que iba a llover, que me dejaba notas de amor y fruta cortada los días en que la depresión me agobiaba, que me llevaba de excursión improvisada a ver luciérnagas en la montaña.</p><p>El problema era que mi pareja es taiwanés. No me refiero a taiwanesestadounidense, como yo. Me refiero a taiwanés local, alguien que nunca había pasado mucho tiempo rodeado de estadounidenses, que domina el mandarín y el taiwanés y nada más. He bromeado con él diciendo que la mayoría de los taiwaneses que salen con extranjeros mejoran su inglés. En nuestro caso, yo mejoré mi mandarín.</p><p>Me preocupan nuestros orígenes diferentes: si mi mandarín mediocre y su inglés inexistente ahogarían nuestra comunicación; si nuestras diferentes preferencias alimentarias podrían causar fricciones; si algún día no estaríamos de acuerdo sobre dónde criar a nuestros hijos; si él podría aprender inglés lo suficientemente bien como para mudarse a Estados Unidos algún día; si la suma de nuestras diferencias me haría sentir sola y nunca del todo comprendida.</p><p>Una cosa que nunca me preocupó, porque nunca se me ocurrió, fue qué hacer en caso de guerra.</p><p>Pero aquel día, el aluvión de noticias siniestras en los medios de comunicación y los mensajes de texto de mis amigos acabaron por afectarme. Empecé a pensar en la posibilidad de que Taiwán fuera invadido por China y yo tuviera que evacuar a Estados Unidos. Si no estuviéramos casados, ¿tendría que dejarlo atrás?</p><p>"No quiero separarme si pasa algo", le dije. "Quiero saber que si vuelvo a Estados Unidos, puedes venir conmigo".</p><p>Tras una larga pausa, escribió: "Pero me preocuparía dejar a mi madre".</p><p>"Tal vez podamos traerla con nosotros".</p><p>"Ella nunca se irá", dijo. "Tiene demasiados parientes y amigos aquí". Y lo que dijo a continuación casi me rompe el corazón. "Si me voy, ¿qué pasa si nunca puedo volver? ¿Y si me arrepiento el resto de mi vida?".</p><p>Comprendí demasiado bien ese miedo. Tuve el mismo miedo cuando, el 18 de marzo de 2020, embarqué en el último vuelo de Nueva York a Taipéi que llegaría a Taiwán antes de que el país cerrara sus fronteras a los extranjeros sin permiso de residencia. No estaba segura de estar tomando la decisión correcta.</p><p>Cuando mi madre se despidió de mí en la puerta de embarque, sentí una oleada de náuseas. No sabía cómo se desarrollaría la pandemia, si volvería a ver a mi madre, si estaba tomando una decisión de la que me arrepentiría el resto de mi vida. Sin embargo, embarqué en aquel vuelo, en parte porque no quería separarme del hombre que me esperaba en Taiwán.</p><p>Aquella noche, dos años después del vuelo, mi pareja y yo nos sentamos en el sofá, sombríos y serios, y volvimos a hablar del tema. ¿Debíamos casarnos? ¿Vendría conmigo a Estados Unidos si estallaba la guerra?</p><p>"¿No podrías convencer a tu madre para que venga?" le pregunté.</p><p>No, dijo, nunca la convencerían.</p><p>"¿Y si tuviéramos un hijo?" pregunté. Habíamos planeado intentar tener un bebé en el mes siguiente. A pesar de mis dudas sobre el matrimonio, siempre había sabido que quería tener un hijo. Incluso le había dicho que me importaba más tener un hijo juntos que estar legalmente unidos.</p><p>Hizo una pausa. "Si tuviéramos un hijo", dijo, "entonces por supuesto que iría. No puedo dejar que nuestro bebé crezca sin su padre".</p><p>"¿Así que yo no soy suficiente pero un niño sí?". Era una pregunta irrazonable, un poco petulante. No es que no entendiera su dilema. Solo quería entender sus límites, su lógica. Quería saber qué esperar de él.</p><p>"Es mi madre", dijo.</p><p>Asentí con la cabeza. Por supuesto. ¿Qué es una mujer a la que sólo conoces de unos años comparada con la que te parió y crió?</p><p>"¿Qué harías tú en mi lugar?", preguntó.</p><p>"No lo sé", dije, porque no lo sabía. Estábamos en un punto muerto. Su respuesta había hecho inane la cuestión del matrimonio, pues, aunque nos casáramos y él pudiera venir conmigo, dijo que probablemente no lo haría.</p><p>No volvimos a hablar de ello y China no invadió Taiwán. Y un mes después, descubrí que lo que creía que era una resaca de tres días en realidad era un bebé.</p><p>Incluso después de enterarme del embarazo, desconfiaba del matrimonio. Había oído que las leyes de Taiwán suelen favorecer al marido, que el divorcio no consentido es difícil de obtener, que los casos de custodia de los hijos favorecen históricamente al padre.</p><p>Pero a medida que crecía el pequeño frijol dentro de mí, empecé a reconsiderarlo. Pensé en lo difícil que sería para nuestra familia, desde el punto de vista burocrático, que mi pareja y yo no fuéramos reconocidos legalmente como una unidad. Ya nos habíamos quedado sin ciertas ayudas públicas para mujeres embarazadas por no estar casados; si seguíamos sin estar casados, el certificado de nacimiento de mi hijo no nombraría a su padre.</p><p>También era más que eso. Ahora, con un bebé, mi pareja y yo estábamos inextricablemente unidos; no éramos solo dos personas que se habían elegido porque se gustaban. Nos habíamos convertido en una familia. Ya no se trataba de no querer separarnos. Ahora, una separación forzosa sería una tragedia en nuestra incipiente historia familiar que alteraría el curso de toda la vida de mi hijo.</p><p>Nos casamos en julio, en una ceremonia civil discreta en el juzgado de lo familiar de Taipéi, con dos amigos como testigos. Mi pareja llevaba traje y yo un vestido blanco barato. Después de firmar los papeles, nos intercambiamos los anillos de 20 dólares que habíamos comprado en el mercado nocturno el día anterior. En el borde del anillo de mi marido estaba inscrito un aforismo: "La alegría es el doble de alegría, la tristeza es la mitad de tristeza".</p><p>Unos meses después, di a luz a nuestro hijo, y ambos estuvimos a punto de perder la vida en el proceso. Fue la primera vez que vi llorar a mi marido. Durante días cuidó de nosotros con paciente ternura, sin quejarse a pesar de su insomnio. Le vi acunar a nuestro bebé contra su piel desnuda, con los ojos hundidos por las ojeras, y pensé: Qué suerte tengo de estar casada con este hombre.</p><p>Nuestro hijo ya tiene casi dos años. Buscamos preescolares mientras mi familia en Estados Unidos sigue preguntando cuándo volveremos. Dicen que es probable que China ataque Taiwán para 2030. Asiento y escucho, pero, como muchos taiwaneses, alejo esos pensamientos de mi mente. Debo hacer planes para el futuro próximo, en el que mi hijo irá a la escuela en Taipéi y su abuela paterna vivirá a 10 minutos de distancia.</p><p>Mi marido y yo no hablamos de lo que pasará si estalla la guerra. No hablamos de lo que supondría dejar atrás a su madre o para él adaptarse a un país en el que no habla el idioma. Sabemos dónde están nuestros certificados matrimoniales, tanto el acta original como su traducción al inglés, en un cajón junto a nuestros pasaportes.</p><p>Llevamos a nuestro hijo al parque infantil y comemos fideos y hacemos fiestas de baile al ritmo de "Baby Shark". Incluso mientras la especulación pulula, incluso mientras rezamos para no enfrentarnos nunca a una decisión imposible, vivimos nuestras vidas aquí. Es lo único que podemos hacer. Y nos consuela saber que, venga lo que venga, lo afrontaremos juntos.</p><p>(Brian Rea/The New York Times)</p>]]></content:encoded><media:content url="https://www.infobae.com/resizer/v2/NSFBG4O7WNASNLNARO7ZACUZHU.jpg?auth=d75cf7e33e430bcfdb19a79533aeb781fa886f8c406079fa7013c21a806e48bf&amp;smart=true&amp;width=2400&amp;height=2858" type="image/jpeg" height="2858" width="2400"><media:credit role="author" scheme="urn:ebu">BRIAN REA</media:credit></media:content></item><item><title><![CDATA[La terapia puede ser una carga financiera, pero no es fácil contárselo a tu terapeuta ]]></title><link>https://www.infobae.com/america/the-new-york-times/2024/09/17/la-terapia-puede-ser-una-carga-financiera-pero-no-es-facil-contarselo-a-tu-terapeuta/</link><guid isPermaLink="true">https://www.infobae.com/america/the-new-york-times/2024/09/17/la-terapia-puede-ser-una-carga-financiera-pero-no-es-facil-contarselo-a-tu-terapeuta/</guid><dc:creator><![CDATA[Jenny Singer]]></dc:creator><description><![CDATA[Reportajes Especiales - Business]]></description><pubDate>Tue, 17 Sep 2024 18:00:25 +0000</pubDate><content:encoded><![CDATA[<img src="https://www.infobae.com/resizer/v2/RKCGUC47ERACHGIIITXUS5KGXM.jpg?auth=56cb23c9fedbc9c0c39a4b5b3edca3060338ed7dc3ebbb8488fd1ab2a19977a2&smart=true&width=2200&height=3300" alt="" height="3300" width="2200"/><p>En 2019, Lydia Bugg trabajaba desde casa cuando un hombre trató de entrar por la fuerza. Bugg enfrentó al intruso en su pórtico, lo golpeó y gritó hasta que salió huyendo. Conmocionada por el incidente, sabía lo que debía hacer a continuación: ir a terapia.</p><p>"No podía sentirme cómoda en casa", relató Bugg. "En realidad, tampoco me sentía cómoda en público".</p><p>Una amistad de Bugg le dijo que, si no atendía de inmediato su trastorno por estrés postraumático, o TEPT, sus síntomas podían empeorar. Pero en Nashville, Tennessee, donde vivía en aquel entonces, ninguno de los terapeutas que contactó aceptaba su seguro médico.</p><p>Bugg tenía Blue Cross Blue Shield, el plan de salud más popular en Tennessee. Pero todos los terapeutas le dijeron lo mismo: "La manera en que Blue Cross Blue Shield paga a los proveedores no nos permite tener el tiempo y los recursos para ayudarte", recordó Bugg.</p><p>Los terapeutas con consultorios privados tienen muchos motivos para no aceptar seguros de gastos médicos. Si lo hacen, no pueden negociar un sueldo más alto con la aseguradora, pedir un aumento ni recibir un pago más proporcional a su experiencia. Pese a la ley federal de igualdad de la salud mental que se aprobó en 2008, los planes de seguros en realidad no tienen la obligación de cubrir tratamientos de salud mental.</p><p>Bugg no se dio por vencida y encontró un proveedor de terapia cognitivo conductual especializado en TEPT. El terapeuta "me ayudó inmensamente", afirmó Bugg. Su tarifa de 170 dólares por sesión, no la ayudó tanto.</p><p>"Eso era mucho dinero para mí y mi marido en aquel entonces", reconoció Bugg, de 35 años. Para lograrlo, iba a terapia esporádicamente, solo cuando podía costearla.</p><p>Pero cuando llegaban las facturas de la terapia era como "revivir el trauma", explicó Bugg.</p><p>La situación de Bugg --que el costo de la terapia se vuelva una fuente de angustia psicológica-- no es poco común. Cada vez más, la terapia se recomienda como un tratamiento crucial para las personas con trastornos de salud mental y una especie de educación obligatoria para los adultos bien equilibrados. Pero se habla menos de cómo el costo de la terapia está fuera del alcance de muchos estadounidenses.</p><p>Quienes sí logran empezar una terapia a menudo no pueden permitirse continuarla: una encuesta de 2022 a 1000 adultos en terapia realizada por Verywell Mind, un sitio web que moderan profesionales de la salud mental, halló que casi una tercera parte de los encuestados había dejado de ir a terapia para ahorrar dinero y a casi la mitad le preocupaba no poder seguir pagándola.</p><p>Sopesar los costos</p><p>Una y otra vez, los estadounidenses mencionan las finanzas personales como una de las principales fuentes de estrés en su vida. Tratar de atender problemas de salud mental a través de sesiones costosas de terapia puede crear su propio ciclo de ansiedad para quienes buscan ayuda profesional.</p><p>"Tienen que decidir: ¿ese costo vale el efecto del tratamiento, el beneficio que recibo de asistir a estas sesiones?", planteó Jeremy Coleman, presidente del Comité sobre el Estatus Socioeconómico de la Asociación Estadounidense de Psicología.</p><p>Ahora que los costos de vida van al alza, Coleman señaló que esta puede ser una decisión difícil. La gente que necesita y quiere ir a terapia suele batallar con la pregunta de si puede regatear el precio de su salud mental.</p><p>Esta es la clase de problemas que uno querría trabajar en terapia. Pero hablar de dinero puede ser difícil, incluso con alguien que se dedica a escuchar.</p><p>"Es difícil decirle a tu plomero: 'Oye, ya no tengo dinero para pagar este servicio que me ayuda', ya ni hablar de tu terapeuta", señaló Laura Ulrich, residente de 27 años de Richmond, Virginia. Aunque un proveedor acepte un seguro, el costo de la terapia puede ser insostenible.</p><p>En 2021, el copago de la terapia de Ulrich era de 25 dólares. Pero ganaba 15 dólares la hora en su trabajo como barista en Starbucks, y las facturas de la terapia empezaron a pesarle.</p><p>Es común que los clientes digan que les preocupa no poder seguir pagando la tarifa, comentó Laura Freeman, terapeuta certificada marital y familiar con un consultorio privado en Alpharetta, Georgia. Pero si los clientes sienten ansiedad respecto al dinero, es poco probable que lo expresen. "O siguen pagando y viven con esa angustia", dijo Freeman, "o si no pueden hacer eso, simplemente nos dejan de hablar".</p><p>Cuando los clientes sí mencionan sus angustias financieras, puede que su terapeuta les recuerde que, si bien es empático, también vive de esto. Nina Lee, una cineasta de 33 años que vive en Atlanta, recordó la ocasión en que le confesó sus preocupaciones financieras a su terapeuta.</p><p>"Estaba llorando frente a ella, sollozando por lo estresada que estaba, no podía seguir viéndola", contó Lee. "Y recuerdo que ella solo me respondió: 'Bueno, mira, cuando puedas costearlo, aquí estaré'. Y yo le contesté: 'Bueno, si me mato antes de que eso pase, gracias'".</p><p>Luego de un tiempo, Lee cumplió con los requisitos para ser miembro del Sindicato de Guionistas de Estados Unidos, obtuvo el seguro del sindicato y encontró a una gran terapeuta que aceptó su seguro.</p><p>Lo que los clientes a menudo no comprenden, indicó Maggie Mulqueen, terapeuta con consultorio privado en Brookline, Massachusetts, es que los terapeutas que ofrecen consulta privada están a merced de las aseguradoras.</p><p>Mulqueen acepta algunos planes de seguro, pero en muchos casos, aceptar seguros "no tiene ninguna lógica para mí, en términos económicos", admitió.</p><p>Generar facturas para las aseguradoras implica muchas horas de trabajo administrativo no remunerado y "a veces es una pesadilla", mencionó Terrence Stewart, trabajador social clínico con licencia en Houston que acepta algunos tipos de seguro.</p><p>Muchos proveedores dicen que uno de los problemas es que los programas de formación para terapeutas suelen ofrecer poca orientación sobre cómo hablar de dinero con los clientes, o qué hacer cuando los clientes no pueden costear la terapia. El código de conducta de la Asociación Estadounidense de Psicología ofrece poca orientación sobre la fijación de tarifas, aunque algunas organizaciones profesionales, como la Asociación Estadounidense de Consejería, motivan a los proveedores a hacer trabajo "pro bono". Algunos terapeutas, al notar las altas tasas de desgaste profesional y el aumento de la demanda de sus servicios, se motivan entre sí a cobrar más para protegerse.</p><p>Damonde Hatfield en su lugar de trabajo como asistente social en una organización para personas sin hogar en Inglewood, California, el 6 de septiembre de 2024. (Ryan Young/The New York Times).</p><p>Lydia Bugg en su casa en Des Plaines, Illinois, el 5 de septiembre de 2024. (Mustafa Hussain/The New York Times).</p>]]></content:encoded><media:content url="https://www.infobae.com/resizer/v2/RKCGUC47ERACHGIIITXUS5KGXM.jpg?auth=56cb23c9fedbc9c0c39a4b5b3edca3060338ed7dc3ebbb8488fd1ab2a19977a2&amp;smart=true&amp;width=2200&amp;height=3300" type="image/jpeg" height="3300" width="2200"><media:credit role="author" scheme="urn:ebu">RYAN YOUNG</media:credit></media:content></item></channel></rss>