Los expertos lamentan que hay pocas clínicas especializadas en salud mental destinadas a niños menores de 12 años (Archivo)
Los expertos lamentan que hay pocas clínicas especializadas en salud mental destinadas a niños menores de 12 años (Archivo)

Arrastro su maleta y la coloco en el auto. Me acuerdo que debo empacar unas Crocs en vez de unas zapatillas con cordones. Vuelvo corriendo para buscar el iPod, que no tiene cámara, y me doy cuenta de que no descargué los álbumes de Eminem que tanto le gustan. Todas las canciones parecerán infantiles. Las escuchará esta noche y querrá algo diferente.

El trayecto dura más de una hora. No hablamos durante la mayor parte del camino. Dejo que se siente en la parte delantera junto a mí, como un adolescente, y eso lo hace sentir bien. Ha dejado de llorar. Es el único niño de 8 años que conozco que se ríe de los chistes de adultos. Es un alivio escucharlo reír.

Cuando faltan unos 10 minutos para llegar al hospital, empieza a llorar de nuevo.

"Vamos a casa. Por favor, vamos a casa", me dice.

"Ya casi llegamos". Sigo conduciendo. Me siento aliviada al ver que no está intentando abrir la puerta del auto mientras está en marcha.

Esta vez, él entra por su cuenta. Sin correr. Sin gritar. Sin amenazas. Se acerca al guardia de seguridad, a quien reconoce, y le pregunta si Clarence todavía trabaja aquí. Resulta que sí, pero no está de servicio esta noche. Clarence, una vez, le dibujó un Pikachu mientras dormía en una camilla en el pasillo de la sala de emergencias. Le puso una nota de despedida: "Sigue brillando, maestro de origami". Mi hijo la guardó durante meses, hasta que un día la destrozó con angustia, arrojando los pedazos a mis pies.

Los dos extrañamos a Clarence. Mi hijo recuerda que la mujer iba a la escuela de arte después de sus turnos y se pregunta si todavía estaría en clase. Recuerdo que mi hijo le regaló un elaborado dragón de origami, y los ojos de Clarence brillaban mientras él, cuidadosamente, lo alzaba a la luz.

"Tu hijo es diferente a todos los demás. Estará bien", me susurr.

Esta noche no está Clarence, y el guardia de seguridad no nos dice su nombre ni hace dibujos para mi hijo. Pero rápidamente nos saca de la sala de espera principal para que podamos acceder al registro psiquiátrico. A través de dos puertas cerradas, nos están esperando. Cinco minutos después estamos en una de las tres habitaciones vacías reservadas para niños. Luces brillantes, ese colchón delgado y familiar con las sábanas transparentes, la almohada plana cubierta de papel. Hay una silla reclinable al lado de la camilla. Trato de no llorar de rabia.

Una enfermera viene casi inmediatamente para hacer las preguntas habituales y decirnos que no hay camas psiquiátricas disponibles para niños. Con toda probabilidad, pasarán semanas antes de haya una, por lo que ella llamará. La cama puede estar muy lejos. Es posible que mi hijo tenga que ser transportado en un vehículo policial porque el seguro no cubre los viajes en ambulancia que duran dos o más horas. Si eso ocurre, no podré acompañarlo, por supuesto.

"Tiene ocho años", le digo.

"Sí", responde ella.

Ella continúa. Hay dos hospitales con camas para niños en Maryland, pero no aceptarán Virginia Medicaid, por lo que ella no se molestará en llamar. Costaría miles de dólares al día, de su bolsillo, enviar a mi hijo fuera del estado. Probablemente no haya camas de todos modos. Hay tan pocos lugares que acogen a niños menores de 12 años…

Mi hijo tiene problemas médicos además del trastorno bipolar, y necesita una unidad psiquiátrica adjunta a un hospital real. Esto hace que sea aún más difícil encontrar una cama para él. Pasamos tres días en esta sala esperando.

Finalmente tiene una cama, pero está en un hospital que queda muy lejos de nuestra casa. Para mi gran alivio, dicen que está lo suficiente seguro como para llevarlo en mi auto. El hijo de una amiga no tuvo tanta suerte y tuvo que ser transportado con esposas por un oficial de policía a un hospital a seis horas de distancia. Ella me envió un mensaje de texto con la foto de la pequeña de 11 años que tuvo que ser llevada con un vehículo policial.

Voy al baño de mujeres para lavarme la cara antes de llevar a mi hijo a la camioneta. Me lavo bien los ojos para despertarme.

En el hospital restablecieron sus medicamentos, reiniciando el complicado proceso de observación y manejo de efectos secundarios. Se niega a comer o beber, arrojando sus niveles de litio a un territorio peligroso hasta que finalmente me permiten llevarle un sándwich de mantequilla de maní y jalea, una manzana y una bolsa de papas fritas. En ese tercer día, mi hijo había sido atacado por su compañero de cuarto. El cuarto día comienza a llamarme cada noche cuando se acerca la hora de acostarse, sollozando y suplicando volver a casa. Una enfermera enojada le quita el teléfono y yo empiezo a vomitar en el fregadero de la cocina cuando veo que mi teléfono celular parpadea con el mensaje "la llamada terminó".

El quinto día conoció a una terapeuta que le enseña cómo controlar sus nervios. La mujer muestra a las enfermeras cómo ayudarlo a evitar las crisis con una técnica de trabajo en vez de ponerlo a ver la televisión y colorear páginas. Empieza a sentirse mejor mientras organiza sus hisopos y vendas de algodón y enseña a los otros niños cómo hacer zorros y ranas de origami. Los asistentes se quedan maravillados al escuchar la poesía que él mismo compone de forma improvisada. Pasa dos días completos sin amenazar con suicidarse, y el psiquiatra cree que probablemente pueda continuar el tratamiento de forma ambulatoria.

Ocho días después de su llegada, me lo llevo a casa. Nuestra ciudad está muy lejos del hospital. No hay conexión con los servicios ambulatorios, nadie trabaja con su escuela, nadie controla su progreso. Sus profesores no hablan de su hospitalización. Están nerviosos, asustados. La directora pregunta si esta es la escuela correcta para mi hijo. Sus compañeros de clase susurran y lo miran fijamente.

Las paredes entre él y sus amigos están a la altura de los hombros, lo que requiere tiempo para derribar. Pero las paredes establecidas por los adultos en su vida son tan altas que ni siquiera puede ver la cima. Los mismos adultos me han atrincherado adentro con él: le he fallado.

Pero bajo su piel delgada y delicada, él es el sol. Mientras se cura, veo que sus amigos y maestros comienzan a mirar por encima de las paredes y las grietas, empujando centímetro a centímetro, primero vacilante y luego con entusiasmo. Incluso la bibliotecaria de la escuela, que una vez se irritó por sus constantes charlas y peticiones, lo encuentra en el pasillo y le pone una mano en el hombro.

"Guardé el nuevo Harry Potter ilustrado para ti", dice ella sonrojándose cuando él se apoya en su pecho y le recita una poesía en su honor.

"Eres diferente a cualquiera que haya conocido. Estarás bien".