Foto por Hara Taketo / EyeEm vía Getty
Foto por Hara Taketo / EyeEm vía Getty

Quería darme a mí misma un nuevo comienzo en lugar de revivir mi trauma repetidamente. Quería ser vista como una mujer que estaba persiguiendo sus sueños.

Estados Unidos – El pasado jueves, Brett Kavanaugh y la Dra. Christine Blasey Ford testificaron en una audiencia del Senado después de que Ford acusara al nominado a la Corte Suprema de abusar de ella hace 36 años, cuando ambos eran adolescentes. Después de que el lapso de tiempo entre el abuso y la decisión de Ford de comparecer fue cuestionado por críticos que buscaron desacreditarla con el motivo de que no habló antes, muchos sobrevivientes de abusos sexuales usaron el hashtag #WhyIDidntReport antes, y a lo largo del juicio, para resaltar las muchas razones por las que las personas que han sido sexualmente abusadas podrían elegir no denunciar los ataques contra ellos.

El estado evidentemente perturbado de Ford mientras relataba su trauma fue un recordatorio lamentable de que los sobrevivientes en ocasiones no solo son negados, sino también humillados por dar a conocer los hechos. Aún así, como a muchas otras personas que han estado siguiendo el ciclo noticioso de Kavanaugh, la valentía de Ford, y la de las sobrevivientes quienes son parte del movimiento de esos que contribuyen a las memorias de sus abusos sexuales e historias de violaciones en las redes sociales, ha tenido impacto en mi propia experiencia y me ha dado valor.

En Estados Unidos, la violación sexual es el crimen que menos se reporta, de acuerdo con el National Sexual Violence Resource Center. Una de cada cinco mujeres es violada en algún momento de su vida, y el 63 por ciento de los abusos sexuales no son reportados a la policía. Más del 90 por ciento de de los abusos sexuales en campus universitarios tampoco se denuncian, de acuerdo al informe. Como Ford citó durante la audiencia del jueves, muchas mujeres enfrentan una vergüenza que les podría arruinar la vida y repercusiones por denunciar, y para mí, había razones profundamente personales detrás de mi razonamiento que afectaban mi recuperación y mi carrera.

Un día, cuando tenía 26 años, me sentía perturbada como nunca antes me había sentido. Andaba de lado a lado en mi apartamento, intentando contener las lágrimas. Tomé aire profundamente y temblaba mientras alcanzaba el pequeño palito blanco. Dos líneas. Tomé otra prueba. Dos líneas. No había error. Estaba embarazada del hijo de mi violador.

Al día siguiente, fui aceptada en la Universidad de Columbia —mi universidad soñada— para la maestría en el programa de periodismo. En el que debió ser el día más feliz de mi vida, fingí emoción mientras los mensajes de felicitación llovieron. La imagen perfecta de todo por lo que había trabajado tan arduamente para lograr desapareció; había perdido por completo el control sobre mi cuerpo de la manera más invasiva. Detrás de mi mirada vacía estaba la carga creciente de no saber si era capaz de tomar cualquier decisión acerca de mi embarazo.

Mi agresor era alguien con quien tenía una relación casual; un humanista inquietantemente perfecto, en teoría. Él, un exvoluntario del Cuerpo de Paz, se había graduado con una maestría de la USC; mantuvo posiciones de liderazgo en campus de organizaciones filantrópicas; trabajó como un desarrollador de comunidades urbanas para un distrito escolar en la ciudad. Sus publicaciones de redes sociales rebosaban con empatía en el Día Internacional de la Mujer y apoyaban fecundamente causas de justicia social relacionadas con minorías étnicas marginadas. Era el feminista perfecto de fantasía, y cualquier idea que yo tenía sobre el prototipo de violadores no tenía ninguna similitud con esta persona altamente educada y sus ideales feministas.

Aparte de la persona que me convenció que era, sentía compasión por él, e inconscientemente se convirtió en mi justificación para su mal comportamiento: como lo veía yo, él era un pionero intrépido; pero también era un ermitaño que estaba intentando escapar de una relación abusiva con su padre ausente y su madre alcohólica.

El abuso ocurrió inmediatamente después de que comenzamos a salir. De hecho, sucedió dos veces. Cada vez, me despertaba y lo encontraba tocándome y penetrándome mientras intentaba levantarme de mi estupor somnoliento. La primera vez, le dije firmemente que se detuviera, pero después de ser sobresaltada en medio de la noche otra vez, tuve que patearlo fuera de la cama para que dejara de penetrarme.

Cada vez, volvía a mi casa y reproducía los eventos de la noche del abuso y me preguntaba si había hecho algo para provocar esto. Y en que si le contaba a alguien, ¿sería condenada por haber bebido durante la cita; por lo que estaba o no estaba vistiendo; o por haber dormido en su cama? Me sentía enferma del estómago cada vez que pensaba en alguien dudando de mí en el momento más vulnerable de mi vida, y se sentía que era más sencillo evitar esa posibilidad por completo. No podía distinguir qué era mi culpa, o si no debía sentirme para nada culpable. Era territorio desconocido. Si ya habíamos tenido sexo y estaba dormida desnuda en su cama, ¿me estaba poniendo a mí misma en una situación para permitir que esto pasara? No era capaz de pensar con claridad, y seguía sintiendo que mi testimonio nunca se sostendría; ni legalmente, ni para nadie que conociera. Como muchos sobrevivientes que eligen no denunciar, estaba enfrentando culpa y me auto culpaba. Recordando, ahora entiendo la situación por lo que era, pero en el momento, en lo único en que podía pensar era en cómo debí haber sido más consciente.

Después del segundo abuso, decidí no verlo más; hasta que me encontré embarazada y me dijeron que mi seguro de salud HMO adjunto a mi compañía no cubriría los exámenes médicos ni un aborto. En un momento de desesperación, me reuní con él y le pregunté si me ayudaría a pagar la mitad del procedimiento, dejando por fuera completamente cualquier mención de todo el dinero y tiempo que ya había gastado para los exámenes médicos, los días sin trabajar, los ultrasonidos, y las náuseas matutinas. Su respuesta fue: "No te hubieras metido en esta situación si no hubieras abierto tus piernas".

La vergüenza me llevó a un espiral de depresión. En medio de procesar el dolor físico que experimenté en mi embarazo y mi trauma emocional, seguía recordando que la vida no iba a ceder ante mis circunstancias. Escondí mi embarazo de todas las personas de mi vida. Aunque ninguna decisión se sentía bien, finalmente decidí seguir labrando el camino que había estado pavimentando; mudarme a Nueva York, obtener mi grado de maestría, y no ser una madre. Con pocos meses faltando para mi mudanza al otro lado del país aún tenía tareas con las que lidiar; renunciar a mi trabajo, registrarme para las clases, buscar apartamento, despedidas, empacar, citas médicas, y ahora un aborto que estaba pagando para mí misma.

No puedo describir de forma adecuada lo difícil que fue tomar esa decisión de tener el aborto. Pero vi este embarazo como la antítesis de todo por lo que había trabajado tan duro, de lo que quería que fuese la maternidad, y sobre todo, no quería nada más que me conectara a él más allá de lo que ya había soportado.

Por razones similares, elegí no denunciar a mi violador en los meses que siguieron al abuso. Quería que mi mudanza a la ciudad de Nueva York fuera mi nuevo comienzo, y la idea de recordar la experiencia a través del proceso de denuncia no parecía liberadora ni catártica, como podría serlo para otros; en cambio, se sentía que me encadenaba a él y eso era de lo que estaba intentando liberarme desesperadamente. Al hacerlo, estaba eligiendo darme a mí misma un nuevo inicio en lugar de revivir mi trauma repetidamente y convencer a las autoridades de que había sido victimizada. No quería ser estigmatizada, o etiquetada como una víctima; quería ser vista como una mujer que estaba persiguiendo sus sueños.

Han pasado tres años desde mi violación, y desde entonces, han habido innumerables audiencias de mujeres compareciendo, alentadas por el nacimiento del movimiento #MeToo. Cada vez que salen a la luz historias relacionadas con el abuso sexual en la opinión pública —Weinstein, Cosby, Nassar— es difícil no pensar en mi propia experiencia y revivir el trauma que vino con ella; particularmente en pensar acerca de cómo mis relatos habrían sonado para las autoridades en los documentos. Cuando el abuso se convierte en un espectáculo mediático politizado, cada detalle de la vida de una persona, sus antecedentes, y el ataque en sí mismo es usado a su favor o en su contra. Como sobrevivientes, hemos sido condicionados para construir casos para nosotros mismos una y otra vez; analizando detalles inconsecuentes para repartirnos en baldes de "víctima" y de "alguien que se lo estaba buscando".

En los meses que siguieron a mi mudanza, empecé a asistir a donde un terapeuta de traumas quien me ayudó a crear barreras para mí misma, me habló del consentimiento, y me preguntó sobre lo factores que me llevaron a sentir vergüenza. Mi sentido de auto culpa fue remplazado con compasión sanadora mientras finalmente fui capaz de hablar con mis amigos y familia sobre lo que había vivido. Compartí momentos hermosos con compañeros de clases de todo el mundo, bebiendo té, comparando culturas, y bromeando sobre cuál de nuestros entornos políticos era peor. El collage de esos pequeños momentos colectivos me permitió experimentar la vida y construir mi carrera de una forma en la que solo había soñado.

El abuso por el que pasé hasta donde estoy hoy fue una alteración gigante de los planes y esperanzas para mi vida, pero fui afortunada al no dejar que eso me desviara del curso. Sin importar si fue la decisión "correcta" desde un punto de vista legal, escoger no denunciar a mi violador me permitió romper adecuadamente ataduras y me impidió sentirme aprisionada en narrativas de ser una víctima mientras también evitaba la vergüenza y estigmatización común que muchos enfrentan cuando denuncian. Era la pieza más pequeña para reclamar cualquier poder que tuviera, pero en esa decisión, estaba mi afirmación de que él nunca tomaría más de mi tiempo otra vez.

Mi historia de no denunciar es una de las incontables otras que han salido a la luz por la valentía desinteresada de Ford, y me ayudó a entender lo común que es para los sobrevivientes intentar dejar su pasado atrás. Como nos ha demostrado Ford, solo porque un abuso no se denuncie no significa que sea menos real. En un mundo ideal, los sobrevivientes serían capaces de sentirse apoyados incondicionalmente, creídos, y obtendrían algún tipo de justicia por denunciar su abuso. Pero en Estados Unidos, solo seis de 1,000 casos reportados llevan a condenas criminales, y con el progreso de hoy a la nominación de Kavanaugh, está claro que debe lograrse mucho más antes de que todos los sobrevivientes se puedan sentir seguros de denunciar. Hasta que lleguemos a ese punto, necesitamos asumir nuestro rol para servir de aliados a los sobrevivientes, sin importar si deciden denunciar o no.

Publicado originalmente por VICE.com