(The Washington Post / Charlie Shoemaker)
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Ciudad del Cabo, Sudáfrica – ¿Qué hacer cuando tu ciudad se está quedando sin agua? La respuesta, al menos en unos de los países con más desigualdad del mundo, depende cuánto dinero tengas.

En los próximos meses, los grifos de Ciudad del Cabo podrían dejar de echar agua como resultado de una prolongada sequía y una falla del gobierno para proporcionar una fuente de agua alternativa a esta ciudad de 4 millones de habitantes. Ahora los residentes están luchando para encontrar sus propias soluciones privadas.

Para los ricos eso significa contratar empresas para cavar pozos. Significa comprar camiones cargados de agua embotellada, incluso a precios inflados. Significa ordenar máquinas de desalinización para que el agua subterránea sea potable o lo suficientemente segura como para llenar una piscina.

Para los pobres, significa esperar a ver qué se le ocurre al gobierno, y contemplar si uno puede permitirse reducir los alimentos para poder comprar agua.

En la historia moderna, ninguna ciudad del mundo desarrollado se ha quedado sin agua alguna vez. La experiencia de Ciudad del Cabo, entonces, puede ser una prueba de la forma en que las personas en los extremos opuestos de la brecha de ingresos del siglo XXI acceden a los recursos más básicos en los momentos más difíciles.

"La inequidad se presenta en el agua, obviamente, y lo que estamos viendo en Ciudad del Cabo corre el riesgo de convertirse en un ejemplo de eso", dice Giulio Boccaletti, director general mundial de agua de Nature Conservancy. "El contrato social se rompe si los ricos encuentran su propia solución y dejan que el resto se las arreglen solos".

(The Washington Post / Charlie Shoemaker)
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A pocos kilómetros de la resplandeciente costa de la ciudad, Portia Ngqulana, de 33 años, se sentó en su casa del asentamiento Gugulethu, una aglomeración de pequeñas casas de concreto y chabolas donde el agua llega a través de grifos comunitarios, cada uno compartido por unas 200 personas. Hasta ahora sigue fluyendo agua la mayor parte del día.

"Si el agua se detiene ¿qué podemos hacer? Supongo que comeremos menos y encontraremos la manera de comprar botellas", dice.

Asentamientos como el de Gugulethu han sido marginados durante mucho tiempo. Durante décadas de gobierno de minoría blanca, las personas de raza negra fueron reubicadas a la fuerza en esos lugares, y los residentes, frecuentemente, se enfrentaron a la policía. En 1986, las fuerzas de seguridad en Gugulethu mataron a siete jóvenes activistas negros, un hito en la lucha contra el apartheid.

Incluso después de ese episodio y la elección de Nelson Mandela, el vecindario permaneció pobre y descuidado. Los grifos públicos de agua fueron algunos de los escasos ejemplos de asistencia gubernamental.

"No sé qué haremos si deja de fluir", dice Richard Ndabezitha, de 60 años, que vive con una pensión del gobierno de USD 200 al mes.

En otras partes de la ciudad, la escasez de agua ha provocado un aumento en el gasto, con familias que invierten millones de dólares para aislarse de la sequía.

(The Washington Post / Charlie Shoemaker)
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Por USD 6,000 se puede hacer una perforación, aprovechando los depósitos submarinos. Por USD 2,000, una compañía vende una máquina que pretende convertir la humedad del aire en agua potable. Por USD 400, las personas pueden comprar lavadoras especiales que usan pequeñas cantidades de agua. En el área más exclusiva, el agua embotellada se ha estado vendiendo.

"La lección es que no puedes confiar en que el gobierno te proporcione agua", dice Gabby De Wet, cuya familia es propietaria de De Wet's Wellpoints and Bareholes. La compañía ahora coloca a los nuevos clientes en una lista de espera y dice que no confía en atender a las solicitudes hasta septiembre. "La gente está haciendo las cosas por propia iniciativa", comenta.

El año pasado, el Banco Mundial encuestó a 154 países y determinó que Sudáfrica tenía el coeficiente de Gini más alto del mundo, una medida común para analizar la desigualdad. El 10 por ciento de la población posee más del 90 por ciento de la riqueza del país, según Anna Orthofer, profesora de la Universidad de Stellenbosch en Sudáfrica.

Ciudad del Cabo es una ilustración notable de esas estadísticas. El año pasado, un puñado de casas con vistas al Océano Atlántico se vendieron por alrededor de USD 10 millones cada una. Un hotel de lujo abrió sus puertas ofreciendo su suite superior por USD 10,000 la noche. A quince minutos, en el asentamiento de Khayelitsha, el ingreso per cápita es de menos de USD 2,000 al año.

(The Washington Post / Charlie Shoemaker)
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La desigualdad, ahí, a menudo se radicaliza, con los blancos concentrados en los enclaves más ricos de la ciudad. El gobierno dice que los asentamientos informales y pobres tendrán prioridad en su plan de distribución de agua de emergencia. Hasta el momento, debido a la escasez, la ciudad ha impuesto un límite de consumo diario de 50 litros por persona.

"La ciudad es muy consciente de la necesidad de ser sensible con los vulnerables y los pobres", dice Xanthea Liberg, funcionaria del ayuntamiento de Ciudad del Cabo a cargo de los servicios de agua y desechos. Según el plan de desastres de la ciudad, los asentamientos recibirán agua mientras esté disponible para evitar que las enfermedades se propaguen a través de áreas densamente pobladas. En un principio se esperaba que Ciudad del Cabo se iba a quedar sin agua en abril, pero gracias a la conservación, ese potencial "Día Cero" se ha retrasado hasta julio, según informan los funcionarios.

En Estados Unidos y Europa, hasta principios del siglo XX, el agua limpia se suministraba, en gran parte, a los hogares mediante pozos y servicios públicos, y los residentes pobres, a menudo, tenían menos acceso a ella. El resultado fueron brotes frecuentes de enfermedades, como el cólera, en lugares que tenían un saneamiento deficiente. A principios de 1900, los planificdores urbanos comenzaron a considerar el agua como un bien público, distribuido sin tener en cuenta el estado económico y financiado por una amplia base tributaria. Cuando se acaba el agua, ese sistema y su filosofía subyacente podrían debilitarse.

La escasez de agua dista mucho de ser el único ejemplo de cómo las comunidades más pobres de Ciudad del Cabo han luchado por los servicios básicos. Un poco más de la mitad de las casas en Gugulethu tienen retretes, una muestra de la situación del país. Pero la crisis actual ha puesto de relieve la brecha de riqueza de la ciudad.

(The Washington Post / Charlie Shoemaker)
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Los funcionarios de Ciudad del Cabo han tratado de responder de manera democrática, abriendo manantiales naturales en la base de Table Mountain a cualquiera que tenga un depósito de agua. Hace unos días, varias personas de diferentes razas y antecedentes económicos formaron colas para llenarlos.

Pero esos manantiales están a kilómetros de los asentamientos de la ciudad y no hay transporte público disponible.

"¿Cómo vamos a llegar allá?", se preguntaba Ndabezitha.

Para algunos de los residentes más pobres de la ciudad, el otro claro recordatorio de la desigualdad se relaciona con la forma en que se usa el agua. Cuando Andiswa Maxakata, una residente desempleada de Gugulethu, viaja a través de los suburbios ricos de la ciudad, ve piscinas y campos de golf.

"¡Están usando agua para llenar sus piscinas! Es por eso que no nos queda nada", explica.

Aún así, agrega, "si tuviera opción, yo también lo estaría llenando" .

A unos pocos kilómetros de Gugulethu, en el suburbio de Table Biew, Carsten Hensel, de 31 años, tiene instalado un pozo en su patio trasero junto a su piscina. Le costó USD 700.

"En realidad es bastante barato", dice.

(The Washington Post / Charlie Shoemaker)
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Hensel aún no está seguro de si usar el agua para llenar la piscina o para regar su jardín. Pero él lo tiene por si la situación de agua empeora.

"A largo plazo no habrá otra solución", explica.

Doug Cloete, de 48, es un consultor de telecomunicaciones. Creció en una familia pobre, por lo que es lo suficientemente prudente para ser consciente del costo del agua. Por eso, él y sus dos hermanos se turnan para bañarse en el mismo agua antes de drenar la bañera.

"Creo que soy de clase media. Tenemos recursos que la mayoría de la gente no tiene. Ahora podemos almacenar agua", comenta.

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A medida que la sequía se hizo más evidente a lo largo del año pasado, y la gente comenzó a hablar sobre la posibilidad de escasez de agua, Cloete compró 250 litros de agua embotellada por USD 65, y llenó toda una habitación de su casa situada en el suburbio de Bothasig. También instaló un pozo para extraer agua del subsuelo.

Siempre había sido consciente de su privilegio relativo. Con la crisis del agua amenazante, esa consciencia se hizo más evidente.

"Hay una gran parte de la comunidad que no tiene este ingreso disponible. No pueden permitirse prepararse para lo peor", comenta.