Ilustración: Juta
Ilustración: Juta

Cuando tenía 13 años, mi padre mató a un hombre. Más tarde esa misma noche, mi abuelo le ayudó a esconder el cuerpo.

Hace ocho años, mi padre fue condenado por asesinato y encubrimiento de un cadáver. Cuando pienso en lo que sucedió, se siente como una vida diferente y distante.

Antes de que mi padre se convirtiera en este "monstruo", y antes de que mis amigos y familia extendida comenzaran a mirarme constantemente bien con lástima o con desprecio, tuve una infancia feliz. Cuando éramos niñas, a mi hermana y a mí nos regalaban los mejores juguetes, navidades perfectas y vacaciones a los lugares más exóticos. Parecía una vida bastante simple y mundana; llena de cosas como ir a la escuela y los placeres de volver a casa a disfrutar de la comida casera de mi madre.

Solía creer que alguien que era capaz de asesinar tenía que ser constantemente una persona violenta y malvada, fácil de enojar. Mi padre no era nada de esto. Era un hombre de negocios respetable que pasaba gran parte de su tiempo libre actuando los diversos papeles en los cuentos de hadas que inventé; haciendo malabarismos alrededor de los castillos y reinos imaginarios.

Nunca nos levantó la voz, nunca fue malo y nunca nos regañó, incluso cuando debió hacerlo.

Pero cuando iba llegando a mis años de adolescencia, las cosas comenzaron a cambiar. Él comenzó a cambiar. Mi padre comenzó a apartarse cada vez más. Su ingenio fue pronto remplazado por largos períodos de completo silencio. Una vez, se burló de mí porque lloré viendo en el noticiero una historia de un animal siendo abusado. Todavía recuerdo lo impactada y enojada que eso me hizo sentir.

Más tarde descubriría que este cambio profundo fue causado por un secreto: una gran deuda que había acumulado con el fin de que nuestra familia mantuviera el estilo de vida al que estaba acostumbrada. Creo que fue el orgullo fue el que lo empujó a ese punto. Estar por ahí cargando con tal responsabilidad puede consumirlo a uno, distanciándolo del resto del mundo. Años después, sin decirme de cuánto era la deuda en la que estaba, mi padre reveló que había intentado suicidarse.

Nuestras vidas cambiaron para siempre un lunes; un día que comenzó conmigo quejándome por no querer ir a la escuela. Esa tarde, mi abuelo y yo paramos por la tienda de mi padre para recoger las llaves de nuestra casa antes de ir por helado. Nunca olvidaré la cara de mi padre cuando entramos en su tienda. Se puso de un rojo oscuro, sus ojos estaban bien abiertos y tenía una expresión cruel en su rostro. De repente le gritó a mi abuelo, "¡Tenías razón!", mientras yo retrocedía, asustada de esta persona que ya no reconocía.

Lo que yo no sabía en ese momento era que, 15 minutos antes, mi padre había asesinado a un hombre. Más tarde esa misma noche, mi abuelo le ayudó a esconder el cuerpo.

Poco sabía nuestra familia que la víctima había estado en nuestras vidas por mucho tiempo, desde que le prestó a mi padre un montón de dinero. Más temprano esa misma tarde, el hombre había amenazado con matar a nuestra familia si mi padre no le pagaba el dinero.

Me convencí de que las acciones de mi padre eran el resultado de locura temporal. No sé si ese era el caso, pero es como me lo he explicado a mí misma. Pero cualquiera que fuese la razón, estaba lo bastante motivado para masacrar a su víctima; los detalles más sangrientos fueron reportados después a la prensa para que todo el mundo leyera.

Mi padre fue arrestado el día siguiente, aunque yo me enteré después de varios días de escuchar las mentiras y excusas descabelladas de mis padres, que intentaban explicar su repentina desaparición.

Con un futuro por remodelar, mi madre decidió trasladar a nuestra familia a varios kilómetros de distancia. Estábamos huyendo de periodistas y curiosos, mientras intentábamos encontrar las respuestas a las preguntas a las que no les encontrábamos ningún sentido.

Con el tiempo, he logrado reemplazar un sentimiento constante de ira y tristeza con uno de indiferencia. La verdad es que uno se acostumbra. Quizás, como una forma de protegerme a mí misma, dividí la figura de mi padre en dos personas completamente diferentes. La segunda figura —la que había cometido el crimen— es un extraño. No lo conozco y no quiero conocerlo. Y para evitar que la gente sintiera lástima por mí, he aprendido a contar la historia casual y neutralmente, como si estuviéramos hablando del clima.

En los últimos ocho años, la prisión se ha vuelto parte de mi rutina mensual. Muestro mi identificación en la recepción y me dan una llave de un casillero para poner mis cosas. Una requisa es rápidamente seguida por otra, rodeada de visitantes esforzándose para manejar su dolor. Caminamos en grupo por varias puertas de seguridad. Nadie habla con nadie fuera de su propia familia; esas son líneas bien definidas que no se pueden cruzar.

Usualmente no sé qué decirle a mi padre. No es que no tenga nada de qué hablarle —tengo 20 años, una vida social activa y metas que quiero lograr en el futuro— sino que él está demasiado alejado de mi mundo. Nuestras conversaciones son tan solo largos períodos de silencio.

Todavía amo a mi papá, y amo lo que hizo por nosotros cuando todavía estaba ahí. Pero este es un nuevo tipo de amor, un amor más obediente. Él ya no puede estar más para mí, y ya no es suficiente para mí amarlo únicamente por la vida pasada que compartimos juntos.

El mes pasado, después de años viéndolo entre cuatro frías paredes —mal pintadas para esconder su crudeza— en un cuarto donde la voz de uno es ahogada en un mar de otras, un nuevo capítulo comenzó: obtuvo una liberación temporal y condicional, al aire libre, una que le permitirá a nuestra familia pasar días enteros con él.

Junto con las variadas emociones que vienen con su "libertad" está el miedo de que nunca seré capaz de reintegrarlo a mi vida como me gustaría. Fue difícil sanar los traumas causados por estos eventos, y he creado un nuevo balance que no lo incluye a él. Abrir esa herida de nuevo para dejarlo entrar es aterrador. Pero también, quiero ese mismo vínculo entre padres e hijas que veo a mi alrededor para nosotros. Espero reconstruir algo que perdí hace mucho tiempo.

Si he ganado algo de esta experiencia, son las relaciones más fuertes que he formado con esos que me aman. He aprendido a apreciarlos más, sin importar sus defectos. También he aprendido a guardarme los problemas, porque uno se arriesga a que ese problema crezca en su cabeza, al punto de que se vuelve insuperable.

Sobre todo, crecí antes de lo que debía. Lo que pasó me cambió profundamente, pero he descubierto que uno no tiene que ser una persona fuerte para superar eventos desafiantes. Uno sigue por el simple hecho de que tiene que hacerlo.

Hoy, mi padre está tratando de redimirse. Está comprometido en motivar a sus compañeros prisioneros a la rehabilitación y a darse cuenta de que pueden ser mejores que sus peores actos. También publicó recientemente un libro sobre la vida en prisión, que le otorgó el primer lugar en una competencia de escritura. No hay duda de que la vida habría sido mucho mejor para nuestra familia, y para la familia de su víctima, si mi padre se hubiera vuelto famoso por cómo escribe, y no por cómo resolvió una disputa.

*El nombre de la autora ha sido ocultado para proteger su identidad.

Publicado originalmente en VICE.com