La escuela católica me dio una visión binaria de la muerte. Allí, en la St. Mary’s de Lawton, Oklahoma, aprendí que la muerte era lo opuesto a la vida, algo que debía superarse mediante la gracia y las buenas obras. Esto tenía mucho sentido para un niño que, como la mayoría, tenía miedo de morir. Pero cuanto más envejecía y menos binario se volvía el mundo que me rodeaba, más me encontraba enfrentando una crisis existencial. Si todos mueren, ¿cómo se suponía que iba a seguir viviendo como si todo estuviera bien?

Pasé mucho tiempo sin perder a alguien cercano. Pero luego, hace unos años, murió mi abuela y mis ansiedades, por la naturaleza fugaz de la vida, se agravaron. Fue a raíz de su fallecimiento que mi familia mexicoestadounidense, como por un antiguo instinto, regresó a la tradición del Día de Muertos. Ni mi generación ni la de mis padres habían celebrado la fecha, pero unos días después de su funeral, en octubre de 2016, mi madre, mi hermana, mi tía y yo fuimos a México para festejarla.

Mi familia y yo estamos bastante asimilados a Estados Unidos. Mis abuelos eran mexicoestadounidenses de primera generación. La abuela luchaba con el inglés y no le enseñó español a sus hijos. Ella quería que fueran estadounidenses de principio a fin. Pero no fue solo el lenguaje lo que se desvaneció. También perdimos las tradiciones. Perdimos innumerables recetas, posadas de Navidad, fiestas de 15 años. A pesar de todo esto, luego del fallecimiento de mi abuela, construimos en su honor una ofrenda, el altar que reciben los seres queridos durante el Día de Muertos.

Pero, ¿cuál era la función de la ofrenda? Es bastante fácil darle en el clavo a los adornos de las vibrantes tradiciones mexicanas, especialmente una tan visualmente impactante como el Día de Muertos, pero las filosofías y raíces son más difíciles de alcanzar. Quería saber las razones detrás de las calaveras de azúcar, el cempasúchil y las ofrendas de comida. De lo contrario, ¿qué estaba “recuperando”? Los colores, los símbolos, las recetas, cualquiera podría tenerlos en sus manos. Quería llegar al alma de la tradición.

Siendo un chicano que pensaba que el binario de “auténtico” y “falso” estaba delineado por la frontera entre Estados Unidos y México, me sorprendió saber que el Día de los Muertos, tal como lo conocía, nació de una crisis de identidad. En 1970, el gobierno de México promovió esta celebración para impulsar el turismo y reafirmar una identidad nacional. Las personas que enmarcan este concepto, llamado mexicanidad, observaron el pasado precolonial del país y en él vieron el Día de Muertos, que comenzó como una tradición indígena. Correctamente romantizado, podría convertirse en un pilar del espíritu mexicano que estaban inventando.

Esta información le dio matices a mi entendimiento de la festividad. No quería simplemente cambiar una identidad nacionalista fabricada por otra. No quería pensar en México como una cultura sintética y dejar que una reinterpretación comercial tapizara las raíces indígenas y afrolatinas a las que tenía tantas ganas de acceder. La “recuperación”, al final, no es un proceso sencillo. Todavía estaba dejando que hubiera un pensamiento binario, fronterizo, de cómo veía a mi familia y cómo me veía a mí mismo.

Es por eso que el Día de Muertos es una ocasión tan importante. Sostiene que morir y vivir no son opuestos, sino dos partes de un proceso, con solo un respiro en el medio. A través de este lente, la muerte no es un antagonista, ni algo horrible que debemos dejar de lado. La muerte está adornada con flores, velas y papel picado de colores brillantes porque el Día de Muertos quiere que veamos directamente cómo terminan las cosas. Quiere que lo aceptemos, nos riamos y lo veneremos. Lo único que nos pide es que no lo ignoremos.

He llegado a comprender que esta fiesta no se trata de romantizar el pasado, o de desear poder revivir a los que fallecieron. El Día de Muertos nos pide que consideremos que existimos en una conversación con las personas que vinieron antes que nosotros y las personas que vendrán después de nosotros. Nos dice que la frontera entre la vida y la muerte, y cada frontera que encontramos en el medio, es porosa. Afirma la jubilosa fluidez de estar vivo.

Ahora, cada año, mi familia y yo viajamos a México para celebrar la muerte. Lloramos a las personas que hemos perdido y nos reímos de los recuerdos que nos dejaron. Armamos nuestras ofrendas, encendemos velas y disfrutamos de la compañía de los demás, recordándolos en inglés pero con un nuevo vocabulario para la vida y lo que viene después. Al tratar de conectarnos con la abuela, nos sintonizamos más con nosotros mismos, de dónde venimos y hacia dónde vamos.

Mientras que el mundo parece cada vez más sombrío, particularmente para los latinos, todavía espero con ansias cada octubre, cuando las panaderías se llenan de pan de muerto y calaveras de azúcar. Espero con ansias los primeros días de noviembre, cuando el muro entre la vida y la muerte se derrumba, y nosotros, sin importar quiénes somos o cuán lejos hemos viajado, encontramos brevemente el camino a casa.

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