Hay una fase de aparición de síntomas y cambios endocrinológicos antes de la aparición de la menopausia (Getty)
Hay una fase de aparición de síntomas y cambios endocrinológicos antes de la aparición de la menopausia (Getty)

¿Recuerdas cuando pasaste por la pubertad, cómo tu cuerpo cambió rápidamente y aparecieron formas nuevas y sorprendentes? Tal vez pensaste "¡Guau! Esto es un poco raro, pero me estoy convirtiendo en una persona adulta". A veces era confuso, pero a menudo emocionante. Pronto estarías manejando, votando, teniendo relaciones sexuales y bebiendo (legalmente). Estaba bien, ¿verdad?

Tengo 51 años y estoy aprendiendo que la menopausia se parece mucho a la pubertad. Pero en lugar de desvelar los misterios de la edad adulta, a menudo tengo la sensación de que la vida me empuja hacia la tumba, recordándome que tengo menos días delante de mí que detrás de mí. También que mis faldas, que alguna vez encajaron perfectamente con mi cuerpo, ahora van directamente a la pila de donaciones. (¡Oh, caderas! ¿Por qué me han traicionado tanto?)

Como me dijo recientemente una amiga: "Lo sé. Todo es extraño. Trata de seguir adelante y solo preocúpate si alguno de los síntomas parece ser canceroso".

Buen consejo, por cierto.

Pero la verdad es que no son mis caderas más grandes lo que me molestan. Siempre tuve una alta tasa metabólica y sabía que no duraría para siempre. Y, a pesar de estar discapacitada por una encefalomielitis miálgica (una enfermedad también conocida como síndrome de fatiga crónica) todavía estoy tonificada. Camino mis dos kilómetros en mi cinta y estoy profundamente contenta de poder seguir caminando.

No me preocupo por las cosas superficiales, como el tamaño del trasero creciente. Soy una mujer educada. Soy feminista. Mi mejor amigo murió hace nueve años y, desde entonces, agradezco cada nuevo día. ¡Vivo en Seattle, por el amor de Dios, un centro de "positividad corporal"! Objetivamente, entiendo la realidad científica: mi cuerpo ya no produce óvulos. Si llega el Apocalipsis, tendrán que repoblar la Tierra sin mí. Y nunca jamás juzgaría el cuerpo de otra mujer de la misma manera que juzgo el mío.

Entonces, ¿por qué no me deleito con mis caderas más curvilíneas? ¿Y por qué no celebro la aparición de los cabellos grises como insignias de mérito por una vida bien vivida?. O cuando descubro nuevas arrugas alrededor de mi cuello y pienso: "¿Qué demonios está pasando aquí?".

Porque, si soy honesta, creo que estas líneas del cuello son horribles. Y pronto aparecerán más, como moscas a la miel. Incluso las partes buenas de la menopausia parecen estar cargadas de morbilidad: durante la mayor parte de mi vida, me resultó molesto afeitarme las piernas, pero ahora miro mis pantorrillas y muslos extrañamente suaves y me pregunto: "Estoy… ¿vieja?".

Sé que a los 51 años no soy vieja y sé que a las feministas bien leídas y que viven en Seattle no les debe importar si son viejas. Tampoco deben preocuparse por el presupuesto para bufandas. Además, en general todo ha transcurrido bastante fácil. Rara vez tengo sofocos, mi cabello grueso y rizado ha retenido su volumen, y los extraños generalmente piensan que soy más joven que mi edad real.

Mi médico clínico recientemente me preguntó: "¿Alguien te dijo algo que te lastimó? Porque comes bien, haces ejercicio y los resultados de tus pruebas, según tus circunstancias, son excelentes. ¿Qué te molesta realmente?".

Tuve entonces que admitir el verdadero problema. Recuerdo lo que pensaba de las mujeres menopáusicas cuando estaba en la universidad. Mi madre y mis tías hablaban abiertamente sobre la menopausia. Eso fue inteligente, emocionalmente saludable. Pero me mortificó de esa manera que solo tus mayores pueden mortificarte. Cada vez que discutían la compra de algo una talla más grande, quería lijar mis huellas dactilares, cambiar mi apellido e irme a la mierda. ¡Era joven! ¡Hacía flexiones cada día! ¡Mis brazos nunca se ablandarían como los de ellas! Yo era invencible.

Jajajaja. Jajajaja.

Entonces, para mí, la menopausia es más que un recordatorio de mi propia mortalidad: también es un recordatorio de mi estupidez juvenil. Haber sido la joven que veía las camisetas sin mangas como un derecho y ahora comprobar el largo de la manga antes de comprar camisetas me obliga a admitir que mi cuerpo está, en más formas de las que creía, fuera de mi control.

Pero estoy viva y aquí. Puedo comer y tengo un hogar seguro. Y todos sabemos que la mayoría de los habitantes del mundo no son tan afortunados. Estoy pasando mi tiempo finito preocupándome por lo que es, en última instancia, algo ridículo.

¿Desearía poder saber todo lo que sé a los 51 y seguir pareciendo de 27? Sí. Sin duda. Me estoy volviendo más sabia. Pero no es como si fuera Sócrates.

Como millones de mujeres antes que yo, me las voy a arreglar.

Pero una pequeña parte de mí siempre anhelará mis hermosas faldas de antaño.

Tal vez el truco sea aprender a aceptar esta debilidad.