James Yorkshire es un descendiente de los “esclavos perdidos” de Georgetown (The Washington Post / Michael S. Williamson)
James Yorkshire es un descendiente de los “esclavos perdidos” de Georgetown (The Washington Post / Michael S. Williamson)

La búsqueda de los esclavos perdidos comenzó con una simple pregunta.

Cada mes, durante dos años, Richard Cellini, fundador de una organización que rastrea descendientes de los esclavos vendidos para salvar la Universidad de Georgetown, había actualizado una hoja de cálculo. Mostró un progreso consistente: más y más descendientes estaban conociendo la verdad: que, en 1838, los sacerdotes jesuitas que dirigían Georgetown habían vendido a sus antepasados a dos propietarios de plantaciones de Louisiana para pagar las deudas universitarias.

Aproximadamente un tercio completo de los esclavos vendidos —en total, 91— no se encontraba en ningún registro histórico de Louisiana. ¿Dónde estaban? La pregunta dio lugar a una sorprendente respuesta: los "esclavos jesuitas perdidos", como Cellini había empezado a llamarlos, no se habían perdido. De hecho, nunca habían salido de Maryland. Por alguna razón, se habían quedado relegados.

La revelación ha dado paso al siguiente capítulo de un proceso histórico en curso que se desarrolló en la Universidad de Georgetown, que en 2016 ofreció un estatus preferencial a los descendientes para expiar su papel en la trata de esclavos. Los investigadores estiman que hay unos 3.000 descendientes vivos de esos 91 esclavos, muchos de los cuales están repartidos por todo Maryland, Virginia y el Distrito de Columbia. La gran mayoría no tiene idea de su relación con una de las principales universidades del país.

Así que Georgetown Memory Project se propuso encontrarlos, y lo hizo mediante una búsqueda ardua en los condados en el sur de Maryland, donde los esclavos habían trabajado en las plantaciones de los jesuitas. Los investigadores están tratando de encontrar a los descendientes desconocidos. Golpean a las puertas, revisan registros históricos y envian correos electrónicos a curiosos lugareños cuyas pruebas de ADN mostraron una posible relación con otros descendientes de los esclavos de Georgetown.

A Cellini le gusta decir que la verdad es asimétrica. Georgetown y los jesuitas tienen las respuestas. Y depende de ellos encontrar su descendencia. 

(The Washington Post / Michael S. Williamson)
(The Washington Post / Michael S. Williamson)

"Todos nosotros hemos sido cómplices de no compartir esta información y cada año que no la compartimos seguimos siendo cómplices", comentó Cellini. "Tenemos una obligación de compartirlo", apostilló.

Algunos esclavos habían huido después de conocer la noticia de su venta, y se escondieron en el bosque, mientras que otros fueron puestos en barcos con destino a Louisiana. Un hombre de 65 años se quedó en tierra porque era demasiado viejo. Otros murieron entre su venta y su envío. Y otros nunca viajaron al sur con el resto, debido a las condiciones inusuales del acuerdo de venta.

(The Washington Post / Michael S. Williamson)
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Para que se llevara a cabo la transacción, los sacerdotes de Georgetown habían necesitado la aprobación del General Superior Jesuita en Roma. Él lo permitió con la condición de que los maridos y las esposas no estuvieran separados, presumiblemente para honrar el sacramento del matrimonio. El problema era que algunos esclavos estaban casados con esclavos pertenecientes a otros propietarios de plantaciones, o estaban casados con hombres y mujeres liberados. Entonces los jesuitas comenzaron a intercambiar esclavos con los dueños de plantaciones locales. Algunos de los que habían sido vendidos originalmente se quedaron atrás, mientras que estos otros esclavos, que nunca aparecieron en el boleto de venta original y que nunca fueron propiedad de los jesuitas, fueron enviados a Louisiana como reemplazos. La confusión sobre qué esclavos irían a Louisiana provocó largas demoras en algunos casos, y algunos esclavos simplemente permanecieron en Maryland.

Casi 200 años después, el único artefacto que conservan algunas de las familias de esta historia son los nombres arrancados de otra época: Cutchember, Sweeton, Yorkshire, nombres que en algún momento pertenecieron a los prominentes esclavistas blancos que habían vendido o donado esclavos de los jesuitas.

La rareza de los nombres ha resultado ser casi la única ruptura que ha seguido el camino de los genealogistas en busca de descendientes. La calidad y la cantidad de los registros históricos son muy variados en todos los estados. Algunos, como Louisiana, con su legado francés y católico, tienen un sólido historial. Pero en otros, como Maryland, el mantenimiento de registros incompletos ha oscurecido las historias de innumerables esclavos.

Una de esas genealogistas, Malissa Ruffner, contactó a un comité de herencia afroamericano en el condado de St. Mary (Maryland) en busca de pistas. Ella preguntó si conocían a alguna persona con el apellido Yorkshire en el área. El comité le habló de un hombre que no era solo Yorkshire, sino que vivía en Yorkshire Lane. Ruffner se decidió a ir, tomó su automóvil y manejó por un camino de tierra que serpenteaba en el bosque.

"Y aquí está Yorkshire Lane" dijo pasando varios remolques, autos de chatarra, señales de advertencia de perros peligrosos y una estatua de la Virgen María.

El camino se bifurcó y llegó otro camino de tierra que conducía hacia un remolque cuya chimenea llevaba humo hacia el cielo nublado. Un hombre alto con manos grandes y una cara amable abrió la puerta delantera del remolque y salió.

Sonrió.

"Bienvenido al ayer", dijo.

Durante varias décadas —no se sabe cuántas— James Timothy Yorkshire, de 83 años, ha vivido dentro de este remolque en el bosque. Se calienta al quemar leña que corta en un horno de hierro fundido. Está aislado de cualquier tecnología salvo la televisión. Nació en 1935, cuando había muchos más Yorkshires poblando Yorkshire Lane.

Cuando tenía un año, sus padres ya no estaban con él. Cree que la tuberculosis mató a su madre a los 22 años. Su padre desapareció quién sabe adónde. Sus ausencias crearon un espacio en blanco en su identidad. Él no sabe cómo era su madre, él no tiene ni una fotografía de ella, y nunca supo el nombre de su padre. Creció pensando que sus abuelos eran sus pares. Cuando descubrió que no lo eran, sintió un vacío que ha permanecido en su interior desde entonces.

Había otras cosas que el hombre no sabía de sí mismo. No sabía por qué lucía de esa manera, o por qué se había criado en la religión católica, o por qué se llamaba Yorkshire, un nombre que pocos en Inglaterra podrían creer que poseía cuando estuvo como soldado en la época de la Guerra de Corea.

Pasaron décadas, y un día, ahora al final de una vida en la que se había acostumbrado a no saber, escuchó el sonido de un teléfono. Bajó la hoja de sierra de que había estado afilando para cortar madera, entró y respondió. Una mujer llamada Malissa Ruffner estaba en el otro lado, diciéndole que trabajaba para algo llamado Georgetown Memory Project. Luego la mujer comenzó a hacerles preguntas sobre su familia.

Él respondió lo mejor que pudo. Comenzó a enumerar cosas del pasado de su familia, que tenía relación con el área de St. Inigoes, donde se tenía constancia de una plantación jesuita. También nombró a miembros del árbol genealógico de Yorkshire. Luego le dijo que creía que probablemente descendía de Alexius Yorkshire, que fue vendido por los jesuitas. Alexius nunca apareció en ningún registro de Louisiana después de la venta y fue identificado como alguien cuyo matrimonio le impidió ir al sur.

Ahora, hablando por tercera vez con su familia, Ruffner pudo confeccionar un árbol genealógico que le relacionaba con los esclavos jesuitas. "Todo esto es increíble", dijo. Por primera vez conocía el apellido de su padre, Hardy.

Luego, ella abrió una caja de AncestryDNA y le entregó un tubo de plástico. Le dijo que quería estar segura.

"Una de las cosas por las que vine aquí a preguntar fue por esta prueba de ADN", dijo Ruffner, entregándole el frasco para proporcionar saliva.

"No tengo problema", dijo, y lo tomó.

Los descendientes de los esclavos de Georgetown están siendo identificados de dos maneras. La primera es un procedimiento que une un árbol genealógico a través de certificados de nacimiento, registros de defunción y otros documentos, y luego se comunica con el descendiente vivo. El segundo método ilustra la democratización de las pruebas de ADN en Estados Unidos. Los posibles descendientes hacen una prueba genética y descubren que pueden estar relacionados con otros descendientes de los esclavos de Georgetown que también se han hecho la prueba. Luego se preguntan sobre su pasado y eventualmente se contactan con el proyecto de Georgetown.

Eso fue lo que sucedió a principios del mes pasado a Lynn Locklear Nehemiah, dentista del distrito. Sus resultados de ADN mostraron que está relacionada con otros descendientes, un descubrimiento que reajustó lo que creía conocer de su familia. Ella sabía que hacía tiempo que sus antepasados habían trabajado en Georgetown como cocineros, pero consideraba que ese hecho como un logro: eran chefs muy respetados y excelentes. Ahora estaba descubriendo un secreto que desmentía la historia. Ella tenía un antepasado, Louisa Mahoney Mason, que cuando era niña se escondió en el bosque mientras que otros niños fueron enviados a Louisiana, de acuerdo con los relatos históricos.

"Apenas puedo imaginarme el terror", dijo Locklear Nehemiah sobre su antepasado. Ella comenzó a recordar a los miembros de su propia familia, algunos de los cuales habrían tenido vidas diferentes si no hubieran cargado con tanto trauma histórico. Pero luego se dio cuenta de que todo esto también podría ser un punto de partida, el comienzo de algo nuevo.

Su hijo tiene 17 años y estudia en la universidad. "Georgetown es bastante competitiva", afirma. Pero tal vez el estado podría darle una situación ventajosa.

Ruffner le preguntó a Yorkshire acerca de sus hijos, a los que rara vez ve, y sus nietos, algunos de los cuales pronto podrán ir a la universidad. ¿No le gustaría alertarlos? ¿No podría uno de ellos potencialmente usar el estatus preferencial e intentar ingresar a Georgetown?

Dijo que no lo contaría. La verdad y la carga de saberlo era solo suya. Nadie más tenía que saberlo.

Si los jesuitas hubieran querido hacer las paces, dijo, deberían haberlo hecho hace décadas. Deberían haber ayudado a su abuela o a su madre. Ahora tiene 83 años, todos los que lo precedieron han muerto hace mucho tiempo y ya es demasiado tarde.

"No estoy enojado con los jesuitas", señaló. "Pero son tan falsos. ¿Dónde están los sacerdotes negros aquí? No hay ninguno. Entonces, ¿cómo me siento? ¿Cómo puedo decir eso? Me siento aliviado". El espacio en blanco dejado por las ausencias de sus padres finalmente se llenaba.