Ilustración por Tyler Boss
Ilustración por Tyler Boss

Sé que gané mi libertad, pero probablemente nunca merezca el perdón.

Pronto, saldré de prisión por primera vez en 27 años. Me he estado preparando para este día por mucho tiempo, sé exactamente cómo va a ser: mi esposa me recogerá en las puertas de Sing Sing, e iremos al Hudson Link, el programa universitario de la prisión que me ayudó a obtener mi título universitario. Tienen un computador y un traje esperándome. Luego iremos al Departamento de Vehículos Motorizados; he estado estudiando para mi prueba de manejo escrita. Me dicen que todo toma mucho tiempo en el Departamento de Vehículos, pero espero que terminemos a tiempo para recoger a mi hijo del colegio.

Durante todo ese tiempo, también estaré pensando en Tremain Hall. Y en el chico que era hace unas décadas, antes de venir a prisión.

Tenía 14 años cuando mis padres se divorciaron. Mi padre y yo nos mudamos de nuestro barrio de clase media en Laurelton, Queens, para un bloque urbano en Jamaica, Queens. Era una comunidad forjada con los símbolos típicos de los guetos urbanos: zapatillas colgadas de líneas telefónicas, calles llenas de parafernalia de drogas, y edificios de apartamentos apenas conservados.

Las personas ganaban lo que podían, como podían. Si no eras lo suficientemente suertudo para asegurar un trabajo de nueve a cinco, y a veces incluso si lo eras, tenías que encontrar algún tipo de rebusque para llegar a fin de mes. Ya fuera vendiendo drogas, robando carros, o atracando vecinos, y tanto jóvenes como viejos estaban en esa lucha.

Para los chicos ingenuos, ese rebusque era estimulante, vigorizante, e incluso emocionante. El elogio de sus pares acrecentaba la adrenalina eufórica que acompañaba el riesgo, sumergiéndonos más profundo cada día en esa vida. Rápidamente me adapté a este nuevo mundo donde los chicos con bolsillos vacíos y miradas fuertes podían darse el lujo de comprar la última moda y de atraer a las chicas más hermosas.

Pero tras de dos años, ese estilo de vida cobró su precio verdadero. Mientras estaba sentado en la intersección de 150th Street con 89th Avenue junto a unos amigos, una motocicleta giró por la esquina y aceleró hacia nosotros. El pasajero sacó una pistola y disparó.

Desperté en el hospital con tubos conectados a cada agujero de mi cuerpo; me habían disparado cuatro veces. Mi padre estaba junto a mí, nunca antes había visto que su conducta típicamente severa fuese suavizada por la emoción. Limpiándose las lágrimas, me preguntó qué había pasado. Intenté juntar las palabras para explicarlo, pero no había mucho que decir. Él siempre me advirtió sobre andar por esa parte de la ciudad, pero no escuché y no había ninguna excusa. En cambio, me apresuré a disculparme, prometiéndole que no tendría que estar allí de nuevo.

Mi padre asintió. Puso su cabeza en sus manos y murmuró, "¿por qué me está pasando esto a mí?", pero yo estaba confundido. Nada te pasó a ti, papá. Me pasó a mí, pensé. No sería hasta mucho tiempo después que entendí lo que sintió; un dolor que viene de consolar a alguien que amas tan profundamente que sientes su dolor de forma visceral dentro de tu propio cuerpo, eliminando las barreras corporales que los separan. Es un dolor que viene de darse cuenta de que has fallado en proteger a alguien a quien habías prometido proteger, quizás inocentemente creías que podías hacerlo. Era el dolor de un padre que casi pierde a su hijo.

Dos días después fui dado de alta del hospital. Mis heridas habían comenzado a sanar, pero el trauma seguía fresco. Sentía un miedo persistente a la muerte, paranoia en cualquier lugar en el que estaba y escepticismo de cualquier persona que conociera. Porque mi atacante no tenía nombre, cara, o motivo, tenía todos los nombres, todas las caras, y todos los motivos. Por no mencionar, era 1990 y la era del crack había causado el año más mortífero de la historia de Nueva York. Los asesinatos alcanzaron un récord de 2.245, casi tres veces más que el número que causó que Chicago liderara los índices de la nación en 2016.

Con el tiempo, mi ansiedad se volvió abrumadora. No quería volver a quedar así de vulnerable y desprevenido de nuevo. No iba a ser un número más de esa estadística.

Entonces, compré un arma.

En el momento en que la sujeté, me sentí empoderado. Por primera vez, pensé que podía garantizar mi propia seguridad. No tenía ninguna intención de dispararla; sabía que su mera presencia reforzaba mi dura apariencia y creaba una amenaza que nadie podía desafiar. No volvería a ser una víctima.

Ese mismo año, en una noche clara de navidad, fui al cine con unos amigos. Pasaron unos 15 minutos dentro del teatro, cuando otro grupo de adolescentes entró ruidosamente. Otros en el teatro empezaron a gritarles para callarlos. Mi amigos se unieron al ruido y rápidamente empezamos a intercambiar insultos. Los chicos embistieron contra nosotros. Uno de ellos sacó su arma y la disparó en el oscuro teatro, que estaba repleto.

En cuestión de segundos, más de dos docenas de disparos sonaron en ambas direcciones. Y en ese momento el tiempo se congeló. La promesa que le hice a mi padre de mantenerme alejado de problemas competía con la promesa que le hice a mis chicos de defender nuestro orgullo. Entonces, mientras el teatro se llenó de humo y la rápida sucesión de ruidosos estallidos llegó a un ensordecedor silencio, ciegamente disparé una vez.

Me arrastré fuera del teatro y corrí a casa. Encendí el televisor para ver si había cobertura de lo ocurrido. Cuatro espectadores resultaron heridos y uno de ellos estaba en condición crítica. Le supliqué, de chico a chico, "por favor no te mueras. Por favor no te mueras".

Tremain Hall murió a las pocas horas. Mi corazón palpitó, mi estómago se hundió, y mi mente se aceleró mientras me preguntaba si había sido o no mi disparo el que había arrebatado su vida ¿Cómo podría vivir conmigo mismo si había matado a alguien?

Dos días después, fui arrestado. De acuerdo al fiscal, fue mi disparo. Fui condenado y sentenciado de 27 años a cadena perpetua en prisión. Después de más de 27 años y de docenas de cartas sin responder, todavía me siento en mi celda pensando en Tremain y en ese disparo fatal; la temible, inexcusable, e irreversible acción de mi yo de 17 años.

Ahora me levanto a las 6:15 de la mañana todos los días hacia un bloque de celdas. En mi camino a ejercitarme, paso por un televisor transmitiendo las noticias en el área común. Al día siguiente, cinco miembros de una pandilla fueron arrestados por conspiración para cometer asesinato. Uno de ellos tenía solo 17 años.

Lo miré atentamente, intentando imaginar su estado mental: ¿es caótico? ¿Tiene miedo? ¿Acaso entiende? Conozco ese estado muy bien. Él quiere creer que el jurado lo encontrará inocente, pero se resigna esperando que su sentencia se corta. Yo conozco su destino mejor que él. Probablemente sea condenado, sentenciado, y cumpla condena junto a mí. Luego, una generación después, se sentará frente a la junta de libertad condicional para revivir la ansiedad de la sentencia.

Recientemente fue mi turno de ser sentenciado de nuevo; ¿sería libertad condicional o serían dos años más? En camino hacia mi audiencia, los hombres a mi alrededor me llenaron de esperanza por la libertad, protegiendo de forma egoísta la suya. Yo era su campeón. El que había hecho todo bien, como decían, y había cambiado el rebusque en el patio por las tareas en el edificio escolar. Corrí un riesgo cambiando la cultura endurecedora que fomenta la prisión por algo más humano. ¿Si yo no podía ser libre, cómo podrían serlo ellos?

Llevé a la audiencia mi archivo institucional con mis títulos universitarios y de maestría, con certificados de programas, registros de empleo, menciones de servicio comunitario, y cartas de recomendación. Lo pusieron junto a mi archivo criminal de 27 años, recordándome moderadamente quién era: el chico que mató a Tremain Hall. Entonces, la pregunta era: ¿cómo se comparan mis logros con el hecho de que había quitado una vida?

Aparentemente, no se comparaban. Me negaron la libertad provisional la primera vez que me senté frente a la junta.

Todos estaban impactados. Muchos hombres en la prisión se sintieron abatidos, otros enojados, pensando en sus propias situaciones y en cómo pagarían. Los policías eran empáticos, Pero yo, yo estaba derrotado. Me acosté en la cama y temí explicar la decisión a mi familia. Al final, me encontré preguntándome: ¿qué más pude haber hecho?

Lo pensé durante el día siguiente, y sabía que me había ganado mi libertad. Empecé a trabajar en mi apelación y la presenté dos meses después. En los siguientes ocho meses, me sentaría frente a la junta de libertad condicional otras cinco veces mientras ellos continuaban midiendo las fallas de mi yo de 17 años contra los éxitos de mi yo de 45 años.

Finalmente, el 16 de abril, recibí mi nuevo certificado de nacimiento, la carta que garantiza mi libertad condicional. Con mi nueva vida, aún recuerdo la que tomé.

Aunque sé que gané mi libertad, probablemente nunca merezca el perdón. Es algo por lo que continúo trabajando sin expectativas. Es la forma en la que vivo conmigo mismo.

Lawrence Bartley está encarcelado actualmente en la correccional Sing Sing en Ossining, Nueva York. Está cumpliendo una sentencia de 27 años a cadena perpetua por asesinato en segundo grado y otros cargos derivados del incidente que describe, y le fue concedida libertad condicional en abril de 2018. Como miembro de Voices From Within, trabaja en varias iniciativas en contra de la violencia con armas. Lawrence también es voluntario en el Proyecto de Contabilidad de Correccionales en el Centro de Justicia Urbana acerca de temas relacionados a la comercialización de justicia. Lawrence puede ser contactado en lawrencebartley210@gmail.com.

Publicado originalmente en VICE.com