Dos niños, un arma cargada y el hombre que abandonó a su suerte a una pequeña de 4 años que moría desangrada

La lucha diaria de My’onna Hinton conmueve a los Estados Unidos. Es una historia que pone de relieve lo peor y lo mejor del ser humano, pero también el poder sanador del perdón

My'onna avanza a toda velocidad por los pasillos del Instituto Kennedy Krieger. (Demetrius Freeman/The Washington Post)
My'onna avanza a toda velocidad por los pasillos del Instituto Kennedy Krieger. (Demetrius Freeman/The Washington Post)

Ella nunca quiso quedarse fuera, así que My’onna Hinton, de 4 años, siguió a su pariente de 7 años por un pasillo y entró en un apartamento desconocido de Washington. Tee estaba acostumbrado a ello, porque My’onna lo perseguía desde que podía caminar.

Los dos habían estado muy unidos toda su vida, a pesar de sus diferencias. A ella le gustaban las Barbies, los dibujos animados de Disney y que le pintaran las uñas de los pies de color rosa brillante, y a él le obsesionaban el fútbol americano, LeBron James y estrellar coches en Grand Theft Auto V. Pero My’onna lo admiraba, y Tee cuidaba de ella.

Ahora los niños estaban dentro del departamento, y el niño de 9 años que vivía allí quería enseñarle algo a Tee. Sin adultos en casa, y con la madre de My’onna peinando a una niña en el edificio de al lado, los llevó a un dormitorio trasero y abrió un cajón del armario. Adentro había una pistola.

El niño, dijo Tee más tarde, se la entregó.

Eso no es real”, respondió Tee. “Es un juguete”.

Entonces su dedo apretó el gatillo, recordó Tee en una entrevista, y escuchó un estruendo. Luego sintió que la culata del arma le golpeaba el pecho. Entonces miró hacia abajo y vio a My’onna en el suelo, con sangre chorreándole del cuello.

Tee se arrodilló junto a ella.

My’onna, ¿estás bien?”, le preguntó.

Ella abrió la boca para hablar, pero no salió ninguna palabra. Intentó levantarla, pero My’onna, tumbada de lado y con la mirada perdida, no podía moverse. Tee acunó su cabeza y lloró.

Era el 25 de mayo de 2020, y Estados Unidos acababa de entrar en su peor tramo de violencia armada en al menos dos décadas. A finales de año, las balas matarían a más de 43.000 personas, incluidos cientos de niños. Los niños han pagado un precio especialmente brutal en la capital del país, donde 95 de ellos recibieron disparos -nueve mortales- el año pasado. Pero incluso en las ciudades y estados con las leyes más estrictas sobre armas de fuego, Estados Unidos lleva mucho tiempo luchando por responsabilizar a los propietarios de armas cuando las dejan en algún lugar en el que un niño pueda encontrarlas, una realidad que se demostraría en el caso del hombre cuya negligencia dejó sangrando a My’onna el verano pasado.

Mientras Tee la sujetaba, el niño que le había enseñado el arma salió corriendo a buscar a Juwan T. Ford, el propietario del arma ilegal no registrada. Ford, de 23 años, había permanecido en el apartamento de forma intermitente durante meses y, según los registros judiciales, estaba sentado en un coche hablando con un amigo. Aunque el niño le habló, no se movió hasta que Tee y otro niño también salieron corriendo. Entonces Ford entró corriendo en el edificio y los tres niños le persiguieron.

Dentro, encontró a My’onna tirada en la puerta del dormitorio. Ford, que tenía su propio hijo, pasó por delante de su pequeño cuerpo y, según dijo más tarde el fiscal, ordenó a Tee que le entregara el arma. Mientras los niños huían, Ford envolvió el arma en una camiseta negra y se marchó, dejando a My’onna muriendo sola.

Brayonna Hinton, la madre de My’onna, no entendía nada. Tee estaba de pie frente a ella, llorando, con la camiseta manchada de rojo. Ella temía que la hubiera atropellado un coche.

No sabía que era real”, le dijo.

“¿Qué?”, preguntó ella.

No era mi intención hacerlo”, dijo Tee, a quien se identifica sólo por su segundo nombre para proteger su privacidad. “Lo siento”.

Salió corriendo y entró en el apartamento vecino.

Cuando encontró a su hija, Brayonna temió desmayarse. Con el pecho palpitante, llamó al 911 y luego utilizó una toalla de la cocina para presionar el cuello de My’onna, sin saber que la bala había atravesado un lado y salido por el otro.

Me ha disparado”, murmuró su hija.

Sus ojos seguían abiertos, pero no se movía, dijo Brayonna a la operadora. Les suplicó que se dieran prisa. La hemorragia empeoraba.

“Te pondrás bien”, dijo Brayonna, de 23 años, aunque no lo creía. Su única hija, pensó, estaba a punto de morir delante de ella.

My’onna llevaba casi 10 minutos desvaneciéndose cuando un par de camiones de bomberos se acercaron, y Alex Henry y Eric Budd, ambos paramédicos, se abrieron paso entre una multitud caótica y gritona y entraron en el edificio.

Los hombres supusieron que la bala podría haber impactado en su columna vertebral. Debatieron estabilizar su espalda antes de trasladarla, pero había mucha sangre, un rastro que recorría al menos dos metros por el pasillo.

“No tenemos tiempo”, dijo Budd, padre de dos hijos. “Tenemos que irnos”.

Eric Budd, uno de los paramédicos de los bomberos de D.C. que acudieron al tiroteo, sostiene a My'onna. (Michael Blackshire/The Washington Post)
Eric Budd, uno de los paramédicos de los bomberos de D.C. que acudieron al tiroteo, sostiene a My'onna. (Michael Blackshire/The Washington Post)

Henry, un veterano de 12 años de servicio, recogió a la niña, acunando su peso de 15 kilos como si fuera un bebé para evitar que su cabeza se moviera. Budd se abrió paso entre la multitud hasta llegar a la ambulancia.

Frenética, Brayonna los persiguió, pero las puertas se cerraron antes de que los alcanzara.

“Soy la madre”, gritó, suplicando que la dejaran pasar, pero los socorristas la apartaron.

Dentro de la ambulancia, el corazón de su hija había dejado de latir.

Mientras los dos hombres se apresuraban a ponerse el equipo de protección -batas, redecillas para el pelo, guantes, protectores faciales-, Henry colocó la base de la palma de su mano derecha sobre el pecho de la niña, bombeando con una sola mano porque su cuerpo era demasiado pequeño para dos. Medio minuto después, la niña volvió a respirar.

Los hombres sabían que tenían que llevarla al Children’s National Hospital, pero también sabían que probablemente no sobreviviría al viaje de casi 10 kilómetros a través del tráfico de D.C.

“Consigue un helicóptero si puedes”, dijo Budd por radio antes de introducir un tubo de respiración en un agujero del tamaño de una moneda de diez centavos en su garganta hinchada.

Mantengan la calma, se dijeron los hombres. Respiren profundamente.

Un helicóptero de la Policía de Parques no tardó en llegar a una zona de aterrizaje en Wheeler Road, a menos de una milla de distancia. Los paramédicos pensaron que le habían dado una oportunidad, incluso después de que necesitara una segunda ronda de compresiones.

En el lugar de aterrizaje, la subieron al helicóptero, con los rotores agitándose. Ahora estaba cerca, a sólo tres minutos de un hospital equipado con lo que necesitaba para seguir viva, pero a medida que el helicóptero se acercaba a la azotea, los hombres veían cómo su ritmo cardíaco caía en picado en el monitor: 90, 85, 80, 75.

Cuando aterrizaron, la frecuencia cardíaca había descendido hasta los 60 grados. Cuando llegaron al ascensor, se había detenido.

Henry comenzó a presionar de nuevo, pero en el monitor, el número no subió.

Bombeo. Bombeo. Bombeo.

La puerta del ascensor se abrió y un equipo de enfermeras y médicos los esperaba. Budd les dijo lo que sabía: víctima de un disparo; entrada en el cuello; salida por el cuello; tres rondas de RCP.

Pero la tercera ronda no había terminado. Henry levantó la palma de su mano del pecho mientras un miembro del personal del hospital empujaba una en su lugar.

Budd y Henry se apartaron, con las batas empapadas de sangre y sudor. Juntos, los paramédicos habían tratado a más de 200 víctimas de disparos en D.C., y habían intentado salvar a todas, pero nunca los hombres habían deseado que alguien viviera más que la niña de 4 años cuyo nombre aún no sabían.

Bombeo. Bombeo. Bombeo.

Luego, por fin, un latido.

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La terapeuta ocupacional Lia Brunn y la madre de My'onna, Brayonna, observan cómo la niña juega con arcilla. (Demetrius Freeman/The Washington Post)
La terapeuta ocupacional Lia Brunn y la madre de My'onna, Brayonna, observan cómo la niña juega con arcilla. (Demetrius Freeman/The Washington Post)

Tenía cuatro opciones: rojo, azul, verde y lo que ella llamaba “marillo”.

“Mami”, dijo My’onna. “Yo seré el azul y tú el rojo”.

“De acuerdo”, respondió Brayonna aquella tarde de junio, encajando las piezas de plástico de Hungry Hungry Hippos -un conocido juego de mesa- mientras su hija la observaba desde una silla de ruedas eléctrica aparcada en el salón de su apartamento.

Brayonna deslizó una mesa.

Sube los pies para que pueda poner esto aquí”, dijo, porque las piernas de My’onna aún colgaban de la parte delantera de los reposapiés.

Hazlo tú”, respondió su hija.

No, hazlo tú”, insistió Brayonna.

Habían pasado 13 meses desde el día del tiroteo, el mismo día en que My’onna caminó por última vez. En el “antes”, la palabra que ahora utilizaban para su antigua vida, ella y My’onna no se ponían de acuerdo sobre la hora de acostarse de su hija o sobre si podía comer otra bolsa de Cheetos. Ahora, en el “después”, lo que discutían a menudo era si My’onna intentaba coger un lápiz o sostener una cuchara o mover el pie.

Esta vez, la niña cedió. Apoyó la mano izquierda en el reposabrazos de la silla de ruedas y se echó hacia atrás, mirándose las piernas, deseando que respondieran. Con los dientes apretados, levantó el talón del pie izquierdo un par de centímetros.

“Veo que lo mueves. ¡¡Buen trabajo!!”, dijo Brayonna, extendiendo la mano para levantar el pie el resto del camino.

¿Sientes cómo lo sostengo?”, preguntó su madre, apretando su pierna izquierda.

My’onna se detuvo a pensar en ello. No estaba segura.

Brayonna le dijo que cerrara los ojos y mirara hacia arriba.

¿Qué estoy haciendo?”, preguntó su madre, pasándole una uña por la espinilla.

“Oh, lo estás rascando”, dijo My’onna, y ahora se sentía segura. “Hazlo otra vez”.

Su madre sonrió. My’onna podría haber mirado a escondidas, pero no importaba. En el después, Brayonna había aprendido a ser más que una madre para su hija. También era su principal animadora, su compañera de juegos casi constante, su terapeuta a domicilio y su cuidadora principal, aunque la mayoría de los días recibía ayuda de su novio y de las enfermeras que le proporcionaba un programa de obra social.

Un año antes, a Brayonna le habían dicho que su hija quizá no volvería a hablar, que quizá nunca recuperaría la sensibilidad por debajo del cuello, que necesitaría tubos en la garganta para ayudarla a comer y respirar durante el resto de su vida.

Tras el vuelo al Children’s, otro helicóptero había trasladado a My’onna a Baltimore para una operación en el Hospital Johns Hopkins. La bala le había reventado la vértebra C5, pero, sorprendentemente, el proyectil había pasado a milímetros de las arterias principales y no había cortado la columna por poco. Los cirujanos limpiaron los fragmentos de hueso, los sustituyeron por un injerto tomado de la pelvis y esperaron que su cuerpo empezara a curarse.

Y así fue. Los médicos descubrieron que podía respirar y comer por sí misma, y cuando le quitaron los tubos, también pudo hablar.

“Mami”, fue la primera palabra, animando a Brayonna que dormía junto a su hija casi todas las noches en el hospital.

My’onna podía mover los brazos, aunque el derecho no le funcionaba tan bien, y le costaba extender los dedos de ambas manos. Para controlar su personaje de Roblox en un iPad, utilizaba el nudillo de su meñique izquierdo.

“¿Por qué no puedo moverme?”, le preguntó un día a su madre. “¿Es porque la bala me hizo esto?”.

La fisioterapeuta Jennifer Renner controla la marcha de My'onna durante un ejercicio de rehabilitación. (Demetrius Freeman/The Washington Post)
La fisioterapeuta Jennifer Renner controla la marcha de My'onna durante un ejercicio de rehabilitación. (Demetrius Freeman/The Washington Post)

Tras más de un mes en el Johns Hopkins, gran parte del cual lo pasó en cuidados intensivos, My’onna fue trasladada al cercano Instituto Kennedy Krieger para comenzar la terapia de hospitalización.

En su primera visita al gimnasio, tuvo una rabieta y escupió a sus terapeutas. Mientras la especialista en vida infantil Emily Winter-Cronan la observaba, se dio cuenta de que My’onna se estaba dando cuenta de lo que la lesión le había quitado.

My’onna ya no podía tirarse por los toboganes ni dar patadas en la piscina. No podía saltar por Chuck E. Cheese -un centro de entretenimiento familiar con videojuegos y premios-, recogiendo boletos para cambiarlos por algodón de azúcar. No podía montar su bicicleta rosa. No podía bailar al ritmo de los vídeos de TikTok. No podía posar elegantemente con un abrigo de piel sintética para la página de Instagram que Brayonna creó para ayudar a su hija a convertirse en modelo algún día. Ni siquiera podía agarrar una Barbie.

Winter-Cronan empezó a diseñar “experimentos científicos” que ponían a My’onna totalmente al mando. Mezclaba pegamento, jabón y tierra de jardinería en cubos y dejaba que My’onna se untara la baba en las manos, la cara, el pelo, donde quisiera. Y de eso se trataba.

My’onna estudió fotos suyas de su estancia en la UCI y, una y otra vez, pidió a Winter-Cronan que le explicara qué había hecho cada pieza del equipo. Aprendió a describir lo que le había sucedido - “me lesioné la columna vertebral”- y se obsesionó con las diferencias entre las lesiones de otros niños y las suyas.

Una tarde, My’onna acercó a Winter-Cronan a su cama y le susurró al oído:

“Me han disparado”.

“No fue su intención”.

“Fue un accidente”.

My’onna sabía que eso era cierto, pero cuando volvió a la vida en Washington después de tres meses de tratamiento en el Kennedy Krieger, las consecuencias de esa verdad se hicieron más difíciles de aceptar.

¿Puedo ir a jugar?”, preguntaba cuando su madre pasaba junto a niños en columpios y toboganes, sabiendo que ella no podía.

El blanco más frecuente de su frustración era Tee, a quien seguía viendo todo el tiempo.

A veces, My’onna le exigía que no se uniera a las salidas familiares.

“Ya no puedo caminar porque él me disparó”, declaró una vez.

En otra ocasión, cuando Brayonna compró helado, le pidió que a él no le diera.

Cuando Tee llamaba para saber cómo estaba - “¿Qué está haciendo? ¿Puedo hablar con ella?” - ella se negaba a hablar con él.

No era su culpa, le recordaba Brayonna. El responsable era el hombre que había dejado la pistola en el cajón.

Eso era lo mismo que la familia le había dicho a Tee desde la primera noche, cuando su madre le dio un baño para lavar la sangre de My’onna de su piel. Tee también se lo decía a sí mismo. Pero las palabras no podían detener sus pesadillas, siempre con la pistola, ni acallar su miedo a que My’onna no lo perdonara nunca.

Tee nunca hablaba con ella de lo sucedido.

“Si lo oye”, decía, “se enfadará”.

Brayonna carga a My'onna durante una sesión de terapia en julio.
(Demetrius Freeman/The Washington Post)
Brayonna carga a My'onna durante una sesión de terapia en julio. (Demetrius Freeman/The Washington Post)

Brayonna se movía inquieta sobre un banco en la mesada de su cocina, esperando a que el responsable del “después” empezara a hablar. Juwan T. Ford, recluso nº 358457 de la cárcel de Washington, estaba sentado en una sala de conferencias frente a una cámara para su sentencia transmitida en directo. Llevaba un bigote fino y el pelo corto y llevaba una camisa blanca bajo su mono naranja.

“Lamento lo ocurrido y pido disculpas a la familia y también a mi familia”, dijo, con voz tranquila. “No hay un día en el que no haya pensado en la situación”.

Ford llevaba encerrado desde el 30 de septiembre, cuatro meses después del tiroteo de My’onna y cinco días antes de volver a casa por primera vez.

La policía de D.C. había recuperado imágenes de seguridad que revelaban lo que ocurrió en los momentos posteriores a que Ford se enfundara la pistola en la camiseta negra y saliera.

En el patio delantero habló con una amiga, afirmando más tarde que le dijo que llamara al 911. También empujó a Tee, un gesto que la policía interpretó como una exigencia de irse. Luego Ford corrió calle arriba para deshacerse de las pruebas, dijeron los investigadores. Nunca encontraron el arma.

Los detectives entrevistaron a Tee antes de hablar con los otros dos niños presentes en el tiroteo, y ambos afirmaron en relatos casi idénticos que Tee había llevado el arma al apartamento. Los niños también negaron saber casi nada sobre Ford, incluido su nombre, a pesar de que había vivido en la casa de forma intermitente durante más de dos meses. Los investigadores creían que Ford había ordenado a los dos niños que mintieran, según dijo después ls fiscal al juez.

Tras su detención, la fiscalía decidió no acusarle de crueldad con los niños, un delito que podría haberle enviado a prisión durante una década pero que habría obligado a Tee y a los otros niños a declarar. En su lugar, Ford aceptó un acuerdo de culpabilidad, admitiendo que portaba una pistola sin licencia e intentaba manipular las pruebas.

Más tarde, Ford le dijo a un agente de libertad condicional que había sacado la pistola del apartamento no para protegerse a sí mismo, sino para proteger a los otros niños, un argumento que pareció plantear de nuevo en su audiencia de sentencia, mientras Brayonna miraba por su teléfono.

“Sólo quería ayudar”, dijo al juez del Tribunal Superior del Distrito de Columbia, Neal E. Kravitz. “Todo lo que podía hacer era ayudar”.

Es un mentiroso, pensó Brayonna, porque no había hecho nada para ayudar.

Para ella, a veces se sentía como si nadie entendiera cuánto les había costado la negligencia de Ford. Antes del tiroteo, había imaginado convertirse en policía o alistarse en el ejército, pero ahora lo único que podía hacer era trabajar por las noches como guardia de seguridad en el centro de D.C., porque era cuando las enfermeras solían estar disponibles para vigilar a My’onna. No quería depender de la ayuda del gobierno, que les ayudaba a cubrir las comidas y el alquiler, pero ¿cómo, siendo madre soltera, podría seguir una verdadera carrera cuando su hija necesitaría cuidados las 24 horas del día durante años, si no para siempre?

En una audiencia virtual anterior, había suplicado al tribunal que hiciera responsable a Ford.

“¿Cómo puede alguien ser tan descuidado y tan indiferente?”, dijo, antes de dirigirse a él directamente. “Ahora quieres actuar como si te importara. No te importó entonces cuando esa bebé estaba tirada en el suelo, sentada allí sangrando. Te alejaste. Y, por supuesto, ahora te importa. Ahora tienes remordimientos porque te enfrentas a la cárcel”.

Neal E. Kravitz, el juez que supervisa el caso de Ford, tuvo que decidir algo más que la duración de una posible pena de prisión.

Tenía la posibilidad de juzgar a Ford dentro de la Ley de Rehabilitación de Jóvenes (LRJ), lo que significaría un atenuante, y el abogado defensor le instó a hacerlo sosteniendo que su cliente debía ser castigado solo por poseer y deshacerse del arma ilegal, no por lo que los niños hicieron cuando la encontraron. También detalló la difícil infancia de Ford: viviendo en la sección 8, una madre que fue testigo de un asesinato, el rebote entre los familiares, la expulsión de la escuela secundaria.

Para la fiscal adjunta, Emma McArthur, nada de eso justificaba la insensibilidad de Ford. Era un padre, dijo, que veía morir a un niño y sólo pensaba en sí mismo.

“Rechazar la LRJ es lo mínimo que puede ocurrir en este caso”, dijo el fiscal a Kravitz. “Esta niña tiene un recuerdo permanente de por vida de lo que hizo el señor Ford. No puede ir a la escuela. No puede jugar con sus amigos. Lo menos que puede pasar es que el Sr. Ford tenga una condena que le diga que su conducta... no está bien”

My'onna termina una mañana de terapia con su madre y la especialista en vida infantil Sam Childs. (Demetrius Freeman/The Washington Post)
My'onna termina una mañana de terapia con su madre y la especialista en vida infantil Sam Childs. (Demetrius Freeman/The Washington Post)

El juez reconoció el “escalofriante” desprecio de Ford por My’onna, pero comparó el hecho de dejar el arma cargada desatendida con el de conducir borracho. En la mayoría de las noches, el conductor llegaría a casa sano y salvo, pero ¿qué pasaría si chocara con otro coche e hiriera a alguien?

Depende de cómo se miren estas cosas, si se castiga la conducta o se castiga por los efectos de la conducta”, dijo Kravitz. “Es una pregunta complicada”.

Ford, decidió, merecía indulgencia, calificando sus decisiones como “los crímenes de un joven inmaduro”.

“Creo que es precisamente el tipo de persona para la que existe la Ley de Rehabilitación Juvenil”, concluyó Kravitz, quien, a través de su oficina, declinó ser entrevistado.

Condenó a Ford a 18 meses de prisión, con la amenaza de otros 12 si rompía los términos de su acuerdo de culpabilidad antes de terminar tres años de libertad condicional y rehabilitación. Esto significa que Ford, que recibió crédito por los nueve meses que ya había cumplido, saldrá en libertad la próxima primavera, y su expediente podría quedar limpio para 2025, justo antes del décimo cumpleaños de My’onna.

Brayonna lloró. Lo que más deseaba era que Ford viviera con lo que había hecho durante el resto de su vida, como haría su hija.

En ese momento se abrió la puerta de su apartamento y una enfermera llevó a My’onna al interior. Estaba dormida, agotada después de tres horas de rehabilitación en Baltimore y de las dos horas de viaje de ida y vuelta que había pasado atada a la parte trasera de una camioneta. Pronto tendría que despertarse para que le cambiaran el catéter, como hacía seis veces al día, y después tomaría dosis de un laxante, vitamina D para fortalecer sus debilitados huesos, un medicamento para evitar que sus músculos sufrieran espasmos, melatonina para ayudarla a descansar y un fármaco para aliviar el dolor que sentía cada día, en todo su cuerpo.

Llamaba al lugar “Terapia”, un edificio de seis pisos de color canela con techos abovedados y amplias paredes de ventanas que daban a Baltimore. Tres mañanas a la semana, llegaba en una furgoneta con su madre o una enfermera, saludando a las recepcionistas del vestíbulo, que la conocían como “MyMy”, y pasando en su silla de ruedas junto a la pared con la inscripción en letra cursiva: “En mi mente, estoy llena de esperanza”.

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Tee estaba jugando solo con una pelota de goma roja en el salón de Brayonna cuando oyó que llamaban a la puerta.

¿Quién es?”, gritó.

Brayonna la abrió y entraron los paramédicos Alex Henry, Eric Budd y otros cinco bomberos enmascarados que llevaban bolsas de regalo y globos, uno de los cuales decía “Eres muy especial”.

Durante meses, Brayonna había esperado conocer a los hombres que salvaron la vida de su hija. My’onna, explicó, todavía no estaba de vuelta de la rehabilitación.

No les importaba esperar.

“Él y yo hablamos mucho de ello”, dijo Budd sobre aquella noche del año pasado, señalando a Henry, que la había llevado en brazos hasta la ambulancia.

Intercambiaron recuerdos. Budd y Henry no sabían que Brayonna los había perseguido hasta la ambulancia, y ella no sabía que estaban reanimando a My’onna en el mismo momento.

Tee escuchaba desde el sofá, sin decir nada. Ninguno de los hombres sabía quién era.

“¿Qué has estado haciendo todo el verano, amigo?”, preguntó el teniente Paul Patterson, que también había acudido al lugar. “¿Manteniéndote alejado de los problemas?”

Tee negó con la cabeza, no, y los chicos se rieron.

Le lanzó la pelota a Henry, y éste se la devolvió.

“Él es el que lo hizo accidentalmente”, dijo Brayonna desde la cocina, con la voz baja.

“¿Cómo?” Contestó Budd.

“Él es el que accidentalmente, emm...”

“Oh, OK. Está bien”.

¿Cómo está él?”, preguntó Patterson.

Bien, dijo Brayonna.

La sala se quedó en silencio. Tee, lo sabían, también era víctima de la violencia armada, sólo que no del tipo al que la gente le llevaba regalos y globos. El niño de tercer grado todavía no había ido a terapia, pero decía que su madre ya no le dejaba jugar con pistolas de juguete. Cuando alguien hablaba delante de él sobre lo que había hecho, Tee intentaba no prestar atención.

Volvió a lanzar la pelota a Henry.

My'onna bromea sobre qué ascensor llegaría primero después de una sesión de terapia. (Demetrius Freeman/The Washington Post)
My'onna bromea sobre qué ascensor llegaría primero después de una sesión de terapia. (Demetrius Freeman/The Washington Post)

Pasaron cinco, diez y luego quince minutos, y a Brayonna le preocupaba que My’onna no llegara antes de que tuvieran que salir para la siguiente emergencia.

Por fin, la puerta se abrió.

“Hola, My’onna”, dijo Patterson. “Tienes algunas visitas”.

“¿Sí?”, dijo ella, sorprendida.

Brayonna cogió la silla de ruedas de la enfermera y llevó a la niña al centro de la sala de estar.

“Hola, My’onna”, dijo Tee, saludando desde el sofá, pero ella no respondió, así que lo repitió. “Hola, My’onna”.

Sus ojos permanecieron en los extraños que se alzaban frente a ella.

“Te hemos traído cosas geniales”, dijo Henry, y su madre empezó a deshacer las bolsas: arena cinética, Slime, un par de tarjetas regalo para comprar lo que quisiera.

“¡Fruta de gelatina!”, dijo ella, que se decantó inmediatamente por el popular caramelo.

“¿Dices ‘gracias’?” preguntó Brayonna.

“Gracias”, dijo My’onna.

“No hay de que”, le dijo Budd. “Estamos muy contentos de haberte visto”.

¿Quieres mostrarles que puedes mover los pies?” preguntó Brayonna.

Miró las uñas moradas de sus pies y tensó el cuerpo, levantando el talón izquierdo de su reposapiés durante medio segundo.

Impresionante”, dijo Budd.

Si les parece, ¿podemos sacarnos una foto con ella?”. Patterson sugirió, y mientras los hombres se reunían alrededor, Tee trató de llamar su atención de nuevo.

My’onna”, susurró Tee, y miró hacia ella. “Quiero sacarme una foto con vos”.

Volvió a mirar a su madre y sonrió para la fotografía, mostrando el último diente que había perdido la noche anterior.

Después, Patterson se dirigió a Tee, que estaba acurrucada en el sofá sosteniendo una almohada.

¿Quieres sacarte una foto con nosotros?”, le preguntó.

Tee no se lo esperaba. Se acercó con facilidad.

Puedes ponerte aquí”, le dijo Budd, señalando un lugar junto a My’onna. Tee se arrodilló y apoyó su brazo en la rueda de la silla. Sonrió.

Mientras los bomberos se despedían, Tee volvió a entrar en la habitación de My’onna para recuperar la bola roja.

My’onna, vamos a ver si puedes cogerla”, dijo.

La arrojó suavemente en su regazo y ella la atrapó con ambas manos.

¡La atrapaste, My’onna!” dijo Tee.

Tee aún recordaba a la My’onna de antes de que él apretara el gatillo y oyera el estruendo, cuando no se esforzaba por atrapar una pelota o teclear en un iPad. A veces, se sentía nervioso cuando estaba cerca de ella. Ella se enfadaba mucho con él, y él entendía por qué, pero deseaba que no lo hiciera. Deseaba que las cosas fueran como antes.

Luego se levantó y se acercó, esperando a su lado mientras ella jugaba con la tableta.

“My’onna”, dijo, pero ella lo ignoró.

“MyMy”, continuó. “My’onna. MyMy. MyMy”.

Finalmente, ella miró.

“¿Qué?”

¿Quieres que me quede?”, preguntó. “¿Quieres que me quede o que me vaya?”.

My’onna giró la cabeza, deteniéndose a pensar un segundo.

Quédate”, dijo.

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