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Tenía 23 años cuando me decidí decirle a alguien que estaba enamorado.

Era la víspera de Año Nuevo, cuando faltaban 45 minutos para el 2014. Había tomado whisky y me había comprometido a ser más valiente con la entrada de un nuevo año. Le dije a un chico, al que conocía hacía poco más de un año, que fuera a sentarse conmigo afuera. Luego empecé a decirle todo en una conversación que duró entre siete y doce minutos. Sin embargo, mi confesión temblorosa no ayudaba al romance.

Tres años después aún me cuesta decir a alguien que me interesa. Pero lo estoy intentando. Recientemente estuve bebiendo con alguien que me gusta de la universidad. Después de unas cuantas rondas me sentí lo suficientemente capacitado como para hablar de mis sentimientos. "¡Cállate!", me dijo. "Estaba muy enamorado de ti. Asumí que, por cómo eres, si hubieses estado enamorado de mi me lo hubieses dicho".

¿Por cómo soy? La mayoría de la gente que conozco piensa que soy el alma de la fiesta. No siento que soy más que nadie cuando estoy con otras personas, ya sea en una biblioteca, en una cena o tomando una copa de vino. Es fácil asumirlo porque soy así en una parte de mi vida, pero no en todas.

Pero en realidad tengo un miedo al rechazo, por lo que me he tomado las citas como un auténtico desafío. Prefiero estar con mi familia religiosa y republicana todos los días a que alguien que me atrae me rechace. Lo que pasa por mi cabeza es: no me gradué con maestría, obtuve un trabajo perfecto, me mudé a la ciudad de mis sueños y encontré una comunidad fantástica como para que un tonto me diga que me ve solo como amigo.

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Sin embargo, he estado tratando de silenciar esa voz y ser un poco más arriesgado. Por eso, el pasado invierno decidí que ya era hora de ser valiente. Había conocido a alguien en la fiesta de un amigo en común. Estaba un rincón hablando con una chica.

Al verlo, me interesé por él y decidí jugar. Eso también me daría la oportunidad de asegurarme de que no era una atracción pasajera y que realmente estaba interesado.

Estuvimos juntos los siguientes meses, la mayoría de las veces en grupo, pero siempre nos las arreglábamos para acabar hablando entre nosotros. Estaba tan fascinado con él que incluso me hubiera quedado para escucharlo hablar sobre la Convención de Ginebra. Fuimos a tomar algo y nos dimos cuenta de que teníamos cosas en común.

En vez de decirle cómo me sentía, decidí enviarle un dinosaurio dorado acompañado de una nota que decía: "Estoy enamorado de ti. Así que aquí está tu regalo". Esperé.

Me encantaría decir que estamos saliendo o que lo hicimos. Al día siguiente en mi teléfono vi un mensaje que decía: "No sé si lo viste en persona, pero el dinosaurio es increíble. Gracias por dejarme saber cómo te sientes. No veo más allá de nuestra amistad, aunque ese detalle fue muy dulce".

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Mi pensamiento inicial fue: "debo cambiarme de nombre y alejarme". Después de un tiempo, me calmé y pensé que sería ridículo. Me fui a dar un paseo, me tomé un helado de café y fumé un cigarrillo en el primer día de primavera. "Si lo peor de decirle a alguien sobre amilo que sientes sirve para darme cuenta de que soy importante para ellos, aunque no de la manera que esperaba, al menos valdrá la pena".

Sea cual sea el resultado, valía la pena explicarle cómo me sentía porque, al menos, tenía la oportunidad de cultivar la relación, aunque no sea lo que he estado pensando en mi cabeza. No se si estoy seguro si algún día se dará, pero entender el valor de este riesgo lo ha hecho un poco más fácil.