Esta vieja manera de ganarse unos dólares es propia de los habitantes de la franja fronteriza: desde Tijuana, Baja California hasta Matamoros, Tamaulipas

"¿Has tenido la enfermedad de las vacas locas? ¿Sexo anal con un hombre? ¿Un viaje a Inglaterra durante este año? ¿Te han operado de la cabeza? ¿Tienes sida, tatuajes o piercings? ¿Recientemente permaneciste más de 72 horas en prisión?", me pregunta, Rafael, encargado de entrevistar a los donadores de sangre y plasma en la clínica Green Cross America (CGAM), ubicada en el número 114 de la avenida Heffernan, en la ciudad fronteriza de Caléxico, California. Ésta se especializa en la extracción de sangre a la cual se le separa el plasma —la porción líquida de la sangre dotada de proteínas y anticuerpos, que constituye el 60 por ciento de la sangre, y está compuesto por un 90 por ciento de agua— que posteriormente se utilizará en la fabricación de productos farmacéuticos.

Si estoy aquí es porque quiero saber en qué consiste esta vieja manera de ganarse unos dólares, propia de los habitantes de la franja fronteriza: desde Tijuana, Baja California hasta Matamoros, Tamaulipas.

Green Cross America

Son las 10 de la mañana y esta clínica —que también se encuentra en los estados de Texas, Washington y Idaho— está repleta. Una enfermera nota mi semblante primerizo y me llama para anotar mi nombre en una lista y avisarme que seré atendido hasta las tres de la tarde ya que al ser "nuevo" necesito someterme a un cansado interrogatorio y a una breve revisión corporal.

Estoy a medio kilómetro del puerto de entrada a México. Con cinco horas libres pienso que puedo cruzar la frontera para darme un banquete de carne asada (me aconsejaron estar recién alimentado para no languidecer durante la extracción de sangre), pero salir de Estados Unidos e intentar entrar por segunda vez el mismo día puede levantar sospechas en los agentes estadounidenses de la CBP (Customs and Border Protection); casi el 100 por ciento de los donantes contamos con la visa B-2 de turista, la cual no nos permite trabajar ni recibir algunos dólares a cambio de donar sangre. A quienes se les descubre haciéndolo se les suspende el ingreso al país por 10 años.

Este distrito comercial de Caléxico, en donde está ubicada la GCAM, luce arruinado, aunque alguna vez vivió una época de bonanza. Ahora solamente permanecen algunos bancos y oficinas del condado, un par de viejos moteles, un restaurante de hamburguesas y algunas zapaterías y tiendas de ropa que sólo exhiben en sus aparadores maniquíes desnudos y cajas de cartón vacías.

Cuando salgo del centro de plasma lo hace junto a mí un adolescente con gorra hacia atrás, mochila en la espalda y patineta en la mano. Le saco plática debido a que los dos caminamos hacia el norte por la misma banqueta. Me comenta que se llama Mario y que cruzó la frontera hace tres horas proveniente del ejido Oaxaca, en el valle agrícola de Mexicali. Tiene 19 años y es ciudadano estadounidense, pero siempre ha vivido en México. Su intención era donar sangre por quinta vez, pero como dejó de hacerlo hace más de cuatro meses, tendrá que someterse al mismo procedimiento de quienes donan por primera vez y regresar, al igual que yo, a las tres de la tarde. Luego de caminar ocho calles nos despedimos y tomamos diferentes rumbos: él a la oficina de desempleo a pedir una ayuda económica y yo a la biblioteca de la Universidad Estatal de San Diego (SDSU, por sus siglas en inglés), con la intención de resguardarme del brutal verano en este desierto que frena durante esta temporada los cruces de los inmigrantes ya que no tienen duda de que morirán de calor bajo una temperatura que ronda los 50 grados centígrados.

Después de dormitar en una mesa de la biblioteca, de hojear, "Relato de un Náufrago" y de concluir que me siento igual de angustiado que el protagonista antes de embarcarse en el navío que naufragará, me dirijo de nuevo a la clínica. Antes hago una parada en un 7-Eleven en donde compro un paquete de dos hot dogs con refresco incluido. "Para que no te desmayes al estar donando tienes que estar recién alimentado e hidratado", me aconsejó Mario al despedirse de mí.

Sala de espera
Sala de espera

Sangre y venas

La sala de espera del centro de donación permanece repleta (cuento 53 personas) de jóvenes, amas de casa, estudiantes de enfermería, grupos de amigos universitarios y sobre todo, desempleados; todos mexicanos. Quienes donan por primera vez obtienen 30 dólares; 50 en una segunda visita y 25 de la tercera donación en adelante; aunque podemos recibir 30 dólares extras por cada persona que invitemos. También, quienes hayan donado sangre en ocho ocasiones durante el último mes tienen derecho a participar en un torneo de bingo. Los ganadores del torneo podrán llevarse alguno de los premios encimados en forma de pirámide frente a los sanitarios; éstos consisten en taladros, sartenes, licuadoras, relojes, batidoras, planchas, cafeteras, televisiones de plasma, reproductores de Blu-Ray, baterías de cocina, juegos de vasos, de platos y herramienta de carpintería.

Frente a la pirámide de regalos, el personal de la clínica ha instalado una mesa de plástico y sobre ella una garrafa con una bebida verde fosforescente y bolsas de papel con palomitas de maíz para quienes tienen el estómago vacío. Mientras espero mi turno toma asiento junto a mí un joven llamado Fernando, a quien le comparto que es mi primera donación y que no sé en qué gastaré el dinero que me darán. Él me dice: "Tengo un año donando. Esta vez utilizaré el dinero para completar el pago del semestre de ingeniería en la UABC (Universidad Autónoma de Baja California). Cruzo la frontera una o dos veces por semana para donar. A veces con el dinero que me pagan (25 dólares) me compro un par de tenis, una hamburguesa o una camisa".

Fernando también me narra que: "Hace dos meses vine a donar sangre con uno de mis amigos. Estaba en la cama de al lado, de pronto se comenzó a marear y cayó al suelo desmayado, y como no lo alcanzaron a detener las enfermeras, se le salió la aguja y salpicó mucha sangre; llegó la ambulancia, pero no pasó de ahí". Fernando es llamado a la sala de donación. Otro joven, Kevin, ocupa su silla. Me comparte que es estudiante de preparatoria en México y que desde hace 10 meses acude a donar sangre una vez por semana. Hasta el momento no ha tenido malestar corporal, aunque la primera vez que donó se impresionó al mirarse conectado a una máquina viendo cómo su sangre salía y entraba por sus venas. El dinero ganado lo ha utilizado para comprarse ropa, un boleto de avión, gasolina para su auto y cerveza. En diciembre pasado gastó cien dólares —producto de cuatro donaciones— en unas botas, una bolsa y una chamarra de la tienda Forever 21, que fue un regalo para su novia.

Es mi turno

Una empleada me nombra en voz alta y pide que entre a un cubículo marcado con el número seis. Lo hago y quedo frente a un diminuto mostrador detrás del cual se encuentra Rafael, empleado de ascendencia mexicana que viste bata de médico. Revisa mi pasaporte, mi identificación oficial de elector y me pesa en una báscula para saber cuánta sangre podré donar. Posteriormente entra al cubículo una enfermera que me revisa las venas de la parte interior de mis codos para saber si están en condiciones de ser intervenidas. Al terminar, Rafael me toma una foto, realiza una prueba que evalúa qué tanto sé sobre el contagio de sida y revisa mi presión arterial. Por último me dispara 30 preguntas para conocer mi historial médico y me solicita que firme varias hojas en las que deslindo de responsabilidad a la clínica de cualquier cosa que pudiera sucederme mientras estoy donando; quedar muerto, por ejemplo.

Rafael parece un tipo simpático, lo cual me da confianza para preguntarle si realizó estudios de enfermería o laboratorista clínico, pero me contesta que ninguna de las dos. "Antes trabajaba de barman en un restaurante en El Centro, (California), mi trabajo solamente es como entrevistador". Después del interrogatorio me traslado a un consultorio en donde otra enfermera vuelve a realizarme las mismas preguntas que Rafael, pero ella, aparte, me revisa la boca, los oídos, los ojos, los dedos de mis pies y con un estetoscopio escucha el sonido de mis pulmones y mi corazón.

Mi examen ha finalizado y me piden que pase a la sala de donación. Apenas entro miro a unas 40 personas reclinadas sobre unos asientos y conectadas a una máquina. Dependiendo del brazo del que decida donar es el tipo de asiento que me darán. Las indicaciones son las siguientes: "Cada que se prendan los foquitos verdes de la máquina tienes que abrir y cerrar la mano para que bombees sangre y sea más rápido. Cuando se apaguen los focos verdes y se prendan los amarillos te detienes porque el plasma comenzará a depositarse en el envase", me explica Vania, una joven encargada de monitorear durante una hora el proceso al que me someto, llamado plasmaféresis, el cual extrae mi sangre y separa el plasma. Esta sustancia se deposita en una botella para después regresar la sangre a mi organismo incluyendo los glóbulos rojos y blancos, junto con un suero para evitar la deshidratación.

Durante la duración del proceso algunos miramos en la televisión los programas del canal Telemundo y vemos pasar el tiempo en alguno de los 20 relojes colocados en lo alto de las paredes. Otros leen alguna revista y quienes son estudiantes aprovechan para repasar los apuntes de clase. Una hora después se detiene la máquina y sé que ha concluido mi sesión. Vania acude en mi ayuda y me pregunta cómo me siento. Retira la aguja de mi vena y me coloca una cinta de tela adhesiva sobre la pequeña herida y me dice: "Quédate recostado 15 minutos para evaluar tu estado y no te quites la venda durante dos horas". Pasado el tiempo abandono la sala de espera y paso al área de cajas en busca de los 30 dólares que deben pagarme como compensación por haber "salvado una vida" donando plasma que se convertirá en medicamento para aliviar la hepatitis, los trastornos cardiopulmonares, las quemaduras en la piel, el VIH pediátrico, las deficiencias del sistema inmunológico y los trastornos de la coagulación.

En el área de cajas hay dos jóvenes que también están esperando cobrar su dinero. Uno de los empleados sale de una oficina y nos dice que esperemos 10 minutos. Una de las jóvenes me platica que una mujer donante de este centro organiza car pool (transporte compartido) dos veces al mes a la ciudad de Yuma, Arizona (a una hora y media de distancia) a donar sangre a otra clínica. "Muchas personas son profesionales y viven de donar", me dice. La otra joven, que es su amiga y que pide ser llamada Yesenia, me comenta que es de Puerto Peñasco, Sonora y que estudia administración de empresas en una universidad privada de Mexicali. Dos o tres veces al mes acude a donar para comprar mandado; esta vez recibirá 25 dólares por donar más 30 dólares extras porque la semana pasada acudió su primo y dijo quién lo había invitado.

Cuando me pagan lo convenido me recomiendan que al llegar a casa beba mucha agua y que no consuma alcohol ni café para evitar la deshidratación. También que coma bastante para ayudarme a reponer el plasma y la energía. En caso de regresar a donar por segunda vez me sugieren que evite los alimentos grasos y altos en colesterol 72 horas previas a la donación ya que el exceso de grasa en la sangre vuelve lento el proceso de plasmaféresis.

Vuelvo a México con 30 dólares en la cartera y una cinta de tela adhesiva a la mitad de mi brazo derecho. Algunos donadores aprovecharán que la gasolina es más barata en California y llenarán el tanque de su automóvil. Otros comprarán la comida de la semana o darán el abono en alguna empresa en donde sacaron a crédito neumáticos, ropa, una lavadora o una estufa.

Publicado originalmente en VICE.com