Liara Roux escribe acerca de cómo fue revelarle quién era de verdad a su comunidad, su familia e incluso a sus clientes.

Mi hermana estaba comiendo algo en mi cocina. Me paré frente a ella, al otro lado de la encimera. Ella estaba de espaldas a mí. Pasaron muchas palabras por mi mente, trataba de construir una oración que la tranquilizara, y que no evocara estereotipos perturbadores sobre las personas como yo. Había estado hablando de mi acosador, un tipo que estaba convencido de que estaba enamorada de él y que enfureció cuando se dio cuenta de que tenía pareja.

"Soy acompañante", le dije, "y él era un cliente".

Honestamente, no recuerdo si esas fueron las palabras exactas que dije, pero recuerdo todo mi cuerpo tensándose. Casi empecé a llorar. Estaba tan preocupada de que fuera a perder a mi hermana, a quien quería tanto. Me quedé impactada cuando me respondió: "¡Me alegra que estés feliz! ¡Me alegra que hayas encontrado un trabajo que funcione para ti!".

Esta tensión siempre ha estado entre nosotras, la tensión de todas esas cosas no dichas.

Ella me hizo un par de preguntas sobre mi trabajo. Le respondí, aún desconcertada por su respuesta. Esperaba algo de preocupación. Me preguntaba si ella se sentía preocupada o me juzgaba, pero no quería que tuviera ese peso encima. Mi hermana siempre ha sido así de increíblemente considerada. Recuerdo haberle dicho que era queer y lo emocionada y feliz que se había puesto por mí también. Estoy llorando ahora, al escribir esto, y me siento muy agradecida de haber pasado gran parte de mi vida teniendo a alguien que me acepta y que es tan dulce como ella.

Le pedí que no le dijera a mamá.

Mi madre siempre ha hecho todo por amarme y cuidarme, y yo lo sé. Pero provengo de una familia extremadamente religiosa y conservadora —una casa llena de niños, y temor a Dios—. Siempre he vivido mi vida de maneras extremas e inusuales y eso la asusta. Quiere que esté a salvo. Hay muchas cosas que no le he contado porque cada vez que lo intento, me congelo. Me preocupaba que si le contaba todo, cuando vivía con ella, ella y mi padre me enviarían al campamento de conversión gay o me echarían de la casa y me quedaría en la calle, lo cual le ha sucedido a algunos de mis amigos. Me gusta pensar que ella me habría aceptado, pero no lo sé.

Le he dado vueltas al tema con mi mamá y ella le ha dado vueltas al tema conmigo. Ella vio algunas cosas "sospechosas" en mi calendario hace algunos años, cuando recién comencé a trabajar, y me llamó para hablar al respecto. Había mucha ansiedad en su voz: "¿Estás a salvo?". Maquillé un poco la verdad, para que pareciera que todavía estaba trabajando en el campo de la tecnología, el cual abandoné en busca de condiciones de trabajo menos misóginas, más autocontrol, y la capacidad de sortear mi enfermedad mental y mis discapacidades físicas.

Cuando lo pienso ahora, creo que ella ya debe saberlo. Mi cara está por todo internet. Seguramente alguien de nuestra iglesia que ve pornografía o busca acompañantes ya se lo contó, con el pretexto de que le preocupa. Odio que no se lo he contado yo misma, supongo que lo estoy haciendo ahora y espero que entienda que escribir esto, de alguna manera, es más fácil. He intentado decírselo varias veces, pero cada vez que lo intento me congelo. Recuerdo la ocasión más reciente que pasamos juntas, comimos pastel. Me prometí a mí misma que le contaría mientras comíamos. Con cada bocado, traté de decirle. Cada vez, me congelé.

Me preguntaba si ella podía ver y entender la tensión en mi cuerpo. Podía sentir la tensión irradiando de su cuerpo también. Esta tensión siempre ha estado entre nosotras, la tensión de todas esas cosas no dichas. Siempre ha habido tanto que siento que no puedo decirle. Deseo profundamente que me ame y me acepte. Quiero que sepa que finalmente estoy feliz, después de años de luchar contra la depresión, la ansiedad, el dolor físico del síndrome de Ehlers-Danlos —un trastorno que afecta mis tejidos conectivos y articulaciones— y la cefalea en racimos; que sepa que finalmente recibo el tratamiento médico que necesito, que he podido dedicar tiempo a sanarme porque mi trabajo me brinda seguridad monetaria y, lo más importante, tiempo.

Cuando pensé que tenía estabilidad en el pasado, me la arrebataron como a tantos otros.

Estoy atrapada en una segunda instancia de secrecía de la que no se habla mucho. Como trabajadora sexual, con una marca que mantener para tener ingresos y bajo la constante amenaza de violencia por parte del estado, estoy atrapada en ambos sentidos.

No tengo los mismos temores, de vergüenza o abandono familiar, pero me preocupa seriamente que al revelarles la verdad de mi vida personal a mis seguidores y al público corra el riesgo de perder ingresos y así ponga en peligro mi seguridad. Ser trabajadora sexual hace que sea difícil discutir ciertos temas; algunos de mis fanáticos se quejan de que mi perfil de Twitter no tiene más que imágenes sexys. Sin embargo, a medida que me convierto más en una figura pública, usar mi visibilidad para abogar por otros como yo parece volverse más importante.

¿Debo ser solidaria con otras personas trans y hablar sobre mi género? Soy genderqueer. Hasta ahora he usado pronombres femeninos en mi publicidad como Liara Roux, pero uso pronombres masculinos o ambiguos en mi vida personal y cambié mi nombre a uno estereotípicamente masculino hace unos años. ¿Debería hablar públicamente sobre mis parejas, incluso sobre mi cónyuge con quien tengo un hogar, para demostrar que las trabajadoras sexuales pueden encontrar el amor, la aceptación y el bienestar emocional y financiero? Cuando pensé que tenía estabilidad en el pasado, me la arrebataron como a tantos otros: cerraron mis cuentas bancarias y mis sitios web, sólo porque esas compañías descubrieron quién era yo.

Al igual que el acosador del que le conté a mi hermana, algunos clientes pueden volverse tóxicos y posesivos. Algunos fanáticos que eran fuentes confiables de ingresos pueden resultar ser transfobos. Y a los trolls les fascina convertir cualquier cosa por la cual una trabajadora sexual esté feliz en una excusa para acosarla.

No sólo hay que preocuparse de los fans potencialmente peligrosos. Hablar de que tengo cónyuge también me expone a la violencia estatal. Las fuerzas del orden a menudo intentan arrestar y procesar a los miembros de la familia de las trabajadoras sexuales, llamándoles proxenetas, y los políticos han intentado impulsar leyes en que la definición de proxeneta sea mucho más amplia. Se le puede aplicar un cargo por proxenetismo a mi pareja si un día me lleva a mi trabajo, o incluso por el hecho de compartir riqueza material en nuestro matrimonio. Podrían destruir nuestra vida con las leyes de proxenetismo, a pesar de que mi pareja también se dedique al trabajo sexual y sea sólo otra persona queer y discapacitada luchando como yo. Las personas como nosotros todavía somos arrestadas y acusadas con regularidad.

He tenido más éxito del que podría haber imaginado con esta carrera, pero en lugar de proveerle seguridad a mi familia, mi cónyuge aún experimenta un ataque de pánico por estrés postraumático cada vez que tocan la puerta. Todo podría derrumbarse, nuestra casa podría ser confiscada, podríamos ser desalojados de nuevo o peor. Estos no son miedos injustificados: conozco personas que han perdido todo por lo que han luchado. Al revelar públicamente que estoy casada, y estar orgullosa de la estabilidad por la que he luchado y que he encontrado, me arriesgo a perder esa estabilidad. Tal como dice Amnistía Internacional, con la criminalización no tenemos la "tranquilidad de saber que [nuestra] familia no será perseguida judicialmente por vivir de las ganancias derivadas del trabajo sexual". Pero finalmente, ¿qué sentido tiene que ganes dinero si no puedes apoyar a los que amas?

El estigma y la criminalización del trabajo sexual laceran tu vida en todos los sentidos y de manera profunda. Como en cualquier trabajo, tengo días malos, pero si digo algo negativo al respecto, la gente usa mis palabras para sugerir que toda la profesión debe erradicarse. Es muy difícil ser simplemente una persona cuando todo en tu vida puede ser retorcido y usado en tu contra de alguna manera.

Lo que más necesitamos es que nos traten como personas, que nos respeten, nos permitan sobrevivir; que nos vean, que no nos cacen como delincuentes o nos perciban como víctimas demasiado dañadas para hablar por nosotros mismos.

Tengo la suerte de haber crecido en una época en la que hay más aceptación de mi identidad como queer, de mi existencia como trans, e incluso más comprensión hacía las discapacidades que enfrento, pero todo esto aún no se traducen en una existencia tolerable en el lugar de trabajo tradicional. Al menos, hasta que encontré el trabajo sexual: un trabajo en el que puedo establecer mi propio horario sin que mi dolor crónico sea un problema, un trabajo en el que ser queer es benefico porque significa más gente con la que puedo trabajar, un trabajo donde estoy rodeada de otras personas trans y queer que me entienden. Un trabajo donde podría tener mi propio lugar de trabajo.

Hay personas que están tratando de quitarle esa opción a mi comunidad, utilizando una legislación anti-trabajo sexual como FOSTA/SESTA para destruir la independencia que hemos ganado como trabajadores sexuales mediante el uso del Internet para construir nuestros propios espacios, herramientas de seguridad, y nuestros negocios. Niegan la existencia del trabajo sexual consensuado. Forzarnos a vivir en la secrecía hace que sea más fácil para los prohibicionistas inventar historias sobre nuestras vidas. A diferencia de las demás ocupaciones, en el trabajo sexual no tenemos ningún tipo de protección. Todo lo contrario, somos denigrados por igual en todos los aspectos del espectro político. Lo que más necesitamos es que nos traten como personas, que nos respeten, nos permitan sobrevivir; que nos vean, que no nos cacen como delincuentes o nos perciban como víctimas demasiado dañadas para hablar por nosotros mismos.

Aunque siempre he anhelado el amor y la aceptación, especialmente de mi madre, estoy completamente dedicada a vivir mi vida de la manera que quiero. No puedo evitar querer vivir siendo fiel a mi misma. Siento que es mi deber levantar la voz, incluso si eso puede ponerme en la mira, porque muchos no tienen el privilegio de elegir ser política y públicamente activos. Nada puede impedir que abogue por mí y mi comunidad, que haga todo lo posible para asegurarme de que los que amo estén a salvo. Mi miedo al rechazo siempre palidecerá frente a mi orgullo y mi valentía.

Publicado originalmente en VICE.com