Afganistán: un “tsunami silencioso” de adictas al opio

Por Pamela Constable

Una mujer en el Centro Nacional para el Tratamiento de la Adicción de Mujeres y Niños en Kabul. (Andrew Quilty / The Washington Post)
Una mujer en el Centro Nacional para el Tratamiento de la Adicción de Mujeres y Niños en Kabul. (Andrew Quilty / The Washington Post)

Una mañana, tres individuos con bata blanca de laboratorio bajan hasta la capital afgana. Se abren paso entre basura y cientos de hombres acurrucados ahí, iluminados por fósforos.

Los médicos se dirigían a una solitaria tienda cerca del río, donde sabían que había una adicta llamada Marzia que dormía sola. Se acercan sigilosamente, le dicen que habían venido a ayudarla. Se escucharon gritos: "¡Váyanse! ¡Déjenme en paz!". De repente, la joven abrió la puerta y arrojó varios escombros.

La adicción a las drogas en Afganistán estaba muy limitada a los hombres que participaron o fueron refugiados en la guerra de Irán. Ahora se ha convertido en un problema nacional que afecta a millones de personas, entre ellas un número creciente de mujeres y niños.

Durante los últimos cinco años los programas de erradicación y sustitución de cultivos han ido terminando debido a la falta de financiación externa y al aumento de los ataques de la insurgencia. A consecuencia de eso, decenas de miles de agricultores han vuelto al lucrativo negocio del cultivo de amapolas de opio. El año pasado, 420.000 hectáreas fueron destinadas a las amapolas; la producción de opio aumentó un 43% en 2015, hasta llegar a las 4.800 toneladas, según la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito.

Las mujeres más jóvenes deambulan por la colonia de adictos de Pule Sukhta (Andrew Quilty / The Washington Post)
Las mujeres más jóvenes deambulan por la colonia de adictos de Pule Sukhta (Andrew Quilty / The Washington Post)

La mayor parte del opio afgano se vende para la exportación y el comercio de heroína en Europa y Rusia, con un valor de ingresos estimado de casi USD 1.000 milllones. El auge, sin embargo, ha supuesto una fuerte caída de los precios de las drogas, mientras que el desempleo y la ansiedad de los últimos años han provocado un escape hacia la drogadicción.

En 2010 un grupo de expertos de la Universidad de Los Ángeles estimó que en Afganistán había cerca de un millón de personas que consumían drogas de forma habitual. La mayoría de ellos utilizaban el opio como una "especie de automedicación contra las dificultades de la vida". Los investigadores advirtieron que la adicción estaba "siguiendo el mismo crecimiento abultado que la producción de opio". En 2015, el número de adictos se había disparado hasta los tres millones, lo que supone un 12% de la población, y muchos de ellos utilizaban heroína.

Esta problemática ha llegado a la policía y las agencias de salud pública. Se pueden ver hombres desmayados en cualquier acera de Kabul. Los pocos centros de tratamiento están constantemente llenos.

El Centro Nacional para el Tratamiento de la Adicción de Mujeres y Niños en Kabul permite que sus pacientes estén ahí durante 45 días sin costo. (Andrew Quilty / The Washington Post)
El Centro Nacional para el Tratamiento de la Adicción de Mujeres y Niños en Kabul permite que sus pacientes estén ahí durante 45 días sin costo. (Andrew Quilty / The Washington Post)

Sin embargo, el aspecto más sorprendente del boom de la droga sigue oculto. Decenas de miles de mujeres afganas, confinadas en sus hogares por la tradición, dependen de hombres adictos y, por eso, terminan también por sucumbir. Esto ha creado un fenómeno creciente en muchos hogares que giran alrededor de la droga, donde las relaciones familiares, la estabilidad económica y las tradiciones sociales penden de un hilo.

"Es un tsunami silencioso y, si no se controla, en pocos años será un desastre", alertó Shaista Hakim, un médico y especialista en rehabilitación de drogas que trabaja en el Centro Nacional para el Tratamiento de la Adicción para Mujeres y Niños en Kabul, recientemente inaugurado.

Durante la época de los talibán, cuando la droga estaba prohibida, "difícilmente se podía encontrar a una mujer usando hachís y, mucho más raro era el opio", reveló Hakim. Pero en los últimos cinco años el número de mujeres se ha triplicado. "Son tan vulnerables que su adicción involucra a toda la familia, por lo que todos los miembros deben ser tratados", comenta.

Una mujer, en tratamiento, intenta controlar sus emociones en el centro de rehabilitación. (Andrew Quilty / The Washington Post)
Una mujer, en tratamiento, intenta controlar sus emociones en el centro de rehabilitación. (Andrew Quilty / The Washington Post)

Según los expertos, la mayoría de las adictas afganas son introducidas al mundo de las drogas por sus maridos o parientes varones. Las tradiciones musulmanas y las rutinas diarias, incluyendo el papel de las mujeres como esposas y madres dedicadas, hace que estas mujeres se vean envueltas por el frenesí de las drogas.

Algunas de ellas se convierten en prostitutas y otras en ladronas. A los niños se les da opio para mantenerlos callados y para que mendiguen. Además se los entrega a orfanatos o se los vende para comprar drogas. En su vertiente más desesperada, las más jóvenes deambulan por la infame colonia de adictos de Pule Sukhta, al suroeste de Kabul, donde pueden compartir una pipa, comprar una bolsa de heroína por unos pocos centavos y esconderse del mundo.

Los niños quedan separados de sus madres para que puedan jugar y estudiar, aunque algunos también están bajo tratamiento por adicción. (Andrew Quilty / The Washington Post)
Los niños quedan separados de sus madres para que puedan jugar y estudiar, aunque algunos también están bajo tratamiento por adicción. (Andrew Quilty / The Washington Post)

"Las mujeres adictas se sientes seguras allí, rodeadas de hombres, aunque es peligroso y algunos abusan de ellas", relata Hakim, que visita regularmente ese área con algunos de sus compañeros de trabajo. "Si vienen con nosotros, les podremos ayudar a recuperarse pero, entonces, tienen que pasar la vergüenza de ser identificadas como adictas. Para una mujer de nuestra sociedad, eso es mucho peor", apunta.

El nuevo centro de rehabilitación, administrado por el Ministerio de Salud Pública pero financiado en gran parte por el gobierno de los Estados Unidos, alberga y somete a las mujeres a un tratamiento de desintoxicación durante 45 días sin costo alguno. Las instalaciones están cerradas y protegidas. No se permite que ninguna mujer pueda salir y tampoco que ningún hombre pueda entrar, excepto las visitas limitadas. Los niños son bienvenidos si se quedan, pero están separados de sus madres para que puedan jugar y estudiar, aunque algunos también están bajo tratamiento por adicción.

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