(Getty Images)
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Mi hija de 9 años ha participado en una guerra psicológica desde que volví al trabajo.

Durante ocho años trabajé de manera independiente desde la casa. Nunca me perdí una fiesta de fin de curso, fui voluntaria en funciones escolares y la acompañé a una excursión al zoológico junto al resto de su clase. Pero nuestra familia necesitaba más estabilidad financiera, así que cuando hubo una vacante con mi ex empleador, volví como full time.

Mi hija nunca me ha perdonado eso.

Constantemente me dice cosas como "Recuerdo cómo solía ser, cuando podías venir de viaje conmigo". O "¿Recuerdas esa vez que ibas a dirigir una fiesta de San Valentín en mi clase, pero papá tuvo que hacerlo porque ese día empezaste a trabajar?". O bien: "La madre de Meghan vino hoy a clase para participar en un juego de matemáticas. Me gustaría que pudieras hacer eso también".

Y le he pedido perdón muchas veces. Me disculpé por haberme perdido el día del Corazón Sano. Me disculpé por no haber sido voluntaria para el laboratorio de matemáticas. Me he disculpado con explicaciones: a veces dos padres que trabajan son necesarios para mantener a una familia. Intenté dar abrazos y asentir. "Sí, es difícil cuando mamá no está aquí. Lo siento".

Pero recientemente me cansé de decir lo siento. Y empecé a preguntarme si todas estas disculpas le estaban haciendo un flaco favor.

Por supuesto, están las realidades financieras del mundo, de las cuales no siempre puedo protegerla. No soy la única madre que trabaja en su clase, y no somos la única familia que necesita un ingreso doble para poder vivir. Según la Oficina de Estadísticas Laborales, en 2016 el 70,5 por ciento de las mujeres con hijos menores de 18 años trabajaban o estaban buscando trabajo.

Además, hemos tenido la suerte de que su padre, dueño de su propio negocio y con un horario más flexible, ha podido hacer muchas de las cosas que mamá solía hacer, permitiendo que nuestra hija y su hijo de 5 años pasen más tiempo con papá y proporcionar un ejemplo positivo de todos los roles que los hombres pueden llenar. No puedo dejar de pensar que mi hija, que era más joven cuando volví al trabajo y parecía tener menos dificultades con la transición, se beneficia especialmente de ver a su padre administrar muchas tareas domésticas además de su trabajo.

Pero hay algo más que me ha molestado. Sí, volví a trabajar a tiempo completo principalmente por razones financieras. Pero también disfruto de mi trabajo. Es satisfactorio. Pasé cuatro años en la universidad preparándome para mi carrera y luego 10 años desarrollándola antes de trabajar como autónoma después del nacimiento de mi hija. No quiero que piense que tener una carrera es algo por lo que me disculpo.

No quiero que sienta que está haciendo algo mal con su familia si, cuando tenga hijos, quiere seguir trabajando en la profesión que eligió. ¿Qué mensaje envía cuando estoy constantemente diciendo que lo siento por tener una carrera?

La última vez que visitamos a mi abuela de 96 años antes de morir, me mostró un libro muy especial. Era una colección de tarjetas, fotografías y cartas relacionadas con su carrera. Ella se fue a trabajar como archivista en 1961 y, finalmente, se convirtió en gerente, algo poco común para las mujeres en ese momento. Aunque al comienzo estaba nerviosa por ir a trabajar, mi abuelo estaba desempleado y su familia necesitaba el dinero. Ella llegó a amar e identificarse con su trabajo. Las historias de las que sentía más orgullo giraban en torno a su trabajo: las críticas positivas de su jefe, las fiestas de jubilación que planeaba para sus compañeros de trabajo, el momento en que se negó a cruzar un piquete durante una huelga sindical y, sobre todo, el sentimiento general en torno a la oficina de que Evelyn Pearlman fue indispensable.

Cuando pronuncié la elegía en el funeral de mi abuela, me concentré en lo mucho que amaba su trabajo y lo inspirador que eso fue para mí y para otras mujeres de nuestra familia. Mientras hablaba miré a mi madre, a mi tía, a mi tío, a los hijos de mi abuela, y supe que no siempre fue fácil para ellos en la infancia. Mi tía ayudó a criar a sus hermanos menores. Pero a pesar de los desafíos familiares y laborales, su familia estaba cerca y llena de amor. Los estantes de mi abuela estaban llenos de álbumes de fotos de su familia: fiestas de cumpleaños, momentos especiales, viajes que hicieron juntos. Y entre los álbumes de la familia se encontraba ese libro de fanfarronadas que hizo que se le saltaran las lágrimas mientras giraba sus páginas amarillentas, reviviendo esos testamentos de sus logros profesionales: algo que era suyo solo.

Así que hace poco senté a mi hija, y en lugar de disculparme, decidí ponerle un poco de verdad. "Estoy triste porque no puedo verte tanto como me gustaría o estar allí para cada fiesta de clase". Mi hija estaba callada, esperando su oportunidad de compadecerse. "Pero hay algo que debes entender", continué. "Me gusta mi trabajo. Disfruto de lo que hago".

Mi hija asintió.

"¿Qué quieres ser cuando seas mayor?", le pregunté a ella.

"Una actriz o una abogada",  me respondió.

"Bueno, imagina que haces desde pequeños papeles hasta protagónicos. O trabajas en la facultad de derecho y finalmente tomas los casos más importantes que te permiten defender a las personas necesitadas. Y luego tienes hijos. Puedes optar por quedarte en casa con ellos. Y si lo haces, es una elección maravillosa. Pero también puedes optar por seguir actuando o practicando derecho, y tampoco hay nada de malo en esa elección. No es fácil, pero tu vida puede estar tan llena como lo desees ver".

Mi hija estaba callada, luego nos acurrucamos en el sofá y pasamos a hablar sobre algún drama del recreo. Pero he llegado a un punto de inflexión. En lugar de pedirle perdón por mi carrera, pienso involucrarla más, al hablarle más sobre lo que hago y lo que es desafiante y gratificante al respecto. Soy el principal modelo de rol femenino en su vida, y cuando mantengo en secreto lo que disfruto de lo que hago, le oculto lo gratificante que puede ser trabajar para una mujer, incluso para una madre.

Un día, si elige trabajar después de tener hijos, su propia hija puede echarle en cara esa decisión. Y le mostraré mi propio libro, y con suerte recordará que hay satisfacción en este loco intento de encontrar el equilibrio en la vida. Y si eso no la anima, la abrazaré y le daré leches y galletas. Porque que trabaje o no trabaje, siempre será su madre.