Ilustración por Farraz Tandjoeng
Ilustración por Farraz Tandjoeng

Encontrar el tratamiento adecuado para problemas de salud mental es difícil en Indonesia, donde incluso admitir que tienes un problema es un tabú.

Aquí tienen un dato incómodo: intenté suicidarme en octubre pasado. No funcionó. Una semana después lo intenté de nuevo, y aún así fallé. Ese, para mí, fue el día en el que el mundo empezó a desvanecerse. No podía librarme de este sentimiento de desesperanza en mi estómago. Perdí el interés en cosas que solía amar. Me cerré del mundo y descuidé mis responsabilidades en el trabajo. Y olvidé buscar un hombro sobre el cual llorar; el alcohol me consoló más que cualquier persona que conociera.

La segunda, y luego la tercera, oportunidad con la vida no me hizo apreciarla más. Caí más profundamente en este hoyo depresivo que había creado para mí mismo. Comencé a tomar más y más benzodiazepinas hasta que sentía que mi cuerpo se había acostumbrado demasiado a ellas como para que siguieran funcionando. Una vez, tomé 15 pastillas para que me dieran el efecto que quería. Sentía que tenía hojas delgadas donde se supone deberían estar mis músculos. Me hicieron demasiado débil incluso para sostenerme erguido.

Luego sucedió un gran cambio. Mi vida se sintió como el personaje de Bradley Cooper en Limitless. Las altas dosis de sedantes ya no me volvían débil, sino que abrían mi mente. De repente era imposible apagar mi cerebro. Dormir ya no era una preocupación. Me volví más creativo en el trabajo, y más conversador. Literalmente era imparable. Por un tiempo, un balance delicado de alcohol fuerte y drogas psicoactivas, me ayudó a vivir tan normalmente como podía.

La depresión es muy común, pero aquí en Indonesia, usualmente no es reportada. En Indonesia, el 10 por ciento de la población total, o cerca de 2,5 millones de personas, sufren de depresión a causa de varias razones. La depresión es una de las causas principales del suicidio que, según la Organización Mundial de la Salud, sucede globalmente cada 40 segundos.

Soy uno de los millones de indonesios que viven con depresión al día de hoy, pero antes de 2014, no sabía prácticamente nada sobre ella. No sabía que eventualmente iba a controlar mi vida. Nunca imaginé que esto me pasaría a mí.

Retrocedamos a la época posterior a mi boda. Mi esposa y yo fuimos bendecidos con una hija. Yo sabía que debía estar feliz. Pero con la llegada de mi hija, algo más volvió para atormentarme. Esta vez, no podía automedicarme con los benzos. Desde el arresto un actor indonesio, que tenía bajo posesión 30 pastillas de benzodiazepinas, se prohibió que las farmacias las vendieran sin prescripción. En el mercado negro, los dealers, ahora conscientes de que el riesgo de venderlas era mucho más alto, empezaron a cobrar más de lo que yo podía pagar. Me sentía vacío otra vez.

Decidí ver a un psiquiatra solo después de tener un colapso mental en el trabajo. Sabía bastante bien, por mis amigos, lo difícil que es obtener tratamiento de salud mental en este país. No es fácil encontrar el psiquiatra adecuado, y el tipo de antidepresivos que funcionen sin que uno se vuelva dependiente a ellos. Pero esta vez no dejé que esas advertencias me desanimaran. Muchas visitas inútiles al hospital después, decidí contactar una clínica psiquiátrica en Yakarta Meridional.

El lugar no era nada sofisticado, pero había escuchado cosas buenas de él. Me inscribí y me dijeron que esperara en un cuarto de evaluación. La enfermera, delgada y con hiyab, me pidió que me sentara y me relajara.

"¿Cómo te estás sintiendo en este momento? ¿Estás triste?" me preguntó mientras anotaba en un pedazo de papel.

"¿Cómo sabe eso?" pregunté.

"Por tu cara", respondió.

Era raro que una completa extraña adivinara mis sentimientos de esa forma. Y ni siquiera me sentía triste. Me sentía adormecido. La evaluación parecía más una entrevista de trabajo para mí. Ella preguntó, ¿escucho voces en mi cabeza? ¿He estado comiendo bien? ¿He estado durmiendo?

La siguiente persona a la que conocí era un doctor en sus cuarenta y tantos. Era un cuarto angosto con dos sillas incómodas y una mesa. No se parecía en nada a la oficina de un psiquiatra de las películas, esos espacios amplios, cómodos, con un gran sofá largo de cuero. El doctor luego me leyó de nuevo la evaluación de la enfermera y me preguntó, "¿qué pasa?"

Yo no sabía que pasaba. Todavía no lo sé. Tal vez lo había heredado del lado de la familia de mi mamá. Tal vez era mi matrimonio o mi trabajo. Pero en este momento no puedo decirlo y tampoco pude decirle a él entonces. Era como que había algo que quería decir, pero no sabía cómo hacerlo. He leído algunos libros de personas como David Hume y Emil Cioran, que me hicieron pensar, ¿los humanos están realmente hechos para ser felices? Los humanos han convertido el logro de la felicidad su meta número uno en la vida, pero, ¿qué tal si no hay ninguna luz al final del túnel?

Solo para darle a este doctor una respuesta concreta, simplemente asentí con todo lo que decía, incluyendo que mi vida en el hogar era la carga más grande. Él parecía satisfecho con esto, y escribió un par de frases ilegibles en un formato.

Luego me preguntó si había experimentado cambios de humor. Sí, dije. Cada vez que tomaba benzodiazepinas.

"Tienes tendencias de trastorno bipolar", dijo mientras me miraba fijo a los ojos. "Las benzodiazepinas se usan para tratar la ansiedad. No tienen nada que ver con el trastorno bipolar".

Fui tomado por sorpresa con esto ¿Trastorno bipolar? Yo pensaba que tan solo estaba deprimido ¿Y cómo este doctor llegó a ese diagnóstico después de hablar conmigo por tan solo unos minutos? Yo pude haber estado mintiendo todo el tiempo. Dudo que haya alguna forma precisa en este mundo para medir la salud mental de otra persona con una simple conversación.

Al final de la consulta, el doctor me prescribió una gran cantidad de drogas, incluyendo una que contiene Litio, y otra que contiene Aripiprazol y Trihexifenidilo. Ninguna de ellas tiene ningún efecto en mí aparte de somnolencia. Desearía que hubiera una simple cura para todo esto, pero tengo que aceptar que encontrar a un experto que me entienda y que entienda por lo que paso, y que me indique las medicaciones adecuadas, es una tarea más difícil de lo que pensaba.

Hasta entonces, sigo intentando aprender más sobre el porqué de sentirme tan vacío. Tal vez algún día encontraré el médico adecuado… O tal vez no. Pero honestamente espero que sí.

*Ajo Kawir es un pseudónimo.

Publicado originalmente en  VICE.com