Cómo los padres pueden desarrollar paciencia y empatía con sus hijos

Por Lauren Knight
(Pixabay)

Trece minutos después de dejar a mi marido en el aeropuerto, me encontré en apuros con mi cariñoso pero terco hijo. Todo comenzó como las batallas anteriores: con una elección con límites establecidos.

Cuando surgen estos conflictos, suelen ser cosas pequeñas. Esta vez fue cuando tuvo que elegir entre tomarse una jugo de frutas en ese momento o más tarde. La cosa era que, obviamente, no podía tener ambas.

Me parece necesario crear dicho preámbulo. No para estropearlo, porque tampoco es un mocoso. Ni tan siquiera estoy tratando de analizar las pequeñas luchas diarias en un momento en el que quiero ser una buena madre. Este simple pero potente conflicto representaba más que una lucha de poder entre madre e hijo. Fue una oportunidad para construir confianza, solidificar fronteras, reforzar el amor y la comprensión y ayudar a un niño a poner en práctica sus habilidades de pensamiento crítico en medio de emociones fuertes (tanto por una parte como por la otra). En un momento de conflicto, con las emociones a flor de piel, es un momento de enseñanza.

Había prometido a mis tres chicos que iríamos a desayunar y que después iríamos al parque. Cuando llegamos a la acera de la cafetería a la que solemos ir los fines de semana, les recordé que si decidían comprar una bebida ahora, tendrían que beber agua más tarde para el picnic que habíamos planificado. Es una regla a la que siempre hacemos alusión: todas las cosas con moderación, especialmente los dulces. Mis otros dos chicos aceptaron el trato y saltaron del coche.

Mi hijo de siete años, todavía con el cinturón de seguridad abrochado, sopesó las opciones. Luego se sintió abrumado por la elección y empezó a llorar. A pesar de hacer todo lo que podía, su nerviosismo iba a más y empezó a aullar de indignación. Pensé en cancelar el desayuno, pero mis otros dos pequeños habían estado esperando este plan y, la verdad, no pensaba que eso iba a durar mucho. Tampoco quería que ellos se resintieran con su hermano. Así que le di un poco de dinero a mi hijo de nueve años y lo mandé a él y a su hermano de cinco a la cafetería. Les dije que se sentaran junto a la ventana, para que pudiera verlos. Salí del auto y me puse enfrente de la puerta trasera tratando de hablar cariñosamente a mi hijo, que estaba muy angustiado.

No era fácil. Estaba molesto. En mi opinión más racional, ese no tenía que ser un gran problema. "¡Por Dios, era solo una bebida!". Pero esos pensamientos no me ayudaron a mantener la calma ni la empatía, aunque intenté que la situación no pasara a mayores. Estaba con mi hijo, a quién quiero mucho, molesto. Esto era real para él.

"¡No puedo decidir! ¡Quiero las dos!", gritó.

"Entiendo que es difícil escoger, pero tener dos bebidas dulces en un día no es una opción. Podrías beber agua y luego tomarte un refresco más tarde. Pero no haremos las dos cosas", repliqué.

Lo tomé como una carrera de fondo y como un desafío para poner a prueba mi paciencia. Di un vistazo a la ventana de la cafetería y allí podía ver a mi hijo menor con su sombrero de tigre y su capa negra observándonos mientras comía un panecillo. Mi hijo mayor me saludó con la mano y con el pulgar hacia arriba.

(Wikimedia)

Había una pareja de ancianos sentados en una mesa, afuera en la terraza. Me di cuenta de que nos estaban viendo, pero hicieron como si nada. Los minutos pasaban. Intentaba mantener la paciencia, recordando a mi hijo que sus hermanos estaban adentro y que seguramente querían que nos juntáramos todos.

"Déjame en el coche, no quiero entrar", contestó entre lágrimas.

"Sé que estás avergonzado y abrumado, pero no puedo dejarte en el auto solo. Es algo que no está permitido, así que cuando se te pase iremos con tus hermanos adentro", le dije mientras le acariciaba la espalda.

Pero esto duró varios minutos más, que ya se hacían eternos. Se negaba a salir del vehículo. Di unos pasos hacia atrás, me alejé y le dije: "Avísame cuando estés listo". Esperé. Gritó.

La mujer de la pareja de abuelos que estaban sentados afuera se acercó, muy lentamente, hacia mí. Estaba nerviosa, sin saber qué iba a pasar. Cuando estaba a pocos metros de distancia, empezó a hablar.

(iStock)

"Solo quería que supieras que realmente admiro cómo estás manejando esta situación. Tus otros dos muchachos están bien. Tengo dos hijas, de 24 y 26 años. Nunca fui los suficientemente valiente como para hacer eso que estás haciendo. Ojalá lo hubiera sido, estás haciendo un trabajo increíble. Eres una madre muy buena", me dijo.

Mis ojos empezaron a llenarse de lágrimas. Mi hijo, curioso, dejó de llorar para escuchar a la mujer.

Le di las gracias y respiré profundamente. Me di la vuelta y miré a mi hijo, que poco a poco recuperaba su aliento después de un grito tan fuerte. Se le veía muy triste, muy incómodo, pero estaba llegando al límite para seguir adelante.

En medio de toda la frustración, tuve un momento de lucidez. Fue algo pequeño, pero inmensamente importante. Le estaba enseñando a mi hijo que estaba allí por él y que sus sentimientos me importaban. No estaba gritando con él ni tampoco le estaba dando un ultimátum, amenazándolo con quitarle algo si no acababa con la rabieta. Estaba poniendo a prueba sus sentimientos, incluso si parecían ridículos. Pensé en otros momentos en los que había sido tan paciente: cuando me levanté gritando "'¡Basta!" y dando por zanjado el asunto. Eso no terminó bien y sus gritos y lloros fueron tan intensos que atrajo la atención indeseada de un extraño, que pensó que la rabieta era porque yo le estaba dañando.

(IStock)

Ese día aprendí que lo que importa no es la autoridad parental. Tener razón, ser escuchado y ser obedecido no importa. El punto es este: estoy aquí para ayudar a mis hijos y guiarlos a través de las emociones fuertes, no para que se encierren en sí mismos. No estoy aquí para juzgar la fuerza de sus sentimientos. Estoy aquí para ayudarlos a entender el mundo, con todas las oportunidades y decepciones, y para controlar la empatía que quiero que muestren a los otros a medida que van siendo unos jóvenes más fuertes. Estoy aquí para amarlos, y para estar con ellos. Para enseñarles que hay consecuencias y límites.

Esta vez, mi hijo supo controlar sus emociones y se calmó gracias a unas palabras más suaves y con unos golpecitos en la espalda. Tomé su mano y lo agarré. Se desabrochó el cinturón de seguridad y me permitió llevarlo a la acera. Entramos de la mano a la tienda. Él ordenó una bebida de jugo de fruta, que se ahorró para el picnic.

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