Llegaron a California desde México para recoger uvas, hoy poseen viñedos

Por Dave McIntyre
Leticia Trejo, Reynaldo Robledo y Lázaro Robledo de Robledo Family Winery. Reynaldo fue el primer trabajador migrante mexicanoamericano en abrir su propio lugar de degustación. (Foto: Marvin Joseph de The Washington Post).

En un fresco domingo de abril, afuera de Robledo Family Winery, al sur de Sonoma, las banderas de Estados Unidos y México saludaban al viento que soplaba desde la Bahía de San Pablo. Una tercera bandera mostraba con orgullo el logo del viñedo. Las banderas representan los tres temas principales en la vida de Reynaldo Robledo y muchos otros mexicanos trabajadores e inmigrantes quienes han ayudado a formar la industria del vino en California: patrimonio, oportunidad y familia.

En febrero de 1968, cuando Reynaldo tenía tan solo 16 años, se trasladó a trabajar a los campos de Napa Valley para podar las vides del viñedo Christian Brothers. Robledo se encontraba comprensiblemente insatisfecho con su salario de solo USD 1,10 por hora parte de un acuerdo mediante el cual trabajaba un mínimo de 10 horas al día, seis días a la semana. "Necesitaba ayudar a mi familia", dijo. "Yo quería ser el jefe, así que trabajé horas extra sin paga para poder aprenderlo todo".

Y eso hizo. Cuarenta años después, en el 2008, sus vinos se servían en la Casa Blanca, uno de los muchos honores que se le han otorgado a su aclamada bodega de vinos.

Robledo es parte de una pequeña comunidad en crecimiento de familias mexicanoamericanas que comenzaron como trabajadores migrantes y ahora son dueños de sus propios viñedos. Estos salieron de esa fuerza laboral invisible que podaba las vides durante los fríos inviernos y las cuidaban bajo el candente sol de verano.  Solemos leer sobre ellos cuando colapsan debido al agotamiento producido por el calor que azota el Valle Central de California o cuando mueren por un accidente en las bodegas. Pero es muy raro verlos en revistas que exaltan el estilo de vida lujoso de las bodegas de vino.

Este mes, el Museo Nacional de Historia Estadounidense del Instituto Smithsonian destacó a cinco familias durante la cena anual de recaudación de fondos de sus vinicultores. A la distancia sus historias se parecen, pero cada una cuenta con sus detalles únicos.

"Su historia es el viaje", dijo Steve Velásquez, quien investiga a los vinicultores mexicanoamericanos para el American Food History Project.  "Un viaje desde México hasta Estados Unidos para trabajar en la agricultura, de un puñado de familias a una comunidad próspera de mexicanoamericanos, de viñeros a dueños de bodegas… Estas familias representan a los mexicanoamericanos que en un momento solo apoyaron una industria, pero ahora ayudan a darle forma".

Amelia Morán Ceja de Ceja Vineyards y su hija, Dalia. (Foto por: Marvin Joseph de The Washington Post ).

Amelia Morán Ceja, dueña de Cejas Vineyards, intentó no llorar cuando dijo en la cena del Smithsonian: "Yo represento el sueño americano".

Cuando en septiembre de 1967 Amelia Morán Ceja se mudó de Jalisco, México a Rutherford, California, trabajaba en los viñedos luego de salir de la escuela. Su padre Felipe era gerente de Oakville Vineyard Management, los encargados de cuidar para la bodega de Robert Mondavi (quien se convirtió en el viticultor más influyente en California) el famoso viñedo, To Kalon.

Amelia, quien tenía 12 años en aquel momento, recordó que disfrutaba el trabajo y cuando conoció a Pedro Ceja, un jovencito de su edad que acababa de llegar de México, con el que se casó luego.  También recordó que le gustaba el vino cabernet de To Kalon.

"Pedro le cuenta a todo el mundo que durante las primeras dos horas me comía las uvas.  ¡Y es cierto!", dijo ella.

Hoy día, Ceja es una embajadora entusiasta de la cocina mexicana.  Graba en video cómo hacer recetas mexicanas y brinda demostraciones en televisión. "Quiero tomar lo mejor de la cultura mexicana, no las cosas machistas, eso no es bueno, e incorporarlo con lo mejor de mi país adoptivo", indicó.

Amelia, de 61 años, es la primera mujer mexicanoamericana en ser presidente de una bodega de vinos en California. Fue cofundadora de Ceja Vineyards en 1999, junto con Pedro y su hermano Armando, el enólogo.

Gustavo Brambila de Gustavo Wine y su hijo, Lorin (camisa azul). (Foto por: Marvin Joseph de The Washington Post).

Otra historia de éxito es la de Gustavo Brambila, de Gustavo Wine. Este solo tenía tres años cuando su padre llevó a la familia de México a Rutherford, el corazón de Napa Valley. Cuando tenía solo 13 años, Brambila comenzó a trabajar en los viñedos, pero solo duró un día. Era la cosecha de 1968 y fue contratado para ayudar a los empleados que su padre supervisaba en Beaulieu Vineyard.

"Fue brutal. Significó tener que soportar la humillación y un trabajo agotador", dijo. "Trabajaban tan duro y tan rápido que no pude seguirles el paso. El supervisor (un amigo de su padre) simplemente seguía dando órdenes, sin mostrar respeto por los trabajadores".

Así que Brambila consiguió un trabajo como jardinero. Pero luego tuvo que volver a los viñedos.

Con los años, Brambila entró al programa de vinicultura y enología de la Universidad de California en Davis donde se convirtió en uno de los primeros estudiantes mexicoamericanos en obtener una licenciatura en ciencias de la fermentación.

Luego, consiguió un trabajo con Mike Grgich, el enólogo del Chateau Montelena. Y fue estando allí cuando en 1976 llegó de Francia la noticia de que el vino chardonnay de la bodega había superado a los burgundies blancos en una degustación que luego se conoció como el "Juicio de París", el que dicen que le abrió las puertas a los productores de vino del Nuevo Mundo.

Brambila, ahora de 63 años, tiene sus instalaciones en un almacén ubicado en un parque industrial cerca de los límites de la ciudad de Napa donde no tiene que acogerse a la cantidad de restricciones que el condado de Napa le impone a las bodegas de vino.

Rolando y Lorena Herrera de Mi Sueño Winery. (Foto por Marvin Joseph de The Washington Post).

Por su parte, la historia de Rolando Herrera, oriundo de Michoacán, México y propietario de Mi Sueño Winery, se enmarca en la desobediencia. Durante el verano de 1985, consiguió un trabajo picando piedras en Stag's Leap Wine Cellars para construir una pared alrededor de la casa del enólogo Warren Winiarski.

"Le dijeron a los trabajadores que no miraran a El Señor", recordó Winiarski. "Pero ese jovencito hizo contacto visual, y había algo en sus ojos que decía, 'Soy capaz de mucho más que esto'. Así que cuando se hizo la pared le ofrecí un trabajo en la bodega".

Herrera trabajó en Stag's Leap durante 10 años. Mientras terminaba la escuela secundaria y sus estudios universitarios, aprendió los trucos de su nueva profesión. En 1997 comenzó a hacer su propio vino al que llamó "Mi sueño". Hoy día todavía produce vinos para otras bodegas.

A sus 50 años, Rolando aún mantiene esa inquietud de que todavía le quedan cosas por hacer. Su próximo proyecto será sembrar vides y construir una bodega en un terreno de 20 acres para su segundo sello, Herrera, en Mount Veeder.

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