Sharon Pruitt / EyEm / Getty
Sharon Pruitt / EyEm / Getty

En las películas, el personaje que sufre un ataque de pánico se agarra el pecho, jadea y luego respira en una bolsa de papel para calmarse. Pero esa nunca fue mi experiencia.

Durante mi último año en la universidad, mi vida social era así: me llegaba un mensaje de texto de alguien invitándome a pasar la noche —no importaba dónde: una fiesta, una película, tragos en un bar cercano— y yo aceptaba emocionada, como una extrovertida fastidiosa que buscaba cualquier excusa para no estudiar. Pero siempre, una o dos horas antes de que nos encontráramos, de repente me empezaba a sentir enferma. Mi piel se humedecía. Me daban escalofríos. Sentía náuseas y la necesidad de correr al baño cada diez minutos. Al final, tenía que llamar a cancelar. Y a los pocos minutos de cancelar, me empezaba a sentir mejor de nuevo… cada vez.

En retrospectiva, es obvio que tenía algún tipo de problema oculto—no era coincidencia que me diera un virus estomacal cada vez que debía dejar mi apartamento y que luego me recuperara milagrosamente. Pero en ese momento me tomó casi un año darme cuente de lo que pasaba. No fue hasta que estuve en la oficina de un terapeuta para buscar un tratamiento para mi trastorno de estrés postraumático (TEPT) que me di cuenta de que esos brotes de enfermedad eran de hecho diferentes facetas del mismo problema: ansiedad severa.

En televisión y en las películas, los ataques de pánico se ven de solo una manera: el personaje que está sufriendo un ataque de pánico se agarra a su pecho, jadea por aire, y luego respira en una bolsa de papel para calmarse. Pero esa nunca fue mi experiencia, y probablemente fue por eso que pasé gran parte de todo un año pensando que había algo seriamente grave conmigo. La ansiedad —creía yo— no era una experiencia física, fuera de verse como una especie de ataque de asma. No se veía como escalofríos y dolores y náusea. No era como ensuciarse de inmediato en tus pantalones en medio de una cita porque un carro pitó muy duro afuera de la ventana del restaurante (historia real).

Pero para mí y los otros 40 millones de adultos que viven con ansiedad, se trata completamente de una experiencia física. Cuando nuestro cerebro siente el peligro (real o percibido, un atacante entrante o el pitido fuerte de un carro), la amigdala envía una señal de alerta al hipotálamo, que luego libera una avalancha de hormonas como cortisol y adrenalina para preparar al resto del cuerpo para la acción. Los fisiólogos han nombrado esto como la "reacción de lucha o huida", desde que preparó a nuestros primeros ancestros bien para luchar contra el peligro entrante, o para huir como locos de él.

La avalancha de hormonas causa que nuestro corazón palpite violentamente, que nuestra presión arterial suba, y que nuestros sentidos se agudicen, junto con una serie de otros síntomas físicos, todo para que podamos responder al peligro. Además, el libro Mindfulness and Psychotherapy explica que el hipocampo, que queda cerca a la amigdala, es responsable de almacenar nuestra memoria emocional, lo que significa que incluso un recuerdo traumático o algo que nos recuerde el peligro puede disparar esa misma respuesta de pánico.

Cuando miramos la ansiedad desde una perspectiva evolutiva, los síntomas físicos empiezan a tener más sentido. Pero, entonces, ¿por qué podría alguien ensuciarse en sus pantalones durante una cita porque un carro pitó muy fuerte para luego tener que irse temprano de la cita y balancearse por diez cuadras de vuelta a su apartamento para cambiarse los pantalones? Esto se debe a la conexión intestino-cerebro del cuerpo, que explica la náusea, el vómito, y el hacerse en los pantalones que podríamos experimentar en un estado de híper-excitación extrema, dice la psicoterapeuta radicada en Nueva York, Laura Federico.

"Cada vez que alguien experimenta una angustia emocional, es expresada de alguna forma", explica Federico. "Y cuando hay cosas pasando emocionalmente, cambia lo que pasa en nuestro intestino". El estrés, la depresión, o la ansiedad pueden de hecho cambiar la fisiología de nuestro intestino, o causar que un tubo digestivo se contraiga o se mueva. La ansiedad puede incluso empeorar la inflamación en el intestino o hacernos más susceptibles a una infección. Es por eso que experimentamos heces blandas, dolor de estómago, náusea, o vómito durante una crisis, me dice.

Para algunos pacientes, el dolor localizado se debe a la forma en que fueron criados para entender la ansiedad y para expresar sus emociones, dice Federico. "Para alguien que fue educado para entender las emociones como una debilidad, puede no estar bien decir 'Me siento estresado'. Puede que hayan sido criados en un ambiente donde vieron a alguien sufrir un ataque al corazón y presenciaron la intervención médica que le siguió, y aprendieron que experimentar dolor físico quizás era algo más aceptable socialmente", dice. Puede ser que nuestra mente sea tan poderosa que esté tratando de expresar algún dolor físico en cualquier forma que parezca socialmente apropiada.

Al parecer, hay tantos síntomas físicos de la ansiedad como hay gente que sufre de ella —ya sea dolor, entumecimiento, bochornos, o diarrea incontrolable. Pero una cosa que aprendí —y lo que Federico quiere que sus clientes entiendan— es que es normal experimentar los síntomas físicos de la ansiedad, no importa qué tan raros puedan parecer. Además, reconocer tus síntomas y saber que son parte de tu experiencia de ansiedad puede causar que toda la experiencia sea menos aterradora.

En la universidad, asediada con diarrea y escalofríos y bochornos, caminé hasta la clínica del campus después de perder una semana de clases y le dije sollozando a las enfermeras, que definitivamente estaba muriendo de gripe porcina. Cuando descubrí que de hecho era más probable que estuviera sufriendo de un ataque de pánico prolongado, me sentí humillada al principio, luego avergonzada; luego, lentamente, aliviada. Federico está en lo correcto: saber cómo se siente físicamente la ansiedad, para tu propio cuerpo, puede alejar mucho el miedo que te mantiene en ese estado frenético. Desafortunadamente, todavía experimento esos síntomas cuando tengo un ataque de pánico, pero saber que es una parte normal de mi propia ansiedad me ayuda a salir de ese pánico. En minutos, sin cancelar mis planes, me empiezo a sentir mejor de nuevo… cada vez.

Publicado originalmente en VICE.com